Tras la muerte de Noelia Castillo por eutanasia asistida el pasado 26 de marzo se ha dado una sorprendente coincidencia a la hora de evaluar lo sucedido como un fracaso del Estado y de la sociedad. La responsabilidad moral se ha trasladado así a la estructura colectiva, diluyéndose la individual. Ya lo afirmaba Émile Durkheim refiriéndose precisamente al suicidio en su estudio del mismo nombre: «El suicidio debe depender necesariamente de causas sociales y constituir por esto un fenómeno colectivo»; y esto se debe, según él, a que existe una conciencia colectiva con vida propia que configura las conciencias individuales. Podríamos preguntarnos, no obstante, si no son causas individuales las que han conducido a un hecho tan terrible como este. Ya se lo preguntaba también san Pablo: «¿Dónde está, muerte, tu aguijón?», a lo que él mismo respondía: «El aguijón de la muerte es el pecado» (1 Cor 15, 55-56). Efectivamente, el mal moral individual, personal, es la verdadera causa de los dramáticos efectos propios de la cultura de muerte: eutanasias, abortos, experimentación con embriones humanos, etc. Enseñaba san Juan Pablo II que «es evidente que las verdaderas responsabilidades siguen correspondiendo a las personas, dado que la estructura social en cuanto tal no es sujeto de actos morales» (Audiencia general 25 de agosto de 1999). Por eso, hoy hay que reivindicar con valentía y claridad la dignidad e inviolabilidad de toda vida humana desde el primer instante de la concepción hasta la muerte natural. Por eso, hoy hay que reprobar a quienes son promotores de la cultura de muerte con sus decisiones individuales: médicos que practican el aborto y la eutanasia, renegando del juramento hipocrático; investigadores que producen artificialmente embriones humanos y experimentan con ellos, denigrando la dignidad inherente a toda vida humana; legisladores que promueven normas en favor de todas estas acciones de muerte, transgrediendo de este modo la ley natural, porque «en su origen el derecho procede de la naturaleza» (Cicerón, Retórica); políticos que por razón del ejercicio mismo del poder niegan, como Creonte, que Polinices pueda ser enterrado dignamente.Por eso, hoy hay que honrar a quienes son promotores de la cultura de vida con sus decisiones individuales: médicos que se oponen a la práctica del aborto y de la eutanasia, aunque queden señalados en listas acusadoras; investigadores que subordinan sus experimentos a los límites morales, y no a la eficacia productiva de la técnica; legisladores que luchan por eliminar las leyes tiránicas, que no obligan en conciencia, aunque sean resultado del consenso; políticos que se ponen al servicio de la vida humana como bien común.La cultura de muerte la padecen finalmente los más pobres y desvalidos, ‘Los humillados y ofendidos’ de la obra de Fiódor Dostoyevski, como la joven Natasha, a quien su padre le dirige estas palabras: «Nada temas, hija mía, nos acercaremos cogidos de la mano a nuestros enemigos, y les diré a la cara: ¡Esta es mi hija adorada! ¡La habéis ofendido y humillado! ¡Yo, en cambio, la adoro y la bendigo de todo corazón!».El pasado 25 de marzo, el día previo a la muerte de Noelia, la Iglesia celebró la solemnidad de la Encarnación del Hijo de Dios. Ese día es por ello una jornada por la vida. Fue precisamente el cristianismo en sus orígenes el que reconoció la dignidad de toda persona; en palabras de san Ireneo de Lyon: «La gloria de Dios es que el hombre viva» (Contra las herejías). Siendo el pecado el aguijón de la muerte, solo el Hijo de Dios hecho carne puede librarnos del veneno de ese aguijón, también en nuestra sociedad, pues Él es «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6).Enrique Martínez es catedrático de Filosofía en la Universidad Abat Oliba CEU Tras la muerte de Noelia Castillo por eutanasia asistida el pasado 26 de marzo se ha dado una sorprendente coincidencia a la hora de evaluar lo sucedido como un fracaso del Estado y de la sociedad. La responsabilidad moral se ha trasladado así a la estructura colectiva, diluyéndose la individual. Ya lo afirmaba Émile Durkheim refiriéndose precisamente al suicidio en su estudio del mismo nombre: «El suicidio debe depender necesariamente de causas sociales y constituir por esto un fenómeno colectivo»; y esto se debe, según él, a que existe una conciencia colectiva con vida propia que configura las conciencias individuales. Podríamos preguntarnos, no obstante, si no son causas individuales las que han conducido a un hecho tan terrible como este. Ya se lo preguntaba también san Pablo: «¿Dónde está, muerte, tu aguijón?», a lo que él mismo respondía: «El aguijón de la muerte es el pecado» (1 Cor 15, 55-56). Efectivamente, el mal moral individual, personal, es la verdadera causa de los dramáticos efectos propios de la cultura de muerte: eutanasias, abortos, experimentación con embriones humanos, etc. Enseñaba san Juan Pablo II que «es evidente que las verdaderas responsabilidades siguen correspondiendo a las personas, dado que la estructura social en cuanto tal no es sujeto de actos morales» (Audiencia general 25 de agosto de 1999). Por eso, hoy hay que reivindicar con valentía y claridad la dignidad e inviolabilidad de toda vida humana desde el primer instante de la concepción hasta la muerte natural. Por eso, hoy hay que reprobar a quienes son promotores de la cultura de muerte con sus decisiones individuales: médicos que practican el aborto y la eutanasia, renegando del juramento hipocrático; investigadores que producen artificialmente embriones humanos y experimentan con ellos, denigrando la dignidad inherente a toda vida humana; legisladores que promueven normas en favor de todas estas acciones