De la dehesa a Madrid, todos los toreros quisieron ganar en la plaza más importante del mundo: Las Ventas . Porque, cuando llega abril, se quita el polvo, se arreglan las costuras, se remata el albero y la calle de Alcalá comienza a engalanarse para lucir en mayo su fiesta más importante: la Feria de San Isidro. No lejos de aquí, en la misma calle de Alcalá, nació en 1932 don Antonio Chenel , ‘Antoñete’, el torero que tuvo en Madrid su dehesa y en la plaza de Las Ventas su escuela y razón de ser. Huyó de niño a Castellón para esquivar el Madrid de las venganzas y las bombas. Volvió en 1940 para no irse nunca más. Su cuñado, Paco Parejo, mayoral de la plaza, le abrió las puertas de los corrales, el patio de caballos y las entrañas de esta Monumental, donde dejó de ser Antonio para convertirse en el zorro plateado de traje de luces, uno de los toreros más longevos que vería la grada de la fiesta de los toros.En esos primeros años de hambre y blanco y negro, Antoñete lo mismo hacía de toro para el Parrita que practicaba, una y otra vez, los pases de Juan Belmonte. Pocos años después, tomaría la alternativa como novillero en Castellón, de la mano de Julio Aparicio. Fue un 13 de mayo de 1953 cuando confirmó su modo de vida en su casa, Madrid, apadrinado por Rafael Ortega, mezclando en cada pase elegancia, temple, valentía y arrojo.Noticia relacionada reportaje No No GATOS QUE FUERON TIGRES Luisa Roldán, insólita mujer en una corte sin talento Alfonso J. UssíaAun con todo ese talento, Antoñete sufría un dolor de percha, un martirio que le aparecía en los huesos y que no le impidió algunas tardes de gloria e historia, como cuando un toro blanco de Osborne recibió sesenta muletazos, o el Cantinero, de Garzón, al que Chenel desbrozó con la maestría de los elegidos, una tarde de 1985, dejando para siempre marcada la memoria de una ciudad que, en la tauromaquia, es el mundo entero.Pero Antoñete no fue un torero de triunfo fácil ni de carrera rectilínea. Como Madrid, fue de claroscuros, de silencios largos y estallidos de verdad. Hubo tardes de incomprensión y temporadas en las que el olvido parecía abrirse paso entre los tendidos. Porque Madrid, su plaza, también fue su juez más severo. Allí donde otros encontraban refugio, él hallaba examen. Y no siempre aprobaba. Quizá por eso se retiró más de una vez, cansado del dolor físico y del desgaste de un oficio que no concede tregua. Pero siempre volvía. Volvía porque no sabía hacer otra cosa, porque su forma de estar en el mundo era colocarse delante de un toro y templar la embestida como quien escribe un verso lento. En cada regreso había algo de redención y de desafío, como si Antoñete necesitara medirse de nuevo con su propia historia.Su tauromaquia no fue de alardes, sino de profundidad. Nunca buscó el aplauso fácil, sino el respeto que se gana callado. Tenía esa forma de torear despacio que parecía detener el tiempo, como si cada muletazo fuera una conversación entre el hombre y el animal. Por eso, cuando lograba cuajar una faena, Madrid se rendía a sus pies con una emoción distinta, casi reverencial. Llegó así su última gran cima, cuando muchos ya lo creían historia. En los años ochenta, Antoñete regresó para recordarle al mundo que el toreo no entiende de edades, sino de verdad. Aquella tarde de 1985, con Cantinero, no solo toreó: escribió una de las páginas más bellas que se recuerdan en Las Ventas . Quizá por eso Madrid lo sigue esperando. Porque aquí, donde todo se mide con la verdad, aún parece posible que, en cualquier tarde de mayo, vuelva a abrirse la puerta de cuadrillas y aparezca su figura lenta, seria, dispuesta a demostrar que el toreo, como la vida, solo tiene sentido cuando se hace despacio y con el corazón. De