Este año se ha disputado la primera temporada de la Liga U. Si a la gran mayoría de aficionados al deporte en general les preguntáramos qué es, no sabrían responder. Tras su primera final a seis en Burgos, lo que debería ser una celebración del futuro del baloncesto español fue la principal escena de un drama. Con casi total seguridad, los mejores baloncestistas que disputaron la competición jugaron por última vez en el Viejo Continente. El baloncesto europeo vive una paradoja incómoda, no puede retener el talento que crea y forma. Nunca se han producido jugadores tan preparados y de tanto nivel, pero justo en ese instante aparece una propuesta que lo corrompe: la universidad americana se ha profesionalizado gracias a los derechos de imagen. La NCAA ya no es solo un camino académico, ni una aventura deportiva, es una industria con muchísimo dinero que ficha en el Viejo Continente. Durante décadas, Europa podía defenderse con dos argumentos: contacto directo con la élite y profesionalidad temprana. Un chico de 17 años podía entrenar con el primer equipo y debutar en la ACB. Hoy, Duke, North Carolina, Michigan o cualquier programa universitario ofrece exposición, relato mediático y una remuneración que nos deja en fuera de juego. Los clubs europeos invierten en captación y desarrollo en sus estructuras de cantera sin retorno, porque sus activos abandonarán el sistema sin generar valor deportivo ni económico. La respuesta institucional de la ACB, la Liga U, nació con una intuición dudosa y una ejecución discutible que ya ha demostrado su desatino en la primera edición. Es cierto que hacía falta un espacio competitivo para el talento joven, pero crear una competición sin tracción social, sin una narrativa comercial fuerte, sin capacidad financiera y sin una audiencia reconocible no es la solución. Burgos fue la puesta en escena final de una contradicción. Allí se vieron jóvenes que ya nos han robado y que volarán hacia EE.UU. para jugar allí la próxima temporada. El talento, cuando compara ofertas, descubre que Europa no puede competir. La lista es suficientemente larga: Dame Sarr, Kasparas Jakucionis, Mathieu Grujicic, Raúl Villar o Sayon Keita, todos representan una generación de la cantera del Barça que ya no mira al primer equipo del club, sino al ecosistema americano: marca personal, campus, dinero y camino al draft. La cuestión no es demonizar a los jugadores, que piensan en optimizar su carrera, es aceptar que el tablero ha cambiado, el baloncesto europeo necesita decidir cómo compite ante la mina de oro del baloncesto americano. El camino de Joaquim Boumtje Boumtje de Burgos a Duke no es una anécdota, es una advertencia. Europa crea el mejor talento, miren los últimos drafts. Estados Unidos se queda con él, miren las estrellas de la NBA. La única solución es generar acuerdos estratégicos que garanticen la ida y vuelta del talento, tratar de competir con dudosas ideas de despacho sin dinero no funciona.
Este año se ha disputado la primera temporada de la Liga U. Si a la gran mayoría de aficionados al deporte en general les preguntáramos qué es, no sabrían responder. Tras su primera final a seis en Burgos, lo que debería ser una celebración del futuro del baloncesto español fue la principal escena de un drama. Con casi total seguridad, los mejores baloncestistas que disputaron la competición jugaron por última vez en el Viejo Continente. El baloncesto europeo vive una paradoja incómoda, no puede retener el talento que crea y forma. Nunca se han producido jugadores tan preparados y de tanto nivel, pero justo en ese instante aparece una propuesta que lo corrompe: la universidad americana se ha profesionalizado gracias a los derechos de imagen. La NCAA ya no es solo un camino académico, ni una aventura deportiva, es una industria con muchísimo dinero que ficha en el Viejo Continente. Durante décadas, Europa podía defenderse con dos argumentos: contacto directo con la élite y profesionalidad temprana. Un chico de 17 años podía entrenar con el primer equipo y debutar en la ACB. Hoy, Duke, North Carolina, Michigan o cualquier programa universitario ofrece exposición, relato mediático y una remuneración que nos deja en fuera de juego. Los clubs europeos invierten en captación y desarrollo en sus estructuras de cantera sin retorno, porque sus activos abandonarán el sistema sin generar valor deportivo ni económico. La respuesta institucional de la ACB, la Liga U, nació con una intuición dudosa y