Tras una larga trayectoria como psicóloga y psicoterapeuta, Ana Asensio asegura que por su consulta ha visto pasar personas que se aman y se odian, que anhelan amistades y sufren por ellas, pacientes desdichados por no sentirse queridos o aceptados, víctimas de malentendidos… «Es decir, sufrimientos siempre acompañados por algún tipo de vínculo con alguien o con uno mismo». Señala a ABC que se ha dado cuenta de la importancia que supone «aprender a vincularnos, conectarnos, comunicarnos, querernos, respetarnos y aceptarnos». «La conexión no es un lujo emocional, es una necesidad biológica tan vital como el oxígeno o el sueño», afirma en su último libro ‘El cerebro necesita abrazos. El amor, la conexión y el vínculo como medicina de la vida’ . —¿Por qué necesita abrazos el cerebro? —Es algo neurocientífico. El ser humano es un ser social y si no se relaciona, se extingue. Esto es así. El ser humano nace absolutamente dependiente: no podemos ni hablar, ni abastecernos solos para comer, ni caminar… Y encima tenemos una complejidad que es la narrativa; es decir, elaboramos un discurso de quiénes somos en base a una identidad. Y todo eso lo hacemos en base a los demás. ¿Y esto qué genera? Que sigas necesitando buscar a los demás para regularte. Noticia relacionada No No Daniel Lumera, biólogo: «Nuestra mente maneja 79 gigas diarios: meditar nos ayudaría a vivir más» Laura PeraitaEsto te lleva en la vida adulta a que cuando no te relacionas o no lo haces con calidad, no tengas la hormona oxitocina. Sin ella tienes dolor corporal, dolor de verdad, emocional, físico, baja energía, somatizaciones… Entonces si queremos sobrevivir como especie, o no pasarlo muy mal en la vida, estamos de alguna manera obligados a relacionarnos.Además, desde un punto de vista romántico, el más bonito, sólo hace falta pensar en cómo te sientes cuando alguien te escucha, te mira, te reconoce, y te dice «te amo» cuando haces el amor, cuando una amiga te recuerda «estoy aquí», cuando un hijo te dice «mamá, te quiero»… ¿Cómo te sientes? Es la mejor medicina que hay en la vida. No hay placer sustitutorio en comparación a cuando tú te sientes querido, visto, reconocido… Es más, el mayor predictor de salud y felicidad no es el dinero ni el éxito, es la calidad de tus vínculos. No hay mayor placer que sentirse conectado a otro ser humano.—¿Y cuáles serían esas claves para abrazar de verdad el cerebro?—Lo primero es el sentimiento de seguridad y pertenencia. Tienes que sentir que estás en un espacio al que perteneces, que contribuyes, que tienes seguridad, que te sientes vista, escuchada y sin juicio. Esto no quiere decir que no haya crisis o discusiones, pero lo importante es no salir huyendo, sino pararte y saber ‘esto se puede reparar’.También hay que poner intención y voluntad. A veces necesitas alejarte un rato, pero entendiendo que un conflicto se puede solucionar. Es más, para el cuerpo supone un gran placer superar una crisis, ya que el cerebro segrega dopamina. ¿Cómo no va a necesitar el cerebro abrazos?—Sin embargo, los expertos aseguran que cada vez hay más parejas que a la mínima que tienen un roce rompen la relación…—Sí, es un problema. Estamos instrumentalizando a las personas. Hay un factor de cosificación. Por eso hay que volver al origen, a ese «he pensado en ti», al ‘vecineo’ de «¿qué necesitas?», y en la pareja no se trata de aguantar todo, pero sí de fomentar espacio para amar. Es un «hoy por ti, mañana por mí». Saber que puedes sostener y ser sostenido. Esto no significa que haya que aguantar todo, pero una buena relación lo es cuando puedes renunciar a partes de ti para amar, pero sin que pase por encima