Hay programas que terminan una temporada. Y hay otros que la cierran con la certeza de haber dejado de ser una promesa para convertirse en una cita diaria Leer Hay programas que terminan una temporada. Y hay otros que la cierran con la certeza de haber dejado de ser una promesa para convertirse en una cita diaria Leer
Acabó. Y en esta ocasión, el suspiro en los despachos de RTVE tiene un tono algo más melancólico y reflexivo. La Revuelta echó anoche el cierre a su segunda temporada, un curso que no ha gozado de la arrolladora e inédita euforia de audiencias que marcó su histórico debut el año pasado, pero que ha servido para certificar su resistencia en el access prime time. Tras el desgaste natural del ‘efecto novedad’ y el contraataque de la competencia, el formato ha aprendido a convivir con la madurez de las cifras sin perder por el camino esa vocación de caos perfectamente coreografiado, ese romanticismo punk inigualable y la sensación constante de que todo pende de un hilo que, milagrosamente, nunca termina de romperse. Ha sido el último gran estruendo antes de embalar los bártulos y decir adiós al mítico, sudoroso y estrecho Teatro Gran Vía para mudarse el curso que viene a las dimensiones faraónicas del Teatro Albéniz, un salto de gigante que demuestra que La Revuelta y David Broncano siguen siendo la joya de la corona de La 1.
La noche tenía ese aroma inconfundible de fin de curso, de mochilas vacías y de profesores cansados pero felices. La encargada de abrir fuego no fue otra que Candela Peña, esa fuerza de la naturaleza que no habla, sino que colisiona con el espectador en cada intervención.
Candela, que es a la televisión lo que una tormenta de verano a un secano, se puso seria por una vez -sin dejar de ser ella misma- para soltar una de esas verdades que tanto escuecen y que justifican, por sí solas, la existencia de este artefacto televisivo. «No es porque lo haya hecho bien», soltó con arrojo.»Para mí, aunque penséis que no, es una responsabilidad enorme estar en la televisión pública. Esto es entretenimiento, sí, pero quiero que cale, que no sean paparruchas. Y quiero dar las gracias a las señoras que me han devuelto mucho amor». Amén, Candela. Reivindicar el entretenimiento, que deje poso y no simple ruido es casi un acto de fe. O de revolución.
Pero el gran plato fuerte del epitafio estival de La Revuelta era el encuentro que se venía gestando desde la última vez que el invitado estuvo en La Revuelta, allá por el mes de marzo: Candela Peña frente a Antonio Resines. Es uno de esos misterios inexplicables de nuestra industria que dos titanes de su calibre jamás hayan compartido plano, plató ni camerino.
Antes de que el cántabro pusiera un pie sobre las tablas, Candela Peña ya había dejado claro el talante del mito: «Una vez me dijeron: si tienes un problema con alguien, llama a esta persona. Es tan buena gente que te acompaña y te ayuda a solucionarlo. Es como el Mr. Lobo de Reservoir Dogs«. Y ahí apareció él. Resines en estado puro. Ceño fruncido, andares de paisano que va a reclamar una linde al ayuntamiento, y esa ironía seca que maneja como nadie en este bendito país.
La química entre Broncano y Resines es un patrimonio inmateria. Llevaban tres meses sin verse, según confesaron, y la primera pregunta de Broncano ya marcó el tono del despropósito habitual: «¿Tienes regalo o algo?». La respuesta de Resines fue un bofetón de realidad ilustrada: «Yo no, que encima que vengo y no cobro». Aviso para navegantes, el programa de anoche estaba grabado y por lo que se les fue escapando a unos y a otros, al menos grabado desde la semana pasada.
Y es que, claro, el actor venía a promocionar su última película, Haciendo amigos, una de esas citas obligadas de nuestra cartelera veraniega. Pero Resines, perro viejo en esto de la liza promocional, no se dejó amedrentar por el marco institucional: «Bueno, de lo de promocionar tenemos que hablar…». «A ti para tener que hacerte venir en julio te han tenido que pagar bien», le espetó Broncano. Un pim, pam, pum, que de sorpresa no tiene nada, porque lo de intercambiar guantazos con Resines es casi un formato televisivo en sí mismo.
Resulta curioso que ni Candela Peña ni Antonio Resines hayan trabajado nunca antes juntos, pero este agravio cinéfilo vaya a tener solución gracias a Álex de la Iglesias, a la «tremenda liada» de cuando el director estuvo en La Revuelta y a Candela Peña se le escapó lo más grande. Dos bestias de la interpretación sobre el escenario. Uno, preocupado por estar en julio; la otra, porque no le cogieran planos desde atras que se le trasparentaban las bragas. ¿Delirio? No, liada.
El delirio, sin embargo, sí alcanzó su cénit cuando el presentador, tratando de descifrar el estilo de vida del ex director de la Academia de Cine, le soltó una de sus clásicas peroratas sociológicas: «Tú tienes pinta de tener decoraciones étnicas en casa. Una máscara africana, la cabeza de un buda…». A lo que Resines, sin pestañear y con la solemnidad de un registrador de la propiedad, contestó: «Mis cojones. Tengo una vaca viva». La carcajada del teatro fue unánime. No busquen metáforas conceptuales ni decoradores minimalistas en Cantabria; Resines prefiere el ganado real a los sucedáneos de escayola de las tiendas de diseño.
