Los partidos amistosos de pretemporada son una proyección engañosa de futuro. A veces tropiezas con descubrimientos como Bojan (en 2007, en aquel bolo contra el Al-Ahly egipcio), pero a menudo debes rendirte a la evidencia de que muchos amores futbolísticos de pretemporada son, en realidad, efímeros ligues de verano. En los últimos años se ha consolidado un nuevo modelo de adhesión que, de consigna en consigna, celebra la explosividad intuida de Adeyemi o la orgullosa eficacia de Hamza Abdelkarim y, en cambio, frunce el ceño cuando se habla de Ferran. Consumimos expectativas con una voracidad vertiginosa, como si fuera una reacción a los años de estabilidad en los que muchas posiciones del equipo parecían asignadas de por vida. Sin tiempo para asimilar la realidad, intentamos imaginar un Barça en el que los extremos –Gordon, Adeyemi, Raphinha y Lamine Yamal– presionarán con una intensidad tanto defensiva como ofensiva.
Los partidos amistosos de pretemporada son una proyección engañosa de futuro. A veces tropiezas con descubrimientos como Bojan (en 2007, en aquel bolo contra el Al-Ahly egipcio), pero a menudo debes rendirte a la evidencia de que muchos amores futbolísticos de pretemporada son, en realidad, efímeros ligues de verano. En los últimos años se ha consolidado un nuevo modelo de adhesión que, de consigna en consigna, celebra la explosividad intuida de Adeyemi o la orgullosa eficacia de Hamza Abdelkarim y, en cambio, frunce el ceño cuando se habla de Ferran. Consumimos expectativas con una voracidad vertiginosa, como si fuera una reacción a los años de estabilidad en los que muchas posiciones del equipo parecían asignadas de por vida. Sin tiempo para asimilar la realidad, intentamos imaginar un Barça en el que los extremos –Gordon, Adeyemi, Raphinha y Lamine Yamal– presionarán con una intensidad tanto defensiva como ofensiva.Seguir leyendo…
Los partidos amistosos de pretemporada son una proyección engañosa de futuro. A veces tropiezas con descubrimientos como Bojan (en 2007, en aquel bolo contra el Al-Ahly egipcio), pero a menudo debes rendirte a la evidencia de que muchos amores futbolísticos de pretemporada son, en realidad, efímeros ligues de verano. En los últimos años se ha consolidado un nuevo modelo de adhesión que, de consigna en consigna, celebra la explosividad intuida de Adeyemi o la orgullosa eficacia de Hamza Abdelkarim y, en cambio, frunce el ceño cuando se habla de Ferran. Consumimos expectativas con una voracidad vertiginosa, como si fuera una reacción a los años de estabilidad en los que muchas posiciones del equipo parecían asignadas de por vida. Sin tiempo para asimilar la realidad, intentamos imaginar un Barça en el que los extremos –Gordon, Adeyemi, Raphinha y Lamine Yamal– presionarán con una intensidad tanto defensiva como ofensiva.
Condicionados por un calendario inhumano, descubrimos jugadores de la cantera que se saltan etapas con una audacia que el Barça deberá aprender a gestionar si no quiere tener un problema de overbooking. En la psicología culé, los afectos no son racionales sino caprichosos. Nos enamoramos de una promesa remota y, en cambio, mantenemos las distancias con veteranos como el eternamente resucitado Andreas Christensen, que lleva cuatro años en la plantilla y que si nos lo encontramos en un ascensor solo sabemos que nos suena de algo.
El regreso de Mourinho es uno de los alicientes, morbosos, de la pretemporada
¿Primeras impresiones de la pretemporada? Hansi Flick está más delgado y Joan Laporta ha superado un proceso de arritmia que, literal y metafóricamente, define su carácter. Nos queda, como hueso informativo para roer, el posible fichaje de Julián Álvarez. Forma parte de la tradición de los culebrones hipertrofiados que alimentan nuestra infinita capacidad para marear perdices que, con un legítimo sentido del espectáculo, nos entretienen. De postre, tenemos el espectro del antagonismo encarnado por José Mourinho (11 de agosto, Netflix estrena la docuserie de título irrefutable: Mourinho ), que propondrá una imagen más sabia y amable que, en teoría, debería basarse en hechos reales, aunque para la mayoría de culés la consigna siempre será cuestionar su credibilidad.

Por cierto: después del partido amistoso contra la Fiorentina, José Mourinho compareció ante la prensa y dijo que había visto tres Real Madrid: un Madrid fresco, un Madrid cansado y un Madrid muy cansado. Al escucharlo, de entrada noté el impacto del reencuentro, como si la voz de Mourinho me devolviera a esos tiempos en los que el portugués apenas empezaba a desplegar su innegable poder comunicativo. Fueron unos segundos de Mourinho fresco, pero enseguida se impuso un déjà vu cansado o muy cansado. Morbosamente, recuperé el librito El evangelio según Mourinho (Morellini Editore, 2010), que recoge máximas y aforismos que hoy parecen premonitorios: “El camino de regreso es largo pero no imposible” o “Si antes de un partido le pusiera a mí equipo Gladiator, mis jugadores se echarían a reír o llamarían a un medico para comprobar si me he puesto enfermo”.
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