La última vez que estuvieron juntos, padecieron una infección de oído, un daño producido por el agua de una piscina de cortas dimensiones, no sé si podrían escuchar lo que se decían, el caso es que sí interpretaban las palabras sin siquiera gesticular. Fueron solo diez días, y aunque se respiraba un ambiente de tranquilidad, la suficiencia del tiempo puso de su parte para que enfermaran uno al lado del otro. A ambos les dio la baja el medico de cabecera. Total para oír lo que tenían que escuchar. Hoy, varios años después, cumplido el centenario de la muerte del poeta Rainer Maria Rilke, su poesía nos recuerda que no todo dolor debe evitarse y que algunos sucesos se resuelven con firmeza, porque la lluvia, queramos o no, pocas veces acude en nuestro auxilio y si aparece, explosiona como las flores en un duelo, no para regar la tierra cuarteada. Ahora imaginen que les confío algo íntimo, una materia frágil que de tocar se tocaría con absoluta sensibilidad, así que vayamos a la comprensión motriz del cerebro para hacer cábalas sobre las idioteces que nos vemos obligados a escuchar sobre el absentismo y su forma de proceder. No es necesario leer entre líneas para crear una suposición repleta de expectativas, inmolarse a la comprensión intelectual de la persona en las diferentes formas de entender el significado de cada palabra, ni enseñar al mundo cómo respetarse a uno mismo y a quien ignora las mil maneras de interpretar el respeto mutuo sin tanta tachadura ideológica y, entre bulo y bulo, la hilaridad cierre los ojos a las personas que no ven más allá de donde suelen mirar y acaben mirando al limbo cuando se les critique. Al parecer, según he oído de forma categórica, el absentismo es un cáncer para las entendederas de los ciudadanos apoltronados, y para los enfermos, una triquiñuela perversa llena de fatalidad, pero acaso quien lo dice nunca sufre padeceres, o no siente lo que sentimos cuando algo se nos muere. Según Margaret Atwood, «En la vida una tragedia no es un gran grito que dure un instante. Incluye todo lo que conduce a ella». Así pues, me pregunto, de qué sirve el alarido cuando se enferma. Según quién evidencia el absurdo de estas palabras, de nada. ¿Por qué? Porque el evidente orador es un cuajado absentista y si recibe órdenes de quienes le pagan, la fuente sigue manando como siempre manó, entonces díganme en manos de quién están los absentos temporales frente a los absentistas profesionales. Cecilie, la protagonista de la estatua inaugurada en Oslo en 2020, madre de tres hijos, diagnosticada de cáncer de mama metastásico, solo tenía 42 años, era un cáncer incurable y ella, como poco necesitaba ser escuchada y representada. En mi caso no es un juego de palabras intencionado, una prosa evocadora o algo similar. Porque podría referirme a una escultura específica, pensar en «La mujer de mármol», en el monumento a Justa Frasia, o la famosa escultura dedicada a las mujeres que luchan contra esta enfermedad en todo el mundo, «La Mona Lisa con mastectomía» o intervenciones artísticas mostrando sus cicatrices sin tabúes para normalizar la enfermedad. Me refiero a los insensibles que bajo el dogma del pulgar apabullante, hablan sin determinación, ignorando el futuro que intentan desatar entre la sociedad trabajadora, autónomos y asalariados dependientes de un mísero sueldo que si caen enfermos sufren la desavenencia de la economía. ¿Estos colectivos participan activamente en el absentismo? Muchos partidarios del absentista orador se han puesto en contra tachando el dogma de basura irreciclable. Yo también porque no me creo nada, nada, nada, nada de nada, pero sí me creo las palabras del poeta Rilke y, por supuesto, el sufrimiento que tuvieron que padecen aquellos amantes bañados por el agua que, creyendo en su poder milagroso, tuvieron que abandonar su misión de nadar juntos a diario, aunque dudo ahora, si después de haber escuchado las frases del adivino, la baja fue producida por decisión médica o por el desgaste de la emoción que dejó de amortiguar en sus tímpanos. Supongo que durante aquellos días de asueto que tendrían sin perder un solo céntimo, se responderían a la pregunta. «Felices aquellos que nunca se alejaron y en la lluvia estuvieron quietos, sin tejado; hacia ellos vendrán todas las cosechas y su fruto aumentará mil veces». Palabras de Rilke, el autor austriaco. En cualquier caso, a los bañistas les daría la baja el medico de cabecera y desde entonces no han vuelto a escuchar sus nombres. ¿Sería absentismo cancerígeno? Por fin les confié algo íntimo, una materia frágil que deben tocarla con absoluta sensibilidad, hablo del respeto a quien enferma y del desprecio a quien ignora esta posibilidad. Seguro que Cecilie, «La mujer de marmol», más que preguntas, tendría respuestas. Y yo me pregunto: ¿Quién escribe estos discursos? La