En Canadá, Alicia Serrat nos planta en un despacho donde las luces son clave. La cámara graba. El presidente del Gobierno debe lanzar un comunicado de última hora. Algo brutal está a punto de ocurrir: un meteorito va directo hacia Canadá y el planeta no volverá a ser el mismo. Los países se preparan a toda prisa, la humanidad contiene la respiración… y mientras tanto, en ese despacho reina el caos más absoluto.Parece fácil, ¿no? Pues no. Porque el presidente no está solo: está rodeado de la peor compañía imaginable en un momento así. Es el equipo más torpe, más perdido y más peligrosamente humano que uno pueda imaginar. Gente que no ayuda, que estorba, que complica, que discute, que se pierde en detalles absurdos mientras la cuenta atrás avanza.¿Se nos ocurre pensar que esto es la realidad misma en alguna parte de nuestro planeta? Lo que debería ser un discurso solemne se convierte en un festival de incompetencia, egos, nervios, microcrisis y macrodisparates. Y mientras la sociedad se informa de la hecatombe próxima, ellos siguen discutiendo por nimiedades, como si el fin del mundo fuese un trámite administrativo más.Noticia relacionada general No No Visitas guiadas, teatro en la calle y tres ficciones en el Rojas por el Día Mundial del Teatro F. MalaraEntre carcajadas, la obra lanza preguntas que duelen: Si hubiera una segunda oportunidad para la humanidad, ¿serías tú uno de los elegidos? ¿Tiene realmente un presidente el poder que creemos? ¿Cabe tanto humor en un momento tan crucial? ¿La realidad conduce a la ficción o la ficción está fabricando esta realidad?¿Y qué es Canadá? La realidad misma. Así, sin anestesia. Es una comedia ácida que incomoda , que pretende provocar la risa, aunque al espectador se le convierte mas bien en una mueca. Es una sonrisa congelada porque hay mucho en juego en esos comportamientos de unos políticos irresponsables, corruptos e incompetentes.Y si nos paramos a reflexionar sobre el texto, se nos ocurre —de entrada— que lo escrito por Alicia Serrat es hiperrealista y que nos sirve una buena ración de humor agrio, como si lo hubiera escrito con el bisturí en mano y la sonrisa torcida. Escribe con una puntería que da miedo. Como decimos, su texto es hiperrealista, pero no en el sentido de copiar la realidad, sino de exponerla sin filtros, de desnudarla, como cuando te miras en un espejo de aumento y descubres que tienes poros que no sabías que existían.Habla de supervivencia, de poder, de fragilidad humana y de cómo incluso un alto cargo es un títere en manos de otros (asesores, gabinetes, partidos políticos). La autora convierte lo cotidiano en un campo de batalla dialéctico donde cada frase es un disparo y cada silencio, un abismo. Los diálogos, tan naturales en un determinado contexto, parecen improvisados, pero son tan afilados que cortan y tan cotidianos que duelen. El retrato del político en la obra no puede ser más demoledor: machista, cocainómano, pelele, simple y ridículo en sus delirios de grandeza con frecuencia. Serrat nos describe personajes con sus miserias, sus inseguridades, sus absurdos y esa tendencia tan humana a perder el tiempo cuando más falta hace no hacerlo. Es cierto que en ocasiones se cae en la caricatura e incluso en el cliché. Y claro, todo con mucho sentido del humor, pero un humor cáustico que es también profundamente humano. Te ríes… y luego te preguntas por qué te estabas riendo.Para el espectador reflexivo, acaso esta banalización de la política y la generalización del político como el ser corrupto por antonomasia sea un recurso demasiado fácil y para públicos un tanto «atorrenteados». La dirección de Borja Rodríguez trabaja el detalle con una precisión casi obsesiva, con un naturalismo, una tensión dialéctica y un dinamismo que no dan respiro. Cada gesto, cada silencio, cada cruce de miradas, cada torpeza está colocado para que parezca que es producto del azar. Ese es el truco: hacer que lo difícil parezca espontáneo.El enfrentamiento dialéctico es continuo: los personajes chocan, se pisan, se contradicen, se