La devoción, a veces, no necesita explicación. Llega sin hacer ruido, se instala en la memoria de un niño y crece con los años hasta ocupar un espacio físico, tangible. En Villarta de San Juan (Ciudad Real), esa devoción tiene forma de oratorio y nombre propio: Macarena.Iván Palancas no recuerda exactamente cuándo empezó todo. Solo sabe que, siendo niño, había una imagen que se repetía en calendarios y estampas y que, sin motivo aparente, le llamaba. Aquel rostro —el de la Esperanza Macarena — acabaría ocupando, años después, una habitación entera en su propia casa. No es grande, ni monumental, ni está abierta al turismo. Pero quien cruza su puerta entra en un lugar que respira Sevilla. Allí, entre velas, incienso y silencio, habita la Esperanza. También el Señor de la Sentencia.Todo comenzó antes de entenderlo. Antes de viajar, antes de ver, incluso antes de ponerle nombre a lo que sentía. «No te lo puedo explicar» , dice Iván. «Me ha venido desde pequeñito». Tenía apenas siete u ocho años cuando algo en aquellas estampas de calendarios publicitarios le llamó la atención. Entre anuncios y fechas, aparecía ella: la Macarena. «Yo siempre las iba coleccionando. Esa imagen me transmitía muchísimo, antes de conocerla».Noticia relacionada general No No La Macarena llevará la medalla del maquinista sevillano fallecido en el accidente de Rodalies en la Madrugada Pepe TrashorrasNo era una devoción heredada ni aprendida. Era, simplemente, una atracción inexplicable. Una llamada silenciosa que, con los años, se convertiría en un vínculo inseparable.El primer encuentro llegó a los doce años. Su madre, Puri —fundadora de la floristería familiar— lo llevó a Sevilla . Aquella visita, como todas las primeras veces que marcan una vida, quedó grabada en su memoria.Había una boda en la basílica. La ceremonia impedía acercarse. El niño, resignado, pensó que no podría verla de cerca. Pero su madre decidió otra cosa. «Me cogió de la mano y me llevó por el pasillo hasta ponerme delante, al lado de los novios. Decía que su hijo no se iba de allí sin ver de cerca a la Macarena», recuerda.Entre la emoción y el asombro, Iván se encontró frente a la Virgen que llevaba años mirando en papel. Aquella escena, casi irreverente y profundamente materna, selló algo que ya venía de antes.A partir de ahí, la historia no se detuvo. Han pasado más de dos décadas desde entonces. Veinte años de viajes a Sevilla, de Madrugás vividas en primera persona, de pertenencia a una hermandad que, aunque geográficamente lejana, forma parte de su día a día. «No concibo una Madrugá fuera de Sevilla», dice. Como tampoco concibe su vida sin la presencia de la Esperanza.Quizá por eso, en uno de esos viajes, decidió llevarse un trozo de ella a casa. Primero fue una imagen seriada. «Se parecía, pero no era perfecta», explica. Aquella primera Macarena fue el inicio de algo más ambicioso. Con el tiempo, y ya con mayor estabilidad económica, dio el paso definitivo: encargar una réplica de calidad, fiel, cuidada hasta el detalle . Eligió al imaginero José Luis Romero, uno de los nombres emergentes en la imaginería contemporánea.«Veía que era el mejor. Había hecho pocas réplicas, pero las que había hecho eran impresionantes». El resultado llegó en 2020, en pleno confinamiento. Primero el Señor de la Sentencia, en febrero. Después, la Virgen, en diciembre, su mes.Ambas imágenes fueron bendecidas en la Basílica de la Macarena, en Sevilla. Y después viajaron hasta Villarta de San Juan. Desde entonces, viven allí. No en cualquier lugar, sino en una habitación concebida exclusivamente para ellas. Un pequeño oratorio doméstico donde Iván ha recreado, con paciencia y devoción, un espacio que trasciende lo cotidiano.