Los evangélicos cuentan, con orgullo, que Galdós los menciona en su ‘Tristana’. En la novela, el escritor recorre el que fue el último barrio donde él también vivió (en una desaparecida casa de la calle de Hilarión Eslava), Chamberí, distrito madrileño de tradición entremezclada con retazos de una nueva modernidad. En él brota Trafalgar (casualmente, título de otra de las magnas obras del príncipe canario de la prosa, el primero de los ‘Episodios nacionales’, aunque sin referencia a este rincón madrileño); este barrio es conocido popularmente como Iglesia, por la parada de Metro que allí brota, cuyas calles parecen no saber el secreto que guarda. Separadas por distancias de entre dos y cuatro minutos, en él discurren las vidas de comunidades religiosas tan dispares como discretas. Judíos, evangélicos y budistas se congregan desde hace años en un barrio que, históricamente, ha sido conocido como conservador.Hace unos 20 años que en la misma zona existía también un centro islámico en lo que ahora es un bloque de edificios cualquiera. Si se disputasen la antigüedad, la iglesia evangélica de Hermanos Camino de Vida se haría con el galardón. Sus primeras piedras se pusieron en la clandestinidad, en 1947, en la calle de Quesada, cuando la dictadura franquista no permitía la libertad de culto. Por aquel entonces, era Chamberí un barrio en el que un misionero inglés compró una finca utilizando una empresa inglesa como tapadera. La suya es una de las primeras iglesias evangélicas de la capital.«Construye una capilla, una escuela, cosas bastante modestas, para extender el evangelio y atender al analfabetismo de la zona», cuenta Ramón Olivenza. «Incluso un consultorio médico», apunta Matías González. Ambos pertenecen al Consejo de Ancianos de esta iglesia, encargados de gestionar una comunidad carente de jerarquía. La jornada posterior a su inauguración, el espacio fue vandalizado y el interior apareció destrozado, un hecho que ha sucedido en más de una ocasión, inclusive en democracia.Aseguran que se financian solos y rechazan con efusión el dinero de gobiernos o instituciones. «Si algún día no podemos, rezaremos en la calle», sentencian. Entre los madrileños, todavía ven prejuicios, pues dicen que hay quien les asocia «a cosas muy raras que no tienen nada que ver». «Sobre todo, en ambientes católicos y muy conservadores, y este barrio lo es, hay una presión social leve. Hay cachondeito, en determinadas ocasiones cierto desprecio y un ambiente hostil que bien es verdad que está bajando», asegura Olivenza. Evangélicos los hay españoles y extranjeros a partes iguales, con gran presencia de latinos. Son unas 100 personas las que ahora acuden a su iglesia, aunque el énfasis de estas congregaciones no radica en aumentar su tamaño, sino en abrir otros templos. «La idea es expandirnos, pero no queremos macroiglesias como las de Estados Unidos», asegura González. De ese templo han salido otros cinco por Madrid. Retrato de Ramón Olivenza, miembro del Consejo de Ancianos de la Iglesia Evangélica de Chamberí, y el lugar vandalizado en 1975. Ignacio Gil / CedidasLas tres comunidades tratan de transmitir una imagen de apertura, aunque entre ellos no tienen más cercanía que la que otorga el conocerse. Aunque los evangélicos dicen de los judíos que son «una comunidad muy cerrada», los aludidos aseguran tener «mucho contacto en muchos actos». Su sinagoga, Bet Yaakov, en una apartada esquina de la calle de Balmes, permanece protegida por cámaras de seguridad y la presencia ocasional de la policía. Los controles de entrada son exhaustivos, según explican, especialmente a raíz del conflicto en Oriente Próximo. «Esto es algo que viene de atrás y ahora, lamentablemente, debido a las circunstancias actuales, hay que tener más precaución», cuenta Estrella Bengio, presidenta de la Comunidad Judía de Madrid.Hace seis años que el crecimiento en su comunidad es tan constante como estable. Son, sobre todo, familias y jóvenes extranjeros que encuentran en la capital española un hogar. Muestra palpable de este crecimiento es el colegio