A la vuelta del verano de 2024, en torno al mes de septiembre, una joven se aferra al teléfono y marca el número de su salvavidas. «Nos dice que se encuentra en un descampado, que no quiere seguir viviendo y que va a autolesionarse». Al otro lado de la línea, los profesionales del centro municipal Ouka Leele intentan sostenerla con la voz mientras activan los protocolos de emergencia.Superada la urgencia, el centro –que apenas había echado a andar en junio– no pierde el hilo de su historia. Se mantiene presente. Acompaña. Y poco a poco, cuando el bache empieza a quedar atrás, la joven convierte ese espacio en refugio. Primero llega de forma puntual. Después, cada vez con más frecuencia. Se queda. Participa. Empieza a tejer vínculos.Se mezcla con los de su edad, en la segunda planta del edificio, pero también se reúnen los mayores de 65 , que conviven en la primera. En las salas compartidas donde se imparten los talleres intergeneracionales, encuentra su hueco. Los veteranos la acogen sin preguntas, sin conocer su historia. Con el tiempo, ella decide contarla. Pero para entonces ya es una más del grupo que sale al campo los fines de semana.Noticia relacionada general No No «Si me llevan a una residencia, ¿me pueden incapacitar?»: Madrid crea una escuela de consumo para evitar fraudes Belén SarriáOtra usuaria, viuda y perteneciente al grupo de mayores, convive con una sordera que la aísla incluso en compañía. Llega al centro sin lograr comprender ni ser comprendida. Hasta que un joven, que conoce el lenguaje de signos, se acerca. Empiezan a entenderse. Hoy, él es su traductor. Y también su amigo.Lo que ocurre en el número 16 de la calle Sodio, en Arganzuela, es –en palabras de quienes lo viven– «excepcional» en Madrid. Lo dicen los jóvenes. Lo sostienen los mayores. Lo avalan los profesionales, que defienden extender este modelo a los 20 distritos restantes de la ciudad: Es, en definitiva, un antídoto contra la soledad: un lugar donde los mayores «rejuvenecen» y los jóvenes conectan y aprenden valores como la «humildad».Por la tarde, cuando ya han terminado las clases, arrancan los talleres. Hoy toca, primero, cerámica y, después, cocina. Los usuarios se sientan por orden de llegada. No importa la edad. Si entre quien tienes delante o al lado median cuatro décadas, mejor. Ahí reside la clave del éxito.Jóvenes y mayores comparten tiempo y conversación en el taller de cerámica, en el de cocina y visitan el huerto común José Ramón Ladra«Yo soy vieja, pero no viejuna», bromea Teresa, que busca «alegría» para lidiar con una «vida complicada». A sus 69 años, ha encontrado esa felicidad en la juventud. «No te tienes que quedar en el pasado, la vida sigue», sostiene sin levantar la mirada de la cajita de madera que decora con colores vivos, inspirada por los adolescentes. Asume su papel de aprendiz, pero también reivindica el de maestra. «Los jóvenes necesitan que les cuentes qué ha sucedido en tu vida, cómo hemos llegado a esta libertad a base de trabajarla. Todos aprendemos de todos».Lo corrobora una usuaria de 20 años, que pinta su trocito de madera. «Esa generación tiene muchas historias que los jóvenes, a día de hoy, no apreciamos. Lo han pasado más jodido que nosotros y que nos den ese golpe de realidad, eso de que hace tiempo no teníamos estas comodidades, te devuelve la humildad», sostiene esa joven que cuenta, además, que encaja más con personas mayores que con los de su edad porque tiene una «mentalidad de resiliencia».Su compañero, Elvis, destaca el buen ambiente del centro y el trato «cariñoso» de los profesionales. «Casi nunca hay conflictos, siempre hay buen rollo. Siguiendo con la dinámica juvenil, este veinteañero, dibuja corazones de colores. Lo que inspira de nuevo a su vecino de en frente, quien advierte de la ausencia de pigmento en su proyecto. Pero lo que más destaca Federico (66 años) es la conversación, compartir experiencias con los jóvenes, que dan otro sentido a la vida. «Entre ellos hablan de sus cosas, sin tabúes, y te hace rejuvenecer: aprender vocabulario y, entre otras cosas, a usar el móvil». Pero también él siente que puede contribuir a quienes aún están por experimentar la edad más adulta. «El taller de cerámica, es muy creativo y te piden ideas, te sientes como que tú puedes aportar a los jóvenes».Esta relación funciona, a ojos de los expertos, por el enorme salto generacional