Debió haber llegado el lunes por la noche, pero el vuelo Milán-Barcelona llegó tarde y perdió el enlace entre la Ciudad Condal y Granada, donde se le preparaba un recibimiento a lo grande. Este martes 24 de febrero, a las ocho y media de la mañana, en el aeropuerto granadino había, aun así, más de cincuenta personas. «Habríamos sido más, pero hay gente que tenía que trabajar y no ha podido venir», se lamentaba una de las congregadas. Se llama Emma y conoció a Ana Alonso, Anita, cuando ésta era una niña. «Me ha llamado siempre tita, a mí y a mi amiga Rocío, que somos íntimas de su madre, Odette», comenta. Odette aún no ha llegado, está en un atasco, el pan de cada día en las afueras de Granada. El avión que trae a la doble medallista en las Olimpiadas de Invierno está aterrizando y cunden los nervios. Emma define a Anita como «un encanto de chica». La vio en Milán, mientras competía, con otros cuarenta granadinos desplazados. «Fue de lo más emocionante», recuerda, mientras saluda a otros recién llegados. Traen flores, banderas de España y hasta algún cencerro para que el recibimiento sea sonado, nunca mejor dicho. También está su entrenador, Javier Argüelles, que rememora los «muchos nervios» que pasaron ambos en los últimos días de preparación, con Anita sufriendo a causa de la lesión de rodilla que arrastra desde que un todoterreno la atropelló el pasado mes de octubre mientras se ejercitaba. Iba contrarreloj y el tren de borrascas que azotó Andalucía no ayudó en absoluto. Pero se consiguió. «Después de tanta tensión, tenemos motivos para estar muy contentos», explica el preparador. Odette ha llegado a tiempo, menos mal. Está muy nerviosa y también muy emocionada, tanto que apenas puede hablar cuando le ponen un micrófono delante. El recuerdo de su marido, Gerardo, que murió en la montaña hace 16 años, está más presente que nunca. «No ha sido nada fácil para ella, ha tenido que superar muchas batallas», acierta a decir.La esquiadora y su madre, OdettePoco antes de las nueve de la mañana, Ana Alonso sale por fin por la puerta mientras suena el ‘We are the champions’ de Queen. Se funde en un prolongado abrazo con su madre mientras sus amigos y compañeros de fatigas despliegan su entusiasmo. Le regalan una copa de plástico y unas flores, tiran confetis. A la protagonista de la mañana se le nota el cansancio, pero recibe complacida los besos y abrazos que le llegan por todas partes. Exhausta pero sonriendo, con sus dos medallas de bronce colgando del cuello, atiende a los medios allí reunidos, también muy numerosos. Dice que se esperaba un recibimiento, pero no tan multitudinario. «Ver aquí a tanta gente que me quiere y me apoya es otro premio, estoy muy orgullosa», resume la deportista, de 31 años, que se ha convertido en la española con más medallas en unos Juegos Olímpicos de invierno. Es humilde, todos lo dicen de ella, lo destacan como una de sus mayores virtudes, casi equiparable a su tesón. Ana Alonso no lo oculta y hasta saca pecho de ello. «Estoy muy orgullosa de no haberme rendido nunca, de haber creído hasta el final que podía ir a los Juegos y no sólo eso, sino llegar y ser allí competitiva. Ahora tengo que asimilar todo lo que me ha pasado, y sobre todo descansar», manifiesta, sin ocultar que una de las cosas de las que tiene más ganas es de echarse «una buena siesta». Le preguntan por su padre, por el resto de las personas de las que se acordó en Italia. «Recordé mucho a la gente que por desgracia ya no está aquí, pero también de los muchos que siguen y me han apoyado en todo este camino, porque sin ellos no lo habría conseguido. Sólo tengo palabras de agradecimiento hacia toda esa gente», insiste, y también tiene palabras de cariño hacia su entrenador: «Ha luchado conmigo a tope, ha estado conmigo las 24 horas del día, así que esto es tan suyo como mío», concluye, señalándose las medallas. Debió