Nunca celebramos el Día de la Madre o del Padre; hay hogares en los que determinadas fechas no se señalan en el calendario ni conllevan sobremesas impostadas. Casas donde pasan como un día más las cosas que están dichas y vividas todos los días del año. Es otra forma de festejar donde no cabe el torpedeo comercial; es celebrar los 365 días del año.Una madre es la suma continua de minúsculos gestos que conforman una vida entera, la nuestra. No lo decimos, o no lo suficiente, pero siempre supimos que la suerte no es un golpe de fortuna, sino su presencia tanta veces silenciosa pero siempre alerta. Tener una madre, un padre, mientras el tiempo los mantiene aún de este lado de la mesa, pisando la misma tierra, respirando el mismo aire. Este, y no otro, es el regalo.Escribo esto mientras el tiempo se empeña en doblegar lo que no pudo ninguna fuerza; la energía arrebatadora de una leona de agosto. Un tren de alta velocidad con el que a menudo chocaba de frente. Pero el tiempo es un animal silencioso; no muerde de un solo bocado, pero no se detiene. Blanquea los cabellos, siembra surcos en la frente, invierte el sentido que siempre tuvieron las cosas, como si la casa, la propia vida, estuviese del revés. No ocurre de repente; al principio es casi imperceptible: una repetición, un leve olvido, un silencio más largo de lo habitual hasta que poco a poco transforma y da sentido a esa otra cara de la maternidad no siempre agradecida y generosa: ser hijos.Entonces sucede. Las noches sin dormir dejan de ser suyas, son nuestras. La cuchara cambia de mano y somos nosotros quienes la acercamos a unos labios que nos enseñaron a comer, a rezar. Repetimos las palabras, los nombres, para que no olviden el significado que ellas nos deletrearon.La mano que nos ha sostenido firme por la vida busca la nuestra con una incertidumbre nueva, que no conocemos; y somos nosotros los que apretamos la suya y la guiamos, y decimos «por aquí» y les enseñamos a echar el pie con la misma seguridad con la que un día nos enseñaron a andar, nos impulsaron, dijeron «adelante» y nos dejaron volar, incluso para regresar a casa con las alas rotas; nunca cerraron la puerta ni cortaron el invisible cordón que nos une. Y en ese gesto, mano contra mano, cabe todo lo compartido desde el primer soplo de la vida.No hay épica en esto. Es sólo una pequeña réplica a tanto como hemos recibido; una rutina de pasillos, cocinas, citas médicas, recetas, sonrisas, conversaciones, recuerdos repetidos; abrazos, silencios, noches sin hora escuchando su respiración con el alma en la oreja, como nos escuchaban ellas siendo bebés, calentando sus manos como cuando teníamos frío. Una épica doméstica, de andar por casa, que no sabe de días señalados porque ocurre en días sin celebración.Noticia relacionada opinion No No DESDE LA RAYA Cumplir años Ana PedreroFijar un Día de la Madre es reducir los océanos a un vaso con pajita; encoger lo que se ha tejido durante años y sigue tejiéndose, aunque el hilo cambie de manos, incluso al otro lado de la vida.Pero hoy es primer domingo de mayo y algo me invita a tomar conciencia casi con dolor de la suerte que tenemos todos los que han tenido y tenemos madre. Esa suerte frágil pero inmensa que es tener a quien nos enseñó a vivir, aunque ahora le recordemos cómo hacerlo cada día.Amar es un lenguaje que se conjuga de una sola vez pero se habla en direcciones distintas toda nuestra vida. En este intercambio silencioso de roles, ahora que los hijos somos madres o padres, hay una justicia callada que no figura en ninguna ley, pero que todos, tarde o temprano, entendemos.No hace falta celebrar el Día de la Madre; basta con mirar su mano en la nuestra. Reconocer en cada gesto torpe o inseguro la firmeza con la que un día nos sostuvo y dar eternas gracias. Porque ellas, las madres, se hicieron inmortales el día que nos pusieron en el mundo. Nunca