Si hace treinta años me hubieran preguntado si me gustaría que mi primer hijo tuviera Síndrome de Down, mi respuesta habría sido tan directa como sencilla: no. No pasa nada por reconocerlo, es lo normal, somos y vivimos inmersos en el utilitarismo. Y el utilitarismo debe enunciarse del modo más claro posible: suprimir o minimizar los problemas, las complicaciones y los inconvenientes para la vida y maximizar las ocasiones de disfrute, placer y bienestar. Eso es lo que somos, y lo somos en un grado nunca alcanzado hasta hoy. Por lo tanto, sí, el lema elegido para este día mundial del Síndrome de Down es más que apropiado: no son ellos, somos nosotros. De hecho ellos, su existencia, su simple estar ahí mirándonos, es una interpelación y una denuncia de nuestro modo de vivir basado en una búsqueda compulsiva y enfermiza del mayor bienestar y placer y en una huida no menos compulsiva del displacer, el malestar y en general, cualquier tipo de problema. Tranquilos, majetes, en vuestro sillón, cantaban los Celtas Cortos, y lejos, lo más lejos posible los Sindromes de Down. Buena prueba de ello son las garantías que nuestra legislación ofrece para que podamos desembarazarnos de tan nefasto inconveniente. El artículo 15, letra B de la Ley Orgánica 2/2010, de 3 de marzo, de salud sexual y reproductiva y de la interrupción voluntaria del embarazo nos garantiza que podrá interrumpirse el mismo siempre que exista riesgo de graves anomalías en el feto, anomalías que incluyen el Síndrome de Down, y no se superen las veintidós semanas de embarazo. Problema resuelto. Por supuesto, no es obligatorio hacerlo, se apresuran a gritar los defensores de la eugenesia, pero bien saben ellos que basta con abrir una puerta para que entremos todos por ella en tromba pues, no lo olvidemos, somos utilitaristas. Como consecuencia, hay países en los que ya no existen Síndromes de Down , como Islandia. Eugenesia, hemos dicho. Pero es que lo dice alguien con mucha más autoridad moral, el recientemente fallecido Jürgen Habermas que se refirió a todas estas manipulaciones de la naturaleza humana como «una eugenesia liberal». Y a fin de cuentas, se trata de eso, del viejo sueño nazi de un volks, un pueblo, una raza pura, sin defectos, sin mezclas contaminantes, sólo que extendido a toda la raza humana a través del sueño, o mejor pesadilla, del transhumanismo, el cual nos pone ante la vista el paraíso terrenal consistente en suprimir el hambre, el dolor, la enfermedad, la discapacidad, el sufrimiento y finalmente la misma muerte mediante una combinación de tecnología y utilitarismo, lo que incluye la eugenesia de producir individuos perfectos mediante ingeniería genética y la utilización de la eutanasia para eliminar todo lo defectuoso. Los camiones con el tubo de escape metido hacia el interior para gasear con monóxido de carbono a todos los Síndromes de Down y otros discapacitados de los nazis sólo fueron un simple juego comparado con lo que viene. Bien, pues. Si somos capaces de vencer nuestra hipocresía, tendremos forzosamente que reconocernos como somos: egoístas, individualistas, utilitaristas, seres enfermizos incapaces de crear una sociedad medianamente humana. Y sin embargo, curiosamente cuando el desastre acude a visitarnos, sea en forma de incendios, pandemias, terremotos, inundaciones, accidentes o lo que sea, sufrimos una repentina transformación y nos convertimos en empáticos, solidarios, compasivos, tiernos y entrañablemente humanos. La respuesta la tenemos en los Síndromes de Dow, entre otros muchos lugares, y en el lema elegido este año: «No soy yo, eres tú». Somos nosotros. Somos nosotros, ineludiblemente, los que tenemos que dar, cada uno la suya personal, la respuesta ante la contrariedad en la vida. ¡Tu hijo viene con Síndrome de Down! Semana dieciocho del embarazo. Hay dos opciones de respuesta: abortar o seguir adelante y dejar que nazca. La primera es la del rechazo con