y, sobre todo, por el cambio de mentalidad de los jóvenes a raíz de la pandemia de 2019. En sus últimos 20 años de carrera, Ángela Carrero, adjunta al departamento de Juventud del Ayuntamiento, ha observado que esta experiencia, hace 15 años, no hubiera salido adelante. Primero, porque los jóvenes han cambiado desde el covid: «En los años 2000, lo guay pasaba por reivindicar un espacio propio y único. Pero a partir de la pandemia, los jóvenes no son tan reivindicativos de ese espacio propio para el crecimiento personal y son capaces de poner en valor la experiencia de las personas mayores».Mark (20 años) se anima a hacer de pinche de Maricarmen (70). Juntos dirigen el taller de cocina: él aprende de ella y se atreve a aportar su propio toque de anís a la receta de pestiños José Ramón LadraAdemás, desde aquella época de confinamiento, se percibe una mayor soledad no deseada tanto en mayores como en jóvenes, a quienes la salud mental afectó especialmente. Por eso, espacios como este, ubicado en el distrito madrileño de Arganzuela, cumplen un papel «primordial» tanto para su prevención como para mitigar y eliminar la soledad no deseada.El segundo factor que Carrero destaca como clave del éxito del programa es el gran salto intergeneracional, de unos 40 años, dado que los participantes más jóvenes comprenden edades de entre 14 y 30, mientras que los veteranos superan los 65 años. «Si estuviera abierto a toda la población no funcionaría igual. A estos chavales, sobre todo a los de 14 años, no sé si les apetece compartir espacio con alguien parecido a sus padres. En cambio, sí les apetece alguien que les recuerde a su abuelo».Estos, en opinión de la experta, también sienten curiosidad por cómo se vive la juventud hoy en día. «Hay veces que les parece bien y otras mal, y dan su opinión desde la vivencia. A los jóvenes, todo lo que sea experimentar les gusta y lo aprenden mejor si no se les impone, sino que surge de la convivencia entre ambos. Es increíble: descubres que puedes tener amigos de otra generación».Por eso, el objetivo no radica tanto en participar en las actividades como en conseguir que se relacionen entre ellos. De ahí que, cuando alguno falla a los talleres a los que se había apuntado por estar, por ejemplo, en el teatro con otro compañero, «no se les puede regañar», bromea el coordinador de Programas y Equipamientos de Ouka Leele, Cristian Tercero.2.500 1.400 1 40 jóvenes de entre 14 y 30 años participaron en los talleres en 2025 mayores de 65 años acudieron a las actividades el año pasado solo centro municipal en Madrid conecta a mayores y jóvenes años separan a los jóvenes participantes de los más veteranosEl Centro Intergeneracional Ouka Leele, el primero de estas características en Madrid, alberga en una misma instalación un centro de ocio y asesoramiento juvenil (COAJ) y otro de mayores, con el objetivo de fomentar la convivencia y el aprendizaje mutuo. Ambos grupos no solo comparten espacio, sino también actividades que favorecen su participación conjunta. Bajo un propósito inclusivo, las iniciativas que se programan están pensadas para que los dos colectivos se enriquezcan a partir de las experiencias y conocimientos propios de cada etapa vital.Desde la puesta en marcha del centro intergeneracional Ouka Leele en 2025, se han llevado a cabo más de 300 actividades intergeneracionales, en las que han participado 2.500 jóvenes de entre 14 y 30 años y cerca de 1.400 personas mayores de 65. Entre las propuestas con mejor acogida destacan el cuidado del huerto instalado en la terraza, la iniciativa ‘Juegos a la mesa’, los torneos de futbolín y ajedrez o el taller de arcilla. A través de estas actividades, personas de distintas edades comparten tiempo, socialización, aprendizaje y vivencias.En aras de reforzar este servicio, a finales de marzo de este año, el Ayuntamiento de Madrid firmó un convenio con la Universidad de Granada (UGR) para establecer un marco de colaboración que impulse el proyecto de intergeneracionalidad del Centro Ouka Leele. El acuerdo fija que, a través de su Cátedra Macrosad de Estudios Intergeneracionales, la UGR proporcionará asesoramiento al centro municipal en el diseño y la planificación de actividades. Por su parte, el consistorio aportará al ámbito universitario el conocimiento adquirido a partir de su experiencia práctica, con el objetivo de enriquecer sus investigaciones. A