atropellan verbalmente, como si la urgencia del meteorito se colara en su forma de hablar; vamos, como en la vida real. Y el dinamismo escénico hace su efecto: la obra no se queda quieta ni un segundo. Todo se mueve, vibra, se desmorona… y tú con ellos.Caos político y humanoEl reparto —Santiago Molero, Anabel Maurín, Mario Alberto Díez y Alberto Amarilla— se deja la piel en el escenario. Y no es una frase hecha: se dejan la piel, la voz, la energía y hasta las nervaduras del cuerpo de los personajes que interpretan. Cada uno construye un ser humano reconocible, contradictorio, patético, entrañable y desesperante. La caricatura y el histrionismo no excluyen que haya verdad. Una verdad incómoda, transpirada, temblorosa, hilarante. Los cuatro sostienen la tensión, el ritmo y el caos con una entrega que convierte la comedia en algo casi físico. Están tan metidos en la catástrofe que uno sale del teatro con la sensación de haber estado encerrado con ellos en ese despacho, oliendo a «coliflor» y con el mismo sudor frío del presidente. La sensación es que la interpretación está bastante por encima del texto.La escenografía es muy acertada y se impone en la obra como un elemento significativo para contextualizar de forma idónea la trama. Es un espacio perfectamente identificable para el espectador. Diáfano, amplio, frío, y despersonalizado, donde no puede faltar el arte contemporáneo y el cosmopolitismo de las innumerables banderas.Canadá no es solo una comedia. Es una radiografía política y social sin filtros que no perdona. La obra retrata una sociedad donde la incompetencia se disfraza de autoridad; la urgencia se diluye en trámites; la responsabilidad se delega; el poder es más fachada que fuerza; y el mundo puede estar a punto de acabarse… pero siempre habrá tiempo para discutir un matiz irrelevante.Podemos pensar también que la obra nos recuerda que la Naturaleza —en forma de meteorito o de cualquier otra sacudida— no entiende de cargos ni de jerarquías. Y que, cuando la cuenta atrás empieza, aunque todos parece que somos igual de vulnerables… ¡siempre se salvan los mismos!, y no precisamente los mejores.Sea lo que fuere, esta pieza de Alicia Serrat nos parece una postal de esta época hiperconectada, hiperopinante e hiperperdida, que, con humor de cuchilla fina y precisión nos recuerda que el meteorito no siempre viene del cielo: a veces lo producimos nosotros mismos; y quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra.A pesar de que la obra nos presenta un panorama desolador, ha primado la comedia y los espectadores del Teatro de Rojas han aplaudido con gusto la labor teatral de un conjunto artístico bien empastado. En Canadá, Alicia Serrat nos planta en un despacho donde las luces son clave. La cámara graba. El presidente del Gobierno debe lanzar un comunicado de última hora. Algo brutal está a punto de ocurrir: un meteorito va directo hacia Canadá y el planeta no volverá a ser el mismo. Los países se preparan a toda prisa, la humanidad contiene la respiración… y mientras tanto, en ese despacho reina el caos más absoluto.Parece fácil, ¿no? Pues no. Porque el presidente no está solo: está rodeado de la peor compañía imaginable en un momento así. Es el equipo más torpe, más perdido y más peligrosamente humano que uno pueda imaginar. Gente que no ayuda, que estorba, que complica, que discute, que se pierde en detalles absurdos mientras la cuenta atrás avanza.¿Se nos ocurre pensar que esto es la realidad misma en alguna parte de nuestro planeta? Lo que debería ser un discurso solemne se convierte en un festival de incompetencia, egos, nervios, microcrisis y macrodisparates. Y mientras la sociedad se informa de la hecatombe próxima, ellos siguen discutiendo por nimiedades, como si el fin del mundo fuese un trámite administrativo más.Noticia relacionada general No No Visitas guiadas, teatro en la calle y tres ficciones en el Rojas por el Día Mundial del Teatro F. MalaraEntre carcajadas, la obra lanza preguntas que duelen: Si hubiera una segunda oportunidad para la humanidad, ¿serías tú uno de los elegidos? ¿Tiene realmente un presidente el poder que creemos? ¿Cabe tanto humor en un momento tan crucial? ¿La realidad conduce a la ficción o la ficción está fabricando esta realidad?