«Tengo una habitación solo para ellos. En Semana Santa monto un altar con velas… parece que estás en la misma basílica». La escena no termina con la Pascua. En esa casa, la devoción tiene continuidad. Mayo trae consigo otra tradición: los mayos. Y entonces, lo íntimo se vuelve colectivo. «Abro las puertas y entra todo el mundo. Vienen grupos de coros y danzas, autoridades, medio pueblo», explica.La Macarena, en Villarta, también es comunidadLos vecinos suben, miran, cantan. Se detienen ante una imagen que, aunque réplica, transmite una verdad difícil de explicar. Porque no se trata solo de la calidad artística —que la tiene—, ni del rigor en los detalles —que es absoluto—. Se trata de lo que hay detrás.Mantos bordados, sallas, encajes, orfebrería… todo inspirado en los diseños originales de Sevilla. «Todo es fiel a la Macarena», apunta. «Es como tener un trozo de ella aquí».La Virgen cuenta con ocho o nueve mantos. El Señor, más sobrio, tiene sus túnicas y potencias. Todo cuidado, todo pensado . Las imágenes se cambian según los tiempos litúrgicos, como ocurre en las grandes hermandades. Y para ello, Iván cuenta con dos nombres clave: el vestidor José Manuel Vega y el propio imaginero.El mismo cuidado, el mismo respeto, el mismo ritual. Porque lo que hay en esa habitación no es decoración. Es fe. Es constancia. Es una forma de vivir . Quien entra lo entiende enseguida. «Son dos gotas de agua», dice Iván. «Es como tener a la Macarena aquí». Y quizá, en cierto modo, así sea.Porque la devoción no entiende de mapas. No se mide en kilómetros ni en coordenadas. Puede nacer en un calendario olvidado, crecer en la mirada de un niño y encontrar su lugar definitivo en una habitación cualquiera de La Mancha. Allí donde alguien decide, simplemente, que no quiere vivir sin ella, que su vida es esperanza, Macarena . La devoción, a veces, no necesita explicación. Llega sin hacer ruido, se instala en la memoria de un niño y crece con los años hasta ocupar un espacio físico, tangible. En Villarta de San Juan (Ciudad Real), esa devoción tiene forma de oratorio y nombre propio: Macarena.Iván Palancas no recuerda exactamente cuándo empezó todo. Solo sabe que, siendo niño, había una imagen que se repetía en calendarios y estampas y que, sin motivo aparente, le llamaba. Aquel rostro —el de la Esperanza Macarena — acabaría ocupando, años después, una habitación entera en su propia casa. No es grande, ni monumental, ni está abierta al turismo. Pero quien cruza su puerta entra en un lugar que respira Sevilla. Allí, entre velas, incienso y silencio, habita la Esperanza. También el Señor de la Sentencia.Todo comenzó antes de entenderlo. Antes de viajar, antes de ver, incluso antes de ponerle nombre a lo que sentía. «No te lo puedo explicar» , dice Iván. «Me ha venido desde pequeñito». Tenía apenas siete u ocho años cuando algo en aquellas estampas de calendarios publicitarios le llamó la atención. Entre anuncios y fechas, aparecía ella: la Macarena. «Yo siempre las iba coleccionando. Esa imagen me transmitía muchísimo, antes de conocerla».Noticia relacionada general No No La Macarena llevará la medalla del maquinista sevillano fallecido en el accidente de Rodalies en la Madrugada Pepe TrashorrasNo era una devoción heredada ni aprendida. Era, simplemente, una atracción inexplicable. Una llamada silenciosa que, con los años, se convertiría en un vínculo inseparable.El primer encuentro llegó a los doce años. Su madre, Puri —fundadora de la floristería familiar— lo llevó a Sevilla . Aquella visita, como todas las primeras veces que marcan una vida, quedó grabada en su memoria.Había una boda en la basílica. La ceremonia impedía acercarse. El niño, resignado, pensó que no podría verla de cerca. Pero su madre decidió otra cosa. «Me cogió de la mano y me llevó por el pasillo hasta ponerme delante, al lado de los novios. Decía que su hijo no se iba de allí sin ver de cerca a la Macarena», recuerda.Entre la emoción y el asombro, Iván se encontró frente a la Virgen que llevaba años mirando en papel. Aquella escena, casi irreverente y profundamente materna, selló algo que ya venía de antes.A partir de ahí, la historia no se detuvo. Han pasado más de dos décadas desde entonces. Veinte años de viajes a Sevilla, de Madrugás vividas en primera persona, de pertenencia a una hermandad que, aunque geográficamente lejana, forma parte de su día a día. «No concibo una Madrugá fuera de Sevilla», dice. Como tampoco concibe su vida sin la presencia de la Esperanza.Quizá por eso, en uno de esos viajes, decidió llevarse un trozo de ella a casa. Primero fue una imagen seriada. «Se parecía, pero no era perfecta», explica. Aquella primera Macarena fue el inicio de algo más ambicioso. Con el tiempo, y ya con mayor estabilidad económica, dio el paso definitivo: encargar una réplica de calidad, fiel, cuidada hasta el detalle . Eligió al imaginero José Luis Romero, uno de los nombres emergentes en la imaginería contemporánea.