El acceso al parking abandonado del parque Javier de Miguel (en el distrito de Puente de Vallecas) es, simple y llanamente, un descenso a los infiernos. Para sortear el único agujero abierto hay que descolgarse por la barandilla de la antigua puerta de peatones, un obstáculo casi insalvable para cualquier desalojo con premura . Al dejar atrás la escalera, la oscuridad se cierne sobre la primera de las tres plantas construidas bajo suelo, a excepción de los halos de luz que penetran por las rejillas de ventilación. «Lo que hay debajo es casi imposible de ver», comenta Pedro, vecino de la conocida torre de San José, en alusión a los niveles -2 y -3 de un aparcamiento que nunca llegó a funcionar como tal.La amenaza en este gigante de asfalto y ceniza, okupado por al menos una quincena de personas sin hogar, es real: tres incendios en menos de un año, el último el pasado fin de semana, ponen de manifiesto el peligro de los que allí pernoctan. «Esto es una ratonera», resume Nati, otra residente del famoso torreón, consciente de la ingente cantidad de basura que asuela el espacio. Dentro, el olor a orín y a heces se multiplica en según qué partes del garaje, atestado de colchones, ropa esparcida, sillones desvencijados, butacas, bicicletas oxidadas, tendederos y una bombona de gas parcialmente calcinada. Pero eso no es todo.En algunos de los rincones, los habitantes han llegado a levantar verdaderos campamentos, con lonas y mantas que delimitan la privacidad de las infraviviendas. «Hubo un tiempo que había hasta niños viviendo, familias con hijos, y también algún perro», recuerdan los habituales del parque, sin entender el porqué de una situación prolongada durante más de una década. «Aquí llevan mucho tiempo, aunque en los últimos cinco años el ir y venir de gente ha subido mucho», añaden, convencidos de que el final de la pandemia trajo consigo este particular repunte.«Hubo un tiempo que había hasta niños viviendo, familias con hijos, y también algún perro», recuerdan los vecinosFechas al margen, lo cierto es que la insalubridad trae de cabeza a todos por igual. Los vecinos claman contra el abandono de la zona, mientras que los operarios de limpieza del Ayuntamiento de Madrid se ven obligados a redoblar esfuerzos para retirar los residuos y enseres de las zonas ajardinadas de la superficie. «Está todo hecho un asco, nos hemos encontrado excrementos humanos al sacar a los perros», subraya Nati, antes de proseguir su paseo matutino acompañada de sus dos fieles peludos. Si arriba el problema afecta al paisaje diario, la controversia debajo se amplía a múltiples frentes.«Hay chavales que vienen de los institutos cercanos y bajan a la aventura», comenta Pedro, quien no es la primera vez que impide a estos adolescentes completar su incursión. «Sobre todo porque no saben lo que se van a encontrar. Igual hay personas durmiendo a las que no les hace gracia que estén destrozando lo que sea y se pueden rebotar», aclara, toda vez que desde su ventana ha visto alguna que otra pelea entre moradores del aparcamiento. Bien lo sabe Julián, un hombre rumano de 57 años que hace las veces de improvisado guardián.El conducto de ventilación, totalmente arrancado; en las fotos inferiores, una de las chabolas levantadas bajo tierra y el hueco por el que se accede al parking. José Ramón LadraAunque su chamizo, construido por el mismo con tablones de madera, es independiente respecto al parking, no es óbice para conocer al dedillo lo que al otro lado de la pared acontece. Lleva ocho años en la esquina que conecta las calles Puerto del Milagro y Puerto de Costabona, justo donde fue levantada la entrada de vehículos. Pero a diferencia del resto de habitantes, Julián se quedó en la parte exterior de la tapia, para tranquilidad de un vecindario que con el que ha entablado una relación de confianza. «Cuando hay robos en los coches, él nos avisa», coinciden los consultados, sin querer estigmatizar a ninguno de los chabolistas. «No criminalizamos a las personas que viven ahí, al revés, lo que pedimos es que se les dé una solución habitacional», subraya a ABC la presidenta de la asociación vecinal de Palomeras Bajas, Almudena Jiménez. «Nosotros