¿Y qué es Canadá? La realidad misma. Así, sin anestesia. Es una comedia ácida que incomoda , que pretende provocar la risa, aunque al espectador se le convierte mas bien en una mueca. Es una sonrisa congelada porque hay mucho en juego en esos comportamientos de unos políticos irresponsables, corruptos e incompetentes.Y si nos paramos a reflexionar sobre el texto, se nos ocurre —de entrada— que lo escrito por Alicia Serrat es hiperrealista y que nos sirve una buena ración de humor agrio, como si lo hubiera escrito con el bisturí en mano y la sonrisa torcida. Escribe con una puntería que da miedo. Como decimos, su texto es hiperrealista, pero no en el sentido de copiar la realidad, sino de exponerla sin filtros, de desnudarla, como cuando te miras en un espejo de aumento y descubres que tienes poros que no sabías que existían.Habla de supervivencia, de poder, de fragilidad humana y de cómo incluso un alto cargo es un títere en manos de otros (asesores, gabinetes, partidos políticos). La autora convierte lo cotidiano en un campo de batalla dialéctico donde cada frase es un disparo y cada silencio, un abismo. Los diálogos, tan naturales en un determinado contexto, parecen improvisados, pero son tan afilados que cortan y tan cotidianos que duelen. El retrato del político en la obra no puede ser más demoledor: machista, cocainómano, pelele, simple y ridículo en sus delirios de grandeza con frecuencia. Serrat nos describe personajes con sus miserias, sus inseguridades, sus absurdos y esa tendencia tan humana a perder el tiempo cuando más falta hace no hacerlo. Es cierto que en ocasiones se cae en la caricatura e incluso en el cliché. Y claro, todo con mucho sentido del humor, pero un humor cáustico que es también profundamente humano. Te ríes… y luego te preguntas por qué te estabas riendo.Para el espectador reflexivo, acaso esta banalización de la política y la generalización del político como el ser corrupto por antonomasia sea un recurso demasiado fácil y para públicos un tanto «atorrenteados». La dirección de Borja Rodríguez trabaja el detalle con una precisión casi obsesiva, con un naturalismo, una tensión dialéctica y un dinamismo que no dan respiro. Cada gesto, cada silencio, cada cruce de miradas, cada torpeza está colocado para que parezca que es producto del azar. Ese es el truco: hacer que lo difícil parezca espontáneo.El enfrentamiento dialéctico es continuo: los personajes chocan, se pisan, se contradicen, se atropellan verbalmente, como si la urgencia del meteorito se colara en su forma de hablar; vamos, como en la vida real. Y el dinamismo escénico hace su efecto: la obra no se queda quieta ni un segundo. Todo se mueve, vibra, se desmorona… y tú con ellos.Caos político y humanoEl reparto —Santiago Molero, Anabel Maurín, Mario Alberto Díez y Alberto Amarilla— se deja la piel en el escenario. Y no es una frase hecha: se dejan la piel, la voz, la energía y hasta las nervaduras del cuerpo de los personajes que interpretan. Cada uno construye un ser humano reconocible, contradictorio, patético, entrañable y desesperante. La caricatura y el histrionismo no excluyen que haya verdad. Una verdad incómoda, transpirada, temblorosa, hilarante. Los cuatro sostienen la tensión, el ritmo y el caos con una entrega que convierte la comedia en algo casi físico. Están tan metidos en la catástrofe que uno sale del teatro con la sensación de haber estado encerrado con ellos en ese despacho, oliendo a «coliflor» y con el mismo sudor frío del presidente. La sensación es que la interpretación está bastante por encima del texto.La escenografía es muy acertada y se impone en la obra como un elemento significativo para contextualizar de forma idónea la trama. Es un espacio perfectamente identificable para el espectador. Diáfano, amplio, frío, y despersonalizado, donde no puede faltar el arte