El inicio de la semana fue demasiado duro en Valdemaqueda. El pueblo pasó del confinamiento a la evacuación por los incendios que azotan la Sierra Oeste. La vida de Alfredo, sin embargo, no ha cambiado demasiado. Durante el confinamiento, relata, él seguía saliendo a trabajar. Su empleo no entiende de vacaciones ni de emergencias, pues a su cargo tiene un rebaño de más de 500 cabras de leche. «Mi vida es la misma con el encierro y ahora con los desalojos. Tengo que salir a trabajar, darles agua a los animales, ordeñarlas… Ahora además están teniendo cabritillos. Intento no moverme mucho para que no me echen las autoridades, eso sí. Tenemos que ir a dar de comer a los animales como si fuéramos terroristas…», relata al otro lado del teléfono.Este martes ya se permitía contar todo lo que están viviendo con más entereza. Incluso se permite hacer alguna broma. El lunes, confiesa, con el fuego amenazando al municipio, la situación era «para volverse loco»: «Fue un día muy duro. Me tocó llorar, porque pensé que se me quemaba la explotación, que no es pequeña. Lo bueno es que a lo largo de la noche la UME empezó a hacer cortafuegos y han logrado frenar el fuego». De hecho, las autoridades explicaron el martes a primera hora que durante la noche el uso masivo de medios aéreos y terrestres, con más de 400 efectivos desplegados en la zona, permitió contener el peligro en este frente que limitaba con Ávila.Aunque la mayoría del pueblo, con casi 900 habitantes censados, se fue tras la orden de evacuación, Alfredo confiesa que él no tiene miedo. No es el único ganadero que se ha quedado pendiente de su rebaño. «Tengo que cuidarlas y sacarlas», repite. De hecho, ya no puede sacarlas a pastar como antes, por si las llamas vuelven a desbocarse y toca recogerlas a toda prisa. Antes, el 60% de su alimentación dependía de lo que comían en libertad. Ahora, lleva días dándoles mucha más alfalfa y pienso, «el doble de gasto», apunta. «Las personas son lo primero y tiene que ser así», sostiene con aplomo. De hecho, añade, la mayoría de la gente se ha ido después de unos días en un pueblo fantasma, confinado por el humo, con todas las tiendas cerradas, dice. «Pero a los animales también hay que protegerlos . Hoy en día no nos dejan hacer nada, no puedes crear cortafuegos limpiando de vegetación los alrededores de las explotaciones. Ni para cortar una jara te dan permisos», lamenta. «Como a la brasa»La victoria pírrica contra el fuego de la noche del lunes en el frente de Valdemaqueda, sin embargo, llegó demasiado tarde para algunas explotaciones ganaderas vecinas. En otros incendios que ya ha sufrido la zona, recuerda, les tocó a ellos. En Navas del Rey, relata Alfredo, a su hermana se le han quemado unas cien cabezas de ganado caprino. «Es una pena muy grande, estaban las pobres como a la brasa», lamenta. Otros vecinos lograron salvar a los animales, pero se les quemó la nave, «hasta la máquina de ordeñar». «Mi hijo, bombero, lleva días sin dormir en casa, está destinado en Cebreros y luchando contra este incendio», cuenta AlfredoAunque el gobierno regional ya ha anunciado ayudas para las explotaciones ganaderas dañadas, Alfredo cree que pasará como con los daños derivados de los ataques del lobo. «Te pagan una de muchas, ¿y el estrés que sufren las demás?», apunta. Hasta que llegue la hora del recuento de daños, la Comunidad de Madrid ha anunciado ya que repartirá 300.000 kilos de forraje (ya ha distribuido cerca de 75.000) para alimentar a unos 1.000 animales entre vacas, ovejas, caballos y cabras. También han puesto a disposición de estos profesionales diez depósitos de agua de mil litros de capacidad. «Muchas veces los agentes forestales nos entienden, pero nos dicen que su trabajo es hacer cumplir la ley. Y es así», apunta. Solo les queda esperar que el viento, «el volante del fuego», afirma, sople a su favor. Sabe bien de lo que habla, y no solo por la sabiduría que da haber trabajado décadas en el campo, sino también porque su hijo es bombero. «Está destinado en Cebreros, de hecho lleva días sin dormir en casa, está trabajando en este incendio. A él le tocó primero la zona de Casillas, luego por el río Cofio…». Por el momento, solo queda esperar y confiar en que sigan teniendo suerte. Mientras, desde luego, parados no están. El