de ti. La vida va también de renunciar a partes de ti para amar. Es decir, al tener hijos renunciamos a tener más tiempo, a parte de nuestra economía…; por trabajo renunciamos a más horas de libertad, de placeres; cuando te casas estás renunciando a otras parejas… La vida va de esto, y de saber que el amor y el dolor van juntos. Pero no hablo de sufrimiento tóxico o desencuentro, sino de asumir que en el amor hay incomodidad. Lo que me pregunto es: ¿qué le pasa a alguien para que ante un conflicto reaccione como si el otro fuera su enemigo?«Nos han enseñado a estar juntos, pero no a separarnos, a poder decir ‘gracias por haber formado parte de mi vida, pero siento que ya no nos contribuimos en nada’»A veces hay que decidir separarse, pero también deberíamos aprender a separarnos sin odio. Nos han enseñado a estar juntos, pero no a separarnos, a poder decir «gracias por haber formado parte de mi vida, pero siento que ya no nos contribuimos en nada». ¿Por qué sólo hay que separarse con odio y rabia?Amor y dolor van juntos. Cuando amas debes asumir que va a haber dolor, ya sea con tu pareja, tu padre, tu trabajo… Cuando desaparecen, hay un duelo y el cerebro vive las pérdidas como si faltara un miembro del cuerpo. Y en esa búsqueda, mientras se acostumbra a que ya no está, el cerebro activa áreas de dolor físico. Por eso, amor y dolor van unidos, son las dos caras de la misma moneda. Hay que asumirlo para ser felices. La convivencia tiene roces y hay que hacer renuncias, mientras uno es querido y amado. —¿Cómo se pueden crear esos espacios de conexión en un mundo tan acelerado?—La gran pandemia de esta era es el estrés. Viene de la rapidez, de la excesiva productividad con la que nos hemos identificado, de creer que tanto produces tanto vales, que tenemos energía ilimitada… Ahora, además, se suman herramientas muy valiosas como la IA, que nos hace producir aún más rápido, comunicarnos con más personas… Todo esto requiere un ejercicio de consciencia. Necesitamos volver al ritmo de la vida al que nuestro cuerpo puede soportar. No podemos con todo. Como sociedad debemos alertar de la necesidad de frenar este tren, vaciar agendas, contestar con calma y priorizar la calidad. Si vas desbordado, no puedes ofrecer calidad ni a tu familia ni a tu trabajo. Es muy importante machacar con el mensaje de que ese agotamiento indica falta de salud, que termina en más consumo de sustancias que nunca con el objetivo de paliar emociones que no se pueden soportar, como son el vacío, el insomnio…Al final, las personas llegan tan agotadas a casa que a la mínima dan un grito a su hijo, prefieren ver una serie o ‘scrollear’ para no tener una conversación con la pareja, y se crea un hábito que no llena. Lo que genera buena química y regula el cuerpo es precisamente poder conectar con las personas con las que vivimos. Hace falta hacer un reseteo y retomar y reeducar los hábitos.«Las pantallas generan dopamina rápida y adicción, pero lo que regula tu cuerpo es el vínculo real, lo compartido, lo vivido a fuego lento»—Es decir que las personas que ponen el foco en las pantallas, en las redes sociales, no aportan ese abrazo al cerebro…—No demonizo las redes, pero hay que usarlas con control. Las pantallas generan dopamina rápida y adicción, pero lo que regula tu cuerpo es el vínculo real, lo compartido, lo vivido a fuego lento. Las relaciones se hacen a fuego lento, a base de compartir cosas de la vida, de contarte quién soy, de que me cuentes quién eres. Las pantallas no están hechas para ir a fuego lento. Las redes nos enganchan y no ayudan a crear vínculo. —¿Qué reflexión nos puede ayudar a priorizar lo importante?