la dehesa a Madrid, todos los toreros quisieron ganar en la plaza más importante del mundo: Las Ventas . Porque, cuando llega abril, se quita el polvo, se arreglan las costuras, se remata el albero y la calle de Alcalá comienza a engalanarse para lucir en mayo su fiesta más importante: la Feria de San Isidro. No lejos de aquí, en la misma calle de Alcalá, nació en 1932 don Antonio Chenel , ‘Antoñete’, el torero que tuvo en Madrid su dehesa y en la plaza de Las Ventas su escuela y razón de ser. Huyó de niño a Castellón para esquivar el Madrid de las venganzas y las bombas. Volvió en 1940 para no irse nunca más. Su cuñado, Paco Parejo, mayoral de la plaza, le abrió las puertas de los corrales, el patio de caballos y las entrañas de esta Monumental, donde dejó de ser Antonio para convertirse en el zorro plateado de traje de luces, uno de los toreros más longevos que vería la grada de la fiesta de los toros.En esos primeros años de hambre y blanco y negro, Antoñete lo mismo hacía de toro para el Parrita que practicaba, una y otra vez, los pases de Juan Belmonte. Pocos años después, tomaría la alternativa como novillero en Castellón, de la mano de Julio Aparicio. Fue un 13 de mayo de 1953 cuando confirmó su modo de vida en su casa, Madrid, apadrinado por Rafael Ortega, mezclando en cada pase elegancia, temple, valentía y arrojo.Noticia relacionada reportaje No No GATOS QUE FUERON TIGRES Luisa Roldán, insólita mujer en una corte sin talento Alfonso J. UssíaAun con todo ese talento, Antoñete sufría un dolor de percha, un martirio que le aparecía en los huesos y que no le impidió algunas tardes de gloria e historia, como cuando un toro blanco de Osborne recibió sesenta muletazos, o el Cantinero, de Garzón, al que Chenel desbrozó con la maestría de los elegidos, una tarde de 1985, dejando para siempre marcada la memoria de una ciudad que, en la tauromaquia, es el mundo entero.Pero Antoñete no fue un torero de triunfo fácil ni de carrera rectilínea. Como Madrid, fue de claroscuros, de silencios largos y estallidos de verdad. Hubo tardes de incomprensión y temporadas en las que el olvido parecía abrirse paso entre los tendidos. Porque Madrid, su plaza, también fue su juez más severo. Allí donde otros encontraban refugio, él hallaba examen. Y no siempre aprobaba. Quizá por eso se retiró más de una vez, cansado del dolor físico y del desgaste de un oficio que no concede tregua. Pero siempre volvía. Volvía porque no sabía hacer otra cosa, porque su forma de estar en el mundo era colocarse delante de un toro y templar la embestida como quien escribe un verso lento. En cada regreso había algo de redención y de desafío, como si Antoñete necesitara medirse de nuevo con su propia historia.Su tauromaquia no fue de alardes, sino de profundidad. Nunca buscó el aplauso fácil, sino el respeto que se gana callado. Tenía esa forma de torear despacio que parecía detener el tiempo, como si cada muletazo fuera una conversación entre el hombre y el animal. Por eso, cuando lograba cuajar una faena, Madrid se rendía a sus pies con una emoción distinta, casi reverencial. Llegó así su última gran cima, cuando muchos ya lo creían historia. En los años ochenta, Antoñete regresó para recordarle al mundo que el toreo no entiende de edades, sino de verdad. Aquella tarde de 1985, con Cantinero, no solo toreó: escribió una de las páginas más bellas que se recuerdan en Las Ventas . Quizá por eso Madrid lo sigue esperando. Porque aquí, donde todo se mide con la verdad, aún parece posible que, en cualquier tarde de mayo, vuelva a abrirse la puerta de cuadrillas y aparezca su figura lenta, seria, dispuesta a demostrar que el toreo, como la vida, solo tiene sentido cuando se hace despacio y con el corazón.