celebramos el Día de la Madre o del Padre; hay hogares en los que determinadas fechas no se señalan en el calendario ni conllevan sobremesas impostadas. Casas donde pasan como un día más las cosas que están dichas y vividas todos los días del año. Es otra forma de festejar donde no cabe el torpedeo comercial; es celebrar los 365 días del año.Una madre es la suma continua de minúsculos gestos que conforman una vida entera, la nuestra. No lo decimos, o no lo suficiente, pero siempre supimos que la suerte no es un golpe de fortuna, sino su presencia tanta veces silenciosa pero siempre alerta. Tener una madre, un padre, mientras el tiempo los mantiene aún de este lado de la mesa, pisando la misma tierra, respirando el mismo aire. Este, y no otro, es el regalo.Escribo esto mientras el tiempo se empeña en doblegar lo que no pudo ninguna fuerza; la energía arrebatadora de una leona de agosto. Un tren de alta velocidad con el que a menudo chocaba de frente. Pero el tiempo es un animal silencioso; no muerde de un solo bocado, pero no se detiene. Blanquea los cabellos, siembra surcos en la frente, invierte el sentido que siempre tuvieron las cosas, como si la casa, la propia vida, estuviese del revés. No ocurre de repente; al principio es casi imperceptible: una repetición, un leve olvido, un silencio más largo de lo habitual hasta que poco a poco transforma y da sentido a esa otra cara de la maternidad no siempre agradecida y generosa: ser hijos.Entonces sucede. Las noches sin dormir dejan de ser suyas, son nuestras. La cuchara cambia de mano y somos nosotros quienes la acercamos a unos labios que nos enseñaron a comer, a rezar. Repetimos las palabras, los nombres, para que no olviden el significado que ellas nos deletrearon.La mano que nos ha sostenido firme por la vida busca la nuestra con una incertidumbre nueva, que no conocemos; y somos nosotros los que apretamos la suya y la guiamos, y decimos «por aquí» y les enseñamos a echar el pie con la misma seguridad con la que un día nos enseñaron a andar, nos impulsaron, dijeron «adelante» y nos dejaron volar, incluso para regresar a casa con las alas rotas; nunca cerraron la puerta ni cortaron el invisible cordón que nos une. Y en ese gesto, mano contra mano, cabe todo lo compartido desde el primer soplo de la vida.No hay épica en esto. Es sólo una pequeña réplica a tanto como hemos recibido; una rutina de pasillos, cocinas, citas médicas, recetas, sonrisas, conversaciones, recuerdos repetidos; abrazos, silencios, noches sin hora escuchando su respiración con el alma en la oreja, como nos escuchaban ellas siendo bebés, calentando sus manos como cuando teníamos frío. Una épica doméstica, de andar por casa, que no sabe de días señalados porque ocurre en días sin celebración.Noticia relacionada opinion No No DESDE LA RAYA Cumplir años Ana PedreroFijar un Día de la Madre es reducir los océanos a un vaso con pajita; encoger lo que se ha tejido durante años y sigue tejiéndose, aunque el hilo cambie de manos, incluso al otro lado de la vida.Pero hoy es primer domingo de mayo y algo me invita a tomar conciencia casi con dolor de la suerte que tenemos todos los que han tenido y tenemos madre. Esa suerte frágil pero inmensa que es tener a quien nos enseñó a vivir, aunque ahora le recordemos cómo hacerlo cada día.Amar es un lenguaje que se conjuga de una sola vez pero se habla en direcciones distintas toda nuestra vida. En este intercambio silencioso de roles, ahora que los hijos somos madres o padres, hay una justicia callada que no figura en ninguna ley, pero que todos, tarde o temprano, entendemos.No hace falta celebrar el Día de la Madre; basta con mirar su mano en la nuestra. Reconocer en cada gesto torpe o inseguro la firmeza con la que un día nos sostuvo y dar eternas gracias. Porque ellas, las madres, se hicieron inmortales el día que nos pusieron en el mundo.
