La compositora surcoreana acaba de ganar el Premio Fundación BBVA Fronteras de Conocimiento en Música y Ópera por su «singularidad» y «refinamiento sonoro» Leer La compositora surcoreana acaba de ganar el Premio Fundación BBVA Fronteras de Conocimiento en Música y Ópera por su «singularidad» y «refinamiento sonoro» Leer
De Corea del Sur llegan muchas cosas. Algunas se consumen rápido -kimchi, té, ¿K-dramas?-. Otras requieren algo más de tiempo. La música de Unsuk Chin, por ejemplo. La surcoreana acaba de llevarse el Premio Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento en Música y Ópera.
«Todos los ganadores anteriores son maestros de nuestro tiempo. Es todo un honor formar parte de esta lista de grandísimos compositores», cuenta la ganadora pocas horas después de haber recibido la noticia. No es un premio por acumulación ni por trayectoria domesticada. Unsuk Chin hace de la música contemporánea un territorio un poco menos previsible. El jurado habla de «refinamiento sonoro» y de una «capacidad magistral de transformar el sonido en un juego de ilusiones y metamorfosis». Traducido: Chin no compone piezas, construye mecanismos. Artefactos sonoros donde nada se queda quieto demasiado tiempo.
Su historia no empieza en un conservatorio elitista, tampoco en una infancia rodeada de privilegios. Empieza con un piano prestado casi accidental y con una niña que aprende sola porque no hay otra opción. Corea del Sur, años duros, poco acceso a formación reglada. Autodidacta por necesidad antes que por romanticismo. Ahí se forja algo importante: una relación con la música que más que pasar por el canon pasa por el canon, pasa por la intuición y la obstinación. Chin no compone «sobre» cosas, compone «con» cosas: filosofía, ciencia, literatura, imágenes, sueños. Un cruce de cables constante y al parecer, fructífero. Sus óperas –Alicia en el país de las maravillas y La cara oculta de la luna, entre otras- funcionan casi como laboratorios donde la voz deja de ser solo canto para convertirse en materia maleable. Su forma de aprender, totalmente autodidacta hasta su época universitaria, le dotó de la soltura y capcidad de recreo necesarios para crear de la forma en la que crea hoy.
«Me faltaron clases y, por un lado, deseé haber tenido lecciones adecuadas de música cuando era joven. Pero, por otro lado, como aprendí sola, tuve la gran suerte de vivir en mucha fantasía. No había un marco o límite para pensar en la música y en sus reglas. Así que eso fue una gran ventaja, creo», cuenta la premiada. No extraña que sus partituras hayan acabado en manos de algunas de las mejores orquestas del mundo. La Filarmónica de Berlín la ha convertido en una presencia habitual, especialmente durante la etapa de Simon Rattle. Y su relación con Kent Nagano ha sido igual de fértil en plazas como Múnich o Hamburgo. Reconocimiento institucional y complicidad artística de la que deja huella. Desde el jurado insisten en ese carácter casi onírico de su música, en su obsesión por el color, por las texturas, por esas orquestaciones densas donde conviven distintos planos sonoros sin pedir permiso.
«Mi música parte de los sueños que he tenido desde mi infancia», cuenta. Y sigue: «Todos los días tenía sueños maravillosos, y me dieron mucha energía y esperanza para superar una vida más bien difícil». Más tarde, explica, compuso un par de piezas que tienen una conexión directa con el mundo onírico, con sus propios sueños. «Por ejemplo, Alicia en el País de las Maravillas. Hay muchos lugares, muchos textos que provienen de mi propio subconsciente. Creo que tener esos sueños me supone una gran ayuda. Para crear, sí, pero también para afrontar el día a día».
En tiempos en los que la relevancia de las artes clásicas se pone en entredicho en boca de estrellas de Hollywood, Chin defiende su relevancia a capa y espada: «Creo que la ópera es un arte que va más allá de la música. Tiene un componente visual y, en la mayoría de los casos, una historia que se puede seguir fácilmente. Es una combinación de todo esto, lo que la hace muy accesible para el público en general». Verdi y Puccini no corren peligro, piensa: «Se seguiran representando durante mucho, mucho tiempo, no me cabe duda».
La ganadora tiene una particular necesidad de alejarse del llamado «molde». Exhibe una negativa bastante radical a ser encasillada. Eso de ser «la compositora coreana» no le gusta, ni le beneficia. Quiere ser, simplemente… compositora. Más que suficiente, ¿no?
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