Quejas, quejas, quejas. Nada más encender el transistor el día nos ofrece una panoplia de disculpas con las que amargarnos. Como buenos europeos, recogemos todas ellas con extremado cuidado y las rumiamos mientras nos montamos en el coche con los niños atados a la silla de seguridad. El mundo se acaba, la democracia se hunde, nuestros hijos vivirán en un planeta sin árboles y hasta sin personas. Nuestro nivel de insatisfacción se recoge en sesudas encuestas y hasta en grupos de whatssap que nos reafirman en todas nuestras cuitas sin importar la trascendencia de las mismas. Todos tenemos derecho a ser víctimas de algo aunque sea de nosotros mismos. Nos ocupamos y nos preocupamos por lo respingón de nuestro trasero o porque nuestro perro está deprimido y rápidamente un experto confirma la profundidad de nuestro desvelo, nos da la razón, «ya te lo decía yo, lo mío es grave». La radio clama con furia que estábamos en lo cierto, nuestra vida es un calvario y, además, alguien tiene la culpa. No hemos llegado al «madrugadores» y ya tenemos claro nuestro «sino». Europa es así, un espacio desagradecido en el que nos olvidamos sin rubor de nuestra verdadera condición, de lo privilegiados que somos por vivir aquí. En el mismo colegio ya podemos deprimirnos porque hay muchos críos en el aula o porque hay pocos, es lo que tiene no reparar en que lo que hay es un colegio. Si el profesor grita a los alumnos o lo hace poco también es motivo de pugna. La denuncia, la protesta, la queja… están ahí delante para que nosotros la cojamos y hagamos de ella nuestra capa de superhéroe. Una vez dejamos a los niños en el colegio con la seguridad de que allí estarán bien nos encaminamos al trabajo. Muchas horas, pocas horas, conciliación o no conciliación, la veda vuelve a abrirse y pronto podremos añadir otra muesca a nuestro revólver. Son las ocho y ya nos hemos enrolado en siete causas por las que luchar o, al menos, con las que agriarnos la vida. Somos así, somos europeos y se nos nota. A la hora del café las piezas a abatir se multiplican. Gluten, lactosa o transgénicos desbordan la barra de la cafetería junto a tostas de guacamole y pinchos de tortilla. Lo del pincho de tortilla podría ser lo único indiscutible pero, al parecer, el problema es que lleva huevo. Lo que está claro es que todo es culpa del Gobierno o, mejor aún, de la Unión Europea. Políticas verdes o grises, inmigración o mafia, guerra o paz. Bruselas sirve para todo, es el comodín que todo lo encaja y del que todo el mundo reniega. Los unos por rojos y los otros por fachas, Von Der Layen y Costa debieran cobrar no por su trabajo sino por lo a gusto que se queda la gente cuando les endosa hasta la muerte de Manolete. Unos dicen que somos unos pusilánimes y que mas nos valdría parecernos a Trump a Putin o a Xi Jinpin mientras los otros piden que nos salgamos de la OTAN y que llenemos el mundo de corazones. Quejas y más quejas de unos tipos que somos unos privilegiados, que no queremos reconocer que ser europeo es un privilegio indiscutible por mucho que metamos la pata. No importa de qué lado nos pongamos, lo importante es que aquí se puede elegir y se puede elegir no por los grandes edificios de la UE sino porque nuestra cultura más honda nos lo permite. Somos europeos y eso nos hace tan únicos como vulnerables. La cuestión está en elegir entre quejarse o darse cuenta de todo lo que tenemos aunque, en ocasiones, ese sea nuestro talón de Aquiles. Quejas, quejas, quejas. Nada más encender el transistor el día nos ofrece una panoplia de disculpas con las que amargarnos. Como buenos europeos, recogemos todas ellas con extremado cuidado y las rumiamos mientras nos montamos en el coche con los niños atados a la silla de seguridad. El mundo se acaba, la democracia se hunde, nuestros hijos vivirán en un planeta sin árboles y hasta sin personas. Nuestro nivel de insatisfacción se recoge en sesudas encuestas y hasta en grupos de whatssap que nos reafirman en todas nuestras cuitas sin importar la trascendencia de las mismas. Todos tenemos derecho a ser víctimas de algo aunque sea de nosotros mismos. Nos ocupamos y nos preocupamos por lo respingón de nuestro trasero o porque nuestro perro está deprimido y rápidamente un experto confirma la profundidad de nuestro desvelo, nos da la razón, «ya te lo decía yo, lo mío es grave». La radio clama con furia que estábamos en lo cierto, nuestra vida es un calvario y, además, alguien tiene la culpa. No hemos llegado al «madrugadores» y ya tenemos claro nuestro «sino». Europa es así, un espacio desagradecido en el que nos olvidamos sin rubor de nuestra verdadera condición, de lo privilegiados que somos por vivir aquí. En el mismo colegio ya podemos deprimirnos porque hay muchos críos en el aula o porque hay pocos, es lo que tiene no reparar en que lo que hay es un colegio. Si el profesor grita a los alumnos o lo hace poco también es motivo de pugna. La denuncia, la protesta, la queja… están ahí delante para que nosotros la cojamos y hagamos de ella nuestra capa de superhéroe. Una vez dejamos a los niños en el colegio con la seguridad de que allí estarán bien nos encaminamos al trabajo. Muchas horas, pocas horas, conciliación o no