en la reuniones que mantenemos periódicamente con los concejales del distrito se lo hemos comunicado. Y ya no solo el abandono del parking, sino también el del parque situado justo encima», prosigue, convencida de que esta semana los operarios municipales han desbrozado y recogido sacos y sacos de basura de las zonas verdes a raíz del revuelo mediático surgido.Construido por el IvimaNo obstante, tanto ella como los inquilinos de la torre de San José aseguran que el aparcamiento fue diseñado hace tres décadas por el antiguo Ivima (la actual Agencia de Vivienda Social de la Comunidad de Madrid). «Lo construyeron junto al edificio, pero un problema con la licencia provocó que no se pusiera en funcionamiento», añaden, lo que a la postre supuso el principio del fin. Todos en la zona piden una intervención urgente, «sea quien sea» el actual responsable del espacio. A las espera de unas medidas disuasorias que no llegan, la realidad dicta que los asentamientos en el enclave subterráneo se extienden desde hace años, con picos de hasta 40 personas metidas. El último sábado, cuando se desataron las llamas a eso de las siete de la tarde, una quincena de ellas tuvo que escapar a la carrera por el hueco de la barandilla. Aunque por suerte nadie resultó herido, el humo salía a espuertas por las rejillas de ventilación, haciendo necesaria la intervención de hasta cinco dotaciones de bomberos. Un trance que Julián vivió en sus propias carnes, al tener que escapar de su rincón junto a su compañero de fatigas, un chileno llamado Jorge.Los asentamientos en el enclave subterráneo se extienden desde hace años, con picos de hasta 40 personas metidas«El fuego no llegó, pero sí que se llenó de humo», rememora, al otro lado del cerramiento que ha levantado para estar a resguardo de las inclemencias meteorológicas. «Al principio puse lonas, pero un día vino un camión y se llevó todo, así que poco a poco tuve que volver a empezar», cuenta. La tarea no fue fácil, más si cabe, con una pandemia entre medias y un temporal de nieve jamás vivido. Cuando pasó lo de Filomena, el manto blanco caído sobre la capital superaba la altura de sus rodillas, lo que hacía prácticamente imposible el acceso a su hogar.Un lugar que Julián y Jorge han acondicionado con un baño enganchado a un viejo canalón, dos camas, cocina de gas y un comedero para un gato al que un día rescataron de morir atropellado. Para lavar la ropa acuden a una lavandería cercana, y a diferencia de otros vecinos de infraestructura, ninguno de los dos se dedica a la venta de chatarra. «Soy reformista, estuve muchos años trabajando con contrato, pero ahora no todo el mundo me paga», aclara el rumano, ajeno actualmente a cualquier tipo de ayuda. Si recibe dinero por algún trabajo, aprovecha para hacer acopio de alimentos, fiel reflejo de lo que supone sobrevivir tantos años en la calle. El acceso al parking abandonado del parque Javier de Miguel (en el distrito de Puente de Vallecas) es, simple y llanamente, un descenso a los infiernos. Para sortear el único agujero abierto hay que descolgarse por la barandilla de la antigua puerta de peatones, un obstáculo casi insalvable para cualquier desalojo con premura . Al dejar atrás la escalera, la oscuridad se cierne sobre la primera de las tres plantas construidas bajo suelo, a excepción de los halos de luz que penetran por las rejillas de ventilación. «Lo que hay debajo es casi imposible de ver», comenta Pedro, vecino de la conocida torre de San José, en alusión a los niveles -2 y -3 de un aparcamiento que nunca llegó a funcionar como tal.La amenaza en este gigante de asfalto y ceniza, okupado por al menos una quincena de personas sin hogar, es real: tres incendios en menos de un año, el último el pasado fin de semana, ponen de manifiesto el peligro de los que allí pernoctan. «Esto es una ratonera», resume Nati, otra residente del famoso torreón, consciente de la ingente cantidad de basura que asuela el espacio. Dentro, el olor a orín y a heces se multiplica en según qué partes del garaje, atestado de colchones, ropa esparcida, sillones desvencijados, butacas, bicicletas oxidadas, tendederos y una bombona de gas parcialmente calcinada. Pero eso no es todo.En algunos de los rincones, los habitantes han llegado a levantar verdaderos campamentos, con lonas y mantas que delimitan la privacidad de las infraviviendas. «Hubo un tiempo que había hasta niños viviendo, familias con hijos, y también algún perro», recuerdan los habituales del parque, sin entender el porqué de una situación prolongada durante más de una década. «Aquí llevan mucho tiempo, aunque en los últimos cinco años el ir y venir de gente ha subido mucho», añaden, convencidos de que el final de la pandemia trajo consigo este particular repunte.