El José Zorrilla se singulariza en el saturado panorama de premios literarios por ser costeado en su totalidad (importe, impresión, promoción y demás), sin ninguna ayuda del erario público, por el empresario teatral Enrique Cornejo. Que yo sepa esta labor altruista de mecenazgo, literalmente por amor al arte, sólo la comparte con el Loewe. La undécima edición ha recaído en Antonio Manilla, que engrandece el galardón, a la vez que éste engrandece la trayectoria del poeta leonés, en torno a una docena de libros de poesía con notables reconocimientos, como el Emilio Prados, el Ciudad de Salamanca o el Generación del 27, e incursiones en el ensayo, la novela breve, la biografía y la literatura infantil y juvenil, además de su labor tal vez más conocida, como columnista en el Diario de León. Para la miembro del jurado Raquel Lanseros, estamos ante «un autor consagrado que escribe con oficio y corazón». Y para el presidente del mismo, Luis Alberto de Cuenca, el libro distinguido, ‘Casa nostra’, es «ejemplar en cuanto a la idea, la realización y sus virtudes métricas», aserto con el que estoy completamente de acuerdo, sobre lo último bastarían un soneto con licencias de rima y los cinco ‘haikoritos’, mezcla de senryū nipón y aerolito de Carlos Edmundo de Ory. ‘Casa nostra’ (el título procede del de la parte central) recorre, en tres movimientos a diez poemas por cabeza, según figura en la dedicatoria, los cuatro terrenos que «los hombres poseen: el pasado, la infancia, la muerte y, en muchos casos, la literatura». La primera estancia que se contempla, bajo el epígrafe ‘Salón sin luz’, es la del recuerdo, unido a la niñez, con la presencia esporádica, amenazante, de la muerte y protagonismo estelar de su agente destructor en vida, el tiempo inapelable: «hombre: conciencia y tiempo», reza un verso del tramo final. Algo semejante sucede en el segundo apartado, traspasado también por la nostalgia de lo perdido, que se desencadena cada vez que se recrean o rememoran episodios infantiles.Todos los poemas buscan apresar «la eternidad de lo que pasa»Cabría matizar que en la sección de inicio predomina lo familiar, la geografía física y humana de sus veraneos de niño cerca de sus abuelos, fotografiados como pórtico, en sepia, seguramente en un corral con acacias, fiemo del ganado y un pozo que tuvo su ahogado, antes de que el poeta se bañase en él, una noche de «fría luna». En este orden de cosas estarían también una elegía maternal en cuatro piezas, que termina: «Me acaricio el ombligo./En su nudo de carne/toco a mi madre muerta»; un retrato de época, con olor a naftalina, de una tía soltera y solitaria; el aprendizaje con su padre de las artes de pesca, motivo reiterado, simbólico, en su obra, lo que es desde siempre su patria fluvial, en paralelo al ejercicio de la lírica; y tres envíos con consejos para su hijo. En cambio, en la segunda, adquiere más importancia el despoblamiento y abandono rurales, trasfondo de dos poemas de la primera parte. Y en la tercera tiene más peso lo metapoético, de un poema memorable sobre Beatriz Amposta, la pareja romana de Rafael Alberti, a la apelación a la duda sistemática, contra la certeza y sus verdades; de las alusiones a Calímaco, Homero o Hesíodo a los riesgos de darse a la poesía, de darles cancha, a zaga de Pessoa, a nuestros heterónimos: «la soledad nos vuelve numerosos», «nos hace innumerables».Momentos únicosTodos los poemas buscan apresar «la eternidad de lo que pasa,/la permanencia oculta de lo breve,/el pálpito perenne que en lo efímero/anuda la memoria a un instante»; desarrollan, pues, una poética en la que, en general desde lo evocativo, se rastrean epifanías súbitas, los momentos únicos de la existencia. Aunque el poeta sea consciente de la imposibilidad de atrapar los fugaces vislumbres de revelación que la vida nos depara: «vano empeño: domar la epifanía» concluye un poema que comienza con una metáfora que ni pintada, columbrada más bien, para este asunto crucial sobre el advenimiento de lo poético, que sería un «relámpago en la noche». Y pese a que resulte imposible encontrar un sentido o explicar «que la belleza sea la respuesta/de cuanto