Da gusto llegar a la Feria de Córdoba a las dos de la tarde. El orden y la limpieza son un bálsamo natural para el alma y el que llega por la portada o por la caseta municipal y busca las calles del Potro, de Enmedio o Guadalquivir encuentra un albero impoluto, como si acabaran de extenderlo, y unas calles de las que nadie diría que pocas horas antes habían estado llenas de vasos de plástico, de colillas, de servilletas y hasta de algún vómito. De todo aquello que a veces deja la gente como huella de la diversión o del intento. La luz cegadora barre El Arenal y allí brillan en las papeleras las bolsas de lunares, todavía vacías, y si las casetas-comedero de la calle de Enmedio no lo estropearan todo con el olor a fritanga y a chiringuito desarrollista, hasta sería posible que llegara el buen olor de lo que se ha despojado de la suciedad .A esas horas pasear por la Feria desmiente a aquellos aguafiestas que dicen que todo aquello que está en El Arenal en realidad se puede disfrutar en la Córdoba urbana mucho mejor, mucho más cerca, mucho más fresco y a mejor precio, porque lo que no hay en la ciudad de todos los días es esa limpieza y ese mundo que parece por estrenar. El que después tiene que regresar a su barrio y a su casa encontrará durante días el mismo paquete de tabaco en el alcorque, la botella de plástico vacía al lado de un coche aparcado y el mismo recuerdo de la presencia de perro que un dueño desaprensivo no recogió.Mucha responsabilidad, casi toda, la tienen los ciudadanos acostumbrados a la incuria , la dejadez y la falta de higiene, pero al ver lo que pasa en la Feria es fácil hacer el paralelismo con aquel anuncio de hace un cuarto de siglo en que un hombre de mediana edad se dejaba las uñas para dejar su coche como una patena y una voz le advertía: «Está claro. Sabes limpiar. ¿Por qué no lo haces en casa?». La solución a un problema ya endémico no es tan fácil, pero los gruñones no saben la ciudad que tendrían si el mismo esfuerzo que a la Feria se aplicase al resto de Córdoba el resto del año. Da gusto llegar a la Feria de Córdoba a las dos de la tarde. El orden y la limpieza son un bálsamo natural para el alma y el que llega por la portada o por la caseta municipal y busca las calles del Potro, de Enmedio o Guadalquivir encuentra un albero impoluto, como si acabaran de extenderlo, y unas calles de las que nadie diría que pocas horas antes habían estado llenas de vasos de plástico, de colillas, de servilletas y hasta de algún vómito. De todo aquello que a veces deja la gente como huella de la diversión o del intento. La luz cegadora barre El Arenal y allí brillan en las papeleras las bolsas de lunares, todavía vacías, y si las casetas-comedero de la calle de Enmedio no lo estropearan todo con el olor a fritanga y a chiringuito desarrollista, hasta sería posible que llegara el buen olor de lo que se ha despojado de la suciedad .A esas horas pasear por la Feria desmiente a aquellos aguafiestas que dicen que todo aquello que está en El Arenal en realidad se puede disfrutar en la Córdoba urbana mucho mejor, mucho más cerca, mucho más fresco y a mejor precio, porque lo que no hay en la ciudad de todos los días es esa limpieza y ese mundo que parece por estrenar. El que después tiene que regresar a su barrio y a su casa encontrará durante días el mismo paquete de tabaco en el alcorque, la botella de plástico vacía al lado de un coche aparcado y el mismo recuerdo de la presencia de perro que un dueño desaprensivo no recogió.Mucha responsabilidad, casi toda, la tienen los ciudadanos acostumbrados a la incuria , la dejadez y la falta de higiene, pero al ver lo que pasa en la Feria es fácil hacer el paralelismo con aquel anuncio de hace un cuarto de siglo en que un hombre de mediana edad se dejaba las uñas para dejar su coche como una patena y una voz le advertía: «Está claro. Sabes limpiar. ¿Por qué no lo haces en casa?». La solución a un problema ya endémico no es tan fácil, pero los gruñones no saben la ciudad que tendrían si el mismo esfuerzo que a la Feria se aplicase al resto de Córdoba el resto del año.
Da gusto llegar a la Feria de Córdoba a las dos de la tarde. El orden y la limpieza son un bálsamo natural para el alma y el que llega por la portada o por la caseta municipal y busca las calles del Potro, … de Enmedio o Guadalquivir encuentra un albero impoluto, como si acabaran de extenderlo, y unas calles de las que nadie diría que pocas horas antes habían estado llenas de vasos de plástico, de colillas, de servilletas y hasta de algún vómito.
De todo aquello que a veces deja la gente como huella de la diversión o del intento. La luz cegadora barre El Arenal y allí brillan en las papeleras las bolsas de lunares, todavía vacías, y si las casetas-comedero de la calle de Enmedio no lo estropearan todo con el olor a fritanga y a chiringuito desarrollista, hasta sería posible que llegara el buen olor de lo que se ha despojado de la suciedad.
A esas horas pasear por la Feria desmiente a aquellos aguafiestas que dicen que todo aquello que está en El Arenal en realidad se puede disfrutar en la Córdoba urbana mucho mejor, mucho más cerca, mucho más fresco y a mejor precio, porque lo que no hay en la ciudad de todos los días es esa limpieza y ese mundo que parece por estrenar. El que después tiene que regresar a su barrio y a su casa encontrará durante días el mismo paquete de tabaco en el alcorque, la botella de plástico vacía al lado de un coche aparcado y el mismo recuerdo de la presencia de perro que un dueño desaprensivo no recogió.
Mucha responsabilidad, casi toda, la tienen los ciudadanos acostumbrados a la incuria, la dejadez y la falta de higiene, pero al ver lo que pasa en la Feria es fácil hacer el paralelismo con aquel anuncio de hace un cuarto de siglo en que un hombre de mediana edad se dejaba las uñas para dejar su coche como una patena y una voz le advertía: «Está claro. Sabes limpiar. ¿Por qué no lo haces en casa?». La solución a un problema ya endémico no es tan fácil, pero los gruñones no saben la ciudad que tendrían si el mismo esfuerzo que a la Feria se aplicase al resto de Córdoba el resto del año.
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