Una treintena se aísla de los miles que, en fila, recogen su bolsa. Las miran, las piden, se llevan una mano a la boca para mostrar sin palabras que tienen hambre. «Cada día sois más, no da para todos, es que no da», trata de explicarles uno de los policías desplegados en el reparto de alimentos de la Cruz Roja, que se aposenta frente a su sombra para impedir su paso. Cada tarde, desde hace días, miles de inmigrantes marroquís reciben comida en la playa de El Trampolín. Y de todo reparto se desprende un mundo, un movimiento. Está el de los muchos que lo consiguen, el de quienes llegan tarde y el de los que ni siquiera lo intentan.A las cuatro de la tarde, cartones protegen del sol a cientos de cabezas en una playa que primero acogió subsaharianos y, tras su marcha a campamentos, es asentamiento de marroquís. El reloj anuncia que todavía quedan tres horas para que lleguen los camiones que llevan a los inmigrantes, pero nadie lo diría porque centenares de ellos los esperan como si estuviesen a punto de girar la esquina. «Nos organizamos nosotros para que la Policía no tenga que hacerlo», cuenta uno de ellos. Come primero el que primero llega, así que discuten los sitios a voces, con aspavientos, pero no llegan a la trifulca. Mantienen un orden relativo aunque algunos intentan colarse hasta que ellos mismos delimitan, con un precinto policial que ahí quedó como residuo, una línea que prioriza a los delanteros. Así aguardan a la llegada de la Policía, a la que aplauden en su aparición. Los ven y todos corren para ser beneficiarios del siguiente sitio, hasta encontrar un espacio en un suelo de diminutas piedras. Más tarde, son tres camiones los que, al descubierto, traen el alimento que ansían. Uno casi por entero de agua, otro con cartones de leche rojos. Hay también pan, atún, queso y galletas. Su llegada, a diferencia de la policial, no genera ningún revuelo.La policía los divide en grupos pequeños, más controlables, en función de si son mujeres, menores u hombres, aunque conforma este último perfil la vasta mayoría. Entre ellas, hay mujeres con niños de unos seis años que caminan alrededor de una hora para llegar a esta ayuda, desde las naves del polígono industrial de El Tarajal en el que se alojan. Allí, dicen, no están bien. Primero se agachan en cuclillas, luego se sientan, meten la cabeza entre las piernas. Pasadas las cinco pero sobre todo cuando llegan las seis, la playa es un constante trasiego. Toda la tarde hay quienes quieren colarse. «Que cuántas veces te voy a decir que no», les dicen los policías. Aunque no entienden el idioma, el tono es universal. Y suena el rezo por los altavoces y ellos no se agachan. Comida de la basura La Cruz Roja reanudó el pasado miércoles el reparto de alimentos tras el traslado de los subsaharianos a uno de los campamentos temporales que se han habilitado para su estancia. Regresaron después y la limpieza de la playa, todavía con un fuerte olor y suciedad, se suspendió momentáneamente para después ser compaginada con la nueva estancia. Se atribuyó, de manera oficial, el regreso a la intención de recuperar pertenencias personales que quedaron en el lugar, pero cada tarde acuden aquí muchos solo con el objetivo de compartir una comida. Cuando la consiguen, transportan sus bolsas fuera de El Trampolín. Sus horas discurren también en ella, se cortan el pelo y duermen, pero la cena la toman fuera. Algunos lo hacen en otra playa cercana, más pequeña, en la que también hay contadas tiendas de campañas y pequeñas chabolas. Otros se dirigen a distintas calles, o simplemente se tiran sobre la acera para ingerir lo conseguido.Donde todos comen, caminan dos hombres que no han cenado. Uno de ellos, de un español casi perfecto, se crio en Andalucía antes de volver a Marruecos. Rápidamente, más de una decena de hombres se congregan en torno a él, mostrando sus piernas y brazos heridos. Después de denunciar malos tratos de «los militares con gorra roja», en referencia a las Fuerzas Regulares, —aseguran que por la noche, en callejones y cuando no hay cámaras, les rompen móviles—, dicen que la comida no es suficiente. «Menor», dice uno de ellos mientras se señala y muestra su DNI, «y no me dan comida allí», mientras señala una playa en la que continúa el reparto. «No hay suficiente comida. Tienes que echar varias horas en el sol y de tan poca porción», denuncia el criado en Andalucía. Así que ellos, con bolsas blancas parecidas pero medio rotas, han robado comida de la basura. Esta noche, si no cambia su suerte, esa será su cena. Una