existe siempre contra el tiempo,/confrontado a la muerte».Casa nostra Autor: Antonio Manilla Editorial: Hiperión Año: 2025 Precio: 12,45 euros Páginas: 64 En la contraportada se afirma con mucho tino, en cuanto a forma y contenido, y no se me ocurre mejor síntesis, que es uno de sus libros de poemas «más perfilado, con una poesía clara y comprensible, que aúna pensamiento y emoción y cuyos versos están marcados por la identidad, la experiencia y la esperanza». En efecto, en la vertiente formal, por la claridad honda, se encomienda al clasicismo sereno del maestro renacentista Francisco de Aldana o al místico de San Juan de la Cruz y su fonte escondida, dedica un poema a Eloy Sánchez Rosillo y encabeza otro con dos eneasílabos seguidos de José Antonio Muñoz Rojas: «la gracia de la plenitud, la belleza de lo cumplido», sintagmas que bien podrían aplicarse a la orientación troncal de la poesía de Manilla. Si bien, aun prescindiendo de su brillantez de estilo como articulista, no se apoca nunca en la difícil sencillez ni en la mismidad limitadora; su prosodia se apoya siempre en el adjetivo preciso y la palabra justa, con pinceladas de ironía dorsiana, por parte de Miguel, o con el recurso a las letanías borgeanas, vía Víctor Botas. De ahí que acuda también a paratextos de dos poetas muy distintos entre sí y alejados por completo de Muñoz Rojas o Rosillo: el antillano Derek Walcott y la lusa Sophia de Mello Breyner Andersen. El José Zorrilla se singulariza en el saturado panorama de premios literarios por ser costeado en su totalidad (importe, impresión, promoción y demás), sin ninguna ayuda del erario público, por el empresario teatral Enrique Cornejo. Que yo sepa esta labor altruista de mecenazgo, literalmente por amor al arte, sólo la comparte con el Loewe. La undécima edición ha recaído en Antonio Manilla, que engrandece el galardón, a la vez que éste engrandece la trayectoria del poeta leonés, en torno a una docena de libros de poesía con notables reconocimientos, como el Emilio Prados, el Ciudad de Salamanca o el Generación del 27, e incursiones en el ensayo, la novela breve, la biografía y la literatura infantil y juvenil, además de su labor tal vez más conocida, como columnista en el Diario de León. Para la miembro del jurado Raquel Lanseros, estamos ante «un autor consagrado que escribe con oficio y corazón». Y para el presidente del mismo, Luis Alberto de Cuenca, el libro distinguido, ‘Casa nostra’, es «ejemplar en cuanto a la idea, la realización y sus virtudes métricas», aserto con el que estoy completamente de acuerdo, sobre lo último bastarían un soneto con licencias de rima y los cinco ‘haikoritos’, mezcla de senryū nipón y aerolito de Carlos Edmundo de Ory. ‘Casa nostra’ (el título procede del de la parte central) recorre, en tres movimientos a diez poemas por cabeza, según figura en la dedicatoria, los cuatro terrenos que «los hombres poseen: el pasado, la infancia, la muerte y, en muchos casos, la literatura». La primera estancia que se contempla, bajo el epígrafe ‘Salón sin luz’, es la del recuerdo, unido a la niñez, con la presencia esporádica, amenazante, de la muerte y protagonismo estelar de su agente destructor en vida, el tiempo inapelable: «hombre: conciencia y tiempo», reza un verso del tramo final. Algo semejante sucede en el segundo apartado, traspasado también por la nostalgia de lo perdido, que se desencadena cada vez que se recrean o rememoran episodios infantiles.Todos los poemas buscan apresar «la eternidad de lo que pasa»Cabría matizar que en la sección de inicio predomina lo familiar, la geografía física y humana de sus veraneos de niño cerca de sus abuelos, fotografiados como pórtico, en sepia, seguramente en un corral con acacias, fiemo del ganado y un pozo que tuvo su ahogado, antes de que el poeta se bañase en él, una noche de «fría luna». En este orden de cosas estarían también una elegía maternal en cuatro piezas, que termina: «Me acaricio el ombligo./En su nudo de carne/toco a mi madre muerta»; un retrato de época, con olor a naftalina, de una tía soltera y solitaria; el aprendizaje con su padre de las artes de pesca, motivo reiterado, simbólico, en