—Es algo que se nos olvida con frecuencia. Por eso es fundamental pensar: ‘Si me fuera a morir en un mes, ¿a qué dedicaría mi tiempo? ¿A qué destinaría mi energía y tiempo? ¿A las redes? ¿A ir de compras? ¿A estar con ciertas personas? Pues a lo que respondas, a eso, añádelo en tu agenda diaria ya mismo porque te hace saber lo que es importante para ti. Y eso debería tener más espacio en tu vida. —¿Cómo influye nuestra historia personal en la forma de relacionarnos?—Mucho. Desde la familia, el colegio, las experiencias… Pero llega un momento en que eres responsable de darte lo que no tuviste. Ahí empieza el primer abrazo: contigo mismo: cuando te quieres bien y no permites que te quieran mal.MÁS INFORMACIÓN noticia Si ‘No me da la vida’: cómo gestionar el tiempo en el trabajo (y en casa) para no vivir bajo esta sensación noticia Si Del antiedad al bienestar: la longevidad redefine cómo cuidarnos noticia Si «El mejor recurso para superar un duelo es tener a alguien que te escuche»—¿Qué errores debemos evitar para relacionarnos mejor?—El primero, el miedo a vincularse. Y luego, huir a la mínima dificultad. Las relaciones no son perfectas. Hay fricciones, malentendidos, heridas. Lo importante es la intención de reparar. Ahí hay crecimiento. Otro error es reaccionar sin parar. Hay que preguntarse: ¿cómo quiero responder? Y entender que a veces hay que reparar, y otras veces soltar, pero no desde el rencor. Tras una larga trayectoria como psicóloga y psicoterapeuta, Ana Asensio asegura que por su consulta ha visto pasar personas que se aman y se odian, que anhelan amistades y sufren por ellas, pacientes desdichados por no sentirse queridos o aceptados, víctimas de malentendidos… «Es decir, sufrimientos siempre acompañados por algún tipo de vínculo con alguien o con uno mismo». Señala a ABC que se ha dado cuenta de la importancia que supone «aprender a vincularnos, conectarnos, comunicarnos, querernos, respetarnos y aceptarnos». «La conexión no es un lujo emocional, es una necesidad biológica tan vital como el oxígeno o el sueño», afirma en su último libro ‘El cerebro necesita abrazos. El amor, la conexión y el vínculo como medicina de la vida’ . —¿Por qué necesita abrazos el cerebro? —Es algo neurocientífico. El ser humano es un ser social y si no se relaciona, se extingue. Esto es así. El ser humano nace absolutamente dependiente: no podemos ni hablar, ni abastecernos solos para comer, ni caminar… Y encima tenemos una complejidad que es la narrativa; es decir, elaboramos un discurso de quiénes somos en base a una identidad. Y todo eso lo hacemos en base a los demás. ¿Y esto qué genera? Que sigas necesitando buscar a los demás para regularte. Noticia relacionada No No Daniel Lumera, biólogo: «Nuestra mente maneja 79 gigas diarios: meditar nos ayudaría a vivir más» Laura PeraitaEsto te lleva en la vida adulta a que cuando no te relacionas o no lo haces con calidad, no tengas la hormona oxitocina. Sin ella tienes dolor corporal, dolor de verdad, emocional, físico, baja energía, somatizaciones… Entonces si queremos sobrevivir como especie, o no pasarlo muy mal en la vida, estamos de alguna manera obligados a relacionarnos.Además, desde un punto de vista romántico, el más bonito, sólo hace falta pensar en cómo te sientes cuando alguien te escucha, te mira, te reconoce, y te dice «te amo» cuando haces el amor, cuando una amiga te recuerda «estoy aquí», cuando un hijo te dice «mamá, te quiero»… ¿Cómo te sientes? Es la mejor medicina que hay en la vida. No hay placer sustitutorio en comparación a cuando tú te sientes querido, visto, reconocido… Es más, el mayor predictor de salud y felicidad no es el dinero ni el éxito, es la calidad de tus vínculos. No hay mayor placer que sentirse conectado a otro ser humano.