Fue una sorpresa, ninguno esperábamos que Ángel nos fuera a dejar en los albores del verano. Una enfermedad fulminante y todo se acabó. El tanatorio fue reconfortante al ver a Tere como siempre, apenada pero encarando la vida como una castellana de Valladolid, con una de esas miradas cómplices repletas de guiños que te hacen sentir querido. Amistades, familia… todos se acercaron a dar su último adiós pese a las citas mundialistas. Los tanatorios tienen eso, facilitan la despedida, el abrazo o la lágrima en un ambiente civilizado, casi aséptico al que todos nos hemos acostumbrado. Los pésames ya no se dan a la puerta de la iglesia porque todos nos sentimos más cómodos en un espacio decorado en grises relajantes, metacrilatos con logotipos y música de supermercado. La noche, como todas las noches de velorio, debió de ser dura y a la mañana siguiente el encuentro fue en la parroquia de Ángel y Tere. Un féretro ante el altar impone más que tras el ventanal de una sala de vela y puede que por eso, la gente calla, mira y escucha. Nadie se atreve a sacar el móvil y eso se agradece, por una vez, lo importante es lo importante. En los primeros bancos había zapatos de rejilla, camisas por dentro del pantalón, manos ajadas por la lejía y miradas humildes, resignadas ante el efecto homogeneizador de la muerte. Unas miradas solo posibles en gentes que nunca se han sentido superiores a Dios porque nadie vino a decirles lo importantes que eran y en la caja de ahorros tampoco les agasajaron hasta hacerles sentir deidades en zapatillas. Gentes de parroquia, de barrio, padres, madres que sin aspavientos miraban al mundo sintiéndose comunidad. Un grupo inquebrantable no por criterios socioeconómicos sino por los lazos propios de principios tan profundos que son capaces de elevar las miradas por encima del difunto para posarse en el crucifijo que preside el altar. Ahí reside el nexo de unión, Lo importante es ver a tu vecino, al amigo de tus hijos, al compañero de trabajo, al figurón que siempre reluce, postrados ante una vida que no depende de cuánto hayas ganado sino de Dios. No hace falta conocer ni identificarse con los presentes. Ni el atuendo, ni los títulos, ni las manías políticas son capaces de ensombrecer un momento como ese, despidiendo a un muerto en una parroquia de verdad. Alguien podría pensar que es sólo humildad pero es mucho más. El regalo de un entierro así no es que los presentes fueran buenas o malas personas, obreros o empresarios sino que todavía hay veces en las que el silencio de una familia despidiendo a un ser querido ante el altar es una oportunidad única de reconocernos como iguales, comunidad.Al terminar el funeral me fui a por tabaco y el estanquero me pregunto si venía del funeral de Ángel mientras miraba al resto de parroquianos que hacían cola. Nadie dijo que el muerto fuera ni bueno ni malo, ni falta que hacía. Todos agacharon la cabeza para mirarse los zapatos anclados a ese suelo que en días de entierro sentimos tan efímero. Unas miradas al más allá que llegan a la eternidad en el sintasol del solado y que certifican que el que se ha ido «era uno de los nuestros». Pensar en el más allá, saber que hay vida tras la muerte, estar convencidos de ello porque te has pasado la vida pidiendo y dando gracias a quien puede más que tú es lo único capaz de explicar por qué hay gente que vive de verdad feliz hasta en un día de entierro. Ángel, gracias por recordarnos lo que somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos. Fue una sorpresa, ninguno esperábamos que Ángel nos fuera a dejar en los albores del verano. Una enfermedad fulminante y todo se acabó. El tanatorio fue reconfortante al ver a Tere como siempre, apenada pero encarando la vida como una castellana de Valladolid, con una de esas miradas cómplices repletas de guiños que te hacen sentir querido. Amistades, familia… todos se acercaron a dar su último adiós pese a las citas mundialistas. Los tanatorios tienen eso, facilitan la despedida, el abrazo o la lágrima en un ambiente civilizado, casi aséptico al que todos nos hemos acostumbrado. Los pésames ya no se dan a la puerta de la iglesia porque todos nos sentimos más cómodos en un espacio decorado en grises relajantes, metacrilatos con logotipos y música de supermercado. La noche, como todas las noches de velorio, debió de ser dura y a la mañana siguiente el encuentro fue en la parroquia de Ángel y Tere. Un féretro ante el altar impone más que tras el ventanal de una sala de vela y puede que por eso, la gente calla, mira y escucha. Nadie se atreve a sacar el móvil y eso se agradece, por una vez, lo importante es lo importante. En los primeros bancos había zapatos de rejilla, camisas por dentro del pantalón, manos ajadas por la lejía y miradas humildes, resignadas ante el efecto homogeneizador de la muerte. Unas miradas solo posibles en gentes que nunca se han sentido superiores a Dios porque nadie vino a decirles lo importantes que eran y en la caja de ahorros tampoco les agasajaron hasta hacerles sentir deidades en zapatillas. Gentes de parroquia, de barrio, padres, madres que sin aspavientos miraban al mundo sintiéndose comunidad. Un grupo inquebrantable no por criterios socioeconómicos sino por los lazos propios de principios tan profundos que son capaces de elevar las miradas