de la Comunidad Judía que se encuentra en Alcobendas, donde «el 40% de familias proceden de otros países». Son israelíes, franceses y latinos, entre otros. En días destacados, como el Yom Kipur, pueden llegar a reunirse, entre todas las sinagogas de Madrid, más de 1.500 personas. Estrella Bengio, presidenta de la Comunidad Judía de Madrid, en la sinagoga Bet Yaakov. Tania SieiraPara entrar en Bet Yaakov no hace falta ser judío, pero sí es necesario un registro «para que no suceda nada no deseado». Una luz teñida se cuela por las vidrieras e ilumina el espacio en el que pueden llegar a rezar hasta seiscientas personas juntas. Además, comparte infraestructura con un centro comunitario y el museo de una historia que ahora perpetúan los que cuando se creó la sinagoga eran tan solo unos niños. «Era el más cercano a los domicilios de las familias», cuenta Bengio, sobre la elección que se hizo entonces del lugar.No fue éste el criterio utilizado por los budistas de Taiwán cuando decidieron abrir un templo en Madrid. El de la calle de Juan de Austria cuenta años desde 2008, tras el cierre de otro más pequeño en la calle de Piamonte, en Chueca. Su mudanza a Trafalgar no fue fruto de la búsqueda de una localización según demanda, sino a mera logística. «De hecho, hay más católicos, pero el espacio es más amplio y adecuado que el anterior», asegura la maestra Jue Xin, a través de su traductor. De las otras dos religiones dista mucho el budismo, que linda con la filosofía. El templo Fo Guang Shan de Madrid, en sus raíces, pertenece a uno mucho mayor, una casa madre ubicada en Taiwán. Cuentan con sedes en casi todas las poblaciones del planeta, donde destinan los maestros que forman allí. La capital, por su calidad de poco conflictiva frente a otros destinos, tiene como enviadas a dos maestras, ya que son los hombres los que acuden a lugares de mayor riesgo.Maestra budista, durante un culto, en el templo de Chamberí. Belén DíazJue Xin ve en muchos madrileños personas con necesidades insatisfechas, preocupadas por la vida tanto como por la muerte, y quiere ayudar a una sociedad en la que no ha encontrado prejuicios hacia su confesión. Incluso compartieron con vecinos del barrio una ceremonia por los fallecidos en el accidente del AVE en Adamuz . La financiación inicial proviene de Taiwán, «pero cuando está funcionando todos los gastos vienen de donaciones de los budistas en España». Los sábados, jornada reservada para la oración conjunta, llegan a congregarse entre 30 y 50 personas.En sus confesiones, todos aseguran haber encontrado valores, soporte y una comunidad. Cierran la puerta de sus templos antes de volver a perderse en su interior. Olivenza, evangélico, asegura al término de la conversación: «¿Qué nos ha dado? La vida eterna». Los evangélicos cuentan, con orgullo, que Galdós los menciona en su ‘Tristana’. En la novela, el escritor recorre el que fue el último barrio donde él también vivió (en una desaparecida casa de la calle de Hilarión Eslava), Chamberí, distrito madrileño de tradición entremezclada con retazos de una nueva modernidad. En él brota Trafalgar (casualmente, título de otra de las magnas obras del príncipe canario de la prosa, el primero de los ‘Episodios nacionales’, aunque sin referencia a este rincón madrileño); este barrio es conocido popularmente como Iglesia, por la parada de Metro que allí brota, cuyas calles parecen no saber el secreto que guarda. Separadas por distancias de entre dos y cuatro minutos, en él discurren las vidas de comunidades religiosas tan dispares como discretas. Judíos, evangélicos y budistas se congregan desde hace años en un barrio que, históricamente, ha sido conocido como conservador.Hace unos 20 años que en la misma zona existía también un centro islámico en lo que ahora es un bloque de edificios cualquiera. Si se disputasen la antigüedad, la iglesia evangélica de Hermanos Camino de Vida se haría con el galardón. Sus primeras piedras se pusieron en la clandestinidad, en 1947, en la calle de Quesada, cuando la dictadura franquista no permitía la libertad de culto. Por aquel entonces, era Chamberí un barrio en el que un misionero inglés compró una finca utilizando una empresa inglesa como tapadera. La suya es una de las primeras iglesias evangélicas de la capital.