una ejecución discutible que ya ha demostrado su desatino en la primera edición. Es cierto que hacía falta un espacio competitivo para el talento joven, pero crear una competición sin tracción social, sin una narrativa comercial fuerte, sin capacidad financiera y sin una audiencia reconocible no es la solución. Burgos fue la puesta en escena final de una contradicción. Allí se vieron jóvenes que ya nos han robado y que volarán hacia EE.UU. para jugar allí la próxima temporada. El talento, cuando compara ofertas, descubre que Europa no puede competir. La lista es suficientemente larga: Dame Sarr, Kasparas Jakucionis, Mathieu Grujicic, Raúl Villar o Sayon Keita, todos representan una generación de la cantera del Barça que ya no mira al primer equipo del club, sino al ecosistema americano: marca personal, campus, dinero y camino al draft. La cuestión no es demonizar a los jugadores, que piensan en optimizar su carrera, es aceptar que el tablero ha cambiado, el baloncesto europeo necesita decidir cómo compite ante la mina de oro del baloncesto americano. El camino de Joaquim Boumtje Boumtje de Burgos a Duke no es una anécdota, es una advertencia. Europa crea el mejor talento, miren los últimos drafts. Estados Unidos se queda con él, miren las estrellas de la NBA. La única solución es generar acuerdos estratégicos que garanticen la ida y vuelta del talento, tratar de competir con dudosas ideas de despacho sin dinero no funciona.Seguir leyendo…
Este año se ha disputado la primera temporada de la Liga U. Si a la gran mayoría de aficionados al deporte en general les preguntáramos qué es, no sabrían responder. Tras su primera final a seis en Burgos, lo que debería ser una celebración del futuro del baloncesto español fue la principal escena de un drama. Con casi total seguridad, los mejores baloncestistas que disputaron la competición jugaron por última vez en el Viejo Continente. El baloncesto europeo vive una paradoja incómoda, no puede retener el talento que crea y forma. Nunca se han producido jugadores tan preparados y de tanto nivel, pero justo en ese instante aparece una propuesta que lo corrompe: la universidad americana se ha profesionalizado gracias a los derechos de imagen. La NCAA ya no es solo un camino académico, ni una aventura deportiva, es una industria con muchísimo dinero que ficha en el Viejo Continente. Durante décadas, Europa podía defenderse con dos argumentos: contacto directo con la élite y profesionalidad temprana. Un chico de 17 años podía entrenar con el primer equipo y debutar en la ACB. Hoy, Duke, North Carolina, Michigan o cualquier programa universitario ofrece exposición, relato mediático y una remuneración que nos deja en fuera de juego. Los clubs europeos invierten en captación y desarrollo en sus estructuras de cantera sin retorno, porque sus activos abandonarán el sistema sin generar valor deportivo ni económico. La respuesta institucional de la ACB, la Liga U, nació con una intuición dudosa y una ejecución discutible que ya ha demostrado su desatino en la primera edición. Es cierto que hacía falta un espacio competitivo para el talento joven, pero crear una competición sin tracción social, sin una narrativa comercial fuerte, sin capacidad financiera y sin una audiencia reconocible no es la solución. Burgos fue la puesta en escena final de una contradicción. Allí se vieron jóvenes que ya nos han robado y que volarán hacia EE.UU. para jugar allí la próxima temporada. El talento, cuando compara ofertas, descubre que Europa no puede competir. La lista es suficientemente larga: Dame Sarr, Kasparas Jakucionis, Mathieu Grujicic, Raúl Villar o Sayon Keita, todos representan una generación de la cantera del Barça que ya no mira al primer equipo del club, sino al ecosistema americano: marca personal, campus, dinero y camino al draft. La cuestión no es demonizar a los jugadores, que piensan en optimizar su carrera, es aceptar que el tablero ha cambiado, el baloncesto europeo necesita decidir cómo compite ante la mina de oro del baloncesto americano. El camino de Joaquim Boumtje Boumtje de Burgos a Duke no es una anécdota, es una advertencia. Europa crea el mejor talento, miren los últimos drafts. Estados Unidos se queda con él, miren las estrellas de la NBA. La única solución es generar acuerdos estratégicos que garanticen la ida y vuelta del talento, tratar de competir con dudosas ideas de despacho sin dinero no funciona.
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