la vuelta del verano de 2024, en torno al mes de septiembre, una joven se aferra al teléfono y marca el número de su salvavidas. «Nos dice que se encuentra en un descampado, que no quiere seguir viviendo y que va a autolesionarse». Al otro lado de la línea, los profesionales del centro municipal Ouka Leele intentan sostenerla con la voz mientras activan los protocolos de emergencia.Superada la urgencia, el centro –que apenas había echado a andar en junio– no pierde el hilo de su historia. Se mantiene presente. Acompaña. Y poco a poco, cuando el bache empieza a quedar atrás, la joven convierte ese espacio en refugio. Primero llega de forma puntual. Después, cada vez con más frecuencia. Se queda. Participa. Empieza a tejer vínculos.Se mezcla con los de su edad, en la segunda planta del edificio, pero también se reúnen los mayores de 65 , que conviven en la primera. En las salas compartidas donde se imparten los talleres intergeneracionales, encuentra su hueco. Los veteranos la acogen sin preguntas, sin conocer su historia. Con el tiempo, ella decide contarla. Pero para entonces ya es una más del grupo que sale al campo los fines de semana.Noticia relacionada general No No «Si me llevan a una residencia, ¿me pueden incapacitar?»: Madrid crea una escuela de consumo para evitar fraudes Belén SarriáOtra usuaria, viuda y perteneciente al grupo de mayores, convive con una sordera que la aísla incluso en compañía. Llega al centro sin lograr comprender ni ser comprendida. Hasta que un joven, que conoce el lenguaje de signos, se acerca. Empiezan a entenderse. Hoy, él es su traductor. Y también su amigo.Lo que ocurre en el número 16 de la calle Sodio, en Arganzuela, es –en palabras de quienes lo viven– «excepcional» en Madrid. Lo dicen los jóvenes. Lo sostienen los mayores. Lo avalan los profesionales, que defienden extender este modelo a los 20 distritos restantes de la ciudad: Es, en definitiva, un antídoto contra la soledad: un lugar donde los mayores «rejuvenecen» y los jóvenes conectan y aprenden valores como la «humildad».Por la tarde, cuando ya han terminado las clases, arrancan los talleres. Hoy toca, primero, cerámica y, después, cocina. Los usuarios se sientan por orden de llegada. No importa la edad. Si entre quien tienes delante o al lado median cuatro décadas, mejor. Ahí reside la clave del éxito.Jóvenes y mayores comparten tiempo y conversación en el taller de cerámica, en el de cocina y visitan el huerto común José Ramón Ladra«Yo soy vieja, pero no viejuna», bromea Teresa, que busca «alegría» para lidiar con una «vida complicada». A sus 69 años, ha encontrado esa felicidad en la juventud. «No te tienes que quedar en el pasado, la vida sigue», sostiene sin levantar la mirada de la cajita de madera que decora con colores vivos, inspirada por los adolescentes. Asume su papel de aprendiz, pero también reivindica el de maestra. «Los jóvenes necesitan que les cuentes qué ha sucedido en tu vida, cómo hemos llegado a esta libertad a base de trabajarla. Todos aprendemos de todos».Lo corrobora una usuaria de 20 años, que pinta su trocito de madera. «Esa generación tiene muchas historias que los jóvenes, a día de hoy, no apreciamos. Lo han pasado más jodido que nosotros y que nos den ese golpe de realidad, eso de que hace tiempo no teníamos estas comodidades, te devuelve la humildad», sostiene esa joven que cuenta, además, que encaja más con personas mayores que con los de su edad porque tiene una «mentalidad de resiliencia».Su compañero, Elvis, destaca el buen ambiente del centro y el trato «cariñoso» de los profesionales. «Casi nunca hay conflictos, siempre hay buen rollo. Siguiendo con la dinámica juvenil, este veinteañero, dibuja corazones de colores. Lo que inspira de nuevo a su vecino de en frente, quien advierte de la ausencia de pigmento en su proyecto. Pero lo que más destaca Federico (66 años) es la conversación, compartir experiencias con los jóvenes, que dan otro sentido a la vida. «Entre ellos hablan de sus cosas, sin tabúes, y te hace rejuvenecer: aprender vocabulario y, entre otras cosas, a usar el móvil». Pero también él siente que puede contribuir a quienes aún están por experimentar la edad más adulta. «El taller de cerámica, es muy creativo y te piden ideas, te sientes como que tú puedes aportar a los jóvenes».Esta relación funciona, a ojos de los expertos, por el enorme salto generacional