«Hubo un tiempo que había hasta niños viviendo, familias con hijos, y también algún perro», recuerdan los vecinosFechas al margen, lo cierto es que la insalubridad trae de cabeza a todos por igual. Los vecinos claman contra el abandono de la zona, mientras que los operarios de limpieza del Ayuntamiento de Madrid se ven obligados a redoblar esfuerzos para retirar los residuos y enseres de las zonas ajardinadas de la superficie. «Está todo hecho un asco, nos hemos encontrado excrementos humanos al sacar a los perros», subraya Nati, antes de proseguir su paseo matutino acompañada de sus dos fieles peludos. Si arriba el problema afecta al paisaje diario, la controversia debajo se amplía a múltiples frentes.«Hay chavales que vienen de los institutos cercanos y bajan a la aventura», comenta Pedro, quien no es la primera vez que impide a estos adolescentes completar su incursión. «Sobre todo porque no saben lo que se van a encontrar. Igual hay personas durmiendo a las que no les hace gracia que estén destrozando lo que sea y se pueden rebotar», aclara, toda vez que desde su ventana ha visto alguna que otra pelea entre moradores del aparcamiento. Bien lo sabe Julián, un hombre rumano de 57 años que hace las veces de improvisado guardián.El conducto de ventilación, totalmente arrancado; en las fotos inferiores, una de las chabolas levantadas bajo tierra y el hueco por el que se accede al parking. José Ramón LadraAunque su chamizo, construido por el mismo con tablones de madera, es independiente respecto al parking, no es óbice para conocer al dedillo lo que al otro lado de la pared acontece. Lleva ocho años en la esquina que conecta las calles Puerto del Milagro y Puerto de Costabona, justo donde fue levantada la entrada de vehículos. Pero a diferencia del resto de habitantes, Julián se quedó en la parte exterior de la tapia, para tranquilidad de un vecindario que con el que ha entablado una relación de confianza. «Cuando hay robos en los coches, él nos avisa», coinciden los consultados, sin querer estigmatizar a ninguno de los chabolistas. «No criminalizamos a las personas que viven ahí, al revés, lo que pedimos es que se les dé una solución habitacional», subraya a ABC la presidenta de la asociación vecinal de Palomeras Bajas, Almudena Jiménez. «Nosotros en la reuniones que mantenemos periódicamente con los concejales del distrito se lo hemos comunicado. Y ya no solo el abandono del parking, sino también el del parque situado justo encima», prosigue, convencida de que esta semana los operarios municipales han desbrozado y recogido sacos y sacos de basura de las zonas verdes a raíz del revuelo mediático surgido.Construido por el IvimaNo obstante, tanto ella como los inquilinos de la torre de San José aseguran que el aparcamiento fue diseñado hace tres décadas por el antiguo Ivima (la actual Agencia de Vivienda Social de la Comunidad de Madrid). «Lo construyeron junto al edificio, pero un problema con la licencia provocó que no se pusiera en funcionamiento», añaden, lo que a la postre supuso el principio del fin. Todos en la zona piden una intervención urgente, «sea quien sea» el actual responsable del espacio. A las espera de unas medidas disuasorias que no llegan, la realidad dicta que los asentamientos en el enclave subterráneo se extienden desde hace años, con picos de hasta 40 personas metidas. El último sábado, cuando se desataron las llamas a eso de las siete de la tarde, una quincena de ellas tuvo que escapar a la carrera por el hueco de la barandilla. Aunque por suerte nadie resultó herido, el humo salía a espuertas por