«Veía que era el mejor. Había hecho pocas réplicas, pero las que había hecho eran impresionantes». El resultado llegó en 2020, en pleno confinamiento. Primero el Señor de la Sentencia, en febrero. Después, la Virgen, en diciembre, su mes.Ambas imágenes fueron bendecidas en la Basílica de la Macarena, en Sevilla. Y después viajaron hasta Villarta de San Juan. Desde entonces, viven allí. No en cualquier lugar, sino en una habitación concebida exclusivamente para ellas. Un pequeño oratorio doméstico donde Iván ha recreado, con paciencia y devoción, un espacio que trasciende lo cotidiano.«Tengo una habitación solo para ellos. En Semana Santa monto un altar con velas… parece que estás en la misma basílica». La escena no termina con la Pascua. En esa casa, la devoción tiene continuidad. Mayo trae consigo otra tradición: los mayos. Y entonces, lo íntimo se vuelve colectivo. «Abro las puertas y entra todo el mundo. Vienen grupos de coros y danzas, autoridades, medio pueblo», explica.La Macarena, en Villarta, también es comunidadLos vecinos suben, miran, cantan. Se detienen ante una imagen que, aunque réplica, transmite una verdad difícil de explicar. Porque no se trata solo de la calidad artística —que la tiene—, ni del rigor en los detalles —que es absoluto—. Se trata de lo que hay detrás.Mantos bordados, sallas, encajes, orfebrería… todo inspirado en los diseños originales de Sevilla. «Todo es fiel a la Macarena», apunta. «Es como tener un trozo de ella aquí».La Virgen cuenta con ocho o nueve mantos. El Señor, más sobrio, tiene sus túnicas y potencias. Todo cuidado, todo pensado . Las imágenes se cambian según los tiempos litúrgicos, como ocurre en las grandes hermandades. Y para ello, Iván cuenta con dos nombres clave: el vestidor José Manuel Vega y el propio imaginero.El mismo cuidado, el mismo respeto, el mismo ritual. Porque lo que hay en esa habitación no es decoración. Es fe. Es constancia. Es una forma de vivir . Quien entra lo entiende enseguida. «Son dos gotas de agua», dice Iván. «Es como tener a la Macarena aquí». Y quizá, en cierto modo, así sea.Porque la devoción no entiende de mapas. No se mide en kilómetros ni en coordenadas. Puede nacer en un calendario olvidado, crecer en la mirada de un niño y encontrar su lugar definitivo en una habitación cualquiera de La Mancha. Allí donde alguien decide, simplemente, que no quiere vivir sin ella, que su vida es esperanza, Macarena .
La devoción, a veces, no necesita explicación. Llega sin hacer ruido, se instala en la memoria de un niño y crece con los años hasta ocupar un espacio físico, tangible. En Villarta de San Juan (Ciudad Real), esa devoción tiene forma de oratorio y … nombre propio: Macarena.
Iván Palancas no recuerda exactamente cuándo empezó todo. Solo sabe que, siendo niño, había una imagen que se repetía en calendarios y estampas y que, sin motivo aparente, le llamaba. Aquel rostro —el de la Esperanza Macarena— acabaría ocupando, años después, una habitación entera en su propia casa. No es grande, ni monumental, ni está abierta al turismo. Pero quien cruza su puerta entra en un lugar que respira Sevilla. Allí, entre velas, incienso y silencio, habita la Esperanza. También el Señor de la Sentencia.
Todo comenzó antes de entenderlo. Antes de viajar, antes de ver, incluso antes de ponerle nombre a lo que sentía. «No te lo puedo explicar», dice Iván. «Me ha venido desde pequeñito». Tenía apenas siete u ocho años cuando algo en aquellas estampas de calendarios publicitarios le llamó la atención. Entre anuncios y fechas, aparecía ella: la Macarena. «Yo siempre las iba coleccionando. Esa imagen me transmitía muchísimo, antes de conocerla».