haber llegado el lunes por la noche, pero el vuelo Milán-Barcelona llegó tarde y perdió el enlace entre la Ciudad Condal y Granada, donde se le preparaba un recibimiento a lo grande. Este martes 24 de febrero, a las ocho y media de la mañana, en el aeropuerto granadino había, aun así, más de cincuenta personas. «Habríamos sido más, pero hay gente que tenía que trabajar y no ha podido venir», se lamentaba una de las congregadas. Se llama Emma y conoció a Ana Alonso, Anita, cuando ésta era una niña. «Me ha llamado siempre tita, a mí y a mi amiga Rocío, que somos íntimas de su madre, Odette», comenta. Odette aún no ha llegado, está en un atasco, el pan de cada día en las afueras de Granada. El avión que trae a la doble medallista en las Olimpiadas de Invierno está aterrizando y cunden los nervios. Emma define a Anita como «un encanto de chica». La vio en Milán, mientras competía, con otros cuarenta granadinos desplazados. «Fue de lo más emocionante», recuerda, mientras saluda a otros recién llegados. Traen flores, banderas de España y hasta algún cencerro para que el recibimiento sea sonado, nunca mejor dicho. También está su entrenador, Javier Argüelles, que rememora los «muchos nervios» que pasaron ambos en los últimos días de preparación, con Anita sufriendo a causa de la lesión de rodilla que arrastra desde que un todoterreno la atropelló el pasado mes de octubre mientras se ejercitaba. Iba contrarreloj y el tren de borrascas que azotó Andalucía no ayudó en absoluto. Pero se consiguió. «Después de tanta tensión, tenemos motivos para estar muy contentos», explica el preparador. Odette ha llegado a tiempo, menos mal. Está muy nerviosa y también muy emocionada, tanto que apenas puede hablar cuando le ponen un micrófono delante. El recuerdo de su marido, Gerardo, que murió en la montaña hace 16 años, está más presente que nunca. «No ha sido nada fácil para ella, ha tenido que superar muchas batallas», acierta a decir.La esquiadora y su madre, OdettePoco antes de las nueve de la mañana, Ana Alonso sale por fin por la puerta mientras suena el ‘We are the champions’ de Queen. Se funde en un prolongado abrazo con su madre mientras sus amigos y compañeros de fatigas despliegan su entusiasmo. Le regalan una copa de plástico y unas flores, tiran confetis. A la protagonista de la mañana se le nota el cansancio, pero recibe complacida los besos y abrazos que le llegan por todas partes. Exhausta pero sonriendo, con sus dos medallas de bronce colgando del cuello, atiende a los medios allí reunidos, también muy numerosos. Dice que se esperaba un recibimiento, pero no tan multitudinario. «Ver aquí a tanta gente que me quiere y me apoya es otro premio, estoy muy orgullosa», resume la deportista, de 31 años, que se ha convertido en la española con más medallas en unos Juegos Olímpicos de invierno. Es humilde, todos lo dicen de ella, lo destacan como una de sus mayores virtudes, casi equiparable a su tesón. Ana Alonso no lo oculta y hasta saca pecho de ello. «Estoy muy orgullosa de no haberme rendido nunca, de haber creído hasta el final que podía ir a los Juegos y no sólo eso, sino llegar y ser allí competitiva. Ahora tengo que asimilar todo lo que me ha pasado, y sobre todo descansar», manifiesta, sin ocultar que una de las cosas de las que tiene más ganas es de echarse «una buena siesta». Le preguntan por su padre, por el resto de las personas de las que se acordó en Italia. «Recordé mucho a la gente que por desgracia ya no está aquí, pero también de los muchos que siguen y me han apoyado en todo este camino, porque sin ellos no lo habría conseguido. Sólo tengo palabras de agradecimiento hacia toda esa gente», insiste, y también tiene palabras de cariño hacia su entrenador: «Ha luchado conmigo a tope, ha estado conmigo las 24 horas del día, así que esto es tan suyo como mío», concluye, señalándose las medallas.
