Tres semanas de bombardeos selectivos a orillas del golfo Pérsico han bastado para sacudir todo un modelo económico, de Doha a Dubái, de Riad a Abu Dabi y de Kuwait a Manama. Poco importa que sus respectivas monarquías no estén en guerra declarada con Irán o que el principal objetivo bélico sean las bases de EE.UU. en su territorio. La población extranjera, mayoritaria en los emiratos más prósperos, se ha visto conmocionada, con independencia de su nivel de renta.
Los misiles iraníes y su intercepción ya han matado a dos docenas de civiles extranjeros en la zona
Tres semanas de bombardeos selectivos a orillas del golfo Pérsico han bastado para sacudir todo un modelo económico, de Doha a Dubái, de Riad a Abu Dabi y de Kuwait a Manama. Poco importa que sus respectivas monarquías no estén en guerra declarada con Irán o que el principal objetivo bélico sean las bases de EE.UU. en su territorio. La población extranjera, mayoritaria en los emiratos más prósperos, se ha visto conmocionada, con independencia de su nivel de renta.
De hecho, los primeros en salir en estampida han sido los inmigrantes de lujo, los expatriados, en su mayoría occidentales, aunque también indios. Pero la notificación del derrumbe llegará el día en que los inmigrantes económicos -24 millones de operarios y asalariados, en su abrumadora mayoría asiáticos- se vean tentados u obligados a hacer las maletas. Aunque para ello, antes tendrán que pedirle al subcontratista o patrón que les devuelva el pasaporte.
De momento son ellos, en casi todos los casos, los que han puesto los muertos en aquella orilla del Pérsico. Dos docenas de fallecidos o desaparecidos proceden de Bangladesh, Pakistán, Nepal, Filipinas, Indonesia, Tailandia, China y también India.
La primera víctima civil en el primer día de guerra en la península arábiga fue Ali, un bangladesí que llevaba 25 años en Emiratos y que fue fulminado en su furgoneta de reparto de garrafas de agua. Un día después cayó el primer nepalí -Dibas, de 29 años- vigilante cerca del aeropuerto de Abu Dabi, también golpeado por los restos de un misil interceptado. En la misma lista negra hay desde un conductor pakistaní a marinos tailandeses e indios, a bordo de petroleros.
Estadísticamente tiene todo el sentido, puesto que en Qatar o Emiratos Árabes Unidos (EAU), por ejemplo, el 88% de la población es extranjera. En casi todos los casos, la mano de obra es asiática en más de un 50%.
Primera fuente de inmigración
Más de un cuarto de millón de indios han sido repatriados de la península arábiga
Hace unos días, una enfermera filipina narraba el espanto de ver pasar drones y misiles desde su ventana y las llamadas de su familia implorándole que regresara. Pero no es tan fácil. Del mismo modo que el cierre del estrecho de Ormuz es selectivo, también lo es el de los aeropuertos de la zona. India logró fletar 45 vuelos el lunes pasado, engrosando enormemente la cifra de repatriaciones, que superaría ya un cuarto de millón de sus nacionales, de un total de 9 millones.
Aun así, una gota de agua, que indicaría que muchos de los que se han marchado ya, por sus propios medios o con ayuda de Nueva Delhi, son gerentes, ingenieros o empresarios. La inmensa mayoría, en puestos peor remunerados, espera la evolución de los acontecimientos. De forma abrumadora entre otras nacionalidades asiáticas.
En el caso de Filipinas, por ejemplo, solo unos dos mil emigrantes habrían solicitado su repatriación a principios de semana. Para ellos, como para casi todos los nepalíes, pakistaníes o bengalíes, el envío de remesas a sus familias es más importante que cualquier otro cálculo.
Por otro lado, los vuelos con cuentagotas desde la región, por la situación bélica, impiden cualquier repatriación sustancial, entre otras cosas porque los pasajes son entre cinco y diez veces más caros, cuando los hay.
Más allá de los ecos de guerra, la estampida de residentes adinerados y la hecatombe en los vuelos internacionales son una pésima noticia para los empleados domésticos y del sector turístico y de servicios. Pero las “represalias” iraníes contra instalaciones energéticas suponen una auténtica vuelta de tuerca, que se suma al cierre selectivo del estrecho de Ormuz. En este sentido, la presión sobre las finanzas públicas y privadas se trasladará a continuación al sector de la construcción y a todo lo que orbita alrededor de la industria de los hidrocarburos.