conciliación, la veda vuelve a abrirse y pronto podremos añadir otra muesca a nuestro revólver. Son las ocho y ya nos hemos enrolado en siete causas por las que luchar o, al menos, con las que agriarnos la vida. Somos así, somos europeos y se nos nota. A la hora del café las piezas a abatir se multiplican. Gluten, lactosa o transgénicos desbordan la barra de la cafetería junto a tostas de guacamole y pinchos de tortilla. Lo del pincho de tortilla podría ser lo único indiscutible pero, al parecer, el problema es que lleva huevo. Lo que está claro es que todo es culpa del Gobierno o, mejor aún, de la Unión Europea. Políticas verdes o grises, inmigración o mafia, guerra o paz. Bruselas sirve para todo, es el comodín que todo lo encaja y del que todo el mundo reniega. Los unos por rojos y los otros por fachas, Von Der Layen y Costa debieran cobrar no por su trabajo sino por lo a gusto que se queda la gente cuando les endosa hasta la muerte de Manolete. Unos dicen que somos unos pusilánimes y que mas nos valdría parecernos a Trump a Putin o a Xi Jinpin mientras los otros piden que nos salgamos de la OTAN y que llenemos el mundo de corazones. Quejas y más quejas de unos tipos que somos unos privilegiados, que no queremos reconocer que ser europeo es un privilegio indiscutible por mucho que metamos la pata. No importa de qué lado nos pongamos, lo importante es que aquí se puede elegir y se puede elegir no por los grandes edificios de la UE sino porque nuestra cultura más honda nos lo permite. Somos europeos y eso nos hace tan únicos como vulnerables. La cuestión está en elegir entre quejarse o darse cuenta de todo lo que tenemos aunque, en ocasiones, ese sea nuestro talón de Aquiles.
Quejas, quejas, quejas. Nada más encender el transistor el día nos ofrece una panoplia de disculpas con las que amargarnos. Como buenos europeos, recogemos todas ellas con extremado cuidado y las rumiamos mientras nos montamos en el coche con los niños atados a la silla … de seguridad. El mundo se acaba, la democracia se hunde, nuestros hijos vivirán en un planeta sin árboles y hasta sin personas. Nuestro nivel de insatisfacción se recoge en sesudas encuestas y hasta en grupos de whatssap que nos reafirman en todas nuestras cuitas sin importar la trascendencia de las mismas. Todos tenemos derecho a ser víctimas de algo aunque sea de nosotros mismos. Nos ocupamos y nos preocupamos por lo respingón de nuestro trasero o porque nuestro perro está deprimido y rápidamente un experto confirma la profundidad de nuestro desvelo, nos da la razón, «ya te lo decía yo, lo mío es grave». La radio clama con furia que estábamos en lo cierto, nuestra vida es un calvario y, además, alguien tiene la culpa.
No hemos llegado al «madrugadores» y ya tenemos claro nuestro «sino». Europa es así, un espacio desagradecido en el que nos olvidamos sin rubor de nuestra verdadera condición, de lo privilegiados que somos por vivir aquí. En el mismo colegio ya podemos deprimirnos porque hay muchos críos en el aula o porque hay pocos, es lo que tiene no reparar en que lo que hay es un colegio. Si el profesor grita a los alumnos o lo hace poco también es motivo de pugna. La denuncia, la protesta, la queja… están ahí delante para que nosotros la cojamos y hagamos de ella nuestra capa de superhéroe. Una vez dejamos a los niños en el colegio con la seguridad de que allí estarán bien nos encaminamos al trabajo. Muchas horas, pocas horas, conciliación o no conciliación, la veda vuelve a abrirse y pronto podremos añadir otra muesca a nuestro revólver. Son las ocho y ya nos hemos enrolado en siete causas por las que luchar o, al menos, con las que agriarnos la vida. Somos así, somos europeos y se nos nota.
A la hora del café las piezas a abatir se multiplican. Gluten, lactosa o transgénicos desbordan la barra de la cafetería junto a tostas de guacamole y pinchos de tortilla. Lo del pincho de tortilla podría ser lo único indiscutible pero, al parecer, el problema es que lleva huevo. Lo que está claro es que todo es culpa del Gobierno o, mejor aún, de la Unión Europea. Políticas verdes o grises, inmigración o mafia, guerra o paz. Bruselas sirve para todo, es el comodín que todo lo encaja y del que todo el mundo reniega. Los unos por rojos y los otros por fachas, Von Der Layen y Costa debieran cobrar no por su trabajo sino por lo a gusto que se queda la gente cuando les endosa hasta la muerte de Manolete. Unos dicen que somos unos pusilánimes y que mas nos valdría parecernos a Trump a Putin o a Xi Jinpin mientras los otros piden que nos salgamos de la OTAN y que llenemos el mundo de corazones.
Quejas y más quejas de unos tipos que somos unos privilegiados, que no queremos reconocer que ser europeo es un privilegio indiscutible por mucho que metamos la pata. No importa de qué lado nos pongamos, lo importante es que aquí se puede elegir y se puede elegir no por los grandes edificios de la UE sino porque nuestra cultura más honda nos lo permite. Somos europeos y eso nos hace tan únicos como vulnerables. La cuestión está en elegir entre quejarse o darse cuenta de todo lo que tenemos aunque, en ocasiones, ese sea nuestro talón de Aquiles.
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