su obra, lo que es desde siempre su patria fluvial, en paralelo al ejercicio de la lírica; y tres envíos con consejos para su hijo. En cambio, en la segunda, adquiere más importancia el despoblamiento y abandono rurales, trasfondo de dos poemas de la primera parte. Y en la tercera tiene más peso lo metapoético, de un poema memorable sobre Beatriz Amposta, la pareja romana de Rafael Alberti, a la apelación a la duda sistemática, contra la certeza y sus verdades; de las alusiones a Calímaco, Homero o Hesíodo a los riesgos de darse a la poesía, de darles cancha, a zaga de Pessoa, a nuestros heterónimos: «la soledad nos vuelve numerosos», «nos hace innumerables».Momentos únicosTodos los poemas buscan apresar «la eternidad de lo que pasa,/la permanencia oculta de lo breve,/el pálpito perenne que en lo efímero/anuda la memoria a un instante»; desarrollan, pues, una poética en la que, en general desde lo evocativo, se rastrean epifanías súbitas, los momentos únicos de la existencia. Aunque el poeta sea consciente de la imposibilidad de atrapar los fugaces vislumbres de revelación que la vida nos depara: «vano empeño: domar la epifanía» concluye un poema que comienza con una metáfora que ni pintada, columbrada más bien, para este asunto crucial sobre el advenimiento de lo poético, que sería un «relámpago en la noche». Y pese a que resulte imposible encontrar un sentido o explicar «que la belleza sea la respuesta/de cuanto existe siempre contra el tiempo,/confrontado a la muerte».Casa nostra Autor: Antonio Manilla Editorial: Hiperión Año: 2025 Precio: 12,45 euros Páginas: 64 En la contraportada se afirma con mucho tino, en cuanto a forma y contenido, y no se me ocurre mejor síntesis, que es uno de sus libros de poemas «más perfilado, con una poesía clara y comprensible, que aúna pensamiento y emoción y cuyos versos están marcados por la identidad, la experiencia y la esperanza». En efecto, en la vertiente formal, por la claridad honda, se encomienda al clasicismo sereno del maestro renacentista Francisco de Aldana o al místico de San Juan de la Cruz y su fonte escondida, dedica un poema a Eloy Sánchez Rosillo y encabeza otro con dos eneasílabos seguidos de José Antonio Muñoz Rojas: «la gracia de la plenitud, la belleza de lo cumplido», sintagmas que bien podrían aplicarse a la orientación troncal de la poesía de Manilla. Si bien, aun prescindiendo de su brillantez de estilo como articulista, no se apoca nunca en la difícil sencillez ni en la mismidad limitadora; su prosodia se apoya siempre en el adjetivo preciso y la palabra justa, con pinceladas de ironía dorsiana, por parte de Miguel, o con el recurso a las letanías borgeanas, vía Víctor Botas. De ahí que acuda también a paratextos de dos poetas muy distintos entre sí y alejados por completo de Muñoz Rojas o Rosillo: el antillano Derek Walcott y la lusa Sophia de Mello Breyner Andersen.
El José Zorrilla se singulariza en el saturado panorama de premios literarios por ser costeado en su totalidad (importe, impresión, promoción y demás), sin ninguna ayuda del erario público, por el empresario teatral Enrique Cornejo. Que yo sepa esta labor altruista de mecenazgo, literalmente por … amor al arte, sólo la comparte con el Loewe. La undécima edición ha recaído en Antonio Manilla, que engrandece el galardón, a la vez que éste engrandece la trayectoria del poeta leonés, en torno a una docena de libros de poesía con notables reconocimientos, como el Emilio Prados, el Ciudad de Salamanca o el Generación del 27, e incursiones en el ensayo, la novela breve, la biografía y la literatura infantil y juvenil, además de su labor tal vez más conocida, como columnista en el Diario de León. Para la miembro del jurado Raquel Lanseros, estamos ante «un autor consagrado que escribe con oficio y corazón». Y para el presidente del mismo, Luis Alberto de Cuenca, el libro distinguido, ‘Casa nostra’, es «ejemplar en cuanto a la idea, la realización y sus virtudes métricas», aserto con el que estoy completamente de acuerdo, sobre lo último bastarían un soneto con licencias de rima y los cinco ‘haikoritos’, mezcla de senryū nipón y aerolito de Carlos Edmundo de Ory.
