El día después en las zonas de Valencia y Alicante golpeadas por las inundaciones de la dana Adam fue el de la resignación. «Un desastre, el caos, mucho miedo… Pero más ha perdido el que no lo ha contado», resumía una mujer en Oliva. La mayoría de los afectados pudieron regresar al lugar del que habían sido evacuados 24 horas antes tras bajar el nivel del agua. En localidades como Els Poblets, Miramar, Piles o Bellreguard fue una jornada para empezar a hacer el balance de daños, achicar agua de los garajes y amontonar el mobiliario, los enseres y los electrodomésticos que han quedado inservibles para retirarlos de las calles hacia campas habilitadas. También de abrazos entre vecinos y de sacar coches arrastrados por la corriente que dejaron de funcionar cuando sus dueños trataban de moverlos.Algunos, los que no taponaban vías, dejaban ventilar su vehículo con la esperanza de que arrancara y no tener que enfrentarse a la batalla burocrática con los seguros. Los ayuntamientos, conscientes de la «paciencia» que van a necesitar sus vecinos, han habilitado puntos de información para ayudarles a gestionar lo que está por venir y claman para que no se lancen residuos al alcantarillado.MÁS INFORMACIÓN noticia Si Sánchez regresa a la zona cero de una dana sin pisar el barro en OlivaUn martes soleado, de puertas y ventanas abiertas para ventilar las casas, que todavía dejó alguna precipitación débil por la tarde. La justa para que Amalia, que había tendido toda su ropa en el pequeño jardín de su planta baja, tuviera que recogerla rápido para no tener que lavarla de nuevo. Sin agua potable todavía -una reparación que no será inmediata-, se apaña con lo que pueden sacar del pozo de un vecino y los repartos que está haciendo el consistorio.En una zona de segundas residencias, ella es de las que vive en la playa de Oliva todo el año. Unos jóvenes le ayudaron a subir a la primera planta de una finca contigua a su vivienda la madrugada del domingo al lunes. Está «rendida» de sacar cubos de agua sucia. «Había hasta en el mueble de la vajilla del comedor. Vamos a tener que cogerlo con calma. No vale la pena llorar, porque lo tienes que hacer igual», le contaba a su vecina Rosita, que cree que lo tirará todo.De la criba de objetos que se encontró flotando al abrir la puerta de su casa de verano solo se salvaran las fotos mojadas. «El mar no tragaba y devolvía el agua. No lo he conocido así en mi vida», aseguraba a su hija, entre sillas, mesas y colchones que no podrán volver a usar.La espera de los desalojadosEn urbanizaciones de Pego el nivel del agua todavía era considerable. En los campings desalojados junto al mar en Oliva, también. El centenar de personas que ha pasado su segunda noche en el albergue improvisado de Cruz Roja en un centro polivalente del municipio fueron evacuados de allí con lo puesto.Muchos de los auxiliados estaban en sus segundas residencias, pero tienen vivienda en el municipio, explicó la alcaldesa, Yolanda Pastor. A los que no, se les busca una alternativa habitacional, al tiempo que se habilitan puntos de aseo y duchas para otros afectados.A los pocos niños que hay se les entretiene con juguetes. Otros pasan las horas jugando al ajedrez o escuchando música. Todos quieren volver, no saben todavía cuando, para ver qué queda de su ropa, su coche o su caravana cuando el agua baje.Muchos son extranjeros jubilados -holandeses o alemanes- que alargan la temporada de verano unos meses más en los campings. Mari Carmen y su marido, de Zaragoza, así lo llevan haciendo durante muchos años. Pero puede que deje de ser así. «¿Volver al camping? En septiembre y octubre seguro que no. Tengo muchos recuerdos aquí, pero quizás es momento de dejarlo», asegura, todavía con el miedo de quien se vio con el agua por la cintura en muy poco tiempo y se refugió en los baños del camping. «Hemos visto fotos, pero no queremos irnos a casa sin ver lo que ha quedado», subraya.La despensa del centro polivalente está a rebosar por todas las donaciones que han recibido. Una de ellas, la de Pepe, que llegó desde Paiporta cargado con palas, guantes y monos. Él sabe lo que es esto: «A lo que pasa con las danas al final no le ponemos ya ni nombre». De momento, la normalidad llega a los colegios. Solo Oliva mantiene la suspensión para revisar las instalaciones. La actividad sanitaria también se ha reanudado, a excepción de los consultorios auxiliares de Piles y Els Poblets.A pocos metros del espacio municipal convertido en refugio, al final de la misma calle, aterrizaba con un helicóptero poco después del mediodía el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, para anunciar que los municipios afectados por el temporal -que ha dejado siete muertos en toda España- serán considerados zonas catastróficas y comprometerse con los alcaldes a agilizar las contrataciones públicas.Más tarde, el presidente de la Generalitat, Juanfran Pérez Llorca, anunció un primer paquete de 23,5 millones de euros en ayudas económicas para vivienda o reponer enseres. El