independencia de las circunstancias concretas, es la que elige eliminar y suprimir el problema, es la del utilitarista, individualista y egoísta. Hay situaciones difíciles, por supuesto, pero estamos en el fondo de la cuestión, no en lo accesorio. La segunda es la de la generosidad, la empatía, la compasión y en última instancia, el amor.La primera conduce a ese tipo de vida y sociedad que todos deploramos por su individualismo y egoísmo, y sin embargo es la que se ha fomentado deliberadamente consagrando como derechos todos y cada uno de los santos caprichos que a cada cual se le ocurran en nombre de su sagrada e inviolable subjetividad. La segunda conduce a esas demostraciones de humanidad que hemos visto en Valencia con motivo de la DANA, en toda España durante la pandemia, en Adamuz el día del accidente y ese largo etcétera de catástrofes que últimamente venimos padeciendo. En definitiva, la primera es el fruto de la huida ante el dolor y el sufrimiento, la segunda es la consecuencia de la aceptación de nuestra condición humana, frágil, limitada y necesitada de acogida y de redención. El Síndrome de Down nos pone ante un espejo: en ellos podemos vernos a nosotros mismos. Aprendamos que el único camino es acogernos y abrazarnos como lo que somos, desechemos de una vez los cantos de sirena de los demagogos que nos prometen derechos infinitos y olvidémonos de una vez por todas de jugar a ser dioses. Si hace treinta años me hubieran preguntado si me gustaría que mi primer hijo tuviera Síndrome de Down, mi respuesta habría sido tan directa como sencilla: no. No pasa nada por reconocerlo, es lo normal, somos y vivimos inmersos en el utilitarismo. Y el utilitarismo debe enunciarse del modo más claro posible: suprimir o minimizar los problemas, las complicaciones y los inconvenientes para la vida y maximizar las ocasiones de disfrute, placer y bienestar. Eso es lo que somos, y lo somos en un grado nunca alcanzado hasta hoy. Por lo tanto, sí, el lema elegido para este día mundial del Síndrome de Down es más que apropiado: no son ellos, somos nosotros. De hecho ellos, su existencia, su simple estar ahí mirándonos, es una interpelación y una denuncia de nuestro modo de vivir basado en una búsqueda compulsiva y enfermiza del mayor bienestar y placer y en una huida no menos compulsiva del displacer, el malestar y en general, cualquier tipo de problema. Tranquilos, majetes, en vuestro sillón, cantaban los Celtas Cortos, y lejos, lo más lejos posible los Sindromes de Down. Buena prueba de ello son las garantías que nuestra legislación ofrece para que podamos desembarazarnos de tan nefasto inconveniente. El artículo 15, letra B de la Ley Orgánica 2/2010, de 3 de marzo, de salud sexual y reproductiva y de la interrupción voluntaria del embarazo nos garantiza que podrá interrumpirse el mismo siempre que exista riesgo de graves anomalías en el feto, anomalías que incluyen el Síndrome de Down, y no se superen las veintidós semanas de embarazo. Problema resuelto. Por supuesto, no es obligatorio hacerlo, se apresuran a gritar los defensores de la eugenesia, pero bien saben ellos que basta con abrir una puerta para que entremos todos por ella en tromba pues, no lo olvidemos, somos utilitaristas. Como consecuencia, hay países en los que ya no existen Síndromes de Down , como Islandia. Eugenesia, hemos dicho. Pero es que lo dice alguien con mucha más autoridad moral, el recientemente fallecido Jürgen Habermas que se refirió a todas estas manipulaciones de la naturaleza humana como «una eugenesia liberal». Y a fin de cuentas, se trata de eso, del viejo sueño nazi de un volks, un pueblo, una raza pura, sin defectos, sin mezclas contaminantes, sólo que extendido a toda la raza humana a través del sueño, o mejor pesadilla, del transhumanismo, el cual nos pone ante la vista el paraíso terrenal consistente en suprimir el hambre, el dolor, la enfermedad, la discapacidad, el sufrimiento