El otro día, con ocasión de la fiesta arcoíris, la diputación de la provincia de mi nascencia y residencia repartió entre los locales que frecuento (que no son bibliotecas sino cafés y tabernas) banderines de sobremesa con los colores y las siglas LGTBIQA, que yo soy incapaz de pronunciar sustantivar o desplegar, pero que, según me explica un experto, acogen a todo el catálogo de peculiaridades sexuales e incluso asexuales. A mí me divierten mucho estos arranques de retambufa y pincho de tortilla, aunque me cueste entender que lo que antes se limitaba a café solo o café con leche ahora se convierta en innúmera carta de coctelería, demasiado alejada del trinomio de toda la vida. Quizá esa ignorancia sea la que me lleve a preguntar si las diputaciones están para estos jueguecitos. Porque resulta, querido lector, que las banderitas arcoiris cuestan dinero y, en consecuencia, hay que pagarlas. Y si cuestan dinero y hay que pagarlas, convendría saber si este tipo de bromitas salen a concurso, se adjudican a dedo o se hacen porque a un diputado, a una diputada o a un sándwich mixto se le ocurre la idea por aquello de las afinidades y concomitancias o porque «mira qué modernos somos». Como damos por supuesto que la señora presidenta del ente provincial es persona justa y equitativa, estamos seguros de que habrá también banderitas en solidaridad con la gente que duerme en la calle, con las mujeres maltratadas, con los inmigrantes abandonados a su suerte, con las familias que no llegan a fin de mes, con los autónomos que las pasan canutas para cumplir con sus obligaciones fiscales y, en fin, con todos aquellos colectivos que a diario se ven expoliados de sus derechos. Tendría gracia que la diputación de esta provincia se olvidase de las necesidades esenciales de los ciudadanos, en favor del género fluido o de los no binarios. Como dicen en la famosa pieza zorrillesca, «si es broma, puede pasar». El otro día, con ocasión de la fiesta arcoíris, la diputación de la provincia de mi nascencia y residencia repartió entre los locales que frecuento (que no son bibliotecas sino cafés y tabernas) banderines de sobremesa con los colores y las siglas LGTBIQA, que yo soy incapaz de pronunciar sustantivar o desplegar, pero que, según me explica un experto, acogen a todo el catálogo de peculiaridades sexuales e incluso asexuales. A mí me divierten mucho estos arranques de retambufa y pincho de tortilla, aunque me cueste entender que lo que antes se limitaba a café solo o café con leche ahora se convierta en innúmera carta de coctelería, demasiado alejada del trinomio de toda la vida. Quizá esa ignorancia sea la que me lleve a preguntar si las diputaciones están para estos jueguecitos. Porque resulta, querido lector, que las banderitas arcoiris cuestan dinero y, en consecuencia, hay que pagarlas. Y si cuestan dinero y hay que pagarlas, convendría saber si este tipo de bromitas salen a concurso, se adjudican a dedo o se hacen porque a un diputado, a una diputada o a un sándwich mixto se le ocurre la idea por aquello de las afinidades y concomitancias o porque «mira qué modernos somos». Como damos por supuesto que la señora presidenta del ente provincial es persona justa y equitativa, estamos seguros de que habrá también banderitas en solidaridad con la gente que duerme en la calle, con las mujeres maltratadas, con los inmigrantes abandonados a su suerte, con las familias que no llegan a fin de mes, con los autónomos que las pasan canutas para cumplir con sus obligaciones fiscales y, en fin, con todos aquellos colectivos que a diario se ven expoliados de sus derechos. Tendría gracia que la diputación de esta provincia se olvidase de las necesidades esenciales de los ciudadanos, en favor del género fluido o de los no binarios. Como dicen en la famosa pieza zorrillesca, «si es broma, puede pasar».
El otro día, con ocasión de la fiesta arcoíris, la diputación de la provincia de mi nascencia y residencia repartió entre los locales que frecuento (que no son bibliotecas sino cafés y tabernas) banderines de sobremesa con los colores y las siglas LGTBIQA, que yo … soy incapaz de pronunciar sustantivar o desplegar, pero que, según me explica un experto, acogen a todo el catálogo de peculiaridades sexuales e incluso asexuales.
A mí me divierten mucho estos arranques de retambufa y pincho de tortilla, aunque me cueste entender que lo que antes se limitaba a café solo o café con leche ahora se convierta en innúmera carta de coctelería, demasiado alejada del trinomio de toda la vida. Quizá esa ignorancia sea la que me lleve a preguntar si las diputaciones están para estos jueguecitos.
Porque resulta, querido lector, que las banderitas arcoiris cuestan dinero y, en consecuencia, hay que pagarlas. Y si cuestan dinero y hay que pagarlas, convendría saber si este tipo de bromitas salen a concurso, se adjudican a dedo o se hacen porque a un diputado, a una diputada o a un sándwich mixto se le ocurre la idea por aquello de las afinidades y concomitancias o porque «mira qué modernos somos».
Como damos por supuesto que la señora presidenta del ente provincial es persona justa y equitativa, estamos seguros de que habrá también banderitas en solidaridad con la gente que duerme en la calle, con las mujeres maltratadas, con los inmigrantes abandonados a su suerte, con las familias que no llegan a fin de mes, con los autónomos que las pasan canutas para cumplir con sus obligaciones fiscales y, en fin, con todos aquellos colectivos que a diario se ven expoliados de sus derechos.
Tendría gracia que la diputación de esta provincia se olvidase de las necesidades esenciales de los ciudadanos, en favor del género fluido o de los no binarios. Como dicen en la famosa pieza zorrillesca, «si es broma, puede pasar».
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