Ha sido un pregón lleno de figurantes. Sobre el escenario, 12 hombres: un protagonista, el pregonero, y 11 figurantes. A modo del velatorio de ‘La casa de Bernarda Alba’, rodeaban al pregonero 11 figuras grises y negras, salvo la pincelada color buganvilla del fajín de la jerarquía mitrada. El pregonero , muy elegante con su chaqué, muy sincero en sus palabras y alocución, en pie. Al resto, sentados a su alrededor, les faltaba el abanico negro, o el rosario azabache con el que García Lorca ambientaba el duelo de las vecinas en tan celebérrimo clásico del teatro español, que eximo glosar pues supongo la erudición de los pocos lectores que leen estos patosos pateros. Por cierto, en la ‘Bernarda’ de Lorca todos son personajes femeninos. En el escenario del pregón, cero mujeres , ¿la semántica decimonónica se perpetúa? Pues sí.A los figurantes se les notaba incómodos, con cara de «¿Qué he hecho yo para merecer esto?» y de «Pase de mí este cáliz». El obispo se frotaba frecuentemente los ojos y el entrecejo, como si hubiera pasado una mala noche o quisiera disimular un bostezo, no porque le pereciera aburrido el pregón, que no lo fue, sino por la incomodidad de las sillas y los focos del escenario. El alcalde (con chaqué), muy en su personaje de regidor, rígido y con la espalda pegada al respaldo, mantenía el tipo, pero con la cara tensa y la mandíbula apretada, pues hay que tener mucho dominio de sí para estar casi dos horas con el culo pegado a un asiento de respaldo inhóspito. Soldado , como tiene tablas, se cruzaba de brazos, con gesto de paciente y ejemplar espera, que para eso es Cofrade Ejemplar titulado. Güeto en su papel: su soltura ante los medios de comunicación le da ventaja escénica, no en vano el escenario de un teatro es, desde los griegos, el más antiguo medio de comunicación colectivo. El buenazo de Coleto, espigado en su elegante sotana negro-Balenciaga, no acababa de encajar en una representación a la que parecía que le habían empujado poco convencido, como sin saberse el papel. Salvador (con chaqué) se portó muy bien, para lo inquieto y nerviosillo que acostumbra, estuvo modosito, apenas un frotar de las posaderas sobre el asiento de cuando en cuando. La ergonomía, ya se sabe. El más seguro era Murillo (con chaqué), nada que ver con la gracia del pintor, al Murillo presidencial se le veía pletórico, los focos del Gran Teatro le iluminaban de satisfacción. El resto, escribía su papel con la caligrafía del chaqué en blanco y negro.Copiar del pregón de Sevilla lo que ya no se lleva, debería ser un episodio para no repetir. Si a eso sumamos el reparto de diplomas y los discursos como colofón, a modo del final de curso de un instituto y cargándose la catarsis escénica que logró el pregonero, el resultado del experimento es para usar, tirar y olvidar. Ha sido un pregón lleno de figurantes. Sobre el escenario, 12 hombres: un protagonista, el pregonero, y 11 figurantes. A modo del velatorio de ‘La casa de Bernarda Alba’, rodeaban al pregonero 11 figuras grises y negras, salvo la pincelada color buganvilla del fajín de la jerarquía mitrada. El pregonero , muy elegante con su chaqué, muy sincero en sus palabras y alocución, en pie. Al resto, sentados a su alrededor, les faltaba el abanico negro, o el rosario azabache con el que García Lorca ambientaba el duelo de las vecinas en tan celebérrimo clásico del teatro español, que eximo glosar pues supongo la erudición de los pocos lectores que leen estos patosos pateros. Por cierto, en la ‘Bernarda’ de Lorca todos son personajes femeninos. En el escenario del pregón, cero mujeres , ¿la semántica decimonónica se perpetúa? Pues sí.A los figurantes se les notaba incómodos, con cara de «¿Qué he hecho yo para merecer esto?» y de «Pase de mí este cáliz». El obispo se frotaba frecuentemente los ojos y el entrecejo, como si hubiera pasado una mala noche o quisiera disimular un bostezo, no porque le pereciera aburrido el pregón, que no lo fue, sino por la incomodidad de las sillas y los focos del escenario. El alcalde (con chaqué), muy en su personaje de regidor, rígido y con la espalda pegada al respaldo, mantenía el tipo, pero con la cara tensa y la mandíbula apretada, pues hay que tener mucho dominio de sí para estar casi