El fuego se ha convertido en el trágico protagonista de un verano que se recordará por la devastación de miles de hectáreas, la evacuación y confinamiento de personas y la destrucción de innumerables bienes materiales en lo que se ha denominado la España vaciada, la cenicienta de nuestro Estado de bienestar. Últimamente todo parecen desgracias para esa España que sobrevive para que el resto tenga asegurada la subsistencia de bienes primarios. En el mundo rural hay dos lugares tradicionales que son referencia de socialización, de comunidad, la Iglesia y el bar. Cuando en un pueblo deja de celebrarse la eucaristía y se cierra el bar el futuro está sentenciado.Esta semana hemos visto cómo hay una labor de extinción que trasciende a la del control de los focos activos. Junto con el trabajo de los servidores públicos, Guardia Civil, UME, bomberos, brigadas forestales, ahí han estado los sacerdotes para acompañar con su presencia y generosidad el sufrimiento de las personas. Los sacerdotes hacen posible con su cercanía y aliento el milagro de la esperanza. El obispo de Getafe, monseñor Ginés García Beltrán, en cuya diócesis se han producido algunos de los más agresivos focos, ha recordado en un vídeo mensaje tres sentimientos que ha tenido estos días. «Dolor por el incendio, dolor por la destrucción; alegría por la colaboración y la solidaridad que nos hace salir de esas intolerancias en las que muchas veces vivimos; y esperanza en que podamos ser cada día mejores». Las palabras del obispo de Getafe han puesto en valor la respuesta ciudadana junto con la institucional, además de expresar un deseo: «Cómo me gustaría que la Iglesia, que nuestras parroquias, nuestras comunidades, puedan atender material y espiritualmente a aquellos que lo necesitan en estos meses futuros». Entre tanto ruido social, entre tanta crisis acumulada y sin respuesta que obliga a repensar el sentido de la política y el papel de los políticos, como ha señalado monseñor Ginés García Beltrán, dentro de no poco se apagará el interés mediático, pero la Iglesia seguirá ahí «cercana a los demás, para ser una mano amiga, un rostro fraterno». El fuego se ha convertido en el trágico protagonista de un verano que se recordará por la devastación de miles de hectáreas, la evacuación y confinamiento de personas y la destrucción de innumerables bienes materiales en lo que se ha denominado la España vaciada, la cenicienta de nuestro Estado de bienestar. Últimamente todo parecen desgracias para esa España que sobrevive para que el resto tenga asegurada la subsistencia de bienes primarios. En el mundo rural hay dos lugares tradicionales que son referencia de socialización, de comunidad, la Iglesia y el bar. Cuando en un pueblo deja de celebrarse la eucaristía y se cierra el bar el futuro está sentenciado.Esta semana hemos visto cómo hay una labor de extinción que trasciende a la del control de los focos activos. Junto con el trabajo de los servidores públicos, Guardia Civil, UME, bomberos, brigadas forestales, ahí han estado los sacerdotes para acompañar con su presencia y generosidad el sufrimiento de las personas. Los sacerdotes hacen posible con su cercanía y aliento el milagro de la esperanza. El obispo de Getafe, monseñor Ginés García Beltrán, en cuya diócesis se han producido algunos de los más agresivos focos, ha recordado en un vídeo mensaje tres sentimientos que ha tenido estos días. «Dolor por el incendio, dolor por la destrucción; alegría por la colaboración y la solidaridad que nos hace salir de esas intolerancias en las que muchas veces vivimos; y esperanza en que podamos ser cada día mejores». Las palabras del obispo de Getafe han puesto en valor la respuesta ciudadana junto con la institucional, además de expresar un deseo: «Cómo me gustaría que la Iglesia, que nuestras parroquias, nuestras comunidades, puedan atender material y espiritualmente a aquellos que lo necesitan en estos meses futuros». Entre tanto ruido social, entre tanta crisis acumulada y sin respuesta que obliga a repensar el sentido de la política y el papel de los políticos, como ha señalado monseñor Ginés García Beltrán, dentro de no poco se apagará el interés mediático, pero la Iglesia seguirá ahí «cercana a los demás, para ser una mano amiga, un rostro fraterno».
El fuego se ha convertido en el trágico protagonista de un verano que se recordará por la devastación de miles de hectáreas, la evacuación y confinamiento de personas y la destrucción de innumerables bienes materiales en lo que se ha denominado la España vaciada, la … cenicienta de nuestro Estado de bienestar. Últimamente todo parecen desgracias para esa España que sobrevive para que el resto tenga asegurada la subsistencia de bienes primarios. En el mundo rural hay dos lugares tradicionales que son referencia de socialización, de comunidad, la Iglesia y el bar. Cuando en un pueblo deja de celebrarse la eucaristía y se cierra el bar el futuro está sentenciado.
Esta semana hemos visto cómo hay una labor de extinción que trasciende a la del control de los focos activos. Junto con el trabajo de los servidores públicos, Guardia Civil, UME, bomberos, brigadas forestales, ahí han estado los sacerdotes para acompañar con su presencia y generosidad el sufrimiento de las personas. Los sacerdotes hacen posible con su cercanía y aliento el milagro de la esperanza.
El obispo de Getafe, monseñor Ginés García Beltrán, en cuya diócesis se han producido algunos de los más agresivos focos, ha recordado en un vídeo mensaje tres sentimientos que ha tenido estos días. «Dolor por el incendio, dolor por la destrucción; alegría por la colaboración y la solidaridad que nos hace salir de esas intolerancias en las que muchas veces vivimos; y esperanza en que podamos ser cada día mejores». Las palabras del obispo de Getafe han puesto en valor la respuesta ciudadana junto con la institucional, además de expresar un deseo: «Cómo me gustaría que la Iglesia, que nuestras parroquias, nuestras comunidades, puedan atender material y espiritualmente a aquellos que lo necesitan en estos meses futuros». Entre tanto ruido social, entre tanta crisis acumulada y sin respuesta que obliga a repensar el sentido de la política y el papel de los políticos, como ha señalado monseñor Ginés García Beltrán, dentro de no poco se apagará el interés mediático, pero la Iglesia seguirá ahí «cercana a los demás, para ser una mano amiga, un rostro fraterno».
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