día después en las zonas de Valencia y Alicante golpeadas por las inundaciones de la dana Adam fue el de la resignación. «Un desastre, el caos, mucho miedo… Pero más ha perdido el que no lo ha contado», resumía una mujer en Oliva. La mayoría de los afectados pudieron regresar al lugar del que habían sido evacuados 24 horas antes tras bajar el nivel del agua. En localidades como Els Poblets, Miramar, Piles o Bellreguard fue una jornada para empezar a hacer el balance de daños, achicar agua de los garajes y amontonar el mobiliario, los enseres y los electrodomésticos que han quedado inservibles para retirarlos de las calles hacia campas habilitadas. También de abrazos entre vecinos y de sacar coches arrastrados por la corriente que dejaron de funcionar cuando sus dueños trataban de moverlos.Algunos, los que no taponaban vías, dejaban ventilar su vehículo con la esperanza de que arrancara y no tener que enfrentarse a la batalla burocrática con los seguros. Los ayuntamientos, conscientes de la «paciencia» que van a necesitar sus vecinos, han habilitado puntos de información para ayudarles a gestionar lo que está por venir y claman para que no se lancen residuos al alcantarillado.MÁS INFORMACIÓN noticia Si Sánchez regresa a la zona cero de una dana sin pisar el barro en OlivaUn martes soleado, de puertas y ventanas abiertas para ventilar las casas, que todavía dejó alguna precipitación débil por la tarde. La justa para que Amalia, que había tendido toda su ropa en el pequeño jardín de su planta baja, tuviera que recogerla rápido para no tener que lavarla de nuevo. Sin agua potable todavía -una reparación que no será inmediata-, se apaña con lo que pueden sacar del pozo de un vecino y los repartos que está haciendo el consistorio.En una zona de segundas residencias, ella es de las que vive en la playa de Oliva todo el año. Unos jóvenes le ayudaron a subir a la primera planta de una finca contigua a su vivienda la madrugada del domingo al lunes. Está «rendida» de sacar cubos de agua sucia. «Había hasta en el mueble de la vajilla del comedor. Vamos a tener que cogerlo con calma. No vale la pena llorar, porque lo tienes que hacer igual», le contaba a su vecina Rosita, que cree que lo tirará todo.De la criba de objetos que se encontró flotando al abrir la puerta de su casa de verano solo se salvaran las fotos mojadas. «El mar no tragaba y devolvía el agua. No lo he conocido así en mi vida», aseguraba a su hija, entre sillas, mesas y colchones que no podrán volver a usar.La espera de los desalojadosEn urbanizaciones de Pego el nivel del agua todavía era considerable. En los campings desalojados junto al mar en Oliva, también. El centenar de personas que ha pasado su segunda noche en el albergue improvisado de Cruz Roja en un centro polivalente del municipio fueron evacuados de allí con lo puesto.Muchos de los auxiliados estaban en sus segundas residencias, pero tienen vivienda en el municipio, explicó la alcaldesa, Yolanda Pastor. A los que no, se les busca una alternativa habitacional, al tiempo que se habilitan puntos de aseo y duchas para otros afectados.A los pocos niños que hay se les entretiene con juguetes. Otros pasan las horas jugando al ajedrez o escuchando música. Todos quieren volver, no saben todavía cuando, para ver qué queda de su ropa, su coche o su caravana cuando el agua baje.Muchos son extranjeros jubilados -holandeses o alemanes- que alargan la temporada de verano unos meses más en los campings. Mari Carmen y su marido, de Zaragoza, así lo llevan haciendo durante muchos años. Pero puede que deje de ser así. «¿Volver al camping? En septiembre y octubre seguro que no. Tengo muchos recuerdos aquí, pero quizás es momento de dejarlo», asegura, todavía con el miedo de quien se vio con el agua por la cintura en muy poco tiempo y se refugió en los baños del camping. «Hemos visto fotos, pero no queremos irnos a casa sin ver lo que ha quedado», subraya.La despensa del centro polivalente está a rebosar por todas las donaciones que han recibido. Una de ellas, la de Pepe, que llegó desde Paiporta cargado con palas, guantes y monos. Él sabe lo que es esto: «A lo que pasa con las danas al final no le ponemos ya ni nombre». De momento, la normalidad llega a los colegios. Solo Oliva mantiene la suspensión para revisar las instalaciones. La actividad sanitaria también se ha reanudado, a excepción de los consultorios auxiliares de Piles y Els Poblets.A pocos metros del espacio municipal convertido en refugio, al final de la misma calle, aterrizaba con un helicóptero poco después del mediodía el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, para anunciar que los municipios afectados por el temporal -que ha dejado siete muertos en toda España- serán considerados zonas catastróficas y comprometerse con los alcaldes a agilizar las contrataciones públicas.Más tarde, el presidente de la Generalitat, Juanfran Pérez Llorca, anunció un primer paquete de 23,5 millones de euros en ayudas económicas para vivienda o reponer enseres.