contemporáneo y el cosmopolitismo de las innumerables banderas.Canadá no es solo una comedia. Es una radiografía política y social sin filtros que no perdona. La obra retrata una sociedad donde la incompetencia se disfraza de autoridad; la urgencia se diluye en trámites; la responsabilidad se delega; el poder es más fachada que fuerza; y el mundo puede estar a punto de acabarse… pero siempre habrá tiempo para discutir un matiz irrelevante.Podemos pensar también que la obra nos recuerda que la Naturaleza —en forma de meteorito o de cualquier otra sacudida— no entiende de cargos ni de jerarquías. Y que, cuando la cuenta atrás empieza, aunque todos parece que somos igual de vulnerables… ¡siempre se salvan los mismos!, y no precisamente los mejores.Sea lo que fuere, esta pieza de Alicia Serrat nos parece una postal de esta época hiperconectada, hiperopinante e hiperperdida, que, con humor de cuchilla fina y precisión nos recuerda que el meteorito no siempre viene del cielo: a veces lo producimos nosotros mismos; y quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra.A pesar de que la obra nos presenta un panorama desolador, ha primado la comedia y los espectadores del Teatro de Rojas han aplaudido con gusto la labor teatral de un conjunto artístico bien empastado.
En Canadá, Alicia Serrat nos planta en un despacho donde las luces son clave. La cámara graba. El presidente del Gobierno debe lanzar un comunicado de última hora. Algo brutal está a punto de ocurrir: un meteorito va directo hacia Canadá y el planeta … no volverá a ser el mismo. Los países se preparan a toda prisa, la humanidad contiene la respiración… y mientras tanto, en ese despacho reina el caos más absoluto.
Parece fácil, ¿no? Pues no. Porque el presidente no está solo: está rodeado de la peor compañía imaginable en un momento así. Es el equipo más torpe, más perdido y más peligrosamente humano que uno pueda imaginar. Gente que no ayuda, que estorba, que complica, que discute, que se pierde en detalles absurdos mientras la cuenta atrás avanza.
¿Se nos ocurre pensar que esto es la realidad misma en alguna parte de nuestro planeta? Lo que debería ser un discurso solemne se convierte en un festival de incompetencia, egos, nervios, microcrisis y macrodisparates. Y mientras la sociedad se informa de la hecatombe próxima, ellos siguen discutiendo por nimiedades, como si el fin del mundo fuese un trámite administrativo más.
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Entre carcajadas, la obra lanza preguntas que duelen: Si hubiera una segunda oportunidad para la humanidad, ¿serías tú uno de los elegidos? ¿Tiene realmente un presidente el poder que creemos? ¿Cabe tanto humor en un momento tan crucial? ¿La realidad conduce a la ficción o la ficción está fabricando esta realidad?
¿Y qué es Canadá? La realidad misma. Así, sin anestesia. Es una comedia ácida que incomoda, que pretende provocar la risa, aunque al espectador se le convierte mas bien en una mueca. Es una sonrisa congelada porque hay mucho en juego en esos comportamientos de unos políticos irresponsables, corruptos e incompetentes.
Y si nos paramos a reflexionar sobre el texto, se nos ocurre —de entrada— que lo escrito por Alicia Serrat es hiperrealista y que nos sirve una buena ración de humor agrio, como si lo hubiera escrito con el bisturí en mano y la sonrisa torcida. Escribe con una puntería que da miedo. Como decimos, su texto es hiperrealista, pero no en el sentido de copiar la realidad, sino de exponerla sin filtros, de desnudarla, como cuando te miras en un espejo de aumento y descubres que tienes poros que no sabías que existían.
Habla de supervivencia, de poder, de fragilidad humana y de cómo incluso un alto cargo es un títere en manos de otros (asesores, gabinetes, partidos políticos). La autora convierte lo cotidiano en un campo de batalla dialéctico donde cada frase es un disparo y cada silencio, un abismo. Los diálogos, tan naturales en un determinado contexto, parecen improvisados, pero son tan afilados que cortan y tan cotidianos que duelen.
