El papel manda, lo confieso. Esta columna de Domingo de Resurrección está escrita el Viernes Santo a mediodía, después de acompañar al Nazareno y su Madre, mientras mi cuerpo intenta reponerse de tanto trabajo enloquecido, los dedos casi duelen de teclear sin descanso y los párpados pelean por no caer, reclaman las muchas horas que me debe la cama.La Semana Santa en Zamora es un tsunami humano y espiritual; un atracón de belleza que necesita días para ser asimilado; un eslabón humano que une a creyentes y no creyentes -sí, también- a la tierra como signo de identidad. Unos por tradición, otros por devoción, perpetúan a través de la Semana Santa su pertenencia a un pueblo.Es la voz callada de una tierra que siempre te invita a volver; la puerta de acceso que te descubre la trascendencia de lo divino en unos días en que acompañamos a Cristo en su Pasión como Hijo de Dios y casi a la vez lo tratamos de tú. Lo llaman religiosidad popular; sustentada desde abajo, desde el pueblo.Zamora tiene dos formas, dos ritmos de respirar, de latir. Una, lenta, imperceptible, que la mantiene con un ojo abierto y otro cerrado, en permanente duermevela. Otra, profunda, desbordante, que llega cuando la Semana Santa habita sus calles y las puebla como una ola inevitable y conocida. La ciudad se mantiene durante todo el año en un acaso. Las persianas bajan temprano, o directamente no suben; hay una sensación persistente de tiempo suspendido, de espera. Un lamento por los que se fueron y prometieron volver, aunque sea con una llave oxidada en el corazón.Pero llega la Semana Santa, que no es solo liturgia ni esa pátina de solemnidad que se adhiere a las piedras como una segunda piel. Es algo más profundo, desde dentro; una sacudida emocional que acelera el pulso colectivo. Zamora deja de ser esa ciudad escondida en sí misma para convertirse en bullicio, pasos apresurados, abrazos demorados y mesas que vuelven a llenarse.La población se multiplica por cuatro, algo fácil en un lugar pequeño. Pero las cifras son solo eso: cifras. Lo que realmente se multiplica como el vino del primer milagro no se mide, no se pesa: es la memoria compartida, la afirmación de ser; el eco de una vida que parecía lejana que nos sale al encuentro en cada esquina.Más allá de la historia sagrada y las imágenes, esta semana es santa por quienes regresan con ellas. Los que se fueron buscando futuro y vuelven a esta tierra compartida; los que reconocen las calles como paisaje de la infancia.Hay algo profundamente humano en este retorno cíclico; una necesidad de reencontrarse, medir el paso del tiempo en los rostros conocidos; de comprobar que algo permanece por invisible que sea.En ello reside la paradoja de esta ciudad que cuando celebra la Resurrección, la vida, el renacer, empieza a despedirse en silencio, sin duelo. Maletas que se cierran con prisas, besos que comienzan a echarse de menos antes de diluirse en los kilómetros.Sin hacer ruido, la ciudad regresa a lo cotidiano; el bullicio se apaga, las calles se hacen más amplias, el eco de los pasos vuelve a resonar en la piedra.Zamora se repliega en sí misma como si estos días hubiesen sido un sueño breve pero tan necesario para reparar su alma. Quizá ahí resida el verdadero milagro de la celebración compartida, en lo que revela. La vida existe, duerme plácida esperando su momento, este vínculo que no se rompe. El regreso como forma de resistencia al olvido.Tal vez -solo tal vez- el milagro de la resurrección sea este otro, tan íntimo y cierto: el de una ciudad que late, respira con los que un día la dejaron atrás para después aprender, de nuevo, a vivir en la calma de los días sin tiempo. El papel manda, lo confieso. Esta columna de Domingo de Resurrección está escrita el Viernes Santo a mediodía, después de acompañar al Nazareno y su Madre, mientras mi cuerpo intenta reponerse de tanto trabajo enloquecido, los dedos casi duelen de teclear sin descanso y los párpados pelean por no caer, reclaman las muchas horas que me debe la cama.La Semana Santa en Zamora es un tsunami humano y espiritual; un atracón de belleza que necesita días para ser asimilado; un eslabón humano que une a creyentes y no creyentes -sí, también- a la tierra como signo de identidad. Unos por tradición, otros por devoción, perpetúan a través de la Semana Santa su pertenencia a un pueblo.Es la voz callada de una tierra que siempre te invita a volver; la puerta de acceso que te descubre la trascendencia de lo divino en unos días en que acompañamos a Cristo en su Pasión como Hijo de Dios y casi a la vez lo tratamos de tú. Lo llaman religiosidad popular; sustentada desde abajo, desde el pueblo.Zamora tiene dos formas, dos ritmos de respirar, de latir. Una, lenta, imperceptible, que la mantiene con un ojo abierto y otro cerrado, en permanente duermevela. Otra, profunda, desbordante, que llega cuando la Semana Santa habita sus calles y las puebla como una ola inevitable y conocida. La ciudad se mantiene durante todo el año en un acaso. Las persianas bajan temprano, o directamente no suben; hay una sensación persistente de tiempo suspendido, de espera. Un lamento por los que se fueron y prometieron volver, aunque sea con una llave oxidada en el corazón.Pero llega la Semana Santa, que no es solo liturgia ni esa pátina de solemnidad que se adhiere a las piedras como una segunda piel. Es algo más profundo, desde dentro; una sacudida emocional que acelera el pulso colectivo. Zamora deja de ser esa ciudad escondida en sí misma para convertirse en bullicio, pasos