y, sobre todo, por el cambio de mentalidad de los jóvenes a raíz de la pandemia de 2019. En sus últimos 20 años de carrera, Ángela Carrero, adjunta al departamento de Juventud del Ayuntamiento, ha observado que esta experiencia, hace 15 años, no hubiera salido adelante. Primero, porque los jóvenes han cambiado desde el covid: «En los años 2000, lo guay pasaba por reivindicar un espacio propio y único. Pero a partir de la pandemia, los jóvenes no son tan reivindicativos de ese espacio propio para el crecimiento personal y son capaces de poner en valor la experiencia de las personas mayores».Mark (20 años) se anima a hacer de pinche de Maricarmen (70). Juntos dirigen el taller de cocina: él aprende de ella y se atreve a aportar su propio toque de anís a la receta de pestiños José Ramón LadraAdemás, desde aquella época de confinamiento, se percibe una mayor soledad no deseada tanto en mayores como en jóvenes, a quienes la salud mental afectó especialmente. Por eso, espacios como este, ubicado en el distrito madrileño de Arganzuela, cumplen un papel «primordial» tanto para su prevención como para mitigar y eliminar la soledad no deseada.El segundo factor que Carrero destaca como clave del éxito del programa es el gran salto intergeneracional, de unos 40 años, dado que los participantes más jóvenes comprenden edades de entre 14 y 30, mientras que los veteranos superan los 65 años. «Si estuviera abierto a toda la población no funcionaría igual. A estos chavales, sobre todo a los de 14 años, no sé si les apetece compartir espacio con alguien parecido a sus padres. En cambio, sí les apetece alguien que les recuerde a su abuelo».Estos, en opinión de la experta, también sienten curiosidad por cómo se vive la juventud hoy en día. «Hay veces que les parece bien y otras mal, y dan su opinión desde la vivencia. A los jóvenes, todo lo que sea experimentar les gusta y lo aprenden mejor si no se les impone, sino que surge de la convivencia entre ambos. Es increíble: descubres que puedes tener amigos de otra generación».Por eso, el objetivo no radica tanto en participar en las actividades como en conseguir que se relacionen entre ellos. De ahí que, cuando alguno falla a los talleres a los que se había apuntado por estar, por ejemplo, en el teatro con otro compañero, «no se les puede regañar», bromea el coordinador de Programas y Equipamientos de Ouka Leele, Cristian Tercero.2.500 1.400 1 40 jóvenes de entre 14 y 30 años participaron en los talleres en 2025 mayores de 65 años acudieron a las actividades el año pasado solo centro municipal en Madrid conecta a mayores y jóvenes años separan a los jóvenes participantes de los más veteranosEl Centro Intergeneracional Ouka Leele, el primero de estas características en Madrid, alberga en una misma instalación un centro de ocio y asesoramiento juvenil (COAJ) y otro de mayores, con el objetivo de fomentar la convivencia y el aprendizaje mutuo. Ambos grupos no solo comparten espacio, sino también actividades que favorecen su participación conjunta. Bajo un propósito inclusivo, las iniciativas que se programan están pensadas para que los dos colectivos se enriquezcan a partir de las experiencias y conocimientos propios de cada etapa vital.Desde la puesta en marcha del centro intergeneracional Ouka Leele en 2025, se han llevado a cabo más de 300 actividades intergeneracionales, en las que han participado 2.500 jóvenes de entre 14 y 30 años y cerca de 1.400 personas mayores de 65. Entre las propuestas con mejor acogida destacan el cuidado del huerto instalado en la terraza, la iniciativa ‘Juegos a la mesa’, los torneos de futbolín y ajedrez o el taller de arcilla. A través de estas actividades, personas de distintas edades comparten tiempo, socialización, aprendizaje y vivencias.En aras de reforzar este servicio, a finales de marzo de este año, el Ayuntamiento de Madrid firmó un convenio con la Universidad de Granada (UGR) para establecer un marco de colaboración que impulse el proyecto de intergeneracionalidad del Centro Ouka Leele. El acuerdo fija que, a través de su Cátedra Macrosad de Estudios Intergeneracionales, la UGR proporcionará asesoramiento al centro municipal en el diseño y la planificación de actividades. Por su parte, el consistorio aportará al ámbito universitario el conocimiento adquirido a partir de su experiencia práctica, con el objetivo de enriquecer sus investigaciones.
