En pocos días PP y Vox deberían cerrar su primera coalición de gobierno después de la ruptura de 2024. Será en Extremadura, un territorio donde exhibieron sus mayores diferencias, que ahora parecen haberse reconducido. El sigilo con el que continúan las conversaciones, especialmente por parte de los populares, prueba hasta qué punto temen que algo pueda frustrarse. Esa reflexión la comparten todos los dirigentes nacionales y líderes autonómicos consultados, que asumen una «fragilidad» que lo condiciona todo. El mayor miedo es que se cierren acuerdos que terminen siendo muy inestables. La sospecha de todos ellos, a pesar de que lo previsto es que haya acuerdos de gobierno en las tres comunidades en las que ya se han celebrado elecciones, es que la mala sintonía entre líderes nacionales puede seguir alimentando la desconfianza entre partidos y terminar repercutiendo en las autonomías. Solo hay que ver el rechazo que Vox ha mostrado a que se sienten en la mesa de negociación enviados de la dirección nacional, especialmente el secretario general, Miguel Tellado. Es una decisión tomada por Alberto Núñez Feijóo, que no prevé revertir, y que es un mensaje en sí mismo a su rival político. En una entrevista reciente con ABC, Santiago Abascal no escondió su malestar por la intervención del PP en las autonomías a pesar de que su partido es el primero que centraliza las conversaciones.No solo acusó a Génova de poner «zancadillas» para que los acuerdos no salieran adelante, sino que dejó claro que para su partido los interlocutores válidos son los barones autonómicos. Esas declaraciones, amplificadas después por otros portavoces, incluso los que se sentaron a la mesa con Tellado en Extremadura, desatan una cierta sorpresa en el PP. Otros dirigentes no dudan en ver «inquina pura» contra su partido. «Vox nos acusa de todo lo malo que le pasa . Las crisis internas son cosas del PP. Si no crecen lo esperado en Castilla y León, también. Y ahora dicen que Sánchez puede ganar porque el PP hace que ellos bajen», se quejan en privado.Noticia relacionada general No No El PSOE teme el ‘sorpasso’ de Vox en cuatro provincias andaluzas Ainhoa MartínezLo que ha pedido Feijóo es evitar la escalada dialéctica con Vox y no entrar al cuerpo a cuerpo a pesar de las acusaciones que ellos sí les han lanzado. Pero eso no impide que el malestar se instale en las filas populares, que a menudo miran con hartazgo los reproches de su rival en la derecha. La mayoría de dirigentes piensa que el verdadero objetivo de Vox es el ‘sorpasso’ o acabar con el PP, viendo otros ejemplos de Europa que a España no han llegado y siguen muy lejos.Las generales, como metaSobre todo, porque la sensación en el PP es que toda la estrategia de Vox —también la desplegada en las autonomías— está relacionada con la convocatoria de las elecciones generales, que es la única batalla que identifican como importante para Abascal.De hecho, cuando pasaron las elecciones de Extremadura y nada se movía, algunos dirigentes populares pensaron de verdad que Vox podría forzar la repetición electoral. No veían incentivos en el partido de Abascal para pactar, teniendo en cuenta que no parecía pasarles factura —luego las cosas cambiaron— y que se confirmaba un ascenso sostenido. Pensaron que iban a tratar de replicar los buenos resultados comunidad a comunidad y resistir sin acuerdos con el PP. Al final, después de las elecciones aragonesas, y cuando empezó a calar la idea de que solo ellos bloqueaban e impedían un acuerdo de la derecha, las cosas se empezaron a reconducir. Ahí llegó también la intervención de Feijóo .El sigilo con el que continúan las negociaciones en Extremadura prueba hasta qué punto temen que algo pueda frustrarse en cualquier momentoHacía muchos meses que los dos líderes no hablaban por teléfono. La llamada la pidió el dirigente gallego y se produjo un domingo. Duró aproximadamente una hora y el resumen, según fuentes de los dos partidos, es que es inasumible que no lleguen a un acuerdo en las autonomías con sumas tan potentes como el 60 por ciento extremeño. También hubo compromisos implícitos, como el de cesar los ataques mutuos y no entrar en asuntos internos. Vox cree que eso se ha incumplido. Las crisis de exdirigentes del partido derechista se acumulan, con expulsiones, expedientes e incluso peticiones de un congreso extraordinario que pone en cuestión el liderazgo de Abascal. En la cúpula de Vox están convencidos de que el PP ha participado en esa «guerra sucia» a pesar de que Génova lo niega categóricamente.Convivencia muy difícilEn todo caso, lo que constatan en el núcleo duro de Abascal es que la confianza sigue siendo inexistente y no hay buena sintonía. Durante un tiempo los dos partidos —más el PP— trataron de lanzar la idea de un cierto acercamiento. Al menos, que diera la sensación de que existía cordialidad entre líderes. El pasado de Abascal en las filas del PP —hasta el punto de que en sus tiempos de juventud compartió mucho tiempo con algunos dirigentes de hoy como Juanma Moreno y Jorge Azcón; y por supuesto otros como Borja Sémper— es una referencia recurrente para tratar de limar asperezas. Esa frase que muchos repiten en el partido: «A Santi lo conocemos de toda la vida».No es el caso de Feijóo. Los dos dirigentes de la derecha española no comparten generación ni cultura política. No hacen los mismos diagnósticos de la realidad sociológica ni creen en los mismos remedios. Difieren en cuestiones estratégicas como la política exterior, los acuerdos comerciales con otros países e incluso asuntos ideológicos más profundos. En los pactos autonómicos ambos hacen un esfuerzo por encontrar los puntos comunes —a la vista está— para dar respuesta a la nueva aritmética que parece asentarse en España.No existe confianza ni especial cordialidad entre líderes: ni comparten generación ni tampoco cultura política. De ahí el temor a cómo se entenderánPero hay distancias muy amplias hasta el punto de que el líder de Vox en la entrevista con ABC reconoció que le costaba imaginarse sentado en un Consejo de Ministros presidido por el PP. No era una cuestión de táctica política —todos los dirigentes se presentan para ganar las elecciones y alcanzar la Presidencia del Gobierno— sino una constatación de lo difícil que será esa convivencia.Esa es la conclusión a la que llegan, realmente, en muchos sectores del PP. Y no esconden la preocupación de que los acuerdos se compliquen, se deterioren o entren en una profunda inestabilidad que ya se ha visto también en la izquierda con los acuerdos de PSOE y Podemos, sobre todo, y en menor medida con Sumar. «Lo que nos faltaba es ver lo mismo en la derecha», se resignan estos días en las filas populares, a la espera de que las primeras coaliciones echen a andar y despejen lo que realmente puede ocurrir. En pocos días PP y Vox deberían cerrar su primera coalición de gobierno después de la ruptura de 2024. Será en Extremadura, un territorio donde exhibieron sus mayores diferencias, que ahora parecen haberse reconducido. El sigilo con el que continúan las conversaciones, especialmente por parte de los populares, prueba hasta qué punto temen que algo pueda frustrarse. Esa reflexión la comparten todos los dirigentes nacionales y líderes autonómicos consultados, que asumen una «fragilidad» que lo condiciona todo. El mayor miedo es que se cierren acuerdos que terminen siendo muy inestables. La sospecha de todos ellos, a pesar de que lo previsto es que haya acuerdos de gobierno en las tres comunidades en las que ya se han celebrado elecciones, es que la mala sintonía entre líderes nacionales puede