—¿Y cuáles serían esas claves para abrazar de verdad el cerebro?—Lo primero es el sentimiento de seguridad y pertenencia. Tienes que sentir que estás en un espacio al que perteneces, que contribuyes, que tienes seguridad, que te sientes vista, escuchada y sin juicio. Esto no quiere decir que no haya crisis o discusiones, pero lo importante es no salir huyendo, sino pararte y saber ‘esto se puede reparar’.También hay que poner intención y voluntad. A veces necesitas alejarte un rato, pero entendiendo que un conflicto se puede solucionar. Es más, para el cuerpo supone un gran placer superar una crisis, ya que el cerebro segrega dopamina. ¿Cómo no va a necesitar el cerebro abrazos?—Sin embargo, los expertos aseguran que cada vez hay más parejas que a la mínima que tienen un roce rompen la relación…—Sí, es un problema. Estamos instrumentalizando a las personas. Hay un factor de cosificación. Por eso hay que volver al origen, a ese «he pensado en ti», al ‘vecineo’ de «¿qué necesitas?», y en la pareja no se trata de aguantar todo, pero sí de fomentar espacio para amar. Es un «hoy por ti, mañana por mí». Saber que puedes sostener y ser sostenido. Esto no significa que haya que aguantar todo, pero una buena relación lo es cuando puedes renunciar a partes de ti para amar, pero sin que pase por encima de ti. La vida va también de renunciar a partes de ti para amar. Es decir, al tener hijos renunciamos a tener más tiempo, a parte de nuestra economía…; por trabajo renunciamos a más horas de libertad, de placeres; cuando te casas estás renunciando a otras parejas… La vida va de esto, y de saber que el amor y el dolor van juntos. Pero no hablo de sufrimiento tóxico o desencuentro, sino de asumir que en el amor hay incomodidad. Lo que me pregunto es: ¿qué le pasa a alguien para que ante un conflicto reaccione como si el otro fuera su enemigo?«Nos han enseñado a estar juntos, pero no a separarnos, a poder decir ‘gracias por haber formado parte de mi vida, pero siento que ya no nos contribuimos en nada’»A veces hay que decidir separarse, pero también deberíamos aprender a separarnos sin odio. Nos han enseñado a estar juntos, pero no a separarnos, a poder decir «gracias por haber formado parte de mi vida, pero siento que ya no nos contribuimos en nada». ¿Por qué sólo hay que separarse con odio y rabia?Amor y dolor van juntos. Cuando amas debes asumir que va a haber dolor, ya sea con tu pareja, tu padre, tu trabajo… Cuando desaparecen, hay un duelo y el cerebro vive las pérdidas como si faltara un miembro del cuerpo. Y en esa búsqueda, mientras se acostumbra a que ya no está, el cerebro activa áreas de dolor físico. Por eso, amor y dolor van unidos, son las dos caras de la misma moneda. Hay que asumirlo para ser felices. La convivencia tiene roces y hay que hacer renuncias, mientras uno es querido y amado. —¿Cómo se pueden crear esos espacios de conexión en un mundo tan acelerado?—La gran pandemia de esta era es el estrés. Viene de la rapidez, de la excesiva productividad con la que nos hemos identificado, de creer que tanto produces tanto vales, que tenemos energía ilimitada… Ahora, además, se suman herramientas muy valiosas como la IA, que nos hace producir aún más rápido, comunicarnos con más personas… Todo esto requiere un ejercicio de consciencia. Necesitamos volver al ritmo de la vida al que nuestro cuerpo puede soportar. No podemos con todo. Como sociedad debemos alertar de la necesidad de frenar este tren, vaciar agendas, contestar con calma y priorizar la calidad. Si vas