La celestial obra del Greco padeció el purgatorio hasta que al final del siglo XIX, fue revalorizada por el modernismo y la generación del 98. Ignacio de Zuloaga reunió hasta una docena de obras del genio de Creta y su amigo Rusiñol imitó su iniciativa cuando en 1894 adquirió en París ‘La Magdalena penitente’ y ‘Las lágrimas de San Pedro’, dos obras que presentó en loor de multitudes en el Cau Ferrat de Sitges. Ciento treinta años después, Fernando Casacuberta y Coty Marsans amplían su colección privada en el hospital de Sant Saver con un ‘Cristo en la cruz’ datado hacia 1590. La pieza procede de la colección particular del Marquesado de La Motilla que cuenta en su árbol genealógico con Miguel Espinosa de Maldonado de Saavedra (1715-1784), segundo conde del Águila. Casado con Isabel Tello de Guzmán, este aristócrata bibliófilo, anticuario y coleccionista de obras de arte fue el primer propietario de la obra, instalada en el oratorio de su palacio sevillano. A la pintura le ocurrió lo mismo que a su autor: tres siglos largos de olvido. No fue hasta 1908 cuando Mnuel B. Cossío publicó la primera monografía de Doménikos Theotokópulos. Refiere la visita al palacio de La Motilla del crítico alemán Julius Meier-Graefe y el pedagogo José Castillejo: «Sus propietarios han desempolvado El Greco que tenían en un rincón oscuro de la capilla, y ellos siguen sin comprender que aquello pueda valer, con la cabeza tan chiquitilla y el cuerpo largo, tan largo», comentan. El que se conocía como «El Crucificado del marqués de La Motilla» pasaba a llamarse el ‘Cristo en la Cruz’ de El Greco. Con unas dimensiones de 178×104 cm. este ‘Cristo en la cruz’ se expone flanqueado por ‘La Dolorosa’ de José Gutiérrez Solana y ‘El juez de Zamarramala’ de Zuloaga: comparten con El Greco la mirada expresionista y el dramatismo escénico que identificó la «España Negra», observa Nadia Hernández, historiadora del arte y asesora de los Casacuberta Marsans. Acompañan la presentación Juan Antonio García Castro, exdirector del museo de El Greco de Toledo, e Ignasi Domènech, director de las colecciones del Cau Ferrat de Sitges. La Crucifixión pertenece a una de las líneas temáticas que el Greco pintaba en su taller toledano y ejemplifica el tránsito de los pequeños formatos que trabajó en Italia al gran formato: «Si las obras italianas son casi todas ‘tablillas’ de un tamaño que oscila entre los treinta y los sesenta centímetros de altura, los cuadros realizados en Toledo son telas que pueden alcanzar hasta los tres metros, con una talla media en torno al metro ochenta de alto, como es el caso del Cristo de la Colección Casacuberta Marsans», apunta García Castro. La obra muestra al Cristo solo, abandonado, pero vivo. Dirige su mirada al cielo como si pronunciara la frase de ‘Dios mío, «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» El Crucificado, de figura estilizada y cabeza pequeña, aparece rodeado por un paisaje con «una Jerusalén simbólica que se asemeja bastante a la silueta de El Escorial», y un conjunto de personajes en miniatura iluminados por luces espectrales, subraya García Castro. Esa atmósfera, tan característica de pintor cretense, supuso una revelación estética para Zuloaga y Rusiñol. «Valoraron no solo la manera de pintar sino la de vivir que se reflejaba en la expresión y composición de sus obras. Para ellos el Greco era el futuro, no el pasado. Una pintura entendida desde el alma liberada del realismo de la Academia», añade Domènech.Con un fondo de más de cuatrocientas obras de las que solo se exponen cuarenta y seis la Colección Casacuberta Marsans suma el cuarto Greco de Barcelona (los otros tres se exponen en el MNAC) y el octavo de Cataluña si sumamos los dos del Cau Ferrat, el de la basílica de Sant Esteve de Olot, la colección Torelló Bertrán y el Museo de Montserrat. Con un marco de Horacio Pérez Hita, recientemente fallecido, el ‘Cristo en la cruz’ autógrafo expuesto expone en el Hospital de Sant Saver figura entre las mejores obras del Greco. La