«Construye una capilla, una escuela, cosas bastante modestas, para extender el evangelio y atender al analfabetismo de la zona», cuenta Ramón Olivenza. «Incluso un consultorio médico», apunta Matías González. Ambos pertenecen al Consejo de Ancianos de esta iglesia, encargados de gestionar una comunidad carente de jerarquía. La jornada posterior a su inauguración, el espacio fue vandalizado y el interior apareció destrozado, un hecho que ha sucedido en más de una ocasión, inclusive en democracia.Aseguran que se financian solos y rechazan con efusión el dinero de gobiernos o instituciones. «Si algún día no podemos, rezaremos en la calle», sentencian. Entre los madrileños, todavía ven prejuicios, pues dicen que hay quien les asocia «a cosas muy raras que no tienen nada que ver». «Sobre todo, en ambientes católicos y muy conservadores, y este barrio lo es, hay una presión social leve. Hay cachondeito, en determinadas ocasiones cierto desprecio y un ambiente hostil que bien es verdad que está bajando», asegura Olivenza. Evangélicos los hay españoles y extranjeros a partes iguales, con gran presencia de latinos. Son unas 100 personas las que ahora acuden a su iglesia, aunque el énfasis de estas congregaciones no radica en aumentar su tamaño, sino en abrir otros templos. «La idea es expandirnos, pero no queremos macroiglesias como las de Estados Unidos», asegura González. De ese templo han salido otros cinco por Madrid. Retrato de Ramón Olivenza, miembro del Consejo de Ancianos de la Iglesia Evangélica de Chamberí, y el lugar vandalizado en 1975. Ignacio Gil / CedidasLas tres comunidades tratan de transmitir una imagen de apertura, aunque entre ellos no tienen más cercanía que la que otorga el conocerse. Aunque los evangélicos dicen de los judíos que son «una comunidad muy cerrada», los aludidos aseguran tener «mucho contacto en muchos actos». Su sinagoga, Bet Yaakov, en una apartada esquina de la calle de Balmes, permanece protegida por cámaras de seguridad y la presencia ocasional de la policía. Los controles de entrada son exhaustivos, según explican, especialmente a raíz del conflicto en Oriente Próximo. «Esto es algo que viene de atrás y ahora, lamentablemente, debido a las circunstancias actuales, hay que tener más precaución», cuenta Estrella Bengio, presidenta de la Comunidad Judía de Madrid.Hace seis años que el crecimiento en su comunidad es tan constante como estable. Son, sobre todo, familias y jóvenes extranjeros que encuentran en la capital española un hogar. Muestra palpable de este crecimiento es el colegio de la Comunidad Judía que se encuentra en Alcobendas, donde «el 40% de familias proceden de otros países». Son israelíes, franceses y latinos, entre otros. En días destacados, como el Yom Kipur, pueden llegar a reunirse, entre todas las sinagogas de Madrid, más de 1.500 personas. Estrella Bengio, presidenta de la Comunidad Judía de Madrid, en la sinagoga Bet Yaakov. Tania SieiraPara entrar en Bet Yaakov no hace falta ser judío, pero sí es necesario un registro «para que no suceda nada no deseado». Una luz teñida se cuela por las vidrieras e ilumina el espacio en el que pueden llegar a rezar hasta seiscientas personas juntas. Además, comparte infraestructura con un centro comunitario y el museo de una historia que ahora perpetúan los que cuando se creó la sinagoga eran tan solo unos niños. «Era el más cercano a los domicilios de las familias», cuenta Bengio, sobre la elección que se hizo entonces del lugar.No fue éste el criterio utilizado por los budistas de Taiwán cuando decidieron abrir un templo en Madrid. El de la calle de Juan de Austria cuenta años desde 2008, tras el cierre de otro más pequeño en la calle de Piamonte, en Chueca. Su mudanza a Trafalgar no fue fruto de la búsqueda de una localización según demanda, sino a mera logística. «De hecho, hay más católicos, pero