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No era una devoción heredada ni aprendida. Era, simplemente, una atracción inexplicable. Una llamada silenciosa que, con los años, se convertiría en un vínculo inseparable.
El primer encuentro llegó a los doce años. Su madre, Puri —fundadora de la floristería familiar— lo llevó a Sevilla. Aquella visita, como todas las primeras veces que marcan una vida, quedó grabada en su memoria.
Había una boda en la basílica. La ceremonia impedía acercarse. El niño, resignado, pensó que no podría verla de cerca. Pero su madre decidió otra cosa. «Me cogió de la mano y me llevó por el pasillo hasta ponerme delante, al lado de los novios. Decía que su hijo no se iba de allí sin ver de cerca a la Macarena», recuerda.
Entre la emoción y el asombro, Iván se encontró frente a la Virgen que llevaba años mirando en papel. Aquella escena, casi irreverente y profundamente materna, selló algo que ya venía de antes.
A partir de ahí, la historia no se detuvo. Han pasado más de dos décadas desde entonces. Veinte años de viajes a Sevilla, de Madrugás vividas en primera persona, de pertenencia a una hermandad que, aunque geográficamente lejana, forma parte de su día a día. «No concibo una Madrugá fuera de Sevilla», dice. Como tampoco concibe su vida sin la presencia de la Esperanza.
Quizá por eso, en uno de esos viajes, decidió llevarse un trozo de ella a casa. Primero fue una imagen seriada. «Se parecía, pero no era perfecta», explica. Aquella primera Macarena fue el inicio de algo más ambicioso. Con el tiempo, y ya con mayor estabilidad económica, dio el paso definitivo: encargar una réplica de calidad, fiel, cuidada hasta el detalle. Eligió al imaginero José Luis Romero, uno de los nombres emergentes en la imaginería contemporánea.
«Veía que era el mejor. Había hecho pocas réplicas, pero las que había hecho eran impresionantes». El resultado llegó en 2020, en pleno confinamiento. Primero el Señor de la Sentencia, en febrero. Después, la Virgen, en diciembre, su mes.
Ambas imágenes fueron bendecidas en la Basílica de la Macarena, en Sevilla. Y después viajaron hasta Villarta de San Juan. Desde entonces, viven allí. No en cualquier lugar, sino en una habitación concebida exclusivamente para ellas. Un pequeño oratorio doméstico donde Iván ha recreado, con paciencia y devoción, un espacio que trasciende lo cotidiano.
«Tengo una habitación solo para ellos. En Semana Santa monto un altar con velas… parece que estás en la misma basílica». La escena no termina con la Pascua. En esa casa, la devoción tiene continuidad. Mayo trae consigo otra tradición: los mayos. Y entonces, lo íntimo se vuelve colectivo. «Abro las puertas y entra todo el mundo. Vienen grupos de coros y danzas, autoridades, medio pueblo», explica.
La Macarena, en Villarta, también es comunidad
Los vecinos suben, miran, cantan. Se detienen ante una imagen que, aunque réplica, transmite una verdad difícil de explicar. Porque no se trata solo de la calidad artística —que la tiene—, ni del rigor en los detalles —que es absoluto—. Se trata de lo que hay detrás.
Mantos bordados, sallas, encajes, orfebrería… todo inspirado en los diseños originales de Sevilla. «Todo es fiel a la Macarena», apunta. «Es como tener un trozo de ella aquí».
La Virgen cuenta con ocho o nueve mantos. El Señor, más sobrio, tiene sus túnicas y potencias. Todo cuidado, todo pensado. Las imágenes se cambian según los tiempos litúrgicos, como ocurre en las grandes hermandades. Y para ello, Iván cuenta con dos nombres clave: el vestidor José Manuel Vega y el propio imaginero.
El mismo cuidado, el mismo respeto, el mismo ritual. Porque lo que hay en esa habitación no es decoración. Es fe. Es constancia. Es una forma de vivir. Quien entra lo entiende enseguida. «Son dos gotas de agua», dice Iván. «Es como tener a la Macarena aquí». Y quizá, en cierto modo, así sea.
Porque la devoción no entiende de mapas. No se mide en kilómetros ni en coordenadas. Puede nacer en un calendario olvidado, crecer en la mirada de un niño y encontrar su lugar definitivo en una habitación cualquiera de La Mancha. Allí donde alguien decide, simplemente, que no quiere vivir sin ella, que su vida es esperanza, Macarena.
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