Pedro Sánchez regresó ya a España tras haber concluido su visita oficial a China de esta semana, la cuarta en apenas tres años. Un viaje que afianza un brusco acercamiento no solo por lo cuantitativo, también por lo cualitativo. A su paso por Pekín, el presidente del Gobierno manifestó su oposición a Estados Unidos apoyando las aspiraciones globales del gigante asiático. «Occidente debe renunciar a parte de sus cuotas de representación en favor de la estabilidad global y la confianza de los países del Sur», planteó durante su discurso inicial en la Universidad Tsinghua. Después, reiteró ante Xi Jinping su disposición a «reformar» un orden internacional «debilitado por actores no menores», en referencia a EE.UU. e Israel, para hacerlo «más inclusivo, más representativo y más democrático».Unos adjetivos en contradicción esencial con el gesto que pretenden justificar: la connivencia con el más poderoso autoritarismo . No puede extrañar, por tanto, que Xi posicionara a Sánchez en su particular «lado correcto de la historia», caracterizando a España y China como dos «países de principios y moral».Noticia relacionada general No No El Gobierno se alinea con China en sus reclamaciones contra Occidente Jaime Santirso«En el mundo actual, plagado de desórdenes, con un orden internacional en descomposición, la forma en que un país aborda el derecho internacional y el orden internacional refleja su visión del mundo, sus valores, su concepción del orden y su sentido de la responsabilidad», prosiguió.Eludía el líder chino, claro está, una métrica infinitamente más nítida a la hora de determinar la cosmovisión de un Estado: lo que hace fronteras adentro.Ningún otro régimen contemporáneo ha ejercido tal grado de violencia contra su propio pueblo: véanse los 36 millones de muertos por las hambrunas inducidas por el Gran Salto Adelante (1958-1962), el millón de víctimas de la locura totalitaria de la Revolución Cultural (1966-1976), los 400 millones de nacimientos prevenidos por los abortos y esterilizaciones forzosas de la Política del Hijo Único (1979-2015) o los miles de asesinados por reclamar más apertura política en la matanza de Tiananmen en 1989. Sistema sin derechos políticos ni libertad de expresiónTodo ello ha configurado un sistema de partido único, sin derechos políticos ni libertad de expresión, sostenido sin trazas evidentes de fuerza. La dictadura que, desde un punto de vista técnico, con mayor eficacia ha conjugado subyugación y aquiescencia, prosperidad material mediante.Sin embargo, no es necesario retroceder décadas para contemplar su rostro más oscuro. Ahí están las «serias violaciones de derechos humanos» –Naciones Unidas dixit– perpetradas por la política de asimilación étnica en la provincia de Xinjiang, que han llevado a campos de reeducación a más de un millón de personas de minorías como la uigur.Tampoco se trata de una cuestión estrictamente interna. Lo prueba, por ejemplo, el bloqueo de una investigación garantista sobre el origen de la pandemia de covid en Wuhan. O la Ley de Seguridad Nacional impuesta en 2019 que acabó con las libertades civiles de Hong Kong, violando el tratado para la devolución de soberanía, su acuerdo internacional más importante. Todo ello mientras mantiene una creciente amenaza militar contra Taiwán, democracia independiente de facto considerada un territorio rebelde al que nunca ha renunciado a someter por la fuerza.Cambio de ejeAhora bien: la percepción global de China se ha visto beneficiada de manera comparativa por la deriva confrontacional de Donald Trump y su retirada del orden internacional que creó y durante décadas ha liderado. Todavía bajo el mandato de Joe Biden, Sánchez ya trataba de encabezar la disidencia en el seno de Occidente. Para hacerlo no ha tenido reparos en socavar uno de los primeros mecanismos de defensa de la UE ante la depredadora economía china, los aranceles a los coches eléctricos, con un radical cambio de posición al término de su segunda visita en septiembre de 2024. Sin embargo, no ha extraído a cambio réditos significativos, tal y como