celestial obra del Greco padeció el purgatorio hasta que al final del siglo XIX, fue revalorizada por el modernismo y la generación del 98. Ignacio de Zuloaga reunió hasta una docena de obras del genio de Creta y su amigo Rusiñol imitó su iniciativa cuando en 1894 adquirió en París ‘La Magdalena penitente’ y ‘Las lágrimas de San Pedro’, dos obras que presentó en loor de multitudes en el Cau Ferrat de Sitges. Ciento treinta años después, Fernando Casacuberta y Coty Marsans amplían su colección privada en el hospital de Sant Saver con un ‘Cristo en la cruz’ datado hacia 1590. La pieza procede de la colección particular del Marquesado de La Motilla que cuenta en su árbol genealógico con Miguel Espinosa de Maldonado de Saavedra (1715-1784), segundo conde del Águila. Casado con Isabel Tello de Guzmán, este aristócrata bibliófilo, anticuario y coleccionista de obras de arte fue el primer propietario de la obra, instalada en el oratorio de su palacio sevillano. A la pintura le ocurrió lo mismo que a su autor: tres siglos largos de olvido. No fue hasta 1908 cuando Mnuel B. Cossío publicó la primera monografía de Doménikos Theotokópulos. Refiere la visita al palacio de La Motilla del crítico alemán Julius Meier-Graefe y el pedagogo José Castillejo: «Sus propietarios han desempolvado El Greco que tenían en un rincón oscuro de la capilla, y ellos siguen sin comprender que aquello pueda valer, con la cabeza tan chiquitilla y el cuerpo largo, tan largo», comentan. El que se conocía como «El Crucificado del marqués de La Motilla» pasaba a llamarse el ‘Cristo en la Cruz’ de El Greco. Con unas dimensiones de 178×104 cm. este ‘Cristo en la cruz’ se expone flanqueado por ‘La Dolorosa’ de José Gutiérrez Solana y ‘El juez de Zamarramala’ de Zuloaga: comparten con El Greco la mirada expresionista y el dramatismo escénico que identificó la «España Negra», observa Nadia Hernández, historiadora del arte y asesora de los Casacuberta Marsans. Acompañan la presentación Juan Antonio García Castro, exdirector del museo de El Greco de Toledo, e Ignasi Domènech, director de las colecciones del Cau Ferrat de Sitges. La Crucifixión pertenece a una de las líneas temáticas que el Greco pintaba en su taller toledano y ejemplifica el tránsito de los pequeños formatos que trabajó en Italia al gran formato: «Si las obras italianas son casi todas ‘tablillas’ de un tamaño que oscila entre los treinta y los sesenta centímetros de altura, los cuadros realizados en Toledo son telas que pueden alcanzar hasta los tres metros, con una talla media en torno al metro ochenta de alto, como es el caso del Cristo de la Colección Casacuberta Marsans», apunta García Castro. La obra muestra al Cristo solo, abandonado, pero vivo. Dirige su mirada al cielo como si pronunciara la frase de ‘Dios mío, «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» El Crucificado, de figura estilizada y cabeza pequeña, aparece rodeado por un paisaje con «una Jerusalén simbólica que se asemeja bastante a la silueta de El Escorial», y un conjunto de personajes en miniatura iluminados por luces espectrales, subraya García Castro. Esa atmósfera, tan característica de pintor cretense, supuso una revelación estética para Zuloaga y Rusiñol. «Valoraron no solo la manera de pintar sino la de vivir que se reflejaba en la expresión y composición de sus obras. Para ellos el Greco era el futuro, no el pasado. Una pintura entendida desde el alma liberada del realismo de la Academia», añade Domènech.Con un fondo de más de cuatrocientas obras de las que solo se exponen cuarenta y seis la Colección Casacuberta Marsans suma el cuarto Greco de Barcelona (los otros tres se exponen en el MNAC) y el octavo de Cataluña si sumamos los dos del Cau Ferrat, el de la basílica de Sant Esteve de Olot, la colección Torelló Bertrán y el Museo de Montserrat. Con un marco de Horacio Pérez Hita, recientemente fallecido, el ‘Cristo en la cruz’ autógrafo expuesto expone en el Hospital de Sant Saver figura entre las mejores obras del Greco.