dos horas con el culo pegado a un asiento de respaldo inhóspito. Soldado , como tiene tablas, se cruzaba de brazos, con gesto de paciente y ejemplar espera, que para eso es Cofrade Ejemplar titulado. Güeto en su papel: su soltura ante los medios de comunicación le da ventaja escénica, no en vano el escenario de un teatro es, desde los griegos, el más antiguo medio de comunicación colectivo. El buenazo de Coleto, espigado en su elegante sotana negro-Balenciaga, no acababa de encajar en una representación a la que parecía que le habían empujado poco convencido, como sin saberse el papel. Salvador (con chaqué) se portó muy bien, para lo inquieto y nerviosillo que acostumbra, estuvo modosito, apenas un frotar de las posaderas sobre el asiento de cuando en cuando. La ergonomía, ya se sabe. El más seguro era Murillo (con chaqué), nada que ver con la gracia del pintor, al Murillo presidencial se le veía pletórico, los focos del Gran Teatro le iluminaban de satisfacción. El resto, escribía su papel con la caligrafía del chaqué en blanco y negro.Copiar del pregón de Sevilla lo que ya no se lleva, debería ser un episodio para no repetir. Si a eso sumamos el reparto de diplomas y los discursos como colofón, a modo del final de curso de un instituto y cargándose la catarsis escénica que logró el pregonero, el resultado del experimento es para usar, tirar y olvidar.
Ha sido un pregón lleno de figurantes. Sobre el escenario, 12 hombres: un protagonista, el pregonero, y 11 figurantes. A modo del velatorio de ‘La casa de Bernarda Alba’, rodeaban al pregonero 11 figuras grises y negras, salvo la pincelada color buganvilla del fajín … de la jerarquía mitrada.
El pregonero, muy elegante con su chaqué, muy sincero en sus palabras y alocución, en pie. Al resto, sentados a su alrededor, les faltaba el abanico negro, o el rosario azabache con el que García Lorca ambientaba el duelo de las vecinas en tan celebérrimo clásico del teatro español, que eximo glosar pues supongo la erudición de los pocos lectores que leen estos patosos pateros.
Por cierto, en la ‘Bernarda’ de Lorca todos son personajes femeninos. En el escenario del pregón, cero mujeres, ¿la semántica decimonónica se perpetúa? Pues sí.
A los figurantes se les notaba incómodos, con cara de «¿Qué he hecho yo para merecer esto?» y de «Pase de mí este cáliz». El obispo se frotaba frecuentemente los ojos y el entrecejo, como si hubiera pasado una mala noche o quisiera disimular un bostezo, no porque le pereciera aburrido el pregón, que no lo fue, sino por la incomodidad de las sillas y los focos del escenario.
El alcalde (con chaqué), muy en su personaje de regidor, rígido y con la espalda pegada al respaldo, mantenía el tipo, pero con la cara tensa y la mandíbula apretada, pues hay que tener mucho dominio de sí para estar casi dos horas con el culo pegado a un asiento de respaldo inhóspito. Soldado, como tiene tablas, se cruzaba de brazos, con gesto de paciente y ejemplar espera, que para eso es Cofrade Ejemplar titulado.
Güeto en su papel: su soltura ante los medios de comunicación le da ventaja escénica, no en vano el escenario de un teatro es, desde los griegos, el más antiguo medio de comunicación colectivo. El buenazo de Coleto, espigado en su elegante sotana negro-Balenciaga, no acababa de encajar en una representación a la que parecía que le habían empujado poco convencido, como sin saberse el papel.
Salvador (con chaqué) se portó muy bien, para lo inquieto y nerviosillo que acostumbra, estuvo modosito, apenas un frotar de las posaderas sobre el asiento de cuando en cuando. La ergonomía, ya se sabe. El más seguro era Murillo (con chaqué), nada que ver con la gracia del pintor, al Murillo presidencial se le veía pletórico, los focos del Gran Teatro le iluminaban de satisfacción. El resto, escribía su papel con la caligrafía del chaqué en blanco y negro.
Copiar del pregón de Sevilla lo que ya no se lleva, debería ser un episodio para no repetir. Si a eso sumamos el reparto de diplomas y los discursos como colofón, a modo del final de curso de un instituto y cargándose la catarsis escénica que logró el pregonero, el resultado del experimento es para usar, tirar y olvidar.
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