El cierre de una juguetería centenaria en la Plaza Mayor no es solo el final de un negocio, alcalde. Es algo más profundo y desde luego irreparable. Se trata de la desaparición de un vínculo. Durante más de un siglo, ese local no vendió únicamente objetos, sino una forma de estar en el mundo. Allí no se compraban solo juguetes, sino tiempo. El tiempo de la maravilla de elegir, de preguntar, de dejarse aconsejar por alguien que conocía a sus clientes por el nombre, y por su historia. Los cronistas urgentes lo llaman épocas presenciales, pero es el tiempo lo que aquí importa, el tiránico itinerario del tiempo. Nos gusta pensar que lo importante permanece. Nos agrada que ciertos lugares, por el simple hecho de haber resistido tanto, seguirán ahí. Pero no es verdad. También lo antiguo se acaba, o sea, lo querido. Y, a menudo, lo hace en silencio, sin grandes titulares, con un cartel de liquidación que da para una crónica de obituario en el periódico. En los últimos días de vida de estos comercios ya extintos ocurre algo revelador: la gente vuelve. Aparecen clientes que no entraban desde hacía años, y otros viajan desde lejos para despedirse. Compran algo, cualquier minucia o reliquia, como quien intenta retener una parte de lo que ya se va. No están comprando mercancía última sino memoria urgente. Y quizá también una forma de consuelo. Noticia relacionada reportaje No No El último juego del Bazar Arribas: baja la persiana tras más de un siglo ilusionando a Madrid Aurora Santos-OlmoDurante años, fueron nuestro paisaje estas tiendas. Ahí han estado toda la vida. Hasta que de pronto ya no están. En el día moderno la rapidez sustituye al trato, y el tique sepulta la conversación. La ciudad va perdiendo poco a poco su espíritu de cálida almoneda, su alma de juguetería artesanal. En el fondo, todos estamos intuyendo lo mismo, que es haber dejado que nuestra propia vida entre en liquidación. El cierre de una juguetería centenaria en la Plaza Mayor no es solo el final de un negocio, alcalde. Es algo más profundo y desde luego irreparable. Se trata de la desaparición de un vínculo. Durante más de un siglo, ese local no vendió únicamente objetos, sino una forma de estar en el mundo. Allí no se compraban solo juguetes, sino tiempo. El tiempo de la maravilla de elegir, de preguntar, de dejarse aconsejar por alguien que conocía a sus clientes por el nombre, y por su historia. Los cronistas urgentes lo llaman épocas presenciales, pero es el tiempo lo que aquí importa, el tiránico itinerario del tiempo. Nos gusta pensar que lo importante permanece. Nos agrada que ciertos lugares, por el simple hecho de haber resistido tanto, seguirán ahí. Pero no es verdad. También lo antiguo se acaba, o sea, lo querido. Y, a menudo, lo hace en silencio, sin grandes titulares, con un cartel de liquidación que da para una crónica de obituario en el periódico. En los últimos días de vida de estos comercios ya extintos ocurre algo revelador: la gente vuelve. Aparecen clientes que no entraban desde hacía años, y otros viajan desde lejos para despedirse. Compran algo, cualquier minucia o reliquia, como quien intenta retener una parte de lo que ya se va. No están comprando mercancía última sino memoria urgente. Y quizá también una forma de consuelo. Noticia relacionada reportaje No No El último juego del Bazar Arribas: baja la persiana tras más de un siglo ilusionando a Madrid Aurora Santos-OlmoDurante años, fueron nuestro paisaje estas tiendas. Ahí han estado toda la vida. Hasta que de pronto ya no están. En el día moderno la rapidez sustituye al trato, y el tique sepulta la conversación. La ciudad va perdiendo poco a poco su espíritu de cálida almoneda, su alma de juguetería artesanal. En el fondo, todos estamos intuyendo lo mismo, que es haber dejado que nuestra propia vida entre en liquidación.
El cierre de una juguetería centenaria en la Plaza Mayor no es solo el final de un negocio, alcalde. Es algo más profundo y desde luego irreparable. Se trata de la desaparición de un vínculo. Durante más de un siglo, ese local no vendió … únicamente objetos, sino una forma de estar en el mundo. Allí no se compraban solo juguetes, sino tiempo. El tiempo de la maravilla de elegir, de preguntar, de dejarse aconsejar por alguien que conocía a sus clientes por el nombre, y por su historia.
Los cronistas urgentes lo llaman épocas presenciales, pero es el tiempo lo que aquí importa, el tiránico itinerario del tiempo. Nos gusta pensar que lo importante permanece. Nos agrada que ciertos lugares, por el simple hecho de haber resistido tanto, seguirán ahí. Pero no es verdad. También lo antiguo se acaba, o sea, lo querido. Y, a menudo, lo hace en silencio, sin grandes titulares, con un cartel de liquidación que da para una crónica de obituario en el periódico.
En los últimos días de vida de estos comercios ya extintos ocurre algo revelador: la gente vuelve. Aparecen clientes que no entraban desde hacía años, y otros viajan desde lejos para despedirse. Compran algo, cualquier minucia o reliquia, como quien intenta retener una parte de lo que ya se va. No están comprando mercancía última sino memoria urgente. Y quizá también una forma de consuelo.
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Durante años, fueron nuestro paisaje estas tiendas. Ahí han estado toda la vida. Hasta que de pronto ya no están. En el día moderno la rapidez sustituye al trato, y el tique sepulta la conversación. La ciudad va perdiendo poco a poco su espíritu de cálida almoneda, su alma de juguetería artesanal. En el fondo, todos estamos intuyendo lo mismo, que es haber dejado que nuestra propia vida entre en liquidación.
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