Donald Trump ha perdido el control del tiempo y de la política exterior. Él ya no habla por la guerra. La guerra manda y habla por él. Le dice que se ha equivocado con Irán y el mundo asiente. La pequeña expedición bélica es ahora una tumba incipiente. El rey se muere y la república no tardará en preguntarse y luego qué, cómo se recupera la democracia del envite de la tiranía.
Donald Trump ha perdido el control del tiempo y de la política exterior. Él ya no habla por la guerra. La guerra manda y habla por él. Le dice que se ha equivocado con Irán y el mundo asiente. La pequeña expedición bélica es ahora una tumba incipiente. El rey se muere y la república no tardará en preguntarse y luego qué, cómo se recupera la democracia del envite de la tiranía.Seguir leyendo…
Trump ha perdido el control del tiempo y de la guerra. Está solo y acorralado, en una Casa Blanca que es un parvulario con armas nucleares. Su instinto básico le ha llevado a una guerra que va camino de arruinar su presidencia.
Donald Trump ha perdido el control del tiempo y de la política exterior. Él ya no habla por la guerra. La guerra manda y habla por él. Le dice que se ha equivocado con Irán y el mundo asiente. La pequeña expedición bélica es ahora una tumba incipiente. El rey se muere y la república no tardará en preguntarse y luego qué, cómo se recupera la democracia del envite de la tiranía.
Pero antes está la guerra. Los ayatolás resisten mientras Israel y Estados Unidos se quedan sin objetivos que valga la pena destruir. Lo han bombardeado todo y no han bombardeado nada útil. ¿Qué sentido tiene eliminar dirigentes que se sustituyen inmediatamente? ¿Qué sentido tiene provocar una escalada que se ceba en la producción de energía, en la sabia que alimenta al mundo? Cada día que pasa con el precio del petróleo desbocado es un día menos en la vida política de Donald Trump. El instinto que lo lanzó al ataque debería sugerirle una retirada. Es posible que ya lo haya hecho, pero no es tan fácil. Irán no lo dejará ir, no sin recibir reparaciones por la destrucción sufrida y garantías de que Israel no atacará, aunque siga adelante con su programa nuclear.
Los ayatolás esconden 400 kilos de uranio, el trofeo que Trump necesita para cantar victoria
Ya no basta con cantar victoria y construir el relato del triunfo inapelable. Nadie le creerá fuera del sus fanáticos más incondicionales. Nadie, sin duda, entre sus aliados. Ninguno ha atendido la orden de ayudarle a reabrir Ormuz. Trump está solo y sus dictadores favoritos, Xi Jinping y Vladímir Putin, también dejan que se queme en la hoguera de su prepotencia.
El secretario de la guerra es la ira del Antiguo Testamento y el de Estado ha desenvainado a Chang, la espada dorada que le regaló el gobernador Jeb Bush hace 20 años cuando asumió la presidencia de la Cámara de Representantes de Florida. Rubio ha empuñado la mítica Chang mientras diseña invasiones, ofensivas y golpes de mano para revertir la decadencia de los grandes imperios occidentales. Así lo anunció en la última conferencia sobre seguridad en Munich y Trump le escucha. Ha ordenado atacar ocho países desde su regreso a la Casa Blanca. El instinto le marca el camino. Se cree un genio. Improvisa y se revela contra la tiranía de la mayoría. Solo él está en lo cierto. Los ayatolás deben morir. No hay alternativa a la aceleración destructiva.

La Unidad Expedicionaria número 31 de los marines ha dejado su base en Okinawa y en unos 10 días llegará al golfo Pérsico. Son 2.500 soldados preparados para saltar a tierra y ocupar lugares estratégicos de Irán. La inmensa fuerza naval y aérea desplegada en la zona no es capaz de pisar el territorio enemigo. Sin botas sobre el terreno será imposible robar los 400 kilos de plutonio enriquecido que los ayatolás guardan donde solo ellos saben. ¿No era este el peligro que Trump quería eliminar? ¿No fue a la guerra para que Irán no tuviera la bomba atómica?
Vale, pero ¿cuántos muertos costará intentarlo? Trece soldados americanos han perdido ya la vida. Hay más de 200 heridos. Los estadounidenses callan pero pronto dirán que no a la escalada. No en su nombre, no a más muertos y no a más dinero por un galón de gasolina.
Irán, por el contrario, engulle muertos a miles y hace daño con muy poco, con drones y minas, armas baratas, suficientes para incendiar refinerías, aeropuertos y terminales de carga. Deja ir cadáveres de cabras y ovejas sobre las aguas de Ormuz. Flotan con los vientres hinchados y las patas hacia el cielo. Parecen minas. Los buques no se acercan. Los arsenales más sofisticados no pueden con el ingenio y el coraje de los pobres. La Navy no tiene dragaminas. Ha pedido ayuda a las armadas europeas, que sí tienen, pero no contestan.
La Navy también está sola y cansada. El portaaviones Gerald R. Ford , buque insignia de la flota, se ha retirado a Creta. Se le ha incendiado la lavandería y los catres de 600 marinos. Se le han embozado los WC. Necesita reparaciones. La tripulación está exhausta. Lleva diez meses enlorada, casi el doble de lo habitual.
El tiempo pasa y juega a favor de Irán. El mundo tiene sed de gas y petróleo y no culpa a los ayatolás sino al presidente de Estados Unidos y al primer ministro de Israel, socios que ya no se entienden.
A Trump le gustaría parar, pero Netanyahu quiere seguir. No le importa el mundo, ni que Irán sea un estado inviable porque la guerra le fortalece y necesita recuperar terreno frente a una oposición que hoy lo dejaría fuera del gobierno. Por eso ha bombardeado las instalaciones iraníes del mayor yacimiento de gas del mundo, uno que Irán comparte con Qatar. Los ayatolás han respondido y el coste de la energía se ha disparado. Trump se desespera. No controla a un Netanyahu que solo piensa en cómo evitar la cárcel, su más que probable hogar si pierde el poder.
Todas las guerras y todas las presidencias terminan. Trump seguro que lo intuye y debe preguntarse qué hacía uno de sus gurús de cabecera, el tecnólogo Peter Thiel, hablando del Apocalipsis y el Anticristo esta semana en Roma. ¿Queda alguien en sus cabales?
La Casa Blanca es un parvulario con armas nucleares. El presidente es la emoción que emana de todo lo kitsch y no hay nadie capaz de neutralizarlo.
¿Cómo es posible? ¿Cómo es posible que la estupidez colectiva haya encumbrado a un rey absolutista y cruel? ¿Cómo se recupera la democracia del envite de la tiranía?
Cuando acaban las guerras y todo está por hacer siempre hay un lugar, humilde y digno, que ha resistido como refugio moral y espiritual de la sensatez. Es pequeño, pero no cuesta mucho saber dónde está.
Internacional
