Sentir que uno ya no es persona, solo un cuerpo roto sobre una camilla. Una simple intervención quirúrgica, en marzo de 2024, acabó llevando a Carla Maronda, una joven de 28 años de Játiva, a verse así, al borde de la muerte y con los médicos de la UCI aconsejando a su familia que entrara a despedirse de ella . Contra todo pronóstico, sobrevivió pero sufrió la amputación de brazos y piernas. Quizás lo más impactante de esta historia es que dos años después de esta pesadilla la ‘nueva’ Carla, con prótesis en sus extremidades y más energía de la que tenía antes, vuelve a montar a su caballo Bolero, lucha para que le dejen conducir y ultima la apertura, en unos meses, de su despacho como abogada, en una historia de superación y coraje que ella misma ha contado ahora en un libro, ‘El día que volví a abrir los ojos’ (ed. Kailas).«A la vida hay que cogerla por los cuernos porque si no te estás perdiendo todo lo que tiene de bonito», defiende en una entrevista con ABC en la que expone que pudo asimilar que nada volvería a ser igual cuando fue consciente de que si había superado la muerte necesitaba hacer un cambio de chip y sentirse útil y que, por mucho que su entorno y profesionales la quisieran ayudar, solo tiraría adelante si ella se ponía a ello. «Los demás tampoco te pueden arrastrar, todo tenía que pasar por mí. Me ha tocado vivir esta situación y si quería vivir y no limitarme a existir tenía que afrontarlo de la forma que pudiera», asegura.El clic, al menos tal y como lo cuenta, no fue difícil. Seguramente por lo sufrido desde la operación de ese 23 de marzo. Iban a extirparle un pequeño quiste benigno en la ingle y contrajo una bacteria que rápidamente se extendió por su cuerpo y le provocó una sepsis que la dejó en estado crítico. El libro, de hecho, cuenta con duras narraciones en primera persona de sus allegados explicando lo duro que fue pasar de una vida completamente normal, a verla sufrir tanto y dar por hecho que Carla no saldría de esa. Contra todo pronóstico, sobrevivió. Noticia relacionada general No No Xavier Guix, psicólogo: «Hay siete claves que te ayudan a liberarte de tu pasado para vivir plenamente» Laura PeraitaLa joven pasó tres meses en el hospital. Al principio viendo que «ya no soy persona, soy un cuerpo roto sobre una camilla» y preguntándose sin parar por qué la habían salvado si su vida había dejado de tener sentido. A pesar de sus terribles e incesantes dolores, la valenciana empezó a escuchar hablar de amputaciones y prótesis, y mientras sus allegados lo veían como un revés más para ella pasaron a ser las primeras palabras esperanzadoras en mucho tiempo. Pensó «que no todo estaba perdido» y que era « un ligero brillo al final del túnel », que no era luz pero tampoco la total oscuridad. Tras la extirpación y recuperarse de esas heridas consiguió el alta. Y entonces, todavía sin las prótesis (que no llegaron hasta semanas después), empezó su mayor batalla.«Una realidad que ni siquiera me podía imaginar»«En el hospital vivía en una realidad paralela y al llegar a casa, sin manos y sin pies, es cuando me doy la hostia , es cuando empiezo a vivir una realidad que ni siquiera me podía imaginar», rememora. El personal sanitario ya no estaba, el dolor físico seguía y tanto su familia como ella misma hacían todo lo mejor que podían ante una situación totalmente nueva y desconocida. Su amor se convirtió en logística, avances y desastres. Carla ejemplifica que ni siquiera podía darse la vuelta sola en la cama y que tenían que dormir con ella por si necesitaba cambiar de postura y que tampoco podía ni contestar al móvil sin nadie asistiéndola. Por no hablar de ir al baño, ducharse o comer sin tener que ‘molestar’ a los suyos. Tuvo que aprender a hacerse las curas, a moverse, a cogerse… Como dice el título de su libro, volvió a abrir los ojos . En realidad, lo hizo dos veces: al despertar de su coma inducido y, en sentido figurado, cuando descubrió su nueva vida, aprendió a vivir sin anestesia y confirmó que, como se dice, la vida son los pequeños momentos de felicidad. En su caso, eran las nuevas primeras veces. Alegría como la que sintió, relata en el libro, cuando se volvió a maquillar, a ponerse las lentillas o, un poco más adelante, a nadar. «Una de las cosas que más he disfrutado son los momentos en la ducha : volver a hacerlo sola, estando de pie y dejando que el agua me caiga por encima…», detalla a ABC