Las Blackpink son una de las piezas indispensables para entender la relevancia y expansión de la cultura coreana más allá de su área de influencia inicial asiática como Parásitos, el cine de Park Chan-wook, BTS, El juego del calamar o Crash landing on you. Para quienes crecieron con las Destiny’s Child o las Spice Girls, como girlband son casi una rareza: son una apuesta industrial y prefabricada que apenas exige armonías a sus integrantes. Sin embargo, a partir de este artefacto industrial, que ha dado temazos como How you like that, Kill this love o la reciente y explosiva Jump, han salido cuatro artistas de identidades y personalidades discernibles, y apuestas artísticas interesantes.
Editora de cómics románticos, escéptica en asuntos amorosos, prueba un videojuego de citas
Las Blackpink son una de las piezas indispensables para entender la relevancia y expansión de la cultura coreana más allá de su área de influencia inicial asiática como Parásitos, el cine de Park Chan-wook, BTS, El juego del calamar o Crash landing on you. Para quienes crecieron con las Destiny’s Child o las Spice Girls, como girlband son casi una rareza: son una apuesta industrial y prefabricada que apenas exige armonías a sus integrantes. Sin embargo, a partir de este artefacto industrial, que ha dado temazos como How you like that, Kill this love o la reciente y explosiva Jump, han salido cuatro artistas de identidades y personalidades discernibles, y apuestas artísticas interesantes.
Solo hay que ver el APT de Rosé que la llevó a los Brit y los Grammy; el rollo de Jennie con su like JENNIE; y la ambición de Lisa con su comodidad ante las cámaras, la colaboración con Rosalía en un álbum que parecía beber de influencias como MIA y su participación en la prestigiosa The White Lotus. En comparación, el pop pulcro de Jisoo y su actitud modosita quizá no tienen la repercusión de sus compañeras pero sí ha encontrado un nicho profesional: aprovecha el buen momento de la ficción televisiva coreana para mantenerse relevante en el panorama cultural. Para qué intentar triunfar en Hollywood como Jennie con la despellejada The idol cuando Corea del Sur es un coloso del audiovisual.

Esta vez, después de Snowdrop o Newtopia, Jisoo quiere utilizar su influencia para atraer espectadores a un título de Netflix. En Novio a la carta, la cantante es Seo Mi-rae, la editora de una editorial de webtoons. Es muy escéptica con respecto a las relaciones sentimentales, teniendo como prioridad su carrera profesional. Pero se tiene que replantear su mirada del amor cuando le toca tratar con la desesperante autora del cómic romántico más leído del país y, en paralelo, le ofrecen probar un videojuego inmersivo de citas. ¿Puede esta realidad virtual cambiar su opinión del romanticismo? ¿Cómo puede su corazón sobrevivir al idealismo de la propuesta? De fondo, en la oficina está el también cantante Seo In-guk como un compañero extremadamente borde.
Novio a la carta, para que nos entendamos, entra dentro de la categoría de “esta serie es tan absurda y abiertamente cursi que solo se ha podido producir en una de las grandes potencias audiovisuales asiáticas”. Tiene esa desfachatez e ingenuidad que sirven de aliciente para quienes están cansados del cinismo occidental, que a menudo regalan arrebatos de autenticidad. Jisoo, consciente de los códigos del género, explota de forma convincente tanto su vis cómica como la fuerza y fragilidad que suelen exigir los papeles de heroína romántica de los K-Dramas. Qué lástima que disecciona el romanticismo de forma previsible y sin agallas a partir de una realidad virtual que, además, resta efectividad dramática a las decisiones de la protagonista.

Novio a la carta, por lo tanto, solo servirá para fans de Jisoo y para incondicionales de las rom-coms coreanas más ligeras.
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