De la dehesa a Madrid, todos los toreros quisieron ganar en la plaza más importante del mundo: Las Ventas. Porque, cuando llega abril, se quita el polvo, se arreglan las costuras, se remata el albero y la calle de Alcalá comienza a engalanarse para … lucir en mayo su fiesta más importante: la Feria de San Isidro. No lejos de aquí, en la misma calle de Alcalá, nació en 1932 don Antonio Chenel, ‘Antoñete’, el torero que tuvo en Madrid su dehesa y en la plaza de Las Ventas su escuela y razón de ser.
Huyó de niño a Castellón para esquivar el Madrid de las venganzas y las bombas. Volvió en 1940 para no irse nunca más. Su cuñado, Paco Parejo, mayoral de la plaza, le abrió las puertas de los corrales, el patio de caballos y las entrañas de esta Monumental, donde dejó de ser Antonio para convertirse en el zorro plateado de traje de luces, uno de los toreros más longevos que vería la grada de la fiesta de los toros.
En esos primeros años de hambre y blanco y negro, Antoñete lo mismo hacía de toro para el Parrita que practicaba, una y otra vez, los pases de Juan Belmonte. Pocos años después, tomaría la alternativa como novillero en Castellón, de la mano de Julio Aparicio. Fue un 13 de mayo de 1953 cuando confirmó su modo de vida en su casa, Madrid, apadrinado por Rafael Ortega, mezclando en cada pase elegancia, temple, valentía y arrojo.
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Aun con todo ese talento, Antoñete sufría un dolor de percha, un martirio que le aparecía en los huesos y que no le impidió algunas tardes de gloria e historia, como cuando un toro blanco de Osborne recibió sesenta muletazos, o el Cantinero, de Garzón, al que Chenel desbrozó con la maestría de los elegidos, una tarde de 1985, dejando para siempre marcada la memoria de una ciudad que, en la tauromaquia, es el mundo entero.
Pero Antoñete no fue un torero de triunfo fácil ni de carrera rectilínea. Como Madrid, fue de claroscuros, de silencios largos y estallidos de verdad. Hubo tardes de incomprensión y temporadas en las que el olvido parecía abrirse paso entre los tendidos. Porque Madrid, su plaza, también fue su juez más severo. Allí donde otros encontraban refugio, él hallaba examen. Y no siempre aprobaba.
Quizá por eso se retiró más de una vez, cansado del dolor físico y del desgaste de un oficio que no concede tregua. Pero siempre volvía. Volvía porque no sabía hacer otra cosa, porque su forma de estar en el mundo era colocarse delante de un toro y templar la embestida como quien escribe un verso lento. En cada regreso había algo de redención y de desafío, como si Antoñete necesitara medirse de nuevo con su propia historia.
Su tauromaquia no fue de alardes, sino de profundidad. Nunca buscó el aplauso fácil, sino el respeto que se gana callado. Tenía esa forma de torear despacio que parecía detener el tiempo, como si cada muletazo fuera una conversación entre el hombre y el animal. Por eso, cuando lograba cuajar una faena, Madrid se rendía a sus pies con una emoción distinta, casi reverencial. Llegó así su última gran cima, cuando muchos ya lo creían historia. En los años ochenta, Antoñete regresó para recordarle al mundo que el toreo no entiende de edades, sino de verdad.
Aquella tarde de 1985, con Cantinero, no solo toreó: escribió una de las páginas más bellas que se recuerdan en Las Ventas. Quizá por eso Madrid lo sigue esperando. Porque aquí, donde todo se mide con la verdad, aún parece posible que, en cualquier tarde de mayo, vuelva a abrirse la puerta de cuadrillas y aparezca su figura lenta, seria, dispuesta a demostrar que el toreo, como la vida, solo tiene sentido cuando se hace despacio y con el corazón.
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