Al otro lado de la barrera son muchos, como se ha indicado, los países asiáticos que dependen en extremo de las remesas de sus emigrantes a Arabia. El que más, Nepal, donde un 25% de PIB depende de ellos. También son altamente vulnerables Filipinas (7,5% de su PIB), Pakistán y Bangladesh (alrededor del 6%), Sri Lanka (4,5%). Indonesia e India, por el tamaño de sus economías, lo notarán menos, aunque la amenaza es mayúscula para algunas regiones concretas.
En el caso de India, el estado de Kerala -que vota el mes que viene- depende tanto como Nepal de las remesas de sus trabajadores en la península arábiga (tanto musulmanes como hindúes y cristianos, la mayoría varones). Este nivel de dependencia explica la prudencia con la que algunas capitales asiáticas se han referido a la agresión estadounidense e israelí contra Irán, en el origen de la guerra.
Cabe decir que, a diferencia de lo que ocurre en España, la práctica totalidad de los pakistaníes, por ejemplo, llega a estos países árabes de forma legal, con visado de trabajo y a través de agencias. Las condiciones laborales son malas, pero no peores que en Pakistán.
Este país, con unos 5 millones de emigrantes en Arabia -a la par que Bangladesh- solo está por detrás de India. Muchos de ellos están ahora en excedencia -pagada o no – y temen que un agravamiento de la situación económica en los países del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) les impida renovar su permiso de trabajo, forzando su regreso. En Qatar, EAU y demás, la cantidad de mano de obra se ajusta rápidamente al ciclo económico.

Aunque solo lo haga una mínima parte, en los próximos meses, el agravamiento del paro puede ser considerable en Pakistán o Bangladesh. Donde estos retornados se sumarán a todos aquellos cientos de miles de desempleados a los que, todos los meses, el Pérsico servía de válvula de escape y que ya no harán las maletas.
Porque a medio y largo plazo, si estos emiratos pierden su condición de refugio seguro, de vidas y haciendas, los efectos en el sector inmobiliario y de la construcción, así como el turístico y de servicios, serán inevitables.
En cualquier caso, la posibilidad de ver a emiratíes o qataríes ejerciendo de dependientes, en lugar de clientes, de sus centros comerciales o haciéndose cargo del día a día de sus hospitales, talleres o geriátricos, sigue siendo insignificante.
(Arriba, tuit en el que se aprecia cómo la crisis por el cierre del estrecho de Ormuz golpea dos veces a países como India, dentro y fuera de su territorio. En el vídeo, éxodo en la ciudad india de Surat, Guyarat, capital mundial de la talla de diamantes, donde muchos restaurantes ya han cerrado por falta de gas, por lo que sus empleados regresan a sus pueblos).
Aeropuertos infrautilizados
De Teruel a Sri Lanka se espera que el maná del Golfo les caiga del cielo
Las crisis son oportunidades para quienes habían perdido ya toda esperanza. Véase el infrautilizado aeropuerto de Teruel que acoge ya a varios aviones de Qatar Airways, entre otras aerolíneas árabes. Algo parecido sucedió durante la pandemia, pero ahora no se trata solo de ahorro por cancelación de rutas, sino también de búsqueda de seguridad.
Asimismo, uno de los elefantes blancos de la inversión china en Sri Lanka, el aeropuerto de Hambantota (localidad natal del presidente de entonces) podría resucitar, gracias a sus instalaciones y pistas vacías. Estas son aptas para los mayores aviones de pasajeros, como escala o refresco para vuelos intercontinentales de líneas aéreas emiratíes y qataríes, que ahora negocian.
Mientras tanto, algunos en India se estiran de los pelos por el inconveniente de depender de las aerolíneas y aeropuertos de Dubái, Qatar o Abu Dabi para la mayoría de sus vuelos intercontinentales, muy por encima de sus propias aerolíneas y aeropuertos de Nueva Delhi o Bombay. Una fragilidad también evidente en el caso de Tailandia, hoy con turistas varados y mañana con habitaciones vacantes.
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