Ningún actor puede ocupar el espacio de Manolo Solo, ningún músico puede coger el testigo de Víctor Coyote y ningún ser humano puede replicar la obra de Juan Tamariz Leer Ningún actor puede ocupar el espacio de Manolo Solo, ningún músico puede coger el testigo de Víctor Coyote y ningún ser humano puede replicar la obra de Juan Tamariz Leer
Como soy así, escribí una columna a finales de julio sin recordar que mis columnas se cerraban por vacaciones, así que guardé el texto en el cajón del medio y puse una etiqueta con la fecha en la que la podría reciclar. Intenté describir el desconcierto provocado por la muerte de Manolo Solo, dejando que la pena me llevase donde le apeteciese.
No la puedo reciclar, claro. Los veranos son los nuevos inviernos y éste ha sido especialmente cruel, llevándose a personas cuya existencia dábamos por garantizada, como si fuese un derecho. La inmortalidad es un deseo mundano y egoísta, cada día más abaratado por culpa de los nuevos billonarios y los experimentos que hacen a puerta cerrada para vivir más años y degradar aún más su imagen pública. Sabemos que la muerte es una muestra de lucidez del ADN, que sabe, como cualquier adulto con dos dedos de frente, que el mundo necesita ir renovando el catálogo de personajes. De no ser así, nos iríamos acumulando los de siempre, ocupando más calle, y el nivel de ruido y bochorno llevaría tiempo siendo insostenible. Pero creo que si hiciéramos una reunión de vecinos global no tardaríamos en aprobar por unanimidad que ciertas personas vivieran para siempre.
Voy a hacer una dura confesión. Reconozco a Dolly Parton como una anomalía en nuestra especie, un ser tan extraordinario a tantas escalas que puede que consiguiera retrasar el apocalipsis unos cuantos meses mientras escribía y cantaba miles de canciones. Pues bien, cuando recibí la noticia de su fallecimiento el primer pensamiento que se me cayó al suelo fue de alivio: «Ha caído lejos».
El 25 de agosto todavía estaba recomponiéndome tras la muerte de Manolo Solo, Victor Coyote y Juan Tamariz. Respectivamente, el artista con el que siempre quise convivir, el artista al que siempre querré parecerme y el artista al que nunca nadie pretenderá alcanzar. Tuve la suerte de conocer a los tres durante una cantidad total de minutos que ahora me parece a la vez un lujo inmerecido y una migaja insuficiente. Les admiraba profundamente, de una manera que me tranquiliza saber que no necesita mucha explicación. Mi sensación es igual que la de todos vosotros.
El escenario de nuestras vidas se ha roto por tres sitios nuevos y sabemos, con total seguridad, que no hay reparación posible, que tendremos que acostumbrarnos al desperfecto. Ningún actor puede ocupar el espacio de Manolo, ningún músico puede coger el testigo de Víctor y ningún ser humano puede replicar la obra de Juan. Hasta suena egoísta que hayan conseguido ser unos seres tan específicos, tan concretos, tan alejados de lo que se espera de una estrella de cine, un cantautor y un mago. Igual la auténtica generosidad es irse de este mundo sin dejar un boquete tan a la vista, sin arruinarle la función a nadie. Este es el bosque que atravieso esta noche, intentando orientarme. No me hace falta mirar al cielo. Hay una estrella que vuelve a brillar más que las demás y ya sé de sobra cuál es.
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