y finalmente la misma muerte mediante una combinación de tecnología y utilitarismo, lo que incluye la eugenesia de producir individuos perfectos mediante ingeniería genética y la utilización de la eutanasia para eliminar todo lo defectuoso. Los camiones con el tubo de escape metido hacia el interior para gasear con monóxido de carbono a todos los Síndromes de Down y otros discapacitados de los nazis sólo fueron un simple juego comparado con lo que viene. Bien, pues. Si somos capaces de vencer nuestra hipocresía, tendremos forzosamente que reconocernos como somos: egoístas, individualistas, utilitaristas, seres enfermizos incapaces de crear una sociedad medianamente humana. Y sin embargo, curiosamente cuando el desastre acude a visitarnos, sea en forma de incendios, pandemias, terremotos, inundaciones, accidentes o lo que sea, sufrimos una repentina transformación y nos convertimos en empáticos, solidarios, compasivos, tiernos y entrañablemente humanos. La respuesta la tenemos en los Síndromes de Dow, entre otros muchos lugares, y en el lema elegido este año: «No soy yo, eres tú». Somos nosotros. Somos nosotros, ineludiblemente, los que tenemos que dar, cada uno la suya personal, la respuesta ante la contrariedad en la vida. ¡Tu hijo viene con Síndrome de Down! Semana dieciocho del embarazo. Hay dos opciones de respuesta: abortar o seguir adelante y dejar que nazca. La primera es la del rechazo con independencia de las circunstancias concretas, es la que elige eliminar y suprimir el problema, es la del utilitarista, individualista y egoísta. Hay situaciones difíciles, por supuesto, pero estamos en el fondo de la cuestión, no en lo accesorio. La segunda es la de la generosidad, la empatía, la compasión y en última instancia, el amor.La primera conduce a ese tipo de vida y sociedad que todos deploramos por su individualismo y egoísmo, y sin embargo es la que se ha fomentado deliberadamente consagrando como derechos todos y cada uno de los santos caprichos que a cada cual se le ocurran en nombre de su sagrada e inviolable subjetividad. La segunda conduce a esas demostraciones de humanidad que hemos visto en Valencia con motivo de la DANA, en toda España durante la pandemia, en Adamuz el día del accidente y ese largo etcétera de catástrofes que últimamente venimos padeciendo. En definitiva, la primera es el fruto de la huida ante el dolor y el sufrimiento, la segunda es la consecuencia de la aceptación de nuestra condición humana, frágil, limitada y necesitada de acogida y de redención. El Síndrome de Down nos pone ante un espejo: en ellos podemos vernos a nosotros mismos. Aprendamos que el único camino es acogernos y abrazarnos como lo que somos, desechemos de una vez los cantos de sirena de los demagogos que nos prometen derechos infinitos y olvidémonos de una vez por todas de jugar a ser dioses.
Si hace treinta años me hubieran preguntado si me gustaría que mi primer hijo tuviera Síndrome de Down, mi respuesta habría sido tan directa como sencilla: no. No pasa nada por reconocerlo, es lo normal, somos y vivimos inmersos en el utilitarismo. Y el … utilitarismo debe enunciarse del modo más claro posible: suprimir o minimizar los problemas, las complicaciones y los inconvenientes para la vida y maximizar las ocasiones de disfrute, placer y bienestar. Eso es lo que somos, y lo somos en un grado nunca alcanzado hasta hoy.
Por lo tanto, sí, el lema elegido para este día mundial del Síndrome de Down es más que apropiado: no son ellos, somos nosotros. De hecho ellos, su existencia, su simple estar ahí mirándonos, es una interpelación y una denuncia de nuestro modo de vivir basado en una búsqueda compulsiva y enfermiza del mayor bienestar y placer y en una huida no menos compulsiva del displacer, el malestar y en general, cualquier tipo de problema. Tranquilos, majetes, en vuestro sillón, cantaban los Celtas Cortos, y lejos, lo más lejos posible los Sindromes de Down.