por encima del difunto para posarse en el crucifijo que preside el altar. Ahí reside el nexo de unión, Lo importante es ver a tu vecino, al amigo de tus hijos, al compañero de trabajo, al figurón que siempre reluce, postrados ante una vida que no depende de cuánto hayas ganado sino de Dios. No hace falta conocer ni identificarse con los presentes. Ni el atuendo, ni los títulos, ni las manías políticas son capaces de ensombrecer un momento como ese, despidiendo a un muerto en una parroquia de verdad. Alguien podría pensar que es sólo humildad pero es mucho más. El regalo de un entierro así no es que los presentes fueran buenas o malas personas, obreros o empresarios sino que todavía hay veces en las que el silencio de una familia despidiendo a un ser querido ante el altar es una oportunidad única de reconocernos como iguales, comunidad.Al terminar el funeral me fui a por tabaco y el estanquero me pregunto si venía del funeral de Ángel mientras miraba al resto de parroquianos que hacían cola. Nadie dijo que el muerto fuera ni bueno ni malo, ni falta que hacía. Todos agacharon la cabeza para mirarse los zapatos anclados a ese suelo que en días de entierro sentimos tan efímero. Unas miradas al más allá que llegan a la eternidad en el sintasol del solado y que certifican que el que se ha ido «era uno de los nuestros». Pensar en el más allá, saber que hay vida tras la muerte, estar convencidos de ello porque te has pasado la vida pidiendo y dando gracias a quien puede más que tú es lo único capaz de explicar por qué hay gente que vive de verdad feliz hasta en un día de entierro. Ángel, gracias por recordarnos lo que somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos.
Fue una sorpresa, ninguno esperábamos que Ángel nos fuera a dejar en los albores del verano. Una enfermedad fulminante y todo se acabó. El tanatorio fue reconfortante al ver a Tere como siempre, apenada pero encarando la vida como una castellana de Valladolid, con una … de esas miradas cómplices repletas de guiños que te hacen sentir querido. Amistades, familia… todos se acercaron a dar su último adiós pese a las citas mundialistas. Los tanatorios tienen eso, facilitan la despedida, el abrazo o la lágrima en un ambiente civilizado, casi aséptico al que todos nos hemos acostumbrado. Los pésames ya no se dan a la puerta de la iglesia porque todos nos sentimos más cómodos en un espacio decorado en grises relajantes, metacrilatos con logotipos y música de supermercado.
La noche, como todas las noches de velorio, debió de ser dura y a la mañana siguiente el encuentro fue en la parroquia de Ángel y Tere. Un féretro ante el altar impone más que tras el ventanal de una sala de vela y puede que por eso, la gente calla, mira y escucha. Nadie se atreve a sacar el móvil y eso se agradece, por una vez, lo importante es lo importante. En los primeros bancos había zapatos de rejilla, camisas por dentro del pantalón, manos ajadas por la lejía y miradas humildes, resignadas ante el efecto homogeneizador de la muerte. Unas miradas solo posibles en gentes que nunca se han sentido superiores a Dios porque nadie vino a decirles lo importantes que eran y en la caja de ahorros tampoco les agasajaron hasta hacerles sentir deidades en zapatillas. Gentes de parroquia, de barrio, padres, madres que sin aspavientos miraban al mundo sintiéndose comunidad. Un grupo inquebrantable no por criterios socioeconómicos sino por los lazos propios de principios tan profundos que son capaces de elevar las miradas por encima del difunto para posarse en el crucifijo que preside el altar. Ahí reside el nexo de unión, Lo importante es ver a tu vecino, al amigo de tus hijos, al compañero de trabajo, al figurón que siempre reluce, postrados ante una vida que no depende de cuánto hayas ganado sino de Dios.
No hace falta conocer ni identificarse con los presentes. Ni el atuendo, ni los títulos, ni las manías políticas son capaces de ensombrecer un momento como ese, despidiendo a un muerto en una parroquia de verdad. Alguien podría pensar que es sólo humildad pero es mucho más. El regalo de un entierro así no es que los presentes fueran buenas o malas personas, obreros o empresarios sino que todavía hay veces en las que el silencio de una familia despidiendo a un ser querido ante el altar es una oportunidad única de reconocernos como iguales, comunidad.
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Al terminar el funeral me fui a por tabaco y el estanquero me pregunto si venía del funeral de Ángel mientras miraba al resto de parroquianos que hacían cola. Nadie dijo que el muerto fuera ni bueno ni malo, ni falta que hacía. Todos agacharon la cabeza para mirarse los zapatos anclados a ese suelo que en días de entierro sentimos tan efímero. Unas miradas al más allá que llegan a la eternidad en el sintasol del solado y que certifican que el que se ha ido «era uno de los nuestros». Pensar en el más allá, saber que hay vida tras la muerte, estar convencidos de ello porque te has pasado la vida pidiendo y dando gracias a quien puede más que tú es lo único capaz de explicar por qué hay gente que vive de verdad feliz hasta en un día de entierro. Ángel, gracias por recordarnos lo que somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos.
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