desbordado, no puedes ofrecer calidad ni a tu familia ni a tu trabajo. Es muy importante machacar con el mensaje de que ese agotamiento indica falta de salud, que termina en más consumo de sustancias que nunca con el objetivo de paliar emociones que no se pueden soportar, como son el vacío, el insomnio…Al final, las personas llegan tan agotadas a casa que a la mínima dan un grito a su hijo, prefieren ver una serie o ‘scrollear’ para no tener una conversación con la pareja, y se crea un hábito que no llena. Lo que genera buena química y regula el cuerpo es precisamente poder conectar con las personas con las que vivimos. Hace falta hacer un reseteo y retomar y reeducar los hábitos.«Las pantallas generan dopamina rápida y adicción, pero lo que regula tu cuerpo es el vínculo real, lo compartido, lo vivido a fuego lento»—Es decir que las personas que ponen el foco en las pantallas, en las redes sociales, no aportan ese abrazo al cerebro…—No demonizo las redes, pero hay que usarlas con control. Las pantallas generan dopamina rápida y adicción, pero lo que regula tu cuerpo es el vínculo real, lo compartido, lo vivido a fuego lento. Las relaciones se hacen a fuego lento, a base de compartir cosas de la vida, de contarte quién soy, de que me cuentes quién eres. Las pantallas no están hechas para ir a fuego lento. Las redes nos enganchan y no ayudan a crear vínculo. —¿Qué reflexión nos puede ayudar a priorizar lo importante?—Es algo que se nos olvida con frecuencia. Por eso es fundamental pensar: ‘Si me fuera a morir en un mes, ¿a qué dedicaría mi tiempo? ¿A qué destinaría mi energía y tiempo? ¿A las redes? ¿A ir de compras? ¿A estar con ciertas personas? Pues a lo que respondas, a eso, añádelo en tu agenda diaria ya mismo porque te hace saber lo que es importante para ti. Y eso debería tener más espacio en tu vida. —¿Cómo influye nuestra historia personal en la forma de relacionarnos?—Mucho. Desde la familia, el colegio, las experiencias… Pero llega un momento en que eres responsable de darte lo que no tuviste. Ahí empieza el primer abrazo: contigo mismo: cuando te quieres bien y no permites que te quieran mal.MÁS INFORMACIÓN noticia Si ‘No me da la vida’: cómo gestionar el tiempo en el trabajo (y en casa) para no vivir bajo esta sensación noticia Si Del antiedad al bienestar: la longevidad redefine cómo cuidarnos noticia Si «El mejor recurso para superar un duelo es tener a alguien que te escuche»—¿Qué errores debemos evitar para relacionarnos mejor?—El primero, el miedo a vincularse. Y luego, huir a la mínima dificultad. Las relaciones no son perfectas. Hay fricciones, malentendidos, heridas. Lo importante es la intención de reparar. Ahí hay crecimiento. Otro error es reaccionar sin parar. Hay que preguntarse: ¿cómo quiero responder? Y entender que a veces hay que reparar, y otras veces soltar, pero no desde el rencor.
Tras una larga trayectoria como psicóloga y psicoterapeuta, Ana Asensio asegura que por su consulta ha visto pasar personas que se aman y se odian, que anhelan amistades y sufren por ellas, pacientes desdichados por no sentirse queridos o aceptados, víctimas de malentendidos… «Es … decir, sufrimientos siempre acompañados por algún tipo de vínculo con alguien o con uno mismo».
Señala a ABC que se ha dado cuenta de la importancia que supone «aprender a vincularnos, conectarnos, comunicarnos, querernos, respetarnos y aceptarnos». «La conexión no es un lujo emocional, es una necesidad biológica tan vital como el oxígeno o el sueño», afirma en su último libro ‘El cerebro necesita abrazos. El amor, la conexión y el vínculo como medicina de la vida’.
—¿Por qué necesita abrazos el cerebro?