atestigua un déficit que sigue creciendo –el año pasado un 12% hasta los 42.278 millones de euros, nuevo máximo histórico– pues el desequilibrio comercial representa una característica constitutiva del sistema. Ahora que el contexto empuja a más mandatarios a la capital china, el español ha redoblado la apuesta , ofreciéndose como aliado a la hora de reconfigurar el mundo a imagen y semejanza de China. Esto supone un propósito fundamental del régimen, que aspira a resquebrajar la universalidad de los valores que cimentaron la comunidad internacional tras la II Guerra Mundial para encontrar acomodo a su modelo autoritario.Así, para enfatizar sus diferencias con Trump –al fin y al cabo fenómeno anómalo–, Sánchez soslaya la inmensa falla moral que media con China. Una quiebra escenificada con excepcional claridad durante el desfile militar en conmemoración del 80º aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial cuando, flanqueado por el ruso Vladímir Putin y el norcoreano Kim Jong-un, Xi instó a la humanidad a «elegir de nuevo entre guerra y paz».Un nuevo orden internacional a cuyo advenimiento Sánchez se ha alistado, y ante el que surge una pregunta dolorosa por la naturaleza palmaria de su respuesta: si un mundo que se parezca más a China será un lugar mejor o peor en el que ser persona. Pedro Sánchez regresó ya a España tras haber concluido su visita oficial a China de esta semana, la cuarta en apenas tres años. Un viaje que afianza un brusco acercamiento no solo por lo cuantitativo, también por lo cualitativo. A su paso por Pekín, el presidente del Gobierno manifestó su oposición a Estados Unidos apoyando las aspiraciones globales del gigante asiático. «Occidente debe renunciar a parte de sus cuotas de representación en favor de la estabilidad global y la confianza de los países del Sur», planteó durante su discurso inicial en la Universidad Tsinghua. Después, reiteró ante Xi Jinping su disposición a «reformar» un orden internacional «debilitado por actores no menores», en referencia a EE.UU. e Israel, para hacerlo «más inclusivo, más representativo y más democrático».Unos adjetivos en contradicción esencial con el gesto que pretenden justificar: la connivencia con el más poderoso autoritarismo . No puede extrañar, por tanto, que Xi posicionara a Sánchez en su particular «lado correcto de la historia», caracterizando a España y China como dos «países de principios y moral».Noticia relacionada general No No El Gobierno se alinea con China en sus reclamaciones contra Occidente Jaime Santirso«En el mundo actual, plagado de desórdenes, con un orden internacional en descomposición, la forma en que un país aborda el derecho internacional y el orden internacional refleja su visión del mundo, sus valores, su concepción del orden y su sentido de la responsabilidad», prosiguió.Eludía el líder chino, claro está, una métrica infinitamente más nítida a la hora de determinar la cosmovisión de un Estado: lo que hace fronteras adentro.Ningún otro régimen contemporáneo ha ejercido tal grado de violencia contra su propio pueblo: véanse los 36 millones de muertos por las hambrunas inducidas por el Gran Salto Adelante (1958-1962), el millón de víctimas de la locura totalitaria de la Revolución Cultural (1966-1976), los 400 millones de nacimientos prevenidos por los abortos y esterilizaciones forzosas de la Política del Hijo Único (1979-2015) o los miles de asesinados por reclamar más apertura política en la matanza de Tiananmen en 1989. Sistema sin derechos políticos ni libertad de expresiónTodo ello ha configurado un sistema de partido único, sin derechos políticos ni libertad de expresión, sostenido sin trazas evidentes de fuerza. La dictadura que, desde un punto de vista técnico, con mayor eficacia ha conjugado subyugación y aquiescencia, prosperidad material mediante.Sin embargo, no es necesario retroceder décadas para contemplar su rostro más oscuro. Ahí están las «serias violaciones de derechos humanos» –Naciones Unidas dixit– perpetradas por la política de asimilación étnica en la provincia de Xinjiang, que han