inicio de la semana fue demasiado duro en Valdemaqueda. El pueblo pasó del confinamiento a la evacuación por los incendios que azotan la Sierra Oeste. La vida de Alfredo, sin embargo, no ha cambiado demasiado. Durante el confinamiento, relata, él seguía saliendo a trabajar. Su empleo no entiende de vacaciones ni de emergencias, pues a su cargo tiene un rebaño de más de 500 cabras de leche. «Mi vida es la misma con el encierro y ahora con los desalojos. Tengo que salir a trabajar, darles agua a los animales, ordeñarlas… Ahora además están teniendo cabritillos. Intento no moverme mucho para que no me echen las autoridades, eso sí. Tenemos que ir a dar de comer a los animales como si fuéramos terroristas…», relata al otro lado del teléfono.Este martes ya se permitía contar todo lo que están viviendo con más entereza. Incluso se permite hacer alguna broma. El lunes, confiesa, con el fuego amenazando al municipio, la situación era «para volverse loco»: «Fue un día muy duro. Me tocó llorar, porque pensé que se me quemaba la explotación, que no es pequeña. Lo bueno es que a lo largo de la noche la UME empezó a hacer cortafuegos y han logrado frenar el fuego». De hecho, las autoridades explicaron el martes a primera hora que durante la noche el uso masivo de medios aéreos y terrestres, con más de 400 efectivos desplegados en la zona, permitió contener el peligro en este frente que limitaba con Ávila.Aunque la mayoría del pueblo, con casi 900 habitantes censados, se fue tras la orden de evacuación, Alfredo confiesa que él no tiene miedo. No es el único ganadero que se ha quedado pendiente de su rebaño. «Tengo que cuidarlas y sacarlas», repite. De hecho, ya no puede sacarlas a pastar como antes, por si las llamas vuelven a desbocarse y toca recogerlas a toda prisa. Antes, el 60% de su alimentación dependía de lo que comían en libertad. Ahora, lleva días dándoles mucha más alfalfa y pienso, «el doble de gasto», apunta. «Las personas son lo primero y tiene que ser así», sostiene con aplomo. De hecho, añade, la mayoría de la gente se ha ido después de unos días en un pueblo fantasma, confinado por el humo, con todas las tiendas cerradas, dice. «Pero a los animales también hay que protegerlos . Hoy en día no nos dejan hacer nada, no puedes crear cortafuegos limpiando de vegetación los alrededores de las explotaciones. Ni para cortar una jara te dan permisos», lamenta. «Como a la brasa»La victoria pírrica contra el fuego de la noche del lunes en el frente de Valdemaqueda, sin embargo, llegó demasiado tarde para algunas explotaciones ganaderas vecinas. En otros incendios que ya ha sufrido la zona, recuerda, les tocó a ellos. En Navas del Rey, relata Alfredo, a su hermana se le han quemado unas cien cabezas de ganado caprino. «Es una pena muy grande, estaban las pobres como a la brasa», lamenta. Otros vecinos lograron salvar a los animales, pero se les quemó la nave, «hasta la máquina de ordeñar». «Mi hijo, bombero, lleva días sin dormir en casa, está destinado en Cebreros y luchando contra este incendio», cuenta AlfredoAunque el gobierno regional ya ha anunciado ayudas para las explotaciones ganaderas dañadas, Alfredo cree que pasará como con los daños derivados de los ataques del lobo. «Te pagan una de muchas, ¿y el estrés que sufren las demás?», apunta. Hasta que llegue la hora del recuento de daños, la Comunidad de Madrid ha anunciado ya que repartirá 300.000 kilos de forraje (ya ha distribuido cerca de 75.000) para alimentar a unos 1.000 animales entre vacas, ovejas, caballos y cabras. También han puesto a disposición de estos profesionales diez depósitos de agua de mil litros de capacidad. «Muchas veces los agentes forestales nos entienden, pero nos dicen que su trabajo es hacer cumplir la ley. Y es así», apunta. Solo les queda esperar que el viento, «el volante del fuego», afirma, sople a su favor. Sabe bien de lo que habla, y no solo por la sabiduría que da haber trabajado décadas en el campo, sino también porque su hijo es bombero. «Está destinado en Cebreros, de hecho lleva días sin dormir en casa, está trabajando en este incendio. A él le tocó primero la zona de Casillas, luego por el río Cofio…». Por el momento, solo queda esperar y confiar en que sigan teniendo suerte. Mientras, desde luego, parados no están.