‘Casa nostra’ (el título procede del de la parte central) recorre, en tres movimientos a diez poemas por cabeza, según figura en la dedicatoria, los cuatro terrenos que «los hombres poseen: el pasado, la infancia, la muerte y, en muchos casos, la literatura». La primera estancia que se contempla, bajo el epígrafe ‘Salón sin luz’, es la del recuerdo, unido a la niñez, con la presencia esporádica, amenazante, de la muerte y protagonismo estelar de su agente destructor en vida, el tiempo inapelable: «hombre: conciencia y tiempo», reza un verso del tramo final. Algo semejante sucede en el segundo apartado, traspasado también por la nostalgia de lo perdido, que se desencadena cada vez que se recrean o rememoran episodios infantiles.
Todos los poemas buscan apresar «la eternidad de lo que pasa»
Cabría matizar que en la sección de inicio predomina lo familiar, la geografía física y humana de sus veraneos de niño cerca de sus abuelos, fotografiados como pórtico, en sepia, seguramente en un corral con acacias, fiemo del ganado y un pozo que tuvo su ahogado, antes de que el poeta se bañase en él, una noche de «fría luna». En este orden de cosas estarían también una elegía maternal en cuatro piezas, que termina: «Me acaricio el ombligo./En su nudo de carne/toco a mi madre muerta»; un retrato de época, con olor a naftalina, de una tía soltera y solitaria; el aprendizaje con su padre de las artes de pesca, motivo reiterado, simbólico, en su obra, lo que es desde siempre su patria fluvial, en paralelo al ejercicio de la lírica; y tres envíos con consejos para su hijo. En cambio, en la segunda, adquiere más importancia el despoblamiento y abandono rurales, trasfondo de dos poemas de la primera parte. Y en la tercera tiene más peso lo metapoético, de un poema memorable sobre Beatriz Amposta, la pareja romana de Rafael Alberti, a la apelación a la duda sistemática, contra la certeza y sus verdades; de las alusiones a Calímaco, Homero o Hesíodo a los riesgos de darse a la poesía, de darles cancha, a zaga de Pessoa, a nuestros heterónimos: «la soledad nos vuelve numerosos», «nos hace innumerables».
Momentos únicos
Todos los poemas buscan apresar «la eternidad de lo que pasa,/la permanencia oculta de lo breve,/el pálpito perenne que en lo efímero/anuda la memoria a un instante»; desarrollan, pues, una poética en la que, en general desde lo evocativo, se rastrean epifanías súbitas, los momentos únicos de la existencia. Aunque el poeta sea consciente de la imposibilidad de atrapar los fugaces vislumbres de revelación que la vida nos depara: «vano empeño: domar la epifanía» concluye un poema que comienza con una metáfora que ni pintada, columbrada más bien, para este asunto crucial sobre el advenimiento de lo poético, que sería un «relámpago en la noche». Y pese a que resulte imposible encontrar un sentido o explicar «que la belleza sea la respuesta/de cuanto existe siempre contra el tiempo,/confrontado a la muerte».
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Casa nostra
Autor: Antonio Manilla

Editorial: Hiperión
En la contraportada se afirma con mucho tino, en cuanto a forma y contenido, y no se me ocurre mejor síntesis, que es uno de sus libros de poemas «más perfilado, con una poesía clara y comprensible, que aúna pensamiento y emoción y cuyos versos están marcados por la identidad, la experiencia y la esperanza». En efecto, en la vertiente formal, por la claridad honda, se encomienda al clasicismo sereno del maestro renacentista Francisco de Aldana o al místico de San Juan de la Cruz y su fonte escondida, dedica un poema a Eloy Sánchez Rosillo y encabeza otro con dos eneasílabos seguidos de José Antonio Muñoz Rojas: «la gracia de la plenitud, la belleza de lo cumplido», sintagmas que bien podrían aplicarse a la orientación troncal de la poesía de Manilla. Si bien, aun prescindiendo de su brillantez de estilo como articulista, no se apoca nunca en la difícil sencillez ni en la mismidad limitadora; su prosodia se apoya siempre en el adjetivo preciso y la palabra justa, con pinceladas de ironía dorsiana, por parte de Miguel, o con el recurso a las letanías borgeanas, vía Víctor Botas. De ahí que acuda también a paratextos de dos poetas muy distintos entre sí y alejados por completo de Muñoz Rojas o Rosillo: el antillano Derek Walcott y la lusa Sophia de Mello Breyner Andersen.
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