—Es algo neurocientífico. El ser humano es un ser social y si no se relaciona, se extingue. Esto es así. El ser humano nace absolutamente dependiente: no podemos ni hablar, ni abastecernos solos para comer, ni caminar… Y encima tenemos una complejidad que es la narrativa; es decir, elaboramos un discurso de quiénes somos en base a una identidad. Y todo eso lo hacemos en base a los demás. ¿Y esto qué genera? Que sigas necesitando buscar a los demás para regularte.
Esto te lleva en la vida adulta a que cuando no te relacionas o no lo haces con calidad, no tengas la hormona oxitocina. Sin ella tienes dolor corporal, dolor de verdad, emocional, físico, baja energía, somatizaciones… Entonces si queremos sobrevivir como especie, o no pasarlo muy mal en la vida, estamos de alguna manera obligados a relacionarnos.
Además, desde un punto de vista romántico, el más bonito, sólo hace falta pensar en cómo te sientes cuando alguien te escucha, te mira, te reconoce, y te dice «te amo» cuando haces el amor, cuando una amiga te recuerda «estoy aquí», cuando un hijo te dice «mamá, te quiero»… ¿Cómo te sientes? Es la mejor medicina que hay en la vida. No hay placer sustitutorio en comparación a cuando tú te sientes querido, visto, reconocido… Es más, el mayor predictor de salud y felicidad no es el dinero ni el éxito, es la calidad de tus vínculos. No hay mayor placer que sentirse conectado a otro ser humano.
—¿Y cuáles serían esas claves para abrazar de verdad el cerebro?
—Lo primero es el sentimiento de seguridad y pertenencia. Tienes que sentir que estás en un espacio al que perteneces, que contribuyes, que tienes seguridad, que te sientes vista, escuchada y sin juicio. Esto no quiere decir que no haya crisis o discusiones, pero lo importante es no salir huyendo, sino pararte y saber ‘esto se puede reparar’.
También hay que poner intención y voluntad. A veces necesitas alejarte un rato, pero entendiendo que un conflicto se puede solucionar. Es más, para el cuerpo supone un gran placer superar una crisis, ya que el cerebro segrega dopamina. ¿Cómo no va a necesitar el cerebro abrazos?
—Sin embargo, los expertos aseguran que cada vez hay más parejas que a la mínima que tienen un roce rompen la relación…
—Sí, es un problema. Estamos instrumentalizando a las personas. Hay un factor de cosificación. Por eso hay que volver al origen, a ese «he pensado en ti», al ‘vecineo’ de «¿qué necesitas?», y en la pareja no se trata de aguantar todo, pero sí de fomentar espacio para amar. Es un «hoy por ti, mañana por mí». Saber que puedes sostener y ser sostenido. Esto no significa que haya que aguantar todo, pero una buena relación lo es cuando puedes renunciar a partes de ti para amar, pero sin que pase por encima de ti.
La vida va también de renunciar a partes de ti para amar. Es decir, al tener hijos renunciamos a tener más tiempo, a parte de nuestra economía…; por trabajo renunciamos a más horas de libertad, de placeres; cuando te casas estás renunciando a otras parejas… La vida va de esto, y de saber que el amor y el dolor van juntos. Pero no hablo de sufrimiento tóxico o desencuentro, sino de asumir que en el amor hay incomodidad. Lo que me pregunto es: ¿qué le pasa a alguien para que ante un conflicto reaccione como si el otro fuera su enemigo?
«Nos han enseñado a estar juntos, pero no a separarnos, a poder decir ‘gracias por haber formado parte de mi vida, pero siento que ya no nos contribuimos en nada’»
A veces hay que decidir separarse, pero también deberíamos aprender a separarnos sin odio. Nos han enseñado a estar juntos, pero no a separarnos, a poder decir «gracias por haber formado parte de mi vida, pero siento que ya no nos contribuimos en nada». ¿Por qué sólo hay que separarse con odio y rabia?