Nunca celebramos el Día de la Madre o del Padre; hay hogares en los que determinadas fechas no se señalan en el calendario ni conllevan sobremesas impostadas. Casas donde pasan como un día más las cosas que están dichas y vividas todos los días del … año. Es otra forma de festejar donde no cabe el torpedeo comercial; es celebrar los 365 días del año.
Una madre es la suma continua de minúsculos gestos que conforman una vida entera, la nuestra. No lo decimos, o no lo suficiente, pero siempre supimos que la suerte no es un golpe de fortuna, sino su presencia tanta veces silenciosa pero siempre alerta. Tener una madre, un padre, mientras el tiempo los mantiene aún de este lado de la mesa, pisando la misma tierra, respirando el mismo aire. Este, y no otro, es el regalo.
Escribo esto mientras el tiempo se empeña en doblegar lo que no pudo ninguna fuerza; la energía arrebatadora de una leona de agosto. Un tren de alta velocidad con el que a menudo chocaba de frente. Pero el tiempo es un animal silencioso; no muerde de un solo bocado, pero no se detiene. Blanquea los cabellos, siembra surcos en la frente, invierte el sentido que siempre tuvieron las cosas, como si la casa, la propia vida, estuviese del revés. No ocurre de repente; al principio es casi imperceptible: una repetición, un leve olvido, un silencio más largo de lo habitual hasta que poco a poco transforma y da sentido a esa otra cara de la maternidad no siempre agradecida y generosa: ser hijos.
Entonces sucede. Las noches sin dormir dejan de ser suyas, son nuestras. La cuchara cambia de mano y somos nosotros quienes la acercamos a unos labios que nos enseñaron a comer, a rezar. Repetimos las palabras, los nombres, para que no olviden el significado que ellas nos deletrearon.
La mano que nos ha sostenido firme por la vida busca la nuestra con una incertidumbre nueva, que no conocemos; y somos nosotros los que apretamos la suya y la guiamos, y decimos «por aquí» y les enseñamos a echar el pie con la misma seguridad con la que un día nos enseñaron a andar, nos impulsaron, dijeron «adelante» y nos dejaron volar, incluso para regresar a casa con las alas rotas; nunca cerraron la puerta ni cortaron el invisible cordón que nos une. Y en ese gesto, mano contra mano, cabe todo lo compartido desde el primer soplo de la vida.
No hay épica en esto. Es sólo una pequeña réplica a tanto como hemos recibido; una rutina de pasillos, cocinas, citas médicas, recetas, sonrisas, conversaciones, recuerdos repetidos; abrazos, silencios, noches sin hora escuchando su respiración con el alma en la oreja, como nos escuchaban ellas siendo bebés, calentando sus manos como cuando teníamos frío. Una épica doméstica, de andar por casa, que no sabe de días señalados porque ocurre en días sin celebración.
Noticia relacionada
Fijar un Día de la Madre es reducir los océanos a un vaso con pajita; encoger lo que se ha tejido durante años y sigue tejiéndose, aunque el hilo cambie de manos, incluso al otro lado de la vida.
Pero hoy es primer domingo de mayo y algo me invita a tomar conciencia casi con dolor de la suerte que tenemos todos los que han tenido y tenemos madre. Esa suerte frágil pero inmensa que es tener a quien nos enseñó a vivir, aunque ahora le recordemos cómo hacerlo cada día.
Amar es un lenguaje que se conjuga de una sola vez pero se habla en direcciones distintas toda nuestra vida. En este intercambio silencioso de roles, ahora que los hijos somos madres o padres, hay una justicia callada que no figura en ninguna ley, pero que todos, tarde o temprano, entendemos.
No hace falta celebrar el Día de la Madre; basta con mirar su mano en la nuestra. Reconocer en cada gesto torpe o inseguro la firmeza con la que un día nos sostuvo y dar eternas gracias. Porque ellas, las madres, se hicieron inmortales el día que nos pusieron en el mundo.
RSS de noticias de espana

