El corazón de España es un amasijo de hierros, vagones con las tripas retorcidas, el dolor extremo de decenas de familias, setenta estrellas más en el cielo. La sonrisa de Ana, grabada en tantos rincones de Zamora, que ya no verá casarse a su hija; el último salto de Julieta; un auditorio esperando a Fátima; los toros que Antonio no verá. Tantos hijos sin padres, padres sin hijos, hermanos sin hermanos. Familias, parejas, amores destrozados. Rostros que nos miran sonriendo desde fotografías cedidas. La búsqueda desesperada, sueños sin estación de destino, abrazos que no se darán. El reguero humano para donar sangre; la impotencia de médicos, sanitarios, militares, bomberos y voluntarios que no pudieron hacer más; los brazos abiertos de los vecinos de Urda; el horror contemplado por tantos ojos. El paisaje de España es un campo de almendros salpicado de piezas de metal, sangre, maletas y cuerpos. Centenares de pasajeros deambulando por la tierra como fantasmas, la mirada perdida, la buena o mala suerte.España suena a oraciones, lamentos, gritos, despedidas, sacramentos en voz alta, lágrimas hacia dentro, teléfonos que no responden. Y silencio. Esos minutos de silencio que no son nada si después no alzamos la voz por quienes ya no la tienen. Si no exigimos responsabilidades por los sistemas obsoletos que se daban por renovados, por los frenos que no bloquearon tanta muerte.Hay que saber adónde van los millones del Gobierno que más recauda o las ayudas europeas que tampoco se utilizaron en las vías de Adamuz. La respuesta no puede ser la inmundicia moral de cargar los muertos al trabajador más débil ni al maquinista fallecido que tantas veces denunció las carencias del sistema.Nueve meses después, miles de usuarios viajan cada día sobre mentiras con ruedas sin respuestas sobre la tragedia repetida. Los muertos ya no pueden exigir justicia. Nosotros sí. Si callamos, los condenamos al olvido. El corazón de España es un amasijo de hierros, vagones con las tripas retorcidas, el dolor extremo de decenas de familias, setenta estrellas más en el cielo. La sonrisa de Ana, grabada en tantos rincones de Zamora, que ya no verá casarse a su hija; el último salto de Julieta; un auditorio esperando a Fátima; los toros que Antonio no verá. Tantos hijos sin padres, padres sin hijos, hermanos sin hermanos. Familias, parejas, amores destrozados. Rostros que nos miran sonriendo desde fotografías cedidas. La búsqueda desesperada, sueños sin estación de destino, abrazos que no se darán. El reguero humano para donar sangre; la impotencia de médicos, sanitarios, militares, bomberos y voluntarios que no pudieron hacer más; los brazos abiertos de los vecinos de Urda; el horror contemplado por tantos ojos. El paisaje de España es un campo de almendros salpicado de piezas de metal, sangre, maletas y cuerpos. Centenares de pasajeros deambulando por la tierra como fantasmas, la mirada perdida, la buena o mala suerte.España suena a oraciones, lamentos, gritos, despedidas, sacramentos en voz alta, lágrimas hacia dentro, teléfonos que no responden. Y silencio. Esos minutos de silencio que no son nada si después no alzamos la voz por quienes ya no la tienen. Si no exigimos responsabilidades por los sistemas obsoletos que se daban por renovados, por los frenos que no bloquearon tanta muerte.Hay que saber adónde van los millones del Gobierno que más recauda o las ayudas europeas que tampoco se utilizaron en las vías de Adamuz. La respuesta no puede ser la inmundicia moral de cargar los muertos al trabajador más débil ni al maquinista fallecido que tantas veces denunció las carencias del sistema.Nueve meses después, miles de usuarios viajan cada día sobre mentiras con ruedas sin respuestas sobre la tragedia repetida. Los muertos ya no pueden exigir justicia. Nosotros sí. Si callamos, los condenamos al olvido.

El corazón de España es un amasijo de hierros, vagones con las tripas retorcidas, el dolor extremo de decenas de familias, setenta estrellas más en el cielo. La sonrisa de Ana, grabada en tantos rincones de Zamora, que ya no verá casarse a su hija; … el último salto de Julieta; un auditorio esperando a Fátima; los toros que Antonio no verá. Tantos hijos sin padres, padres sin hijos, hermanos sin hermanos. Familias, parejas, amores destrozados. Rostros que nos miran sonriendo desde fotografías cedidas. La búsqueda desesperada, sueños sin estación de destino, abrazos que no se darán. El reguero humano para donar sangre; la impotencia de médicos, sanitarios, militares, bomberos y voluntarios que no pudieron hacer más; los brazos abiertos de los vecinos de Urda; el horror contemplado por tantos ojos.
El paisaje de España es un campo de almendros salpicado de piezas de metal, sangre, maletas y cuerpos. Centenares de pasajeros deambulando por la tierra como fantasmas, la mirada perdida, la buena o mala suerte.
Noticia relacionada
España suena a oraciones, lamentos, gritos, despedidas, sacramentos en voz alta, lágrimas hacia dentro, teléfonos que no responden. Y silencio. Esos minutos de silencio que no son nada si después no alzamos la voz por quienes ya no la tienen. Si no exigimos responsabilidades por los sistemas obsoletos que se daban por renovados, por los frenos que no bloquearon tanta muerte.
Hay que saber adónde van los millones del Gobierno que más recauda o las ayudas europeas que tampoco se utilizaron en las vías de Adamuz. La respuesta no puede ser la inmundicia moral de cargar los muertos al trabajador más débil ni al maquinista fallecido que tantas veces denunció las carencias del sistema.
Nueve meses después, miles de usuarios viajan cada día sobre mentiras con ruedas sin respuestas sobre la tragedia repetida. Los muertos ya no pueden exigir justicia. Nosotros sí. Si callamos, los condenamos al olvido.
RSS de noticias de espana

