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El pulso es lo primero que busca un médico y lo último que comprueba: dos dedos en la muñeca, en silencio, contando. Los bancos centrales llevan años haciendo algo parecido con la economía —tomarle el pulso, medirlo, decidir si late demasiado deprisa. Lo que casi nadie dice es que el pulso juega con la mano que lo busca.
Hace seis días el Banco Central Europeo hizo algo que no hacía desde 2023: subir. No fue un reflejo ni un ajuste técnico. Fue el temple de quien, con la inflación reavivada y ante la sediciosa avidez de gasto público, prefiere lo difícil a lo cómodo y sostiene que el dinero debe tener un precio, y que ese precio pone límites —también a los gobiernos que preferirían no oírlo. Ayer le tocó a la Reserva Federal, y la Fed no movió nada. Aguantó el nivel, alto, donde está.
Dos gestos distintos, una misma firmeza. Y alrededor, el coro de siempre pidiendo lo de siempre: que bajen, que aflojen, que devuelvan el dinero barato, que puede ser otro error histórico… como quien reclama un verano perdido.
Conviene desconfiar de ese coro. Discutimos siempre el próximo movimiento como si la política monetaria fuera un pie sobre un pedal. Pero lo que pesa no es el movimiento, es el lugar donde uno se ha plantado. No es hacia dónde, sino dónde. Mantener un tipo alto cuando todos te piden lo fácil no es pereza, es la forma más callada del coraje. Y pedir rebajas ahora, con los precios todavía muy arriba, es querer abrir las ventanas porque hace calor, justo cuando lo que entra es humo.
Eso vale para Washington. Para Fráncfort vale doble. Porque el BCE no es el que titubea: es el que ha subido, el que ha elegido la disciplina sobre el aplauso. Reclamarle quietud o rebajas hoy no es discrepar de una decisión dudosa; es pedir el absurdo teniendo delante a quien hace lo correcto. Habría que celebrarlo más y exigírselo menos.
Sin embargo —y aquí lo que de verdad inquieta— nunca los bancos centrales han parecido tan precisos y han mandado tan poco. Miden el cuarto de punto al milímetro, publican sus cuadros, comparecen con esa prosa de notario que dice todo sin responsabilizarse de nada. Toda la liturgia de la exactitud. Pero el cuerpo al que le toman el pulso tiene el latido oculto. El dinero corre hoy por cauces que nadie en Fráncfort ni en Washington diseñó del todo: se vuelve digital, privado, fugitivo. Dólares sintéticos que viajan sin pasar por un banco. Saldos que cruzan el mundo en la pantalla de un teléfono mientras el sistema oficial duerme. Monedas que no acuñó ningún Estado y que, sin embargo, ya sirven para guardar, para pagar, para soñar despiertos con hacerse ricos. No es ciencia ficción ni capricho de iniciados, es la erosión lenta del poder más antiguo, el de decir qué es dinero y cuánto vale. Al banquero central le quedan el termómetro y el rito, pero cada año es un poco menos suyo el cuerpo que mide. Toma con pulso firme la temperatura de una fiebre que ya no gobierna del todo.
Por eso esa quietud de la Fed, ese no mover nada, hay que saber leerla. No es el reposo del que domina. Es el aguante del que sujeta con firmeza lo único que aún le responde —el nivel, el precio del dinero— mientras intuye, por el rabillo del ojo, que lo demás se le escapa. Sostener el tipo es quizá el último gesto de soberanía que conservan intacto: dos dedos en una muñeca cuyo latido, en el fondo, ya saben ajeno.
Y conviene que esa idea incomode un poco, porque cambia lo que cabe pedirles. A un médico que ya no manda sobre el cuerpo no se le exige que cure más deprisa, se le agradece que siga tomando el pulso con mano serena, y se busca, mientras tanto, entender qué le ocurre al paciente. Que suban o que aguanten, aciertan. Lo raro no es su firmeza.
Lo raro es el coro que les pide soltar justo ahora, cuando lo que sostienen casi ha dejado de pertenecerles.
Francisco Rodríguez Fernández es Catedrático de Economía de la UGR y director del Área Financiera y de Digitalización de Funcas.
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