Miro el mapa de Europa y veo que Galicia está en la esquina. Nada nuevo. En otras épocas éramos el límite del mundo, una definición que conlleva misterio y simbolismo.Todo lo que está en la esquina tiene un halo de secreto —no confundir con los extremos, que, por definición, significan abismo: ideológico, geográfico o el que sea—. No, estar en una esquina infunde respeto, por lo puedan encontrar quienes se acercan a ella, y también ilusión, por la expectativa de descubrir algo nuevo.Tampoco es lo mismo «estar en una esquina» que «hacer la esquina». La acepción peyorativa no cabe en términos territoriales ni políticos (o sí), pero para el caso que nos ocupa yo prefiero «estar». Desde luego, en términos de la Unión Europea nos beneficia. Cualquier región periférica tiene ventajas a la hora de recibir fondos de cohesión precisamente por eso, por la lejanía. Pero la distancia a los principales centros de poder no significa ser menos importantes. ¿Acaso un pie tiene menos valor que una costilla por estar más lejos del corazón? Si pudiera respondernos diría: «¡Por supuesto que no!». Además, los gallegos tenemos una ventaja: a pesar de nuestra condición de esquinados, el haber llegado a todos los lugares del mundo hace que la sensación de extrarradio sea menor y nos da una visión panorámica que solo se tiene cuando el mundo se expande en tu mente y no se reduce a un simple espacio territorial, como ocurre con las ideologías excluyentes.Una esquina es rumbo, encrucijada, expectativa, determinación, novedad… siempre es necesaria. Y esa incertidumbre de acercarnos a ella y pensar «¿qué habrá al otro lado?» nos hace atractivos y singulares.Si algo tiene Galicia es que somos previsibles, y eso es bueno. Nuestra duda de bajar o subir en la escalera no significa inseguridad; bien al contrario, significa tener a la vista todos los caminos para ver el futuro con cautela, pero sin miedo. Es la ventaja de «ser esquina» y «estar en la esquina». Miro el mapa de Europa y veo que Galicia está en la esquina. Nada nuevo. En otras épocas éramos el límite del mundo, una definición que conlleva misterio y simbolismo.Todo lo que está en la esquina tiene un halo de secreto —no confundir con los extremos, que, por definición, significan abismo: ideológico, geográfico o el que sea—. No, estar en una esquina infunde respeto, por lo puedan encontrar quienes se acercan a ella, y también ilusión, por la expectativa de descubrir algo nuevo.Tampoco es lo mismo «estar en una esquina» que «hacer la esquina». La acepción peyorativa no cabe en términos territoriales ni políticos (o sí), pero para el caso que nos ocupa yo prefiero «estar». Desde luego, en términos de la Unión Europea nos beneficia. Cualquier región periférica tiene ventajas a la hora de recibir fondos de cohesión precisamente por eso, por la lejanía. Pero la distancia a los principales centros de poder no significa ser menos importantes. ¿Acaso un pie tiene menos valor que una costilla por estar más lejos del corazón? Si pudiera respondernos diría: «¡Por supuesto que no!». Además, los gallegos tenemos una ventaja: a pesar de nuestra condición de esquinados, el haber llegado a todos los lugares del mundo hace que la sensación de extrarradio sea menor y nos da una visión panorámica que solo se tiene cuando el mundo se expande en tu mente y no se reduce a un simple espacio territorial, como ocurre con las ideologías excluyentes.Una esquina es rumbo, encrucijada, expectativa, determinación, novedad… siempre es necesaria. Y esa incertidumbre de acercarnos a ella y pensar «¿qué habrá al otro lado?» nos hace atractivos y singulares.Si algo tiene Galicia es que somos previsibles, y eso es bueno. Nuestra duda de bajar o subir en la escalera no significa inseguridad; bien al contrario, significa tener a la vista todos los caminos para ver el futuro con cautela, pero sin miedo. Es la ventaja de «ser esquina» y «estar en la esquina».
Miro el mapa de Europa y veo que Galicia está en la esquina. Nada nuevo. En otras épocas éramos el límite del mundo, una definición que conlleva misterio y simbolismo.
Todo lo que está en la esquina tiene un halo de secreto —no confundir con … los extremos, que, por definición, significan abismo: ideológico, geográfico o el que sea—. No, estar en una esquina infunde respeto, por lo puedan encontrar quienes se acercan a ella, y también ilusión, por la expectativa de descubrir algo nuevo.
Tampoco es lo mismo «estar en una esquina» que «hacer la esquina». La acepción peyorativa no cabe en términos territoriales ni políticos (o sí), pero para el caso que nos ocupa yo prefiero «estar». Desde luego, en términos de la Unión Europea nos beneficia. Cualquier región periférica tiene ventajas a la hora de recibir fondos de cohesión precisamente por eso, por la lejanía.
Pero la distancia a los principales centros de poder no significa ser menos importantes. ¿Acaso un pie tiene menos valor que una costilla por estar más lejos del corazón? Si pudiera respondernos diría: «¡Por supuesto que no!». Además, los gallegos tenemos una ventaja: a pesar de nuestra condición de esquinados, el haber llegado a todos los lugares del mundo hace que la sensación de extrarradio sea menor y nos da una visión panorámica que solo se tiene cuando el mundo se expande en tu mente y no se reduce a un simple espacio territorial, como ocurre con las ideologías excluyentes.
Una esquina es rumbo, encrucijada, expectativa, determinación, novedad… siempre es necesaria. Y esa incertidumbre de acercarnos a ella y pensar «¿qué habrá al otro lado?» nos hace atractivos y singulares.
Si algo tiene Galicia es que somos previsibles, y eso es bueno. Nuestra duda de bajar o subir en la escalera no significa inseguridad; bien al contrario, significa tener a la vista todos los caminos para ver el futuro con cautela, pero sin miedo. Es la ventaja de «ser esquina» y «estar en la esquina».
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