Durante años la televisión ha intentado fabricar espontaneidad con escaletas milimetradas. La Revuelta ha entendido que la verdadera espontaneidad consiste precisamente en dejar espacio para que suceda. Que el invitado tenga margen para salirse del carril y que el presentador no tenga miedo a perder el control. Porque, paradójicamente, el control absoluto es el peor enemigo de la televisión.
Resines llegó para promocionar Haciendo amigos, acompañado por parte del reparto –Israel Romero, Mario Navarro, Ana Mencía y Carmen Lara-, pero, como ocurre siempre en este programa, la promoción acaba siendo casi lo de menos. La conversación deriva hacia cualquier sitio. Desde si cobra por acudir («Bien, bien», respondió cuando Broncano insinuó que para hacerle ir en julio le habrían pagado bien) hasta el número de habitaciones que tiene en casa, después de que se descubriera que Miguel, el hombre de los vídeos, de las imágenes y guionista de La Revuelta, confesase que se había colado en casa de Antonio Resines. «Tú has estado en mi casa, ¿te has saltado la valla? Te denuncio. Tú eres un puto delincuente», le espetó Antonio Resines en el papel de Resines.
-¿Tienes habitaciones de invitados?
-Sí, tengo 18, cada una con baño. (No tiene bidé ni lo usa)
Naturalmente nadie aclaró si hablaba en serio.
Ni hacía falta.
Porque esa es otra de las virtudes del programa. La Revuelta nunca obliga al espectador a distinguir qué parte es verdad y cuál es exageración. Confía en su inteligencia. Confía en que entienda el código.
El gran detalle de la noche, el verdadero «momento de altura» como lo definió el propio homenajeado, fue el regalo del programa: toda la Wikipedia de Antonio Resines impresa y enmarcada en un cuadro gigantesco. Un monumento al ego y a la trayectoria de un hombre que ha hecho absolutamente de todo en nuestro cine y televisión. «No la había visto nunca. Esto lo pongo en la entrada de casa y arraso. Me ha gustado mucho, esto sí que es un detalle de cariño. Es que esto es un programa de altura. Es de los mejores programas que hay en Europa», reconoció un Resines que perdió su eterna coraza de cascarrabias.
Ante la pregunta maliciosa de David Broncano de qué otros programas europeos -recordemos que Resines también cerró esta temporada de El Hormiguero– le gustaban, el cántabro salió por peteneras con un lacónico «los que vienen siendo de Portugal, los de Francia…»; mejor salida, imposible.
Pero si algo define a La Revuelta es su capacidad para transitar de la broma de brocha gorda a la emoción más pura sin despeinarse. En la segunda mitad del programa irrumpieron en el plató los jóvenes actores de Haciendo amigos: Israel Romero, Mario Navarro, Ana Mencía y Carmen Lara. Y lo que podría haber sido una sección promocional al uso se convirtió en un bellísimo manifiesto de dignidad e inclusión.
«Me gustaría que se nos tratara con respeto y dignidad. Tenemos derecho a que se nos respete, nos valore y se nos quiera», sentenció Carmen Lara. A su lado, Mario Navarro remachó con una frase que debería hacernos reflexionar a todos los que nos dedicamos a esto: «No nos gusta que nos traten como bichos raros, estamos cansados». Por su parte, Ana Mencía, la veterana del grupo, reclamó algo tan básico y tan escaso hoy en día como la «empatía, ponerse en el lugar del otro». Sublime.
Resines, que los miraba con un orgullo paternal mal disimulado, no pudo evitar sabotear cualquier atisbo de sentimentalismo barato con su habitual humor cáustico: «Mario es un desgraciado», bromeó, mientras soportaba con estoicismo los dardos de los chavales, que incluso se metieron con el aspecto demacrado de un miembro del equipo que traía los regalos. «Así todo el día. Tenemos un mérito con lo que hemos hecho… Para que veáis el cariño que les tengo, que me estoy aguantando esto en directo», bromeó el actor.
El broche de oro lo puso el propio Resines con un discurso de despedida que sonó a declaración de intenciones institucional: «Queridos amigos, queridos televidentes y compañeros, espero que os lo hayáis pasado muy bien este año con La Revuelta y que volváis la próxima temporada. Volvemos en septiembre, La Revuelta 26/27, el programa más importante de Europa». En efecto, tal vez lo sea en cuanto a ruido social y relevancia cultural, pero esta segunda temporada ha dejado claro que sostener un gigante diario en la televisión pública exige algo más que inercia.
Porque La Revuelta ha conseguido algo que parecía casi imposible: convertirse en una costumbre sin dejar de parecer una sorpresa. Ya no vive únicamente del factor novedad. Vive de una comunidad que ha entendido perfectamente el lenguaje del programa y que lo acompaña cada noche como quien queda con sus colegas. Las audiencias no importan, importa esa comunidad que ha creado.
Eso explica también el mensaje que el propio programa publicó después de la emisión en sus redes sociales, despidiéndose de la temporada con un sencillo «Gracias por acompañarnos. Nos vemos en septiembre».
Hace un año se discutía si La Revuelta sería un éxito.
Hoy la conversación es otra.
Cuántos espectadores más cabrán en el Teatro Albéniz.
No deja de ser una bonita metáfora.
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