El inicio de la semana fue demasiado duro en Valdemaqueda. El pueblo pasó del confinamiento a la evacuación por los incendios que azotan la Sierra Oeste. La vida de Alfredo, sin embargo, no ha cambiado demasiado. Durante el confinamiento, relata, él seguía saliendo a … trabajar. Su empleo no entiende de vacaciones ni de emergencias, pues a su cargo tiene un rebaño de más de 500 cabras de leche. «Mi vida es la misma con el encierro y ahora con los desalojos. Tengo que salir a trabajar, darles agua a los animales, ordeñarlas… Ahora además están teniendo cabritillos. Intento no moverme mucho para que no me echen las autoridades, eso sí. Tenemos que ir a dar de comer a los animales como si fuéramos terroristas…», relata al otro lado del teléfono.
Este martes ya se permitía contar todo lo que están viviendo con más entereza. Incluso se permite hacer alguna broma. El lunes, confiesa, con el fuego amenazando al municipio, la situación era «para volverse loco»: «Fue un día muy duro. Me tocó llorar, porque pensé que se me quemaba la explotación, que no es pequeña. Lo bueno es que a lo largo de la noche la UME empezó a hacer cortafuegos y han logrado frenar el fuego». De hecho, las autoridades explicaron el martes a primera hora que durante la noche el uso masivo de medios aéreos y terrestres, con más de 400 efectivos desplegados en la zona, permitió contener el peligro en este frente que limitaba con Ávila.
Aunque la mayoría del pueblo, con casi 900 habitantes censados, se fue tras la orden de evacuación, Alfredo confiesa que él no tiene miedo. No es el único ganadero que se ha quedado pendiente de su rebaño. «Tengo que cuidarlas y sacarlas», repite. De hecho, ya no puede sacarlas a pastar como antes, por si las llamas vuelven a desbocarse y toca recogerlas a toda prisa. Antes, el 60% de su alimentación dependía de lo que comían en libertad. Ahora, lleva días dándoles mucha más alfalfa y pienso, «el doble de gasto», apunta.
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«Las personas son lo primero y tiene que ser así», sostiene con aplomo. De hecho, añade, la mayoría de la gente se ha ido después de unos días en un pueblo fantasma, confinado por el humo, con todas las tiendas cerradas, dice. «Pero a los animales también hay que protegerlos. Hoy en día no nos dejan hacer nada, no puedes crear cortafuegos limpiando de vegetación los alrededores de las explotaciones. Ni para cortar una jara te dan permisos», lamenta.
«Como a la brasa»
La victoria pírrica contra el fuego de la noche del lunes en el frente de Valdemaqueda, sin embargo, llegó demasiado tarde para algunas explotaciones ganaderas vecinas. En otros incendios que ya ha sufrido la zona, recuerda, les tocó a ellos. En Navas del Rey, relata Alfredo, a su hermana se le han quemado unas cien cabezas de ganado caprino. «Es una pena muy grande, estaban las pobres como a la brasa», lamenta. Otros vecinos lograron salvar a los animales, pero se les quemó la nave, «hasta la máquina de ordeñar».
«Mi hijo, bombero, lleva días sin dormir en casa, está destinado en Cebreros y luchando contra este incendio», cuenta Alfredo
Aunque el gobierno regional ya ha anunciado ayudas para las explotaciones ganaderas dañadas, Alfredo cree que pasará como con los daños derivados de los ataques del lobo. «Te pagan una de muchas, ¿y el estrés que sufren las demás?», apunta. Hasta que llegue la hora del recuento de daños, la Comunidad de Madrid ha anunciado ya que repartirá 300.000 kilos de forraje (ya ha distribuido cerca de 75.000) para alimentar a unos 1.000 animales entre vacas, ovejas, caballos y cabras. También han puesto a disposición de estos profesionales diez depósitos de agua de mil litros de capacidad. «Muchas veces los agentes forestales nos entienden, pero nos dicen que su trabajo es hacer cumplir la ley. Y es así», apunta.
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Solo les queda esperar que el viento, «el volante del fuego», afirma, sople a su favor. Sabe bien de lo que habla, y no solo por la sabiduría que da haber trabajado décadas en el campo, sino también porque su hijo es bombero. «Está destinado en Cebreros, de hecho lleva días sin dormir en casa, está trabajando en este incendio. A él le tocó primero la zona de Casillas, luego por el río Cofio…». Por el momento, solo queda esperar y confiar en que sigan teniendo suerte. Mientras, desde luego, parados no están.
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