treintena se aísla de los miles que, en fila, recogen su bolsa. Las miran, las piden, se llevan una mano a la boca para mostrar sin palabras que tienen hambre. «Cada día sois más, no da para todos, es que no da», trata de explicarles uno de los policías desplegados en el reparto de alimentos de la Cruz Roja, que se aposenta frente a su sombra para impedir su paso. Cada tarde, desde hace días, miles de inmigrantes marroquís reciben comida en la playa de El Trampolín. Y de todo reparto se desprende un mundo, un movimiento. Está el de los muchos que lo consiguen, el de quienes llegan tarde y el de los que ni siquiera lo intentan.A las cuatro de la tarde, cartones protegen del sol a cientos de cabezas en una playa que primero acogió subsaharianos y, tras su marcha a campamentos, es asentamiento de marroquís. El reloj anuncia que todavía quedan tres horas para que lleguen los camiones que llevan a los inmigrantes, pero nadie lo diría porque centenares de ellos los esperan como si estuviesen a punto de girar la esquina. «Nos organizamos nosotros para que la Policía no tenga que hacerlo», cuenta uno de ellos. Come primero el que primero llega, así que discuten los sitios a voces, con aspavientos, pero no llegan a la trifulca. Mantienen un orden relativo aunque algunos intentan colarse hasta que ellos mismos delimitan, con un precinto policial que ahí quedó como residuo, una línea que prioriza a los delanteros. Así aguardan a la llegada de la Policía, a la que aplauden en su aparición. Los ven y todos corren para ser beneficiarios del siguiente sitio, hasta encontrar un espacio en un suelo de diminutas piedras. Más tarde, son tres camiones los que, al descubierto, traen el alimento que ansían. Uno casi por entero de agua, otro con cartones de leche rojos. Hay también pan, atún, queso y galletas. Su llegada, a diferencia de la policial, no genera ningún revuelo.La policía los divide en grupos pequeños, más controlables, en función de si son mujeres, menores u hombres, aunque conforma este último perfil la vasta mayoría. Entre ellas, hay mujeres con niños de unos seis años que caminan alrededor de una hora para llegar a esta ayuda, desde las naves del polígono industrial de El Tarajal en el que se alojan. Allí, dicen, no están bien. Primero se agachan en cuclillas, luego se sientan, meten la cabeza entre las piernas. Pasadas las cinco pero sobre todo cuando llegan las seis, la playa es un constante trasiego. Toda la tarde hay quienes quieren colarse. «Que cuántas veces te voy a decir que no», les dicen los policías. Aunque no entienden el idioma, el tono es universal. Y suena el rezo por los altavoces y ellos no se agachan. Comida de la basura La Cruz Roja reanudó el pasado miércoles el reparto de alimentos tras el traslado de los subsaharianos a uno de los campamentos temporales que se han habilitado para su estancia. Regresaron después y la limpieza de la playa, todavía con un fuerte olor y suciedad, se suspendió momentáneamente para después ser compaginada con la nueva estancia. Se atribuyó, de manera oficial, el regreso a la intención de recuperar pertenencias personales que quedaron en el lugar, pero cada tarde acuden aquí muchos solo con el objetivo de compartir una comida. Cuando la consiguen, transportan sus bolsas fuera de El Trampolín. Sus horas discurren también en ella, se cortan el pelo y duermen, pero la cena la toman fuera. Algunos lo hacen en otra playa cercana, más pequeña, en la que también hay contadas tiendas de campañas y pequeñas chabolas. Otros se dirigen a distintas calles, o simplemente se tiran sobre la acera para ingerir lo conseguido.Donde todos comen, caminan dos hombres que no han cenado. Uno de ellos, de un español casi perfecto, se crio en Andalucía antes de volver a Marruecos. Rápidamente, más de una decena de hombres se congregan en torno a él, mostrando sus piernas y brazos heridos. Después de denunciar malos tratos de «los militares con gorra roja», en referencia a las Fuerzas Regulares, —aseguran que por la noche, en callejones y cuando no hay cámaras, les rompen móviles—, dicen que la comida no es suficiente. «Menor», dice uno de ellos mientras se señala y muestra su DNI, «y no me dan comida allí», mientras señala una playa en la que continúa el reparto. «No hay suficiente comida. Tienes que echar varias horas en el sol y de tan poca porción», denuncia el criado en Andalucía. Así que ellos, con bolsas blancas parecidas pero medio rotas, han robado comida de la basura. Esta noche, si no cambia su suerte, esa será su cena.