la joven, consciente de que «ahora valoro mucho más lo que tengo y que no hay que centrarnos tanto en lo que no tenemos». «Se me han cerrado muchas puertas pero se me han abierto muchas otras, y eso también hay que valorarlo»Carla también recuerda con mucha emoción cómo ha vuelto a montar a caballo (algo que al principio fue muy difícil y que a día de hoy hace casi «como si nada hubiera pasado») y cómo en este tiempo ha podido acabar dos másteres y preparar la apertura de su despacho de abogados, además de escribir el libro. Todavía se acuerda, entre risas, cuando le dijo a su cirujano que quería retomar los estudios para empezar a recuperar su vida y él le dijo que mientras mantuviera la terapia física hiciera lo que le diera la gana. «Se me han cerrado muchas puertas pero se me han abierto muchas otras, y eso también hay que valorarlo», clama.Su evolución, no hay duda, es brutal. Su psicóloga le pudo dar el alta en diciembre de 2024 y la recuperación física, para ella la más difícil, también avanzó muy bien, en buena parte por ser joven y deportista. Elegir los protésicos, encontrarse con sus nuevas manos y pies y convivir con las expectativas y la realidad de su nuevo cuerpo tampoco fue un camino de rosas. A día de hoy sigue dos días a la semana con entrenadores personales, que la ayudan a mejorar en propiocepción, equilibrio y fuerza. Obviamente le queda mucho trabajo por hacer. «Todavía hay cosas que me cuestan mucho porque me pongo las exigencias muy altas pero es que es como si tuviera dos años porque realmente he vuelto a nacer en otras circunstancias», detalla. Aspectos básicos, como pasarse los botones, subirse las cremalleras o incluso ponerse los zapatos le siguen costando mucho. Pero su receta es fácil: «Siempre hago igual: me pongo metas y lucho por conseguirlas, con práctica, práctica y más práctica».MÁS INFORMACIÓN noticia Si Dormir bien, el ‘entrenamiento silencioso’ que marca la diferencia entre rendir o lesionarse noticia Si «Debemos tomarnos las conexiones sociales en serio, como una necesidad biológica» noticia Si La felicidad se puede entrenar: los cuatro pilares para alcanzarlaMás adelante, por ejemplo, llegará el momento de ir a vivir con Ángel, su inseparable novio que tanto le ha arropado en esta pesadilla, y tener un piso adaptado, en el que pueda cocinar o coger platos sin problema. La frustración, eso sí, no escapa de su día a día. Carla es consciente de que hay que conocerse muy bien para saber cuando tienes la destreza suficiente para intentar algo. Por ejemplo, hace un año era impensable pensar en volver a conducir pero ahora tiene claro que quiere, y lo más importante, que puede. Su rabia actual es, de hecho, que la Dirección General de Tráfico (DGT) le ha dicho que no puede ponerse al volante. «Al final no me conocen y no quieren arriesgarse, pero hay más gente en el mundo como yo y que están conduciendo. Estoy segura de que también puedo», clama. Viendo su fortaleza y coraje, seguro que lo conseguirá. Sentir que uno ya no es persona, solo un cuerpo roto sobre una camilla. Una simple intervención quirúrgica, en marzo de 2024, acabó llevando a Carla Maronda, una joven de 28 años de Játiva, a verse así, al borde de la muerte y con los médicos de la UCI aconsejando a su familia que entrara a despedirse de ella . Contra todo pronóstico, sobrevivió pero sufrió la amputación de brazos y piernas. Quizás lo más impactante de esta historia es que dos años después de esta pesadilla la ‘nueva’ Carla, con prótesis en sus extremidades y más energía de la que tenía antes, vuelve a montar a su caballo Bolero, lucha para que le dejen conducir y ultima la apertura, en unos meses, de su despacho como abogada, en una historia de superación y coraje que ella misma ha contado ahora en un libro, ‘El día que volví a abrir los ojos’ (ed. Kailas).