A la vuelta del verano de 2024, en torno al mes de septiembre, una joven se aferra al teléfono y marca el número de su salvavidas. «Nos dice que se encuentra en un descampado, que no quiere seguir viviendo y que va a autolesionarse». Al … otro lado de la línea, los profesionales del centro municipal Ouka Leele intentan sostenerla con la voz mientras activan los protocolos de emergencia.
Superada la urgencia, el centro –que apenas había echado a andar en junio– no pierde el hilo de su historia. Se mantiene presente. Acompaña. Y poco a poco, cuando el bache empieza a quedar atrás, la joven convierte ese espacio en refugio. Primero llega de forma puntual. Después, cada vez con más frecuencia. Se queda. Participa. Empieza a tejer vínculos.
Se mezcla con los de su edad, en la segunda planta del edificio, pero también se reúnen los mayores de 65, que conviven en la primera. En las salas compartidas donde se imparten los talleres intergeneracionales, encuentra su hueco. Los veteranos la acogen sin preguntas, sin conocer su historia. Con el tiempo, ella decide contarla. Pero para entonces ya es una más del grupo que sale al campo los fines de semana.
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Otra usuaria, viuda y perteneciente al grupo de mayores, convive con una sordera que la aísla incluso en compañía. Llega al centro sin lograr comprender ni ser comprendida. Hasta que un joven, que conoce el lenguaje de signos, se acerca. Empiezan a entenderse. Hoy, él es su traductor. Y también su amigo.
Lo que ocurre en el número 16 de la calle Sodio, en Arganzuela, es –en palabras de quienes lo viven– «excepcional» en Madrid. Lo dicen los jóvenes. Lo sostienen los mayores. Lo avalan los profesionales, que defienden extender este modelo a los 20 distritos restantes de la ciudad: Es, en definitiva, un antídoto contra la soledad: un lugar donde los mayores «rejuvenecen» y los jóvenes conectan y aprenden valores como la «humildad».
Por la tarde, cuando ya han terminado las clases, arrancan los talleres. Hoy toca, primero, cerámica y, después, cocina. Los usuarios se sientan por orden de llegada. No importa la edad. Si entre quien tienes delante o al lado median cuatro décadas, mejor. Ahí reside la clave del éxito.
(José Ramón Ladra)
«Yo soy vieja, pero no viejuna», bromea Teresa, que busca «alegría» para lidiar con una «vida complicada». A sus 69 años, ha encontrado esa felicidad en la juventud. «No te tienes que quedar en el pasado, la vida sigue», sostiene sin levantar la mirada de la cajita de madera que decora con colores vivos, inspirada por los adolescentes. Asume su papel de aprendiz, pero también reivindica el de maestra. «Los jóvenes necesitan que les cuentes qué ha sucedido en tu vida, cómo hemos llegado a esta libertad a base de trabajarla. Todos aprendemos de todos».
Lo corrobora una usuaria de 20 años, que pinta su trocito de madera. «Esa generación tiene muchas historias que los jóvenes, a día de hoy, no apreciamos. Lo han pasado más jodido que nosotros y que nos den ese golpe de realidad, eso de que hace tiempo no teníamos estas comodidades, te devuelve la humildad», sostiene esa joven que cuenta, además, que encaja más con personas mayores que con los de su edad porque tiene una «mentalidad de resiliencia».
Su compañero, Elvis, destaca el buen ambiente del centro y el trato «cariñoso» de los profesionales. «Casi nunca hay conflictos, siempre hay buen rollo. Siguiendo con la dinámica juvenil, este veinteañero, dibuja corazones de colores. Lo que inspira de nuevo a su vecino de en frente, quien advierte de la ausencia de pigmento en su proyecto. Pero lo que más destaca Federico (66 años) es la conversación, compartir experiencias con los jóvenes, que dan otro sentido a la vida. «Entre ellos hablan de sus cosas, sin tabúes, y te hace rejuvenecer: aprender vocabulario y, entre otras cosas, a usar el móvil». Pero también él siente que puede contribuir a quienes aún están por experimentar la edad más adulta. «El taller de cerámica, es muy creativo y te piden ideas, te sientes como que tú puedes aportar a los jóvenes».