las rejillas de ventilación, haciendo necesaria la intervención de hasta cinco dotaciones de bomberos. Un trance que Julián vivió en sus propias carnes, al tener que escapar de su rincón junto a su compañero de fatigas, un chileno llamado Jorge.Los asentamientos en el enclave subterráneo se extienden desde hace años, con picos de hasta 40 personas metidas«El fuego no llegó, pero sí que se llenó de humo», rememora, al otro lado del cerramiento que ha levantado para estar a resguardo de las inclemencias meteorológicas. «Al principio puse lonas, pero un día vino un camión y se llevó todo, así que poco a poco tuve que volver a empezar», cuenta. La tarea no fue fácil, más si cabe, con una pandemia entre medias y un temporal de nieve jamás vivido. Cuando pasó lo de Filomena, el manto blanco caído sobre la capital superaba la altura de sus rodillas, lo que hacía prácticamente imposible el acceso a su hogar.Un lugar que Julián y Jorge han acondicionado con un baño enganchado a un viejo canalón, dos camas, cocina de gas y un comedero para un gato al que un día rescataron de morir atropellado. Para lavar la ropa acuden a una lavandería cercana, y a diferencia de otros vecinos de infraestructura, ninguno de los dos se dedica a la venta de chatarra. «Soy reformista, estuve muchos años trabajando con contrato, pero ahora no todo el mundo me paga», aclara el rumano, ajeno actualmente a cualquier tipo de ayuda. Si recibe dinero por algún trabajo, aprovecha para hacer acopio de alimentos, fiel reflejo de lo que supone sobrevivir tantos años en la calle.
El acceso al parking abandonado del parque Javier de Miguel (en el distrito de Puente de Vallecas) es, simple y llanamente, un descenso a los infiernos. Para sortear el único agujero abierto hay que descolgarse por la barandilla de la antigua puerta de peatones, un … obstáculo casi insalvable para cualquier desalojo con premura. Al dejar atrás la escalera, la oscuridad se cierne sobre la primera de las tres plantas construidas bajo suelo, a excepción de los halos de luz que penetran por las rejillas de ventilación. «Lo que hay debajo es casi imposible de ver», comenta Pedro, vecino de la conocida torre de San José, en alusión a los niveles -2 y -3 de un aparcamiento que nunca llegó a funcionar como tal.
La amenaza en este gigante de asfalto y ceniza, okupado por al menos una quincena de personas sin hogar, es real: tres incendios en menos de un año, el último el pasado fin de semana, ponen de manifiesto el peligro de los que allí pernoctan. «Esto es una ratonera», resume Nati, otra residente del famoso torreón, consciente de la ingente cantidad de basura que asuela el espacio. Dentro, el olor a orín y a heces se multiplica en según qué partes del garaje, atestado de colchones, ropa esparcida, sillones desvencijados, butacas, bicicletas oxidadas, tendederos y una bombona de gas parcialmente calcinada. Pero eso no es todo.
En algunos de los rincones, los habitantes han llegado a levantar verdaderos campamentos, con lonas y mantas que delimitan la privacidad de las infraviviendas. «Hubo un tiempo que había hasta niños viviendo, familias con hijos, y también algún perro», recuerdan los habituales del parque, sin entender el porqué de una situación prolongada durante más de una década. «Aquí llevan mucho tiempo, aunque en los últimos cinco años el ir y venir de gente ha subido mucho», añaden, convencidos de que el final de la pandemia trajo consigo este particular repunte.
«Hubo un tiempo que había hasta niños viviendo, familias con hijos, y también algún perro», recuerdan los vecinos
Fechas al margen, lo cierto es que la insalubridad trae de cabeza a todos por igual. Los vecinos claman contra el abandono de la zona, mientras que los operarios de limpieza del Ayuntamiento de Madrid se ven obligados a redoblar esfuerzos para retirar los residuos y enseres de las zonas ajardinadas de la superficie. «Está todo hecho un asco, nos hemos encontrado excrementos humanos al sacar a los perros», subraya Nati, antes de proseguir su paseo matutino acompañada de sus dos fieles peludos. Si arriba el problema afecta al paisaje diario, la controversia debajo se amplía a múltiples frentes.
