La imagen circuló por redes sociales y aterrizó directamente en el teléfono de Beniamin Netanyahu. Una comitiva de beduinos con camellos y quads en marcha hacia el colegio electoral de Rahat, la mayor ciudad beduina, situada en el desierto del Néguev, al sur de Israel. En sus manos portaban banderas y eslóganes del partido islamista Ra’am, que, junto a la Lista Conjunta, ha conseguido 18 escaños en el parlamento.
La participación entre los palestinos de Israel se dispara y da la llave de la investidura a los partidos árabes
La imagen circuló por redes sociales y aterrizó directamente en el teléfono de Beniamin Netanyahu. Una comitiva de beduinos con camellos y quads en marcha hacia el colegio electoral de Rahat, la mayor ciudad beduina, situada en el desierto del Néguev, al sur de Israel. En sus manos portaban banderas y eslóganes del partido islamista Ra’am, que, junto a la Lista Conjunta, ha conseguido 18 escaños en el parlamento.
Más allá de los estereotipos, las poblaciones árabes dentro del territorio israelí han vivido una movilización sin precedentes. Entre los más de dos millones de palestinos con nacionalidad israelí, la participación rondó el 80%, la más alta desde 1999.
En lugares como Nazaret o Haifa, centenares de personas hicieron cola. “Aquí todos hemos votado”, asegura Ahmed, de 52 años, inmerso en una tertulia en árabe dentro de un barrio donde el hebreo domina las conversaciones. “Ben Gvir y sus amigos vienen a por nosotros (los palestinos). Da igual que no seamos Hamas, ni que queramos la paz con los judíos”, añade.
Los datos confirman el vuelco. En Umm al Fahm, en el norte, la participación pasó del 38% en 2022 a más del 70%. En Rahat superó el 79%, y en aldeas del Néguev como Bir Hadaj rozó el 88%. En Segev Shalom, algunos vecinos esperaron más de cuatro horas para depositar su papeleta. Las dos listas árabes pasan de diez a 18 diputados, su mejor resultado histórico, y la Lista Conjunta se convierte en la tercera fuerza de la knéset.
La noche electoral se vivió como una fiesta en la sede de la Lista Conjunta en Nazaret y en la de Ra’am. “Con los números que tenemos ahora, no hay gobierno”, celebró el líder islamista, Mansour Abbas, que confía en que el bloque contrario a Netanyahu alcance los 61 escaños necesarios para gobernar.
En la otra orilla, la reacción fue de alarma. Durante toda la jornada, Netanyahu advirtió de que, si sus votantes no despertaban, el país acabaría con “un gobierno de Mansour Abbas y Ahmad Tibi”. En Jerusalén, coches con banderas del Likud recorrieron las calles con la llamada musulmana a la oración a todo volumen para pedir el voto porque “los árabes están votando”. Ben Gvir repitió el mensaje al votar en el asentamiento de Kiryat Arba, y Smotrich, que habló de “una emergencia para la derecha”, aseguró después que su partido no dejará que los árabes celebren el récord.
Para muchos votantes del Néguev, la movilización tiene raíces profundas. Antes de 1948 vivían en el Néguev unos 92.000 beduinos, y sólo 11.000 permanecieron dentro de las fronteras de Israel tras la guerra. Hoy son unos 300.000, y cerca de un tercio reside en aldeas que Israel no reconoce, sin agua corriente ni electricidad garantizada. Muchos sirven voluntariamente en el ejército, pero mantienen un estilo de vida propio, ligado a la tierra y a la familia extensa.
Sus casas son el blanco de las demoliciones. Dos semanas antes de los comicios, las excavadoras arrasaron unas 80 construcciones y una mezquita en Al Dahiya, junto a Rahat, y dejaron sin hogar a unas 400 personas. Según el abogado de los vecinos, forma parte de la ofensiva de Ben Gvir para multiplicar los derribos.
Ahora, el voto de esas aldeas puede decidir quién gobierna. La oposición necesita a los partidos árabes para sumar una mayoría, aunque Gadi Eisenkot, líder de Yashar, descartó durante la campaña pactar con ellos. El líder de la Lista Conjunta, Yousef Jabareen, ya ha ofrecido su apoyo desde fuera a cualquier gobierno que sustituya a Netanyahu. En el Néguev, los beduinos ya han hecho su parte.
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