Esta relación funciona, a ojos de los expertos, por el enorme salto generacional y, sobre todo, por el cambio de mentalidad de los jóvenes a raíz de la pandemia de 2019. En sus últimos 20 años de carrera, Ángela Carrero, adjunta al departamento de Juventud del Ayuntamiento, ha observado que esta experiencia, hace 15 años, no hubiera salido adelante. Primero, porque los jóvenes han cambiado desde el covid: «En los años 2000, lo guay pasaba por reivindicar un espacio propio y único. Pero a partir de la pandemia, los jóvenes no son tan reivindicativos de ese espacio propio para el crecimiento personal y son capaces de poner en valor la experiencia de las personas mayores».
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(José Ramón Ladra)
Además, desde aquella época de confinamiento, se percibe una mayor soledad no deseada tanto en mayores como en jóvenes, a quienes la salud mental afectó especialmente. Por eso, espacios como este, ubicado en el distrito madrileño de Arganzuela, cumplen un papel «primordial» tanto para su prevención como para mitigar y eliminar la soledad no deseada.
El segundo factor que Carrero destaca como clave del éxito del programa es el gran salto intergeneracional, de unos 40 años, dado que los participantes más jóvenes comprenden edades de entre 14 y 30, mientras que los veteranos superan los 65 años. «Si estuviera abierto a toda la población no funcionaría igual. A estos chavales, sobre todo a los de 14 años, no sé si les apetece compartir espacio con alguien parecido a sus padres. En cambio, sí les apetece alguien que les recuerde a su abuelo».
Estos, en opinión de la experta, también sienten curiosidad por cómo se vive la juventud hoy en día. «Hay veces que les parece bien y otras mal, y dan su opinión desde la vivencia. A los jóvenes, todo lo que sea experimentar les gusta y lo aprenden mejor si no se les impone, sino que surge de la convivencia entre ambos. Es increíble: descubres que puedes tener amigos de otra generación».
Por eso, el objetivo no radica tanto en participar en las actividades como en conseguir que se relacionen entre ellos. De ahí que, cuando alguno falla a los talleres a los que se había apuntado por estar, por ejemplo, en el teatro con otro compañero, «no se les puede regañar», bromea el coordinador de Programas y Equipamientos de Ouka Leele, Cristian Tercero.
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| jóvenes de entre 14 y 30 años participaron en los talleres en 2025 | mayores de 65 años acudieron a las actividades el año pasado | solo centro municipal en Madrid conecta a mayores y jóvenes | años separan a los jóvenes participantes de los más veteranos |
El Centro Intergeneracional Ouka Leele, el primero de estas características en Madrid, alberga en una misma instalación un centro de ocio y asesoramiento juvenil (COAJ) y otro de mayores, con el objetivo de fomentar la convivencia y el aprendizaje mutuo. Ambos grupos no solo comparten espacio, sino también actividades que favorecen su participación conjunta. Bajo un propósito inclusivo, las iniciativas que se programan están pensadas para que los dos colectivos se enriquezcan a partir de las experiencias y conocimientos propios de cada etapa vital.
Desde la puesta en marcha del centro intergeneracional Ouka Leele en 2025, se han llevado a cabo más de 300 actividades intergeneracionales, en las que han participado 2.500 jóvenes de entre 14 y 30 años y cerca de 1.400 personas mayores de 65. Entre las propuestas con mejor acogida destacan el cuidado del huerto instalado en la terraza, la iniciativa ‘Juegos a la mesa’, los torneos de futbolín y ajedrez o el taller de arcilla. A través de estas actividades, personas de distintas edades comparten tiempo, socialización, aprendizaje y vivencias.
En aras de reforzar este servicio, a finales de marzo de este año, el Ayuntamiento de Madrid firmó un convenio con la Universidad de Granada (UGR) para establecer un marco de colaboración que impulse el proyecto de intergeneracionalidad del Centro Ouka Leele. El acuerdo fija que, a través de su Cátedra Macrosad de Estudios Intergeneracionales, la UGR proporcionará asesoramiento al centro municipal en el diseño y la planificación de actividades. Por su parte, el consistorio aportará al ámbito universitario el conocimiento adquirido a partir de su experiencia práctica, con el objetivo de enriquecer sus investigaciones.
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