llevado a campos de reeducación a más de un millón de personas de minorías como la uigur.Tampoco se trata de una cuestión estrictamente interna. Lo prueba, por ejemplo, el bloqueo de una investigación garantista sobre el origen de la pandemia de covid en Wuhan. O la Ley de Seguridad Nacional impuesta en 2019 que acabó con las libertades civiles de Hong Kong, violando el tratado para la devolución de soberanía, su acuerdo internacional más importante. Todo ello mientras mantiene una creciente amenaza militar contra Taiwán, democracia independiente de facto considerada un territorio rebelde al que nunca ha renunciado a someter por la fuerza.Cambio de ejeAhora bien: la percepción global de China se ha visto beneficiada de manera comparativa por la deriva confrontacional de Donald Trump y su retirada del orden internacional que creó y durante décadas ha liderado. Todavía bajo el mandato de Joe Biden, Sánchez ya trataba de encabezar la disidencia en el seno de Occidente. Para hacerlo no ha tenido reparos en socavar uno de los primeros mecanismos de defensa de la UE ante la depredadora economía china, los aranceles a los coches eléctricos, con un radical cambio de posición al término de su segunda visita en septiembre de 2024. Sin embargo, no ha extraído a cambio réditos significativos, tal y como atestigua un déficit que sigue creciendo –el año pasado un 12% hasta los 42.278 millones de euros, nuevo máximo histórico– pues el desequilibrio comercial representa una característica constitutiva del sistema. Ahora que el contexto empuja a más mandatarios a la capital china, el español ha redoblado la apuesta , ofreciéndose como aliado a la hora de reconfigurar el mundo a imagen y semejanza de China. Esto supone un propósito fundamental del régimen, que aspira a resquebrajar la universalidad de los valores que cimentaron la comunidad internacional tras la II Guerra Mundial para encontrar acomodo a su modelo autoritario.Así, para enfatizar sus diferencias con Trump –al fin y al cabo fenómeno anómalo–, Sánchez soslaya la inmensa falla moral que media con China. Una quiebra escenificada con excepcional claridad durante el desfile militar en conmemoración del 80º aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial cuando, flanqueado por el ruso Vladímir Putin y el norcoreano Kim Jong-un, Xi instó a la humanidad a «elegir de nuevo entre guerra y paz».Un nuevo orden internacional a cuyo advenimiento Sánchez se ha alistado, y ante el que surge una pregunta dolorosa por la naturaleza palmaria de su respuesta: si un mundo que se parezca más a China será un lugar mejor o peor en el que ser persona.
Pedro Sánchez regresó ya a España tras haber concluido su visita oficial a China de esta semana, la cuarta en apenas tres años. Un viaje que afianza un brusco acercamiento no solo por lo cuantitativo, también por lo cualitativo. A su paso por Pekín, el … presidente del Gobierno manifestó su oposición a Estados Unidos apoyando las aspiraciones globales del gigante asiático.
«Occidente debe renunciar a parte de sus cuotas de representación en favor de la estabilidad global y la confianza de los países del Sur», planteó durante su discurso inicial en la Universidad Tsinghua. Después, reiteró ante Xi Jinping su disposición a «reformar» un orden internacional «debilitado por actores no menores», en referencia a EE.UU. e Israel, para hacerlo «más inclusivo, más representativo y más democrático».
Unos adjetivos en contradicción esencial con el gesto que pretenden justificar: la connivencia con el más poderoso autoritarismo. No puede extrañar, por tanto, que Xi posicionara a Sánchez en su particular «lado correcto de la historia», caracterizando a España y China como dos «países de principios y moral».
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«En el mundo actual, plagado de desórdenes, con un orden internacional en descomposición, la forma en que un país aborda el derecho internacional y el orden internacional refleja su visión del mundo, sus valores, su concepción del orden y su sentido de la responsabilidad», prosiguió.