Debió haber llegado el lunes por la noche, pero el vuelo Milán-Barcelona llegó tarde y perdió el enlace entre la Ciudad Condal y Granada, donde se le preparaba un recibimiento a lo grande. Este martes 24 de febrero, a las ocho y media de … la mañana, en el aeropuerto granadino había, aun así, más de cincuenta personas. «Habríamos sido más, pero hay gente que tenía que trabajar y no ha podido venir», se lamentaba una de las congregadas.
Se llama Emma y conoció a Ana Alonso, Anita, cuando ésta era una niña. «Me ha llamado siempre tita, a mí y a mi amiga Rocío, que somos íntimas de su madre, Odette», comenta. Odette aún no ha llegado, está en un atasco, el pan de cada día en las afueras de Granada. El avión que trae a la doble medallista en las Olimpiadas de Invierno está aterrizando y cunden los nervios.
Emma define a Anita como «un encanto de chica». La vio en Milán, mientras competía, con otros cuarenta granadinos desplazados. «Fue de lo más emocionante», recuerda, mientras saluda a otros recién llegados. Traen flores, banderas de España y hasta algún cencerro para que el recibimiento sea sonado, nunca mejor dicho.
También está su entrenador, Javier Argüelles, que rememora los «muchos nervios» que pasaron ambos en los últimos días de preparación, con Anita sufriendo a causa de la lesión de rodilla que arrastra desde que un todoterreno la atropelló el pasado mes de octubre mientras se ejercitaba. Iba contrarreloj y el tren de borrascas que azotó Andalucía no ayudó en absoluto. Pero se consiguió. «Después de tanta tensión, tenemos motivos para estar muy contentos», explica el preparador.
Odette ha llegado a tiempo, menos mal. Está muy nerviosa y también muy emocionada, tanto que apenas puede hablar cuando le ponen un micrófono delante. El recuerdo de su marido, Gerardo, que murió en la montaña hace 16 años, está más presente que nunca. «No ha sido nada fácil para ella, ha tenido que superar muchas batallas», acierta a decir.

Poco antes de las nueve de la mañana, Ana Alonso sale por fin por la puerta mientras suena el ‘We are the champions’ de Queen. Se funde en un prolongado abrazo con su madre mientras sus amigos y compañeros de fatigas despliegan su entusiasmo. Le regalan una copa de plástico y unas flores, tiran confetis. A la protagonista de la mañana se le nota el cansancio, pero recibe complacida los besos y abrazos que le llegan por todas partes.
Exhausta pero sonriendo, con sus dos medallas de bronce colgando del cuello, atiende a los medios allí reunidos, también muy numerosos. Dice que se esperaba un recibimiento, pero no tan multitudinario. «Ver aquí a tanta gente que me quiere y me apoya es otro premio, estoy muy orgullosa», resume la deportista, de 31 años, que se ha convertido en la española con más medallas en unos Juegos Olímpicos de invierno.
Es humilde, todos lo dicen de ella, lo destacan como una de sus mayores virtudes, casi equiparable a su tesón. Ana Alonso no lo oculta y hasta saca pecho de ello. «Estoy muy orgullosa de no haberme rendido nunca, de haber creído hasta el final que podía ir a los Juegos y no sólo eso, sino llegar y ser allí competitiva. Ahora tengo que asimilar todo lo que me ha pasado, y sobre todo descansar», manifiesta, sin ocultar que una de las cosas de las que tiene más ganas es de echarse «una buena siesta».
Le preguntan por su padre, por el resto de las personas de las que se acordó en Italia. «Recordé mucho a la gente que por desgracia ya no está aquí, pero también de los muchos que siguen y me han apoyado en todo este camino, porque sin ellos no lo habría conseguido. Sólo tengo palabras de agradecimiento hacia toda esa gente», insiste, y también tiene palabras de cariño hacia su entrenador: «Ha luchado conmigo a tope, ha estado conmigo las 24 horas del día, así que esto es tan suyo como mío», concluye, señalándose las medallas.
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