el espacio es más amplio y adecuado que el anterior», asegura la maestra Jue Xin, a través de su traductor. De las otras dos religiones dista mucho el budismo, que linda con la filosofía. El templo Fo Guang Shan de Madrid, en sus raíces, pertenece a uno mucho mayor, una casa madre ubicada en Taiwán. Cuentan con sedes en casi todas las poblaciones del planeta, donde destinan los maestros que forman allí. La capital, por su calidad de poco conflictiva frente a otros destinos, tiene como enviadas a dos maestras, ya que son los hombres los que acuden a lugares de mayor riesgo.Maestra budista, durante un culto, en el templo de Chamberí. Belén DíazJue Xin ve en muchos madrileños personas con necesidades insatisfechas, preocupadas por la vida tanto como por la muerte, y quiere ayudar a una sociedad en la que no ha encontrado prejuicios hacia su confesión. Incluso compartieron con vecinos del barrio una ceremonia por los fallecidos en el accidente del AVE en Adamuz . La financiación inicial proviene de Taiwán, «pero cuando está funcionando todos los gastos vienen de donaciones de los budistas en España». Los sábados, jornada reservada para la oración conjunta, llegan a congregarse entre 30 y 50 personas.En sus confesiones, todos aseguran haber encontrado valores, soporte y una comunidad. Cierran la puerta de sus templos antes de volver a perderse en su interior. Olivenza, evangélico, asegura al término de la conversación: «¿Qué nos ha dado? La vida eterna».
Los evangélicos cuentan, con orgullo, que Galdós los menciona en su ‘Tristana’. En la novela, el escritor recorre el que fue el último barrio donde él también vivió (en una desaparecida casa de la calle de Hilarión Eslava), Chamberí, distrito madrileño de tradición entremezclada … con retazos de una nueva modernidad. En él brota Trafalgar (casualmente, título de otra de las magnas obras del príncipe canario de la prosa, el primero de los ‘Episodios nacionales’, aunque sin referencia a este rincón madrileño); este barrio es conocido popularmente como Iglesia, por la parada de Metro que allí brota, cuyas calles parecen no saber el secreto que guarda. Separadas por distancias de entre dos y cuatro minutos, en él discurren las vidas de comunidades religiosas tan dispares como discretas. Judíos, evangélicos y budistas se congregan desde hace años en un barrio que, históricamente, ha sido conocido como conservador.
Hace unos 20 años que en la misma zona existía también un centro islámico en lo que ahora es un bloque de edificios cualquiera. Si se disputasen la antigüedad, la iglesia evangélica de Hermanos Camino de Vida se haría con el galardón. Sus primeras piedras se pusieron en la clandestinidad, en 1947, en la calle de Quesada, cuando la dictadura franquista no permitía la libertad de culto. Por aquel entonces, era Chamberí un barrio en el que un misionero inglés compró una finca utilizando una empresa inglesa como tapadera. La suya es una de las primeras iglesias evangélicas de la capital.
«Construye una capilla, una escuela, cosas bastante modestas, para extender el evangelio y atender al analfabetismo de la zona», cuenta Ramón Olivenza. «Incluso un consultorio médico», apunta Matías González. Ambos pertenecen al Consejo de Ancianos de esta iglesia, encargados de gestionar una comunidad carente de jerarquía. La jornada posterior a su inauguración, el espacio fue vandalizado y el interior apareció destrozado, un hecho que ha sucedido en más de una ocasión, inclusive en democracia.
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Aseguran que se financian solos y rechazan con efusión el dinero de gobiernos o instituciones. «Si algún día no podemos, rezaremos en la calle», sentencian. Entre los madrileños, todavía ven prejuicios, pues dicen que hay quien les asocia «a cosas muy raras que no tienen nada que ver». «Sobre todo, en ambientes católicos y muy conservadores, y este barrio lo es, hay una presión social leve. Hay cachondeito, en determinadas ocasiones cierto desprecio y un ambiente hostil que bien es verdad que está bajando», asegura Olivenza.
