Creía que ya no importaba, pero la diferencia de edad sigue generando conversación. Fascina, incomoda. Basta un beso para comprobarlo Leer Creía que ya no importaba, pero la diferencia de edad sigue generando conversación. Fascina, incomoda. Basta un beso para comprobarlo Leer
Ella tiene los mejores pómulos de España, el óvalo de la cara perfecto. Él, mirada color Mediterráneo, sonrisa amable y cálida. Son una pareja -o lo que sean- hermosa.
Pero, desde que vimos a Aitana Sánchez-Gijón y Maxi Iglesias besarse, el comentario es otro. Igual de frívolo, incluso más. A mi alrededor, en los programas del corazón, el chascarrillo era siempre el mismo.
La diferencia de edad sigue siendo tema de conversación. Fascina, incomoda. Sigue sin normalizarse.
Hace tiempo, di por hecho que ahora ellas estaban con chicos más jóvenes -como es el caso de Aitana y Maxi– sin que importase. Lo veía en las películas (Anne Hathaway, Nicole Kidman, ¡hasta Bridget Jones!), en las celebridades de Hollywood, en mi círculo. «¿Soy muy pequeño, verdad?», me preguntó en una ocasión un chico al que sacaba 10 años. Para nada. Aquello que habíamos visto desde siempre en hombres con chicas más jóvenes había acabado normalizándose en nosotras.
Hubo un tiempo en que, en la literatura, la mujer mayor era un mito, la señora misteriosa y experta, incluso peligrosa, que iniciaba a un muchacho en el sexo. Lo dejó escrito Colette en El trigo tierno: un verano en la Bretaña, un adolescente prendado de una enigmática dama de blanco, «dotada de un talante depredador, de una implacabilidad apasionada, de un arte pedagógico hechizante».
Qué antiguo, qué lejos de las historias actuales sobre diferencia de edad. Las reales y las de ficción. Las felices y las dañinas.
Seas hombre o mujer, no es tan distinto lo que nos atrae de alguien más joven o mayor. El menor se siente atraído por el estatus del otro. No hablamos de dinero, sino de la gente que trata, de su modo de vida, de lo que ha conseguido. Para el mayor, estar con alguien más joven le hace sentirse vivo, reconectar con una parte de sí que había olvidado, descubrir lo que ya no creía posible. Es lo que les ocurre a la artista madura de A cuatro patas, alter ego de Miranda July, y al joven bailarín con el que tiene un affaire.
Pero, mientras escribo esto, caigo en que he vuelto a hacerlo.
Me equivoqué.
Reflexionar sobre la diferencia de edad entre un hombre y una mujer no hace más que mantener vivo el cliché. Yo misma impido que se normalice. Y a quién le importa, pensarán Aitana y Maxi. Ella no lo pudo decir mejor a las puertas del teatro: ¿De qué vais? ¿Pero quiénes sois vosotros?
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