Eludía el líder chino, claro está, una métrica infinitamente más nítida a la hora de determinar la cosmovisión de un Estado: lo que hace fronteras adentro.
Ningún otro régimen contemporáneo ha ejercido tal grado de violencia contra su propio pueblo: véanse los 36 millones de muertos por las hambrunas inducidas por el Gran Salto Adelante (1958-1962), el millón de víctimas de la locura totalitaria de la Revolución Cultural (1966-1976), los 400 millones de nacimientos prevenidos por los abortos y esterilizaciones forzosas de la Política del Hijo Único (1979-2015) o los miles de asesinados por reclamar más apertura política en la matanza de Tiananmen en 1989.
Sistema sin derechos políticos ni libertad de expresión
Todo ello ha configurado un sistema de partido único, sin derechos políticos ni libertad de expresión, sostenido sin trazas evidentes de fuerza. La dictadura que, desde un punto de vista técnico, con mayor eficacia ha conjugado subyugación y aquiescencia, prosperidad material mediante.
Sin embargo, no es necesario retroceder décadas para contemplar su rostro más oscuro. Ahí están las «serias violaciones de derechos humanos» –Naciones Unidas dixit– perpetradas por la política de asimilación étnica en la provincia de Xinjiang, que han llevado a campos de reeducación a más de un millón de personas de minorías como la uigur.
Tampoco se trata de una cuestión estrictamente interna. Lo prueba, por ejemplo, el bloqueo de una investigación garantista sobre el origen de la pandemia de covid en Wuhan. O la Ley de Seguridad Nacional impuesta en 2019 que acabó con las libertades civiles de Hong Kong, violando el tratado para la devolución de soberanía, su acuerdo internacional más importante. Todo ello mientras mantiene una creciente amenaza militar contra Taiwán, democracia independiente de facto considerada un territorio rebelde al que nunca ha renunciado a someter por la fuerza.
Cambio de eje
Ahora bien: la percepción global de China se ha visto beneficiada de manera comparativa por la deriva confrontacional de Donald Trump y su retirada del orden internacional que creó y durante décadas ha liderado.
Todavía bajo el mandato de Joe Biden, Sánchez ya trataba de encabezar la disidencia en el seno de Occidente. Para hacerlo no ha tenido reparos en socavar uno de los primeros mecanismos de defensa de la UE ante la depredadora economía china, los aranceles a los coches eléctricos, con un radical cambio de posición al término de su segunda visita en septiembre de 2024.
Sin embargo, no ha extraído a cambio réditos significativos, tal y como atestigua un déficit que sigue creciendo –el año pasado un 12% hasta los 42.278 millones de euros, nuevo máximo histórico– pues el desequilibrio comercial representa una característica constitutiva del sistema.
Ahora que el contexto empuja a más mandatarios a la capital china, el español ha redoblado la apuesta, ofreciéndose como aliado a la hora de reconfigurar el mundo a imagen y semejanza de China. Esto supone un propósito fundamental del régimen, que aspira a resquebrajar la universalidad de los valores que cimentaron la comunidad internacional tras la II Guerra Mundial para encontrar acomodo a su modelo autoritario.
Así, para enfatizar sus diferencias con Trump –al fin y al cabo fenómeno anómalo–, Sánchez soslaya la inmensa falla moral que media con China. Una quiebra escenificada con excepcional claridad durante el desfile militar en conmemoración del 80º aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial cuando, flanqueado por el ruso Vladímir Putin y el norcoreano Kim Jong-un, Xi instó a la humanidad a «elegir de nuevo entre guerra y paz».
Un nuevo orden internacional a cuyo advenimiento Sánchez se ha alistado, y ante el que surge una pregunta dolorosa por la naturaleza palmaria de su respuesta: si un mundo que se parezca más a China será un lugar mejor o peor en el que ser persona.
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