«A la vida hay que cogerla por los cuernos porque si no te estás perdiendo todo lo que tiene de bonito», defiende en una entrevista con ABC en la que expone que pudo asimilar que nada volvería a ser igual cuando fue consciente de que si había superado la muerte necesitaba hacer un cambio de chip y sentirse útil y que, por mucho que su entorno y profesionales la quisieran ayudar, solo tiraría adelante si ella se ponía a ello. «Los demás tampoco te pueden arrastrar, todo tenía que pasar por mí. Me ha tocado vivir esta situación y si quería vivir y no limitarme a existir tenía que afrontarlo de la forma que pudiera», asegura.El clic, al menos tal y como lo cuenta, no fue difícil. Seguramente por lo sufrido desde la operación de ese 23 de marzo. Iban a extirparle un pequeño quiste benigno en la ingle y contrajo una bacteria que rápidamente se extendió por su cuerpo y le provocó una sepsis que la dejó en estado crítico. El libro, de hecho, cuenta con duras narraciones en primera persona de sus allegados explicando lo duro que fue pasar de una vida completamente normal, a verla sufrir tanto y dar por hecho que Carla no saldría de esa. Contra todo pronóstico, sobrevivió. Noticia relacionada general No No Xavier Guix, psicólogo: «Hay siete claves que te ayudan a liberarte de tu pasado para vivir plenamente» Laura PeraitaLa joven pasó tres meses en el hospital. Al principio viendo que «ya no soy persona, soy un cuerpo roto sobre una camilla» y preguntándose sin parar por qué la habían salvado si su vida había dejado de tener sentido. A pesar de sus terribles e incesantes dolores, la valenciana empezó a escuchar hablar de amputaciones y prótesis, y mientras sus allegados lo veían como un revés más para ella pasaron a ser las primeras palabras esperanzadoras en mucho tiempo. Pensó «que no todo estaba perdido» y que era « un ligero brillo al final del túnel », que no era luz pero tampoco la total oscuridad. Tras la extirpación y recuperarse de esas heridas consiguió el alta. Y entonces, todavía sin las prótesis (que no llegaron hasta semanas después), empezó su mayor batalla.«Una realidad que ni siquiera me podía imaginar»«En el hospital vivía en una realidad paralela y al llegar a casa, sin manos y sin pies, es cuando me doy la hostia , es cuando empiezo a vivir una realidad que ni siquiera me podía imaginar», rememora. El personal sanitario ya no estaba, el dolor físico seguía y tanto su familia como ella misma hacían todo lo mejor que podían ante una situación totalmente nueva y desconocida. Su amor se convirtió en logística, avances y desastres. Carla ejemplifica que ni siquiera podía darse la vuelta sola en la cama y que tenían que dormir con ella por si necesitaba cambiar de postura y que tampoco podía ni contestar al móvil sin nadie asistiéndola. Por no hablar de ir al baño, ducharse o comer sin tener que ‘molestar’ a los suyos. Tuvo que aprender a hacerse las curas, a moverse, a cogerse… Como dice el título de su libro, volvió a abrir los ojos . En realidad, lo hizo dos veces: al despertar de su coma inducido y, en sentido figurado, cuando descubrió su nueva vida, aprendió a vivir sin anestesia y confirmó que, como se dice, la vida son los pequeños momentos de felicidad. En su caso, eran las nuevas primeras veces. Alegría como la que sintió, relata en el libro, cuando se volvió a maquillar, a ponerse las lentillas o, un poco más adelante, a nadar. «Una de las cosas que más he disfrutado son los momentos en la ducha : volver a hacerlo sola, estando de pie y dejando que el agua me caiga por encima…», detalla a ABC la joven, consciente de que «ahora valoro mucho más lo que tengo y que no hay que centrarnos tanto en lo que no tenemos». «Se me han cerrado muchas puertas pero se me han abierto muchas otras, y eso también hay que valorarlo»Carla también recuerda con mucha emoción cómo ha vuelto a montar a caballo (algo que al principio fue muy difícil y que a día de hoy hace casi «como si nada hubiera pasado») y cómo en este tiempo ha podido acabar dos másteres y preparar la apertura de su despacho de abogados, además de escribir el libro. Todavía se acuerda, entre risas, cuando le dijo a su cirujano que quería retomar los estudios para empezar a recuperar su vida y él le dijo que mientras mantuviera la terapia física hiciera lo que le diera la gana. «Se me han cerrado muchas puertas pero se me han abierto muchas otras, y eso también hay que valorarlo», clama.Su evolución, no hay duda, es brutal. Su psicóloga le pudo dar el alta en diciembre de 2024 y la recuperación física, para ella la más difícil, también avanzó muy bien, en buena parte por ser joven y deportista. Elegir los protésicos, encontrarse con sus nuevas manos y pies y convivir con las expectativas y la realidad de su nuevo cuerpo tampoco fue un camino de rosas. A día de hoy sigue dos días a la semana con entrenadores personales, que la ayudan a mejorar en propiocepción, equilibrio y fuerza. Obviamente le queda mucho trabajo por hacer. «Todavía hay