apresurados, abrazos demorados y mesas que vuelven a llenarse.La población se multiplica por cuatro, algo fácil en un lugar pequeño. Pero las cifras son solo eso: cifras. Lo que realmente se multiplica como el vino del primer milagro no se mide, no se pesa: es la memoria compartida, la afirmación de ser; el eco de una vida que parecía lejana que nos sale al encuentro en cada esquina.Más allá de la historia sagrada y las imágenes, esta semana es santa por quienes regresan con ellas. Los que se fueron buscando futuro y vuelven a esta tierra compartida; los que reconocen las calles como paisaje de la infancia.Hay algo profundamente humano en este retorno cíclico; una necesidad de reencontrarse, medir el paso del tiempo en los rostros conocidos; de comprobar que algo permanece por invisible que sea.En ello reside la paradoja de esta ciudad que cuando celebra la Resurrección, la vida, el renacer, empieza a despedirse en silencio, sin duelo. Maletas que se cierran con prisas, besos que comienzan a echarse de menos antes de diluirse en los kilómetros.Sin hacer ruido, la ciudad regresa a lo cotidiano; el bullicio se apaga, las calles se hacen más amplias, el eco de los pasos vuelve a resonar en la piedra.Zamora se repliega en sí misma como si estos días hubiesen sido un sueño breve pero tan necesario para reparar su alma. Quizá ahí resida el verdadero milagro de la celebración compartida, en lo que revela. La vida existe, duerme plácida esperando su momento, este vínculo que no se rompe. El regreso como forma de resistencia al olvido.Tal vez -solo tal vez- el milagro de la resurrección sea este otro, tan íntimo y cierto: el de una ciudad que late, respira con los que un día la dejaron atrás para después aprender, de nuevo, a vivir en la calma de los días sin tiempo.
El papel manda, lo confieso. Esta columna de Domingo de Resurrección está escrita el Viernes Santo a mediodía, después de acompañar al Nazareno y su Madre, mientras mi cuerpo intenta reponerse de tanto trabajo enloquecido, los dedos casi duelen de teclear sin descanso y los … párpados pelean por no caer, reclaman las muchas horas que me debe la cama.
La Semana Santa en Zamora es un tsunami humano y espiritual; un atracón de belleza que necesita días para ser asimilado; un eslabón humano que une a creyentes y no creyentes -sí, también- a la tierra como signo de identidad. Unos por tradición, otros por devoción, perpetúan a través de la Semana Santa su pertenencia a un pueblo.
Es la voz callada de una tierra que siempre te invita a volver; la puerta de acceso que te descubre la trascendencia de lo divino en unos días en que acompañamos a Cristo en su Pasión como Hijo de Dios y casi a la vez lo tratamos de tú. Lo llaman religiosidad popular; sustentada desde abajo, desde el pueblo.
Zamora tiene dos formas, dos ritmos de respirar, de latir. Una, lenta, imperceptible, que la mantiene con un ojo abierto y otro cerrado, en permanente duermevela. Otra, profunda, desbordante, que llega cuando la Semana Santa habita sus calles y las puebla como una ola inevitable y conocida.
La ciudad se mantiene durante todo el año en un acaso. Las persianas bajan temprano, o directamente no suben; hay una sensación persistente de tiempo suspendido, de espera. Un lamento por los que se fueron y prometieron volver, aunque sea con una llave oxidada en el corazón.
Pero llega la Semana Santa, que no es solo liturgia ni esa pátina de solemnidad que se adhiere a las piedras como una segunda piel. Es algo más profundo, desde dentro; una sacudida emocional que acelera el pulso colectivo. Zamora deja de ser esa ciudad escondida en sí misma para convertirse en bullicio, pasos apresurados, abrazos demorados y mesas que vuelven a llenarse.
La población se multiplica por cuatro, algo fácil en un lugar pequeño. Pero las cifras son solo eso: cifras. Lo que realmente se multiplica como el vino del primer milagro no se mide, no se pesa: es la memoria compartida, la afirmación de ser; el eco de una vida que parecía lejana que nos sale al encuentro en cada esquina.
Más allá de la historia sagrada y las imágenes, esta semana es santa por quienes regresan con ellas. Los que se fueron buscando futuro y vuelven a esta tierra compartida; los que reconocen las calles como paisaje de la infancia.
Hay algo profundamente humano en este retorno cíclico; una necesidad de reencontrarse, medir el paso del tiempo en los rostros conocidos; de comprobar que algo permanece por invisible que sea.
En ello reside la paradoja de esta ciudad que cuando celebra la Resurrección, la vida, el renacer, empieza a despedirse en silencio, sin duelo. Maletas que se cierran con prisas, besos que comienzan a echarse de menos antes de diluirse en los kilómetros.
Sin hacer ruido, la ciudad regresa a lo cotidiano; el bullicio se apaga, las calles se hacen más amplias, el eco de los pasos vuelve a resonar en la piedra.
Zamora se repliega en sí misma como si estos días hubiesen sido un sueño breve pero tan necesario para reparar su alma. Quizá ahí resida el verdadero milagro de la celebración compartida, en lo que revela. La vida existe, duerme plácida esperando su momento, este vínculo que no se rompe. El regreso como forma de resistencia al olvido.
Tal vez -solo tal vez- el milagro de la resurrección sea este otro, tan íntimo y cierto: el de una ciudad que late, respira con los que un día la dejaron atrás para después aprender, de nuevo, a vivir en la calma de los días sin tiempo.
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