El retrato del político en la obra no puede ser más demoledor: machista, cocainómano, pelele, simple y ridículo en sus delirios de grandeza con frecuencia. Serrat nos describe personajes con sus miserias, sus inseguridades, sus absurdos y esa tendencia tan humana a perder el tiempo cuando más falta hace no hacerlo. Es cierto que en ocasiones se cae en la caricatura e incluso en el cliché. Y claro, todo con mucho sentido del humor, pero un humor cáustico que es también profundamente humano. Te ríes… y luego te preguntas por qué te estabas riendo.
Para el espectador reflexivo, acaso esta banalización de la política y la generalización del político como el ser corrupto por antonomasia sea un recurso demasiado fácil y para públicos un tanto «atorrenteados».
La dirección de Borja Rodríguez trabaja el detalle con una precisión casi obsesiva, con un naturalismo, una tensión dialéctica y un dinamismo que no dan respiro. Cada gesto, cada silencio, cada cruce de miradas, cada torpeza está colocado para que parezca que es producto del azar. Ese es el truco: hacer que lo difícil parezca espontáneo.
El enfrentamiento dialéctico es continuo: los personajes chocan, se pisan, se contradicen, se atropellan verbalmente, como si la urgencia del meteorito se colara en su forma de hablar; vamos, como en la vida real. Y el dinamismo escénico hace su efecto: la obra no se queda quieta ni un segundo. Todo se mueve, vibra, se desmorona… y tú con ellos.
Caos político y humano
El reparto —Santiago Molero, Anabel Maurín, Mario Alberto Díez y Alberto Amarilla— se deja la piel en el escenario. Y no es una frase hecha: se dejan la piel, la voz, la energía y hasta las nervaduras del cuerpo de los personajes que interpretan. Cada uno construye un ser humano reconocible, contradictorio, patético, entrañable y desesperante. La caricatura y el histrionismo no excluyen que haya verdad. Una verdad incómoda, transpirada, temblorosa, hilarante. Los cuatro sostienen la tensión, el ritmo y el caos con una entrega que convierte la comedia en algo casi físico. Están tan metidos en la catástrofe que uno sale del teatro con la sensación de haber estado encerrado con ellos en ese despacho, oliendo a «coliflor» y con el mismo sudor frío del presidente. La sensación es que la interpretación está bastante por encima del texto.
La escenografía es muy acertada y se impone en la obra como un elemento significativo para contextualizar de forma idónea la trama. Es un espacio perfectamente identificable para el espectador. Diáfano, amplio, frío, y despersonalizado, donde no puede faltar el arte contemporáneo y el cosmopolitismo de las innumerables banderas.
Canadá no es solo una comedia. Es una radiografía política y social sin filtros que no perdona. La obra retrata una sociedad donde la incompetencia se disfraza de autoridad; la urgencia se diluye en trámites; la responsabilidad se delega; el poder es más fachada que fuerza; y el mundo puede estar a punto de acabarse… pero siempre habrá tiempo para discutir un matiz irrelevante.
Podemos pensar también que la obra nos recuerda que la Naturaleza —en forma de meteorito o de cualquier otra sacudida— no entiende de cargos ni de jerarquías. Y que, cuando la cuenta atrás empieza, aunque todos parece que somos igual de vulnerables… ¡siempre se salvan los mismos!, y no precisamente los mejores.
Sea lo que fuere, esta pieza de Alicia Serrat nos parece una postal de esta época hiperconectada, hiperopinante e hiperperdida, que, con humor de cuchilla fina y precisión nos recuerda que el meteorito no siempre viene del cielo: a veces lo producimos nosotros mismos; y quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra.
A pesar de que la obra nos presenta un panorama desolador, ha primado la comedia y los espectadores del Teatro de Rojas han aplaudido con gusto la labor teatral de un conjunto artístico bien empastado.
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