cosas que me cuestan mucho porque me pongo las exigencias muy altas pero es que es como si tuviera dos años porque realmente he vuelto a nacer en otras circunstancias», detalla. Aspectos básicos, como pasarse los botones, subirse las cremalleras o incluso ponerse los zapatos le siguen costando mucho. Pero su receta es fácil: «Siempre hago igual: me pongo metas y lucho por conseguirlas, con práctica, práctica y más práctica».MÁS INFORMACIÓN noticia Si Dormir bien, el ‘entrenamiento silencioso’ que marca la diferencia entre rendir o lesionarse noticia Si «Debemos tomarnos las conexiones sociales en serio, como una necesidad biológica» noticia Si La felicidad se puede entrenar: los cuatro pilares para alcanzarlaMás adelante, por ejemplo, llegará el momento de ir a vivir con Ángel, su inseparable novio que tanto le ha arropado en esta pesadilla, y tener un piso adaptado, en el que pueda cocinar o coger platos sin problema. La frustración, eso sí, no escapa de su día a día. Carla es consciente de que hay que conocerse muy bien para saber cuando tienes la destreza suficiente para intentar algo. Por ejemplo, hace un año era impensable pensar en volver a conducir pero ahora tiene claro que quiere, y lo más importante, que puede. Su rabia actual es, de hecho, que la Dirección General de Tráfico (DGT) le ha dicho que no puede ponerse al volante. «Al final no me conocen y no quieren arriesgarse, pero hay más gente en el mundo como yo y que están conduciendo. Estoy segura de que también puedo», clama. Viendo su fortaleza y coraje, seguro que lo conseguirá.
Sentir que uno ya no es persona, solo un cuerpo roto sobre una camilla. Una simple intervención quirúrgica, en marzo de 2024, acabó llevando a Carla Maronda, una joven de 28 años de Játiva, a verse así, al borde de la muerte y con … los médicos de la UCI aconsejando a su familia que entrara a despedirse de ella. Contra todo pronóstico, sobrevivió pero sufrió la amputación de brazos y piernas. Quizás lo más impactante de esta historia es que dos años después de esta pesadilla la ‘nueva’ Carla, con prótesis en sus extremidades y más energía de la que tenía antes, vuelve a montar a su caballo Bolero, lucha para que le dejen conducir y ultima la apertura, en unos meses, de su despacho como abogada, en una historia de superación y coraje que ella misma ha contado ahora en un libro, ‘El día que volví a abrir los ojos’ (ed. Kailas).
«A la vida hay que cogerla por los cuernos porque si no te estás perdiendo todo lo que tiene de bonito», defiende en una entrevista con ABC en la que expone que pudo asimilar que nada volvería a ser igual cuando fue consciente de que si había superado la muerte necesitaba hacer un cambio de chip y sentirse útil y que, por mucho que su entorno y profesionales la quisieran ayudar, solo tiraría adelante si ella se ponía a ello. «Los demás tampoco te pueden arrastrar, todo tenía que pasar por mí. Me ha tocado vivir esta situación y si quería vivir y no limitarme a existir tenía que afrontarlo de la forma que pudiera», asegura.
El clic, al menos tal y como lo cuenta, no fue difícil. Seguramente por lo sufrido desde la operación de ese 23 de marzo. Iban a extirparle un pequeño quiste benigno en la ingle y contrajo una bacteria que rápidamente se extendió por su cuerpo y le provocó una sepsis que la dejó en estado crítico. El libro, de hecho, cuenta con duras narraciones en primera persona de sus allegados explicando lo duro que fue pasar de una vida completamente normal, a verla sufrir tanto y dar por hecho que Carla no saldría de esa. Contra todo pronóstico, sobrevivió.
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La joven pasó tres meses en el hospital. Al principio viendo que «ya no soy persona, soy un cuerpo roto sobre una camilla» y preguntándose sin parar por qué la habían salvado si su vida había dejado de tener sentido. A pesar de sus terribles e incesantes dolores, la valenciana empezó a escuchar hablar de amputaciones y prótesis, y mientras sus allegados lo veían como un revés más para ella pasaron a ser las primeras palabras esperanzadoras en mucho tiempo. Pensó «que no todo estaba perdido» y que era «un ligero brillo al final del túnel», que no era luz pero tampoco la total oscuridad. Tras la extirpación y recuperarse de esas heridas consiguió el alta. Y entonces, todavía sin las prótesis (que no llegaron hasta semanas después), empezó su mayor batalla.