Evangélicos los hay españoles y extranjeros a partes iguales, con gran presencia de latinos. Son unas 100 personas las que ahora acuden a su iglesia, aunque el énfasis de estas congregaciones no radica en aumentar su tamaño, sino en abrir otros templos. «La idea es expandirnos, pero no queremos macroiglesias como las de Estados Unidos», asegura González. De ese templo han salido otros cinco por Madrid.
(Ignacio Gil / Cedidas)
Las tres comunidades tratan de transmitir una imagen de apertura, aunque entre ellos no tienen más cercanía que la que otorga el conocerse. Aunque los evangélicos dicen de los judíos que son «una comunidad muy cerrada», los aludidos aseguran tener «mucho contacto en muchos actos».
Su sinagoga, Bet Yaakov, en una apartada esquina de la calle de Balmes, permanece protegida por cámaras de seguridad y la presencia ocasional de la policía. Los controles de entrada son exhaustivos, según explican, especialmente a raíz del conflicto en Oriente Próximo. «Esto es algo que viene de atrás y ahora, lamentablemente, debido a las circunstancias actuales, hay que tener más precaución», cuenta Estrella Bengio, presidenta de la Comunidad Judía de Madrid.
Hace seis años que el crecimiento en su comunidad es tan constante como estable. Son, sobre todo, familias y jóvenes extranjeros que encuentran en la capital española un hogar. Muestra palpable de este crecimiento es el colegio de la Comunidad Judía que se encuentra en Alcobendas, donde «el 40% de familias proceden de otros países». Son israelíes, franceses y latinos, entre otros. En días destacados, como el Yom Kipur, pueden llegar a reunirse, entre todas las sinagogas de Madrid, más de 1.500 personas.

(Tania Sieira)
Para entrar en Bet Yaakov no hace falta ser judío, pero sí es necesario un registro «para que no suceda nada no deseado». Una luz teñida se cuela por las vidrieras e ilumina el espacio en el que pueden llegar a rezar hasta seiscientas personas juntas. Además, comparte infraestructura con un centro comunitario y el museo de una historia que ahora perpetúan los que cuando se creó la sinagoga eran tan solo unos niños. «Era el más cercano a los domicilios de las familias», cuenta Bengio, sobre la elección que se hizo entonces del lugar.
No fue éste el criterio utilizado por los budistas de Taiwán cuando decidieron abrir un templo en Madrid. El de la calle de Juan de Austria cuenta años desde 2008, tras el cierre de otro más pequeño en la calle de Piamonte, en Chueca. Su mudanza a Trafalgar no fue fruto de la búsqueda de una localización según demanda, sino a mera logística. «De hecho, hay más católicos, pero el espacio es más amplio y adecuado que el anterior», asegura la maestra Jue Xin, a través de su traductor.
De las otras dos religiones dista mucho el budismo, que linda con la filosofía. El templo Fo Guang Shan de Madrid, en sus raíces, pertenece a uno mucho mayor, una casa madre ubicada en Taiwán. Cuentan con sedes en casi todas las poblaciones del planeta, donde destinan los maestros que forman allí. La capital, por su calidad de poco conflictiva frente a otros destinos, tiene como enviadas a dos maestras, ya que son los hombres los que acuden a lugares de mayor riesgo.

(Belén Díaz)
Jue Xin ve en muchos madrileños personas con necesidades insatisfechas, preocupadas por la vida tanto como por la muerte, y quiere ayudar a una sociedad en la que no ha encontrado prejuicios hacia su confesión. Incluso compartieron con vecinos del barrio una ceremonia por los fallecidos en el accidente del AVE en Adamuz. La financiación inicial proviene de Taiwán, «pero cuando está funcionando todos los gastos vienen de donaciones de los budistas en España». Los sábados, jornada reservada para la oración conjunta, llegan a congregarse entre 30 y 50 personas.
En sus confesiones, todos aseguran haber encontrado valores, soporte y una comunidad. Cierran la puerta de sus templos antes de volver a perderse en su interior. Olivenza, evangélico, asegura al término de la conversación: «¿Qué nos ha dado? La vida eterna».
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