última vez que estuvieron juntos, padecieron una infección de oído, un daño producido por el agua de una piscina de cortas dimensiones, no sé si podrían escuchar lo que se decían, el caso es que sí interpretaban las palabras sin siquiera gesticular. Fueron solo diez días, y aunque se respiraba un ambiente de tranquilidad, la suficiencia del tiempo puso de su parte para que enfermaran uno al lado del otro. A ambos les dio la baja el medico de cabecera. Total para oír lo que tenían que escuchar. Hoy, varios años después, cumplido el centenario de la muerte del poeta Rainer Maria Rilke, su poesía nos recuerda que no todo dolor debe evitarse y que algunos sucesos se resuelven con firmeza, porque la lluvia, queramos o no, pocas veces acude en nuestro auxilio y si aparece, explosiona como las flores en un duelo, no para regar la tierra cuarteada. Ahora imaginen que les confío algo íntimo, una materia frágil que de tocar se tocaría con absoluta sensibilidad, así que vayamos a la comprensión motriz del cerebro para hacer cábalas sobre las idioteces que nos vemos obligados a escuchar sobre el absentismo y su forma de proceder. No es necesario leer entre líneas para crear una suposición repleta de expectativas, inmolarse a la comprensión intelectual de la persona en las diferentes formas de entender el significado de cada palabra, ni enseñar al mundo cómo respetarse a uno mismo y a quien ignora las mil maneras de interpretar el respeto mutuo sin tanta tachadura ideológica y, entre bulo y bulo, la hilaridad cierre los ojos a las personas que no ven más allá de donde suelen mirar y acaben mirando al limbo cuando se les critique. Al parecer, según he oído de forma categórica, el absentismo es un cáncer para las entendederas de los ciudadanos apoltronados, y para los enfermos, una triquiñuela perversa llena de fatalidad, pero acaso quien lo dice nunca sufre padeceres, o no siente lo que sentimos cuando algo se nos muere. Según Margaret Atwood, «En la vida una tragedia no es un gran grito que dure un instante. Incluye todo lo que conduce a ella». Así pues, me pregunto, de qué sirve el alarido cuando se enferma. Según quién evidencia el absurdo de estas palabras, de nada. ¿Por qué? Porque el evidente orador es un cuajado absentista y si recibe órdenes de quienes le pagan, la fuente sigue manando como siempre manó, entonces díganme en manos de quién están los absentos temporales frente a los absentistas profesionales. Cecilie, la protagonista de la estatua inaugurada en Oslo en 2020, madre de tres hijos, diagnosticada de cáncer de mama metastásico, solo tenía 42 años, era un cáncer incurable y ella, como poco necesitaba ser escuchada y representada. En mi caso no es un juego de palabras intencionado, una prosa evocadora o algo similar. Porque podría referirme a una escultura específica, pensar en «La mujer de mármol», en el monumento a Justa Frasia, o la famosa escultura dedicada a las mujeres que luchan contra esta enfermedad en todo el mundo, «La Mona Lisa con mastectomía» o intervenciones artísticas mostrando sus cicatrices sin tabúes para normalizar la enfermedad. Me refiero a los insensibles que bajo el dogma del pulgar apabullante, hablan sin determinación, ignorando el futuro que intentan desatar entre la sociedad trabajadora, autónomos y asalariados dependientes de un mísero sueldo que si caen enfermos sufren la desavenencia de la economía. ¿Estos colectivos participan activamente en el absentismo? Muchos partidarios del absentista orador se han puesto en contra tachando el dogma de basura irreciclable. Yo también porque no me creo nada, nada, nada, nada de nada, pero sí me creo las palabras del poeta Rilke y, por supuesto, el sufrimiento que tuvieron que padecen aquellos amantes bañados por el agua que, creyendo en su poder milagroso, tuvieron que abandonar su misión de nadar juntos a diario, aunque dudo ahora, si después de haber escuchado las frases del adivino, la baja fue producida por decisión médica o por el desgaste de la emoción que dejó de amortiguar en sus tímpanos. Supongo que durante aquellos días de asueto que tendrían sin perder un solo céntimo, se responderían a la pregunta. «Felices aquellos que nunca se alejaron y en la lluvia estuvieron quietos, sin tejado; hacia ellos vendrán todas las cosechas y su fruto aumentará mil veces». Palabras de Rilke, el autor austriaco. En cualquier caso, a los bañistas les daría la baja el medico de cabecera y desde entonces no han vuelto a escuchar sus nombres. ¿Sería absentismo cancerígeno? Por fin les confié algo íntimo, una materia frágil que deben tocarla con absoluta sensibilidad, hablo del respeto a quien enferma y del desprecio a quien ignora esta posibilidad. Seguro que Cecilie, «La mujer de marmol», más que preguntas, tendría respuestas. Y yo me pregunto: ¿Quién escribe estos discursos?