«Una realidad que ni siquiera me podía imaginar»
«En el hospital vivía en una realidad paralela y al llegar a casa, sin manos y sin pies, es cuando me doy la hostia, es cuando empiezo a vivir una realidad que ni siquiera me podía imaginar», rememora. El personal sanitario ya no estaba, el dolor físico seguía y tanto su familia como ella misma hacían todo lo mejor que podían ante una situación totalmente nueva y desconocida. Su amor se convirtió en logística, avances y desastres. Carla ejemplifica que ni siquiera podía darse la vuelta sola en la cama y que tenían que dormir con ella por si necesitaba cambiar de postura y que tampoco podía ni contestar al móvil sin nadie asistiéndola.
Por no hablar de ir al baño, ducharse o comer sin tener que ‘molestar’ a los suyos. Tuvo que aprender a hacerse las curas, a moverse, a cogerse… Como dice el título de su libro, volvió a abrir los ojos. En realidad, lo hizo dos veces: al despertar de su coma inducido y, en sentido figurado, cuando descubrió su nueva vida, aprendió a vivir sin anestesia y confirmó que, como se dice, la vida son los pequeños momentos de felicidad. En su caso, eran las nuevas primeras veces.
Alegría como la que sintió, relata en el libro, cuando se volvió a maquillar, a ponerse las lentillas o, un poco más adelante, a nadar. «Una de las cosas que más he disfrutado son los momentos en la ducha: volver a hacerlo sola, estando de pie y dejando que el agua me caiga por encima…», detalla a ABC la joven, consciente de que «ahora valoro mucho más lo que tengo y que no hay que centrarnos tanto en lo que no tenemos».
«Se me han cerrado muchas puertas pero se me han abierto muchas otras, y eso también hay que valorarlo»
Carla también recuerda con mucha emoción cómo ha vuelto a montar a caballo (algo que al principio fue muy difícil y que a día de hoy hace casi «como si nada hubiera pasado») y cómo en este tiempo ha podido acabar dos másteres y preparar la apertura de su despacho de abogados, además de escribir el libro. Todavía se acuerda, entre risas, cuando le dijo a su cirujano que quería retomar los estudios para empezar a recuperar su vida y él le dijo que mientras mantuviera la terapia física hiciera lo que le diera la gana. «Se me han cerrado muchas puertas pero se me han abierto muchas otras, y eso también hay que valorarlo», clama.
Su evolución, no hay duda, es brutal. Su psicóloga le pudo dar el alta en diciembre de 2024 y la recuperación física, para ella la más difícil, también avanzó muy bien, en buena parte por ser joven y deportista. Elegir los protésicos, encontrarse con sus nuevas manos y pies y convivir con las expectativas y la realidad de su nuevo cuerpo tampoco fue un camino de rosas. A día de hoy sigue dos días a la semana con entrenadores personales, que la ayudan a mejorar en propiocepción, equilibrio y fuerza. Obviamente le queda mucho trabajo por hacer.
«Todavía hay cosas que me cuestan mucho porque me pongo las exigencias muy altas pero es que es como si tuviera dos años porque realmente he vuelto a nacer en otras circunstancias», detalla. Aspectos básicos, como pasarse los botones, subirse las cremalleras o incluso ponerse los zapatos le siguen costando mucho. Pero su receta es fácil: «Siempre hago igual: me pongo metas y lucho por conseguirlas, con práctica, práctica y más práctica».
Más adelante, por ejemplo, llegará el momento de ir a vivir con Ángel, su inseparable novio que tanto le ha arropado en esta pesadilla, y tener un piso adaptado, en el que pueda cocinar o coger platos sin problema. La frustración, eso sí, no escapa de su día a día. Carla es consciente de que hay que conocerse muy bien para saber cuando tienes la destreza suficiente para intentar algo. Por ejemplo, hace un año era impensable pensar en volver a conducir pero ahora tiene claro que quiere, y lo más importante, que puede. Su rabia actual es, de hecho, que la Dirección General de Tráfico (DGT) le ha dicho que no puede ponerse al volante. «Al final no me conocen y no quieren arriesgarse, pero hay más gente en el mundo como yo y que están conduciendo. Estoy segura de que también puedo», clama. Viendo su fortaleza y coraje, seguro que lo conseguirá.
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