Una treintena se aísla de los miles que, en fila, recogen su bolsa. Las miran, las piden, se llevan una mano a la boca para mostrar sin palabras que tienen hambre. «Cada día sois más, no da para todos, es que no da», trata de … explicarles uno de los policías desplegados en el reparto de alimentos de la Cruz Roja, que se aposenta frente a su sombra para impedir su paso. Cada tarde, desde hace días, miles de inmigrantes marroquís reciben comida en la playa de El Trampolín. Y de todo reparto se desprende un mundo, un movimiento. Está el de los muchos que lo consiguen, el de quienes llegan tarde y el de los que ni siquiera lo intentan.
A las cuatro de la tarde, cartones protegen del sol a cientos de cabezas en una playa que primero acogió subsaharianos y, tras su marcha a campamentos, es asentamiento de marroquís. El reloj anuncia que todavía quedan tres horas para que lleguen los camiones que llevan a los inmigrantes, pero nadie lo diría porque centenares de ellos los esperan como si estuviesen a punto de girar la esquina. «Nos organizamos nosotros para que la Policía no tenga que hacerlo», cuenta uno de ellos. Come primero el que primero llega, así que discuten los sitios a voces, con aspavientos, pero no llegan a la trifulca. Mantienen un orden relativo aunque algunos intentan colarse hasta que ellos mismos delimitan, con un precinto policial que ahí quedó como residuo, una línea que prioriza a los delanteros.
Así aguardan a la llegada de la Policía, a la que aplauden en su aparición. Los ven y todos corren para ser beneficiarios del siguiente sitio, hasta encontrar un espacio en un suelo de diminutas piedras. Más tarde, son tres camiones los que, al descubierto, traen el alimento que ansían. Uno casi por entero de agua, otro con cartones de leche rojos. Hay también pan, atún, queso y galletas. Su llegada, a diferencia de la policial, no genera ningún revuelo.
Noticia relacionada
La policía los divide en grupos pequeños, más controlables, en función de si son mujeres, menores u hombres, aunque conforma este último perfil la vasta mayoría. Entre ellas, hay mujeres con niños de unos seis años que caminan alrededor de una hora para llegar a esta ayuda, desde las naves del polígono industrial de El Tarajal en el que se alojan. Allí, dicen, no están bien.
Primero se agachan en cuclillas, luego se sientan, meten la cabeza entre las piernas. Pasadas las cinco pero sobre todo cuando llegan las seis, la playa es un constante trasiego. Toda la tarde hay quienes quieren colarse. «Que cuántas veces te voy a decir que no», les dicen los policías. Aunque no entienden el idioma, el tono es universal. Y suena el rezo por los altavoces y ellos no se agachan.
Comida de la basura
La Cruz Roja reanudó el pasado miércoles el reparto de alimentos tras el traslado de los subsaharianos a uno de los campamentos temporales que se han habilitado para su estancia. Regresaron después y la limpieza de la playa, todavía con un fuerte olor y suciedad, se suspendió momentáneamente para después ser compaginada con la nueva estancia. Se atribuyó, de manera oficial, el regreso a la intención de recuperar pertenencias personales que quedaron en el lugar, pero cada tarde acuden aquí muchos solo con el objetivo de compartir una comida.
Cuando la consiguen, transportan sus bolsas fuera de El Trampolín. Sus horas discurren también en ella, se cortan el pelo y duermen, pero la cena la toman fuera. Algunos lo hacen en otra playa cercana, más pequeña, en la que también hay contadas tiendas de campañas y pequeñas chabolas. Otros se dirigen a distintas calles, o simplemente se tiran sobre la acera para ingerir lo conseguido.
Donde todos comen, caminan dos hombres que no han cenado. Uno de ellos, de un español casi perfecto, se crio en Andalucía antes de volver a Marruecos. Rápidamente, más de una decena de hombres se congregan en torno a él, mostrando sus piernas y brazos heridos. Después de denunciar malos tratos de «los militares con gorra roja», en referencia a las Fuerzas Regulares, —aseguran que por la noche, en callejones y cuando no hay cámaras, les rompen móviles—, dicen que la comida no es suficiente.
«Menor», dice uno de ellos mientras se señala y muestra su DNI, «y no me dan comida allí», mientras señala una playa en la que continúa el reparto. «No hay suficiente comida. Tienes que echar varias horas en el sol y de tan poca porción», denuncia el criado en Andalucía. Así que ellos, con bolsas blancas parecidas pero medio rotas, han robado comida de la basura. Esta noche, si no cambia su suerte, esa será su cena.
RSS de noticias de espana

