‘De lo mundano y lo sublime’ reúne la correspondencia entre el futuro Nobel y Dolores Franco, la alumna predilecta en el mundo de Ortega y Gasset y Pedro Salinas, esposa del filósofo Julián Marías Leer ‘De lo mundano y lo sublime’ reúne la correspondencia entre el futuro Nobel y Dolores Franco, la alumna predilecta en el mundo de Ortega y Gasset y Pedro Salinas, esposa del filósofo Julián Marías Leer
De lo mundano y lo sublime es uno de esos textos que parecen hechos para ampliar o complementar a otros libros: a Una vida presente, de Julián Marías; a Tu rostro mañana, de Javier Marías; a Memorias, entendimientos y voluntades, de Camilo José Cela; a cualquier obra que caiga en medio de Las bicicletas son para el verano de Fernando Fernán Gómez y Las armas y las letras, de Andrés Trapiello.
De lo mundano y lo sublime (editado por la Fundación Santander) es, en resumen, una colección de la correspondencia (136 cartas entre 1934 y 1943) entre Camilo José Cela y Dolores Franco, Lolita, la mujer de Julián Marías, la madre de Javier, la autora de España como preocupación, la alumna predilecta de la Facultad de Filosofía y Letras en los tiempos de Ortega, Zubiri y Salinas. Sus páginas son un documento maravilloso para documentar la intrahistoria de la Guerra Civil pero también servirían para documentar una novela romántica en los años de la República.
¿Quiénes son sus dos corresponsales? Primero: Camilo José Cela, que es y no es el Camilo José Cela que todo el mundo tiene en la cabeza. Cela tiene 18 años al comienzo del hilo y no sabe qué hacer con su vida. Quiere estudiar Filosofía y Letras pero su padre le dice que eso es de señoritas. Empieza entonces con una oposición a funcionario de aduanas que le repugna. Tiene una novia a la que desprecia. Luego tiene otra que quizá sea una fantasía. Luego una más. La primera novia lo trata de «comunista estrafalario» y él se lo toma con coquetería. No es comunista, ni mucho menos, pero tampoco es lo contrario. Sí es o quiere ser poeta. Es jactancioso, impulsivo y cruel en sus opiniones, pero también es frágil e inocente. «Los amigos de Cela de los últimos años creen que Cela siempre fue así», explica el catedrático Adolfo Sotelo Vázquez, editor de De lo mundano y lo sublime. «Qué va. El Cela de los años 40 es un joven que busca y quiere«.
Segundo personaje: Dolores Franco, Lolita, hija de un médico y una cubana, hermana mayor de una camada interminable, cuatro años mayor que Cela. No sólo en la edad va por delante: la familia de Franco es más culta que la del futuro Nobel y sus maneras, más refinadas. La fama de Lolita en Letras ha llamado la atención de Ortega y Gasset y de Julián Marías, el otro niño prodigio de su generación en la facultad. Su posición sobre Cela es, en todos los órdenes, la de una adulta ante un niño, la de alguien cuya vida ya tiene peso frente a un adolescente atolondrado y arrogante.
¿Algo más? Aunque la familia Franco es, más que otra cosa, una clase media-casi burguesía, educada, izquierdista pero no revolucionaria, un hermano muere fusilado en la checa de Fomento en 1936. Se le ha visto con una novia falangista y eso es suficiente. Su duelo atraviesa las cartas de Lolita en De lo mundano y lo sublime.
¿Por qué se conocen Cela y Franco? En verano de 1934, en el año de la revolución en Asturias, sus familias veranean en casitas cercanas en Las Rozas, entre Madrid y la Sierra de Guadarrama. Una noche, el chalet que ocupan los Cela arde en un incendio y el doctor Franco refugia a sus vecinos.
¿Se enamoran? Es la pregunta que se le viene a la cabeza a cualquiera. «Para Cela, Lolita fue un amor platónico», dice Adolfo Sotelo Vázquez. Mayor, más inteligente, más segura de sí misma, tempranamente reconocida, mejor relacionada… En cambio, para Lolita, Cela es, más bien, otro hermano pequeño, si acaso un pupilo. No es, desde luego, una opción para la vida.
«Lolita no tuvo nunca mucho interés por casarse. Había sido la hermana mayor, casi madre, de sus hermanos y ya había tenido bastante», dice Sotelo Vázquez. Hay pruebas en Una vida presente, las memorias de Julián Marías. Allí se cuenta que Lolita se casó con él en 1941 como una manera de compartir su caída en desgracia, de acompañarlo en el calvario de la cárcel franquista, la humillación de la tesis doctoral suspendida, la expulsión de la universidad y el desclasamiento.
Pero eso ocurre después. En 1934, Franco tutela a Cela en su formación intelectual: «Oye, lee a Alberti». «Lee a Zambrano». «Lee a Salinas». «Lee a Ocampo». «¿Has leído a Ortega?». También cuida de su carácter volcánico. «Deberías tener un amigo». «Deberías tener una novia». «Estás mal con el alma tan cerrada». «No seas tan tajante». «No seas tan poeta».
Cela le escribe algunas líneas burlonas hacia una antigua novia, la que lo llamó «comunista estrafalario». Franco le contesta: «Todos los hombres, cuando una muchacha no se enamora de vosotros, reaccionáis contra ella y no admitís que se trata de una mujer sincera, que se exige sinceridad, que tiene perfecta capacidad de enamorarse».
A menudo, Lolita le toma la matrícula a Camilo. Le dice que sea verdadero, que no viva en la impostura, que se dé. Camilo, sorprendentemente, acepta sus riñas. ¿Está enamorado entonces? A partir de 1935 es obvio que sí. Cuando se da cuenta de que Lolita tiene una relación de casi novia con Julián Marías, empieza a sabotear a su rival.
En enero de 1937 envía a su amiga una narración que parece sacada de Amantes, de Vicente Aranda. «Hoy te he visto. En un café, con Marías». Llueve, diluvia. Cela está enfermo. La acompaña su segunda novia, una mujer llamada Tránsito Vargas, Toisha, que quizá sólo fuera su amante en su fantasía. Toisha lo besa en la boca, sin miedo al contagio, pero a Cela se le van los ojos hacia el interior del café, hacia Lolita y Julián. «Te absorbe Marías. Es normal. Yo no soy nadie. Los gallegos somos quizá seres inferiores, vete tú a saber«.
Que conste que, al final, Cela tuvo buena relación con Julián Marías. Que conste también que el novelista advirtió a la pareja en contra de Carlos Alonso del Real, el amigo de la carrera que acusó a Marías de agente soviético ante los jueces franquistas, «Del Real es un imbécil pretencioso«, escribe Cela a Lolita. «Del Real es un alma sin hiel, incapaz de desdeñar ni de molestar a nadie», le contesta Lolita. Aquella traición, por cierto, está en el núcleo de las novelas de Javier Marías.
Su hermano mayor, Miguel Marías, lo recuerda en la presentación de De lo mundano y lo sublime. Dice que su madre quiso ser, más que nada, maestra. La última línea escrita por ella en las páginas del libro le dice a Cela: «Exígete más. Creo que puedes darlo».
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