No nos conocemos mucho aún, pero nadie imaginaría que esta columna se llamase Estadio Banorte . Ese es el nombre oficial, por motivos comerciales, después de su reforma, del Estadio Azteca, conocido por sus vecinos también como el coloso de Santa Úrsula. Al rebautizarlo ha perdido su mística, le han desposeído de su fama y le han robado un pedazo de su leyenda. Allí se coronaron Pelé en 1970 y Maradona en 1986 y allí estrenó España su primera estrella en el 2010, entre otras muchas hazañas.
No nos conocemos mucho aún, pero nadie imaginaría que esta columna se llamase Estadio Banorte . Ese es el nombre oficial, por motivos comerciales, después de su reforma, del Estadio Azteca, conocido por sus vecinos también como el coloso de Santa Úrsula. Al rebautizarlo ha perdido su mística, le han desposeído de su fama y le han robado un pedazo de su leyenda. Allí se coronaron Pelé en 1970 y Maradona en 1986 y allí estrenó España su primera estrella en el 2010, entre otras muchas hazañas.Seguir leyendo…
No nos conocemos mucho aún, pero nadie imaginaría que esta columna se llamase Estadio Banorte . Ese es el nombre oficial, por motivos comerciales, después de su reforma, del Estadio Azteca, conocido por sus vecinos también como el coloso de Santa Úrsula. Al rebautizarlo ha perdido su mística, le han desposeído de su fama y le han robado un pedazo de su leyenda. Allí se coronaron Pelé en 1970 y Maradona en 1986 y allí estrenó España su primera estrella en el 2010, entre otras muchas hazañas.
Evidentemente, para los aficionados, los locales y los mundiales, siempre será el Azteca. Pero, shhhh, chitón, no se lo digan a los de los naming rights.
En el fútbol, está mal visto cambiar de equipo e incluso se retiran por petición popular propuestas de modificar escudos.
Por eso suceden algunas historias que parecen sacadas de películas de Hollywood. El Lleida CF, heredero sentimental de la Unió Esportiva y abandonado por las instituciones, debutó a principios de octubre en Cuarta Catalana. Debido a un movimiento de resistencia ya tiene unos 4.000 socios. Y subiendo.
Un fenómeno parecido se vive en Francia con el Girondins de Burdeos, que fue más grande todavía. En los ochenta ganó tres ligas con Battiston, Tigana, Giresse y Lacombe, en los noventa alucinaron con Zidane, y en el 2009 rompió una racha de siete campeonatos seguidos del Lyon (antes de que Qatar comprase al PSG). Al Girondins lo llevaron a la quiebra, lo dejaron a su merced, pero no lo enterraron. Ha resurgido de sus cenizas en sexta categoría. 450 aficionados le siguieron hasta Bayona, donde ganó su primer partido.
Pero el sentimiento de pertenencia no es nuevo, no aparece solo en los días del síndrome FOMO o del odio al fútbol moderno. El otro día me encontré una tabla de asistencia a los estadios ingleses de la temporada 1977-78. Más de 11.000 espectadores iban a ver al Watford a Vicarage Road en cuarta división, muy lejos de las estrellas pese a que Elton John acababa de comprar el club, mientras que 8.000 almas se acercaban de media a animar al Brentford y al Swansea City, respectivamente.
No hay nada como que te englobe esa energía de conectarte con tus raíces. Jamie Vardy se sintió como en casa en Leicester, donde jugó 13 temporadas, marcó 200 goles y ganó la Premier League. Tras un curso en el Cremonese (no pudo salvarlo, demasiado lejos para él), con 39 años ha regresado a Inglaterra para jugar en el Burnley, del Championship, también cerca de su Sheffield natal. Ya ha marcado un gol. Hay cosas que nunca fallan. El fútbol siempre consigue reconciliarte con quien fuiste, eres y serás.
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