La última vez que estuvieron juntos, padecieron una infección de oído, un daño producido por el agua de una piscina de cortas dimensiones, no sé si podrían escuchar lo que se decían, el caso es que sí interpretaban las palabras sin siquiera gesticular. Fueron solo … diez días, y aunque se respiraba un ambiente de tranquilidad, la suficiencia del tiempo puso de su parte para que enfermaran uno al lado del otro.
A ambos les dio la baja el medico de cabecera.
Total para oír lo que tenían que escuchar.
Hoy, varios años después, cumplido el centenario de la muerte del poeta Rainer Maria Rilke, su poesía nos recuerda que no todo dolor debe evitarse y que algunos sucesos se resuelven con firmeza, porque la lluvia, queramos o no, pocas veces acude en nuestro auxilio y si aparece, explosiona como las flores en un duelo, no para regar la tierra cuarteada.
Ahora imaginen que les confío algo íntimo, una materia frágil que de tocar se tocaría con absoluta sensibilidad, así que vayamos a la comprensión motriz del cerebro para hacer cábalas sobre las idioteces que nos vemos obligados a escuchar sobre el absentismo y su forma de proceder.
No es necesario leer entre líneas para crear una suposición repleta de expectativas, inmolarse a la comprensión intelectual de la persona en las diferentes formas de entender el significado de cada palabra, ni enseñar al mundo cómo respetarse a uno mismo y a quien ignora las mil maneras de interpretar el respeto mutuo sin tanta tachadura ideológica y, entre bulo y bulo, la hilaridad cierre los ojos a las personas que no ven más allá de donde suelen mirar y acaben mirando al limbo cuando se les critique.
Al parecer, según he oído de forma categórica, el absentismo es un cáncer para las entendederas de los ciudadanos apoltronados, y para los enfermos, una triquiñuela perversa llena de fatalidad, pero acaso quien lo dice nunca sufre padeceres, o no siente lo que sentimos cuando algo se nos muere. Según Margaret Atwood, «En la vida una tragedia no es un gran grito que dure un instante. Incluye todo lo que conduce a ella».
Así pues, me pregunto, de qué sirve el alarido cuando se enferma.
Según quién evidencia el absurdo de estas palabras, de nada.
¿Por qué?
Porque el evidente orador es un cuajado absentista y si recibe órdenes de quienes le pagan, la fuente sigue manando como siempre manó, entonces díganme en manos de quién están los absentos temporales frente a los absentistas profesionales.
Cecilie, la protagonista de la estatua inaugurada en Oslo en 2020, madre de tres hijos, diagnosticada de cáncer de mama metastásico, solo tenía 42 años, era un cáncer incurable y ella, como poco necesitaba ser escuchada y representada.
En mi caso no es un juego de palabras intencionado, una prosa evocadora o algo similar. Porque podría referirme a una escultura específica, pensar en «La mujer de mármol», en el monumento a Justa Frasia, o la famosa escultura dedicada a las mujeres que luchan contra esta enfermedad en todo el mundo, «La Mona Lisa con mastectomía» o intervenciones artísticas mostrando sus cicatrices sin tabúes para normalizar la enfermedad.
Me refiero a los insensibles que bajo el dogma del pulgar apabullante, hablan sin determinación, ignorando el futuro que intentan desatar entre la sociedad trabajadora, autónomos y asalariados dependientes de un mísero sueldo que si caen enfermos sufren la desavenencia de la economía.
¿Estos colectivos participan activamente en el absentismo?
Muchos partidarios del absentista orador se han puesto en contra tachando el dogma de basura irreciclable. Yo también porque no me creo nada, nada, nada, nada de nada, pero sí me creo las palabras del poeta Rilke y, por supuesto, el sufrimiento que tuvieron que padecen aquellos amantes bañados por el agua que, creyendo en su poder milagroso, tuvieron que abandonar su misión de nadar juntos a diario, aunque dudo ahora, si después de haber escuchado las frases del adivino, la baja fue producida por decisión médica o por el desgaste de la emoción que dejó de amortiguar en sus tímpanos. Supongo que durante aquellos días de asueto que tendrían sin perder un solo céntimo, se responderían a la pregunta.
«Felices aquellos que nunca se alejaron y en la lluvia estuvieron quietos, sin tejado; hacia ellos vendrán todas las cosechas y su fruto aumentará mil veces».
Palabras de Rilke, el autor austriaco.
En cualquier caso, a los bañistas les daría la baja el medico de cabecera y desde entonces no han vuelto a escuchar sus nombres.
¿Sería absentismo cancerígeno?
Por fin les confié algo íntimo, una materia frágil que deben tocarla con absoluta sensibilidad, hablo del respeto a quien enferma y del desprecio a quien ignora esta posibilidad. Seguro que Cecilie, «La mujer de marmol», más que preguntas, tendría respuestas.
Y yo me pregunto: ¿Quién escribe estos discursos?
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