Buena prueba de ello son las garantías que nuestra legislación ofrece para que podamos desembarazarnos de tan nefasto inconveniente. El artículo 15, letra B de la Ley Orgánica 2/2010, de 3 de marzo, de salud sexual y reproductiva y de la interrupción voluntaria del embarazo nos garantiza que podrá interrumpirse el mismo siempre que exista riesgo de graves anomalías en el feto, anomalías que incluyen el Síndrome de Down, y no se superen las veintidós semanas de embarazo. Problema resuelto. Por supuesto, no es obligatorio hacerlo, se apresuran a gritar los defensores de la eugenesia, pero bien saben ellos que basta con abrir una puerta para que entremos todos por ella en tromba pues, no lo olvidemos, somos utilitaristas. Como consecuencia, hay países en los que ya no existen Síndromes de Down, como Islandia.
Eugenesia, hemos dicho. Pero es que lo dice alguien con mucha más autoridad moral, el recientemente fallecido Jürgen Habermas que se refirió a todas estas manipulaciones de la naturaleza humana como «una eugenesia liberal». Y a fin de cuentas, se trata de eso, del viejo sueño nazi de un volks, un pueblo, una raza pura, sin defectos, sin mezclas contaminantes, sólo que extendido a toda la raza humana a través del sueño, o mejor pesadilla, del transhumanismo, el cual nos pone ante la vista el paraíso terrenal consistente en suprimir el hambre, el dolor, la enfermedad, la discapacidad, el sufrimiento y finalmente la misma muerte mediante una combinación de tecnología y utilitarismo, lo que incluye la eugenesia de producir individuos perfectos mediante ingeniería genética y la utilización de la eutanasia para eliminar todo lo defectuoso. Los camiones con el tubo de escape metido hacia el interior para gasear con monóxido de carbono a todos los Síndromes de Down y otros discapacitados de los nazis sólo fueron un simple juego comparado con lo que viene.
Bien, pues. Si somos capaces de vencer nuestra hipocresía, tendremos forzosamente que reconocernos como somos: egoístas, individualistas, utilitaristas, seres enfermizos incapaces de crear una sociedad medianamente humana. Y sin embargo, curiosamente cuando el desastre acude a visitarnos, sea en forma de incendios, pandemias, terremotos, inundaciones, accidentes o lo que sea, sufrimos una repentina transformación y nos convertimos en empáticos, solidarios, compasivos, tiernos y entrañablemente humanos. La respuesta la tenemos en los Síndromes de Dow, entre otros muchos lugares, y en el lema elegido este año: «No soy yo, eres tú».
Somos nosotros. Somos nosotros, ineludiblemente, los que tenemos que dar, cada uno la suya personal, la respuesta ante la contrariedad en la vida. ¡Tu hijo viene con Síndrome de Down! Semana dieciocho del embarazo. Hay dos opciones de respuesta: abortar o seguir adelante y dejar que nazca. La primera es la del rechazo con independencia de las circunstancias concretas, es la que elige eliminar y suprimir el problema, es la del utilitarista, individualista y egoísta. Hay situaciones difíciles, por supuesto, pero estamos en el fondo de la cuestión, no en lo accesorio. La segunda es la de la generosidad, la empatía, la compasión y en última instancia, el amor.
La primera conduce a ese tipo de vida y sociedad que todos deploramos por su individualismo y egoísmo, y sin embargo es la que se ha fomentado deliberadamente consagrando como derechos todos y cada uno de los santos caprichos que a cada cual se le ocurran en nombre de su sagrada e inviolable subjetividad. La segunda conduce a esas demostraciones de humanidad que hemos visto en Valencia con motivo de la DANA, en toda España durante la pandemia, en Adamuz el día del accidente y ese largo etcétera de catástrofes que últimamente venimos padeciendo. En definitiva, la primera es el fruto de la huida ante el dolor y el sufrimiento, la segunda es la consecuencia de la aceptación de nuestra condición humana, frágil, limitada y necesitada de acogida y de redención. El Síndrome de Down nos pone ante un espejo: en ellos podemos vernos a nosotros mismos. Aprendamos que el único camino es acogernos y abrazarnos como lo que somos, desechemos de una vez los cantos de sirena de los demagogos que nos prometen derechos infinitos y olvidémonos de una vez por todas de jugar a ser dioses.
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