El día después en las zonas de Valencia y Alicante golpeadas por las inundaciones de la dana Adam fue el de la resignación. «Un desastre, el caos, mucho miedo… Pero más ha perdido el que no lo ha contado», resumía una mujer en Oliva. La … mayoría de los afectados pudieron regresar al lugar del que habían sido evacuados 24 horas antes tras bajar el nivel del agua.
En localidades como Els Poblets, Miramar, Piles o Bellreguard fue una jornada para empezar a hacer el balance de daños, achicar agua de los garajes y amontonar el mobiliario, los enseres y los electrodomésticos que han quedado inservibles para retirarlos de las calles hacia campas habilitadas. También de abrazos entre vecinos y de sacar coches arrastrados por la corriente que dejaron de funcionar cuando sus dueños trataban de moverlos.
Algunos, los que no taponaban vías, dejaban ventilar su vehículo con la esperanza de que arrancara y no tener que enfrentarse a la batalla burocrática con los seguros. Los ayuntamientos, conscientes de la «paciencia» que van a necesitar sus vecinos, han habilitado puntos de información para ayudarles a gestionar lo que está por venir y claman para que no se lancen residuos al alcantarillado.
Un martes soleado, de puertas y ventanas abiertas para ventilar las casas, que todavía dejó alguna precipitación débil por la tarde. La justa para que Amalia, que había tendido toda su ropa en el pequeño jardín de su planta baja, tuviera que recogerla rápido para no tener que lavarla de nuevo. Sin agua potable todavía -una reparación que no será inmediata-, se apaña con lo que pueden sacar del pozo de un vecino y los repartos que está haciendo el consistorio.
En una zona de segundas residencias, ella es de las que vive en la playa de Oliva todo el año. Unos jóvenes le ayudaron a subir a la primera planta de una finca contigua a su vivienda la madrugada del domingo al lunes. Está «rendida» de sacar cubos de agua sucia. «Había hasta en el mueble de la vajilla del comedor. Vamos a tener que cogerlo con calma. No vale la pena llorar, porque lo tienes que hacer igual», le contaba a su vecina Rosita, que cree que lo tirará todo.
De la criba de objetos que se encontró flotando al abrir la puerta de su casa de verano solo se salvaran las fotos mojadas. «El mar no tragaba y devolvía el agua. No lo he conocido así en mi vida», aseguraba a su hija, entre sillas, mesas y colchones que no podrán volver a usar.
La espera de los desalojados
En urbanizaciones de Pego el nivel del agua todavía era considerable. En los campings desalojados junto al mar en Oliva, también. El centenar de personas que ha pasado su segunda noche en el albergue improvisado de Cruz Roja en un centro polivalente del municipio fueron evacuados de allí con lo puesto.
Muchos de los auxiliados estaban en sus segundas residencias, pero tienen vivienda en el municipio, explicó la alcaldesa, Yolanda Pastor. A los que no, se les busca una alternativa habitacional, al tiempo que se habilitan puntos de aseo y duchas para otros afectados.
A los pocos niños que hay se les entretiene con juguetes. Otros pasan las horas jugando al ajedrez o escuchando música. Todos quieren volver, no saben todavía cuando, para ver qué queda de su ropa, su coche o su caravana cuando el agua baje.
Muchos son extranjeros jubilados -holandeses o alemanes- que alargan la temporada de verano unos meses más en los campings. Mari Carmen y su marido, de Zaragoza, así lo llevan haciendo durante muchos años. Pero puede que deje de ser así. «¿Volver al camping? En septiembre y octubre seguro que no. Tengo muchos recuerdos aquí, pero quizás es momento de dejarlo», asegura, todavía con el miedo de quien se vio con el agua por la cintura en muy poco tiempo y se refugió en los baños del camping. «Hemos visto fotos, pero no queremos irnos a casa sin ver lo que ha quedado», subraya.
La despensa del centro polivalente está a rebosar por todas las donaciones que han recibido. Una de ellas, la de Pepe, que llegó desde Paiporta cargado con palas, guantes y monos. Él sabe lo que es esto: «A lo que pasa con las danas al final no le ponemos ya ni nombre». De momento, la normalidad llega a los colegios. Solo Oliva mantiene la suspensión para revisar las instalaciones. La actividad sanitaria también se ha reanudado, a excepción de los consultorios auxiliares de Piles y Els Poblets.
A pocos metros del espacio municipal convertido en refugio, al final de la misma calle, aterrizaba con un helicóptero poco después del mediodía el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, para anunciar que los municipios afectados por el temporal -que ha dejado siete muertos en toda España- serán considerados zonas catastróficas y comprometerse con los alcaldes a agilizar las contrataciones públicas.
Más tarde, el presidente de la Generalitat, Juanfran Pérez Llorca, anunció un primer paquete de 23,5 millones de euros en ayudas económicas para vivienda o reponer enseres.
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