La celestial obra del Greco padeció el purgatorio hasta que al final del siglo XIX, fue revalorizada por el modernismo y la generación del 98. Ignacio de Zuloaga reunió hasta una docena de obras del genio de Creta y su amigo Rusiñol imitó su … iniciativa cuando en 1894 adquirió en París ‘La Magdalena penitente’ y ‘Las lágrimas de San Pedro’, dos obras que presentó en loor de multitudes en el Cau Ferrat de Sitges. Ciento treinta años después, Fernando Casacuberta y Coty Marsans amplían su colección privada en el hospital de Sant Saver con un ‘Cristo en la cruz’ datado hacia 1590. La pieza procede de la colección particular del Marquesado de La Motilla que cuenta en su árbol genealógico con Miguel Espinosa de Maldonado de Saavedra (1715-1784), segundo conde del Águila. Casado con Isabel Tello de Guzmán, este aristócrata bibliófilo, anticuario y coleccionista de obras de arte fue el primer propietario de la obra, instalada en el oratorio de su palacio sevillano.
A la pintura le ocurrió lo mismo que a su autor: tres siglos largos de olvido. No fue hasta 1908 cuando Mnuel B. Cossío publicó la primera monografía de Doménikos Theotokópulos. Refiere la visita al palacio de La Motilla del crítico alemán Julius Meier-Graefe y el pedagogo José Castillejo: «Sus propietarios han desempolvado El Greco que tenían en un rincón oscuro de la capilla, y ellos siguen sin comprender que aquello pueda valer, con la cabeza tan chiquitilla y el cuerpo largo, tan largo», comentan. El que se conocía como «El Crucificado del marqués de La Motilla» pasaba a llamarse el ‘Cristo en la Cruz’ de El Greco.
Con unas dimensiones de 178×104 cm. este ‘Cristo en la cruz’ se expone flanqueado por ‘La Dolorosa’ de José Gutiérrez Solana y ‘El juez de Zamarramala’ de Zuloaga: comparten con El Greco la mirada expresionista y el dramatismo escénico que identificó la «España Negra», observa Nadia Hernández, historiadora del arte y asesora de los Casacuberta Marsans. Acompañan la presentación Juan Antonio García Castro, exdirector del museo de El Greco de Toledo, e Ignasi Domènech, director de las colecciones del Cau Ferrat de Sitges. La Crucifixión pertenece a una de las líneas temáticas que el Greco pintaba en su taller toledano y ejemplifica el tránsito de los pequeños formatos que trabajó en Italia al gran formato: «Si las obras italianas son casi todas ‘tablillas’ de un tamaño que oscila entre los treinta y los sesenta centímetros de altura, los cuadros realizados en Toledo son telas que pueden alcanzar hasta los tres metros, con una talla media en torno al metro ochenta de alto, como es el caso del Cristo de la Colección Casacuberta Marsans», apunta García Castro. La obra muestra al Cristo solo, abandonado, pero vivo. Dirige su mirada al cielo como si pronunciara la frase de ‘Dios mío, «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» El Crucificado, de figura estilizada y cabeza pequeña, aparece rodeado por un paisaje con «una Jerusalén simbólica que se asemeja bastante a la silueta de El Escorial», y un conjunto de personajes en miniatura iluminados por luces espectrales, subraya García Castro. Esa atmósfera, tan característica de pintor cretense, supuso una revelación estética para Zuloaga y Rusiñol. «Valoraron no solo la manera de pintar sino la de vivir que se reflejaba en la expresión y composición de sus obras. Para ellos el Greco era el futuro, no el pasado. Una pintura entendida desde el alma liberada del realismo de la Academia», añade Domènech.
Con un fondo de más de cuatrocientas obras de las que solo se exponen cuarenta y seis la Colección Casacuberta Marsans suma el cuarto Greco de Barcelona (los otros tres se exponen en el MNAC) y el octavo de Cataluña si sumamos los dos del Cau Ferrat, el de la basílica de Sant Esteve de Olot, la colección Torelló Bertrán y el Museo de Montserrat. Con un marco de Horacio Pérez Hita, recientemente fallecido, el ‘Cristo en la cruz’ autógrafo expuesto expone en el Hospital de Sant Saver figura entre las mejores obras del Greco.
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