«Hay chavales que vienen de los institutos cercanos y bajan a la aventura», comenta Pedro, quien no es la primera vez que impide a estos adolescentes completar su incursión. «Sobre todo porque no saben lo que se van a encontrar. Igual hay personas durmiendo a las que no les hace gracia que estén destrozando lo que sea y se pueden rebotar», aclara, toda vez que desde su ventana ha visto alguna que otra pelea entre moradores del aparcamiento. Bien lo sabe Julián, un hombre rumano de 57 años que hace las veces de improvisado guardián.
(José Ramón Ladra)
Aunque su chamizo, construido por el mismo con tablones de madera, es independiente respecto al parking, no es óbice para conocer al dedillo lo que al otro lado de la pared acontece. Lleva ocho años en la esquina que conecta las calles Puerto del Milagro y Puerto de Costabona, justo donde fue levantada la entrada de vehículos. Pero a diferencia del resto de habitantes, Julián se quedó en la parte exterior de la tapia, para tranquilidad de un vecindario que con el que ha entablado una relación de confianza. «Cuando hay robos en los coches, él nos avisa», coinciden los consultados, sin querer estigmatizar a ninguno de los chabolistas.
«No criminalizamos a las personas que viven ahí, al revés, lo que pedimos es que se les dé una solución habitacional», subraya a ABC la presidenta de la asociación vecinal de Palomeras Bajas, Almudena Jiménez. «Nosotros en la reuniones que mantenemos periódicamente con los concejales del distrito se lo hemos comunicado. Y ya no solo el abandono del parking, sino también el del parque situado justo encima», prosigue, convencida de que esta semana los operarios municipales han desbrozado y recogido sacos y sacos de basura de las zonas verdes a raíz del revuelo mediático surgido.
Construido por el Ivima
No obstante, tanto ella como los inquilinos de la torre de San José aseguran que el aparcamiento fue diseñado hace tres décadas por el antiguo Ivima (la actual Agencia de Vivienda Social de la Comunidad de Madrid). «Lo construyeron junto al edificio, pero un problema con la licencia provocó que no se pusiera en funcionamiento», añaden, lo que a la postre supuso el principio del fin. Todos en la zona piden una intervención urgente, «sea quien sea» el actual responsable del espacio.
A las espera de unas medidas disuasorias que no llegan, la realidad dicta que los asentamientos en el enclave subterráneo se extienden desde hace años, con picos de hasta 40 personas metidas. El último sábado, cuando se desataron las llamas a eso de las siete de la tarde, una quincena de ellas tuvo que escapar a la carrera por el hueco de la barandilla. Aunque por suerte nadie resultó herido, el humo salía a espuertas por las rejillas de ventilación, haciendo necesaria la intervención de hasta cinco dotaciones de bomberos. Un trance que Julián vivió en sus propias carnes, al tener que escapar de su rincón junto a su compañero de fatigas, un chileno llamado Jorge.
Los asentamientos en el enclave subterráneo se extienden desde hace años, con picos de hasta 40 personas metidas
«El fuego no llegó, pero sí que se llenó de humo», rememora, al otro lado del cerramiento que ha levantado para estar a resguardo de las inclemencias meteorológicas. «Al principio puse lonas, pero un día vino un camión y se llevó todo, así que poco a poco tuve que volver a empezar», cuenta. La tarea no fue fácil, más si cabe, con una pandemia entre medias y un temporal de nieve jamás vivido. Cuando pasó lo de Filomena, el manto blanco caído sobre la capital superaba la altura de sus rodillas, lo que hacía prácticamente imposible el acceso a su hogar.
Un lugar que Julián y Jorge han acondicionado con un baño enganchado a un viejo canalón, dos camas, cocina de gas y un comedero para un gato al que un día rescataron de morir atropellado. Para lavar la ropa acuden a una lavandería cercana, y a diferencia de otros vecinos de infraestructura, ninguno de los dos se dedica a la venta de chatarra. «Soy reformista, estuve muchos años trabajando con contrato, pero ahora no todo el mundo me paga», aclara el rumano, ajeno actualmente a cualquier tipo de ayuda. Si recibe dinero por algún trabajo, aprovecha para hacer acopio de alimentos, fiel reflejo de lo que supone sobrevivir tantos años en la calle.
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