Amor y dolor van juntos. Cuando amas debes asumir que va a haber dolor, ya sea con tu pareja, tu padre, tu trabajo… Cuando desaparecen, hay un duelo y el cerebro vive las pérdidas como si faltara un miembro del cuerpo. Y en esa búsqueda, mientras se acostumbra a que ya no está, el cerebro activa áreas de dolor físico. Por eso, amor y dolor van unidos, son las dos caras de la misma moneda. Hay que asumirlo para ser felices. La convivencia tiene roces y hay que hacer renuncias, mientras uno es querido y amado.
—¿Cómo se pueden crear esos espacios de conexión en un mundo tan acelerado?
—La gran pandemia de esta era es el estrés. Viene de la rapidez, de la excesiva productividad con la que nos hemos identificado, de creer que tanto produces tanto vales, que tenemos energía ilimitada… Ahora, además, se suman herramientas muy valiosas como la IA, que nos hace producir aún más rápido, comunicarnos con más personas… Todo esto requiere un ejercicio de consciencia. Necesitamos volver al ritmo de la vida al que nuestro cuerpo puede soportar. No podemos con todo. Como sociedad debemos alertar de la necesidad de frenar este tren, vaciar agendas, contestar con calma y priorizar la calidad. Si vas desbordado, no puedes ofrecer calidad ni a tu familia ni a tu trabajo. Es muy importante machacar con el mensaje de que ese agotamiento indica falta de salud, que termina en más consumo de sustancias que nunca con el objetivo de paliar emociones que no se pueden soportar, como son el vacío, el insomnio…
Al final, las personas llegan tan agotadas a casa que a la mínima dan un grito a su hijo, prefieren ver una serie o ‘scrollear’ para no tener una conversación con la pareja, y se crea un hábito que no llena. Lo que genera buena química y regula el cuerpo es precisamente poder conectar con las personas con las que vivimos. Hace falta hacer un reseteo y retomar y reeducar los hábitos.
«Las pantallas generan dopamina rápida y adicción, pero lo que regula tu cuerpo es el vínculo real, lo compartido, lo vivido a fuego lento»
—Es decir que las personas que ponen el foco en las pantallas, en las redes sociales, no aportan ese abrazo al cerebro…
—No demonizo las redes, pero hay que usarlas con control. Las pantallas generan dopamina rápida y adicción, pero lo que regula tu cuerpo es el vínculo real, lo compartido, lo vivido a fuego lento. Las relaciones se hacen a fuego lento, a base de compartir cosas de la vida, de contarte quién soy, de que me cuentes quién eres. Las pantallas no están hechas para ir a fuego lento. Las redes nos enganchan y no ayudan a crear vínculo.
—¿Qué reflexión nos puede ayudar a priorizar lo importante?
—Es algo que se nos olvida con frecuencia. Por eso es fundamental pensar: ‘Si me fuera a morir en un mes, ¿a qué dedicaría mi tiempo? ¿A qué destinaría mi energía y tiempo? ¿A las redes? ¿A ir de compras? ¿A estar con ciertas personas? Pues a lo que respondas, a eso, añádelo en tu agenda diaria ya mismo porque te hace saber lo que es importante para ti. Y eso debería tener más espacio en tu vida.
—¿Cómo influye nuestra historia personal en la forma de relacionarnos?
—Mucho. Desde la familia, el colegio, las experiencias… Pero llega un momento en que eres responsable de darte lo que no tuviste. Ahí empieza el primer abrazo: contigo mismo: cuando te quieres bien y no permites que te quieran mal.
—¿Qué errores debemos evitar para relacionarnos mejor?
—El primero, el miedo a vincularse. Y luego, huir a la mínima dificultad. Las relaciones no son perfectas. Hay fricciones, malentendidos, heridas. Lo importante es la intención de reparar. Ahí hay crecimiento. Otro error es reaccionar sin parar. Hay que preguntarse: ¿cómo quiero responder? Y entender que a veces hay que reparar, y otras veces soltar, pero no desde el rencor.
RSS de noticias de bienestar