de muerte, transgrediendo de este modo la ley natural, porque «en su origen el derecho procede de la naturaleza» (Cicerón, Retórica); políticos que por razón del ejercicio mismo del poder niegan, como Creonte, que Polinices pueda ser enterrado dignamente.Por eso, hoy hay que honrar a quienes son promotores de la cultura de vida con sus decisiones individuales: médicos que se oponen a la práctica del aborto y de la eutanasia, aunque queden señalados en listas acusadoras; investigadores que subordinan sus experimentos a los límites morales, y no a la eficacia productiva de la técnica; legisladores que luchan por eliminar las leyes tiránicas, que no obligan en conciencia, aunque sean resultado del consenso; políticos que se ponen al servicio de la vida humana como bien común.La cultura de muerte la padecen finalmente los más pobres y desvalidos, ‘Los humillados y ofendidos’ de la obra de Fiódor Dostoyevski, como la joven Natasha, a quien su padre le dirige estas palabras: «Nada temas, hija mía, nos acercaremos cogidos de la mano a nuestros enemigos, y les diré a la cara: ¡Esta es mi hija adorada! ¡La habéis ofendido y humillado! ¡Yo, en cambio, la adoro y la bendigo de todo corazón!».El pasado 25 de marzo, el día previo a la muerte de Noelia, la Iglesia celebró la solemnidad de la Encarnación del Hijo de Dios. Ese día es por ello una jornada por la vida. Fue precisamente el cristianismo en sus orígenes el que reconoció la dignidad de toda persona; en palabras de san Ireneo de Lyon: «La gloria de Dios es que el hombre viva» (Contra las herejías). Siendo el pecado el aguijón de la muerte, solo el Hijo de Dios hecho carne puede librarnos del veneno de ese aguijón, también en nuestra sociedad, pues Él es «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6).Enrique Martínez es catedrático de Filosofía en la Universidad Abat Oliba CEU
Tras la muerte de Noelia Castillo por eutanasia asistida el pasado 26 de marzo se ha dado una sorprendente coincidencia a la hora de evaluar lo sucedido como un fracaso del Estado y de la sociedad. La responsabilidad moral se ha trasladado así a … la estructura colectiva, diluyéndose la individual. Ya lo afirmaba Émile Durkheim refiriéndose precisamente al suicidio en su estudio del mismo nombre: «El suicidio debe depender necesariamente de causas sociales y constituir por esto un fenómeno colectivo»; y esto se debe, según él, a que existe una conciencia colectiva con vida propia que configura las conciencias individuales.
Podríamos preguntarnos, no obstante, si no son causas individuales las que han conducido a un hecho tan terrible como este. Ya se lo preguntaba también san Pablo: «¿Dónde está, muerte, tu aguijón?», a lo que él mismo respondía: «El aguijón de la muerte es el pecado» (1 Cor 15, 55-56). Efectivamente, el mal moral individual, personal, es la verdadera causa de los dramáticos efectos propios de la cultura de muerte: eutanasias, abortos, experimentación con embriones humanos, etc. Enseñaba san Juan Pablo II que «es evidente que las verdaderas responsabilidades siguen correspondiendo a las personas, dado que la estructura social en cuanto tal no es sujeto de actos morales» (Audiencia general 25 de agosto de 1999).
Por eso, hoy hay que reivindicar con valentía y claridad la dignidad e inviolabilidad de toda vida humana desde el primer instante de la concepción hasta la muerte natural.
Por eso, hoy hay que reprobar a quienes son promotores de la cultura de muerte con sus decisiones individuales: médicos que practican el aborto y la eutanasia, renegando del juramento hipocrático; investigadores que producen artificialmente embriones humanos y experimentan con ellos, denigrando la dignidad inherente a toda vida humana; legisladores que promueven normas en favor de todas estas acciones de muerte, transgrediendo de este modo la ley natural, porque «en su origen el derecho procede de la naturaleza» (Cicerón, Retórica); políticos que por razón del ejercicio mismo del poder niegan, como Creonte, que Polinices pueda ser enterrado dignamente.
Por eso, hoy hay que honrar a quienes son promotores de la cultura de vida con sus decisiones individuales: médicos que se oponen a la práctica del aborto y de la eutanasia, aunque queden señalados en listas acusadoras; investigadores que subordinan sus experimentos a los límites morales, y no a la eficacia productiva de la técnica; legisladores que luchan por eliminar las leyes tiránicas, que no obligan en conciencia, aunque sean resultado del consenso; políticos que se ponen al servicio de la vida humana como bien común.
La cultura de muerte la padecen finalmente los más pobres y desvalidos, ‘Los humillados y ofendidos’ de la obra de Fiódor Dostoyevski, como la joven Natasha, a quien su padre le dirige estas palabras: «Nada temas, hija mía, nos acercaremos cogidos de la mano a nuestros enemigos, y les diré a la cara: ¡Esta es mi hija adorada! ¡La habéis ofendido y humillado! ¡Yo, en cambio, la adoro y la bendigo de todo corazón!».
El pasado 25 de marzo, el día previo a la muerte de Noelia, la Iglesia celebró la solemnidad de la Encarnación del Hijo de Dios. Ese día es por ello una jornada por la vida. Fue precisamente el cristianismo en sus orígenes el que reconoció la dignidad de toda persona; en palabras de san Ireneo de Lyon: «La gloria de Dios es que el hombre viva» (Contra las herejías). Siendo el pecado el aguijón de la muerte, solo el Hijo de Dios hecho carne puede librarnos del veneno de ese aguijón, también en nuestra sociedad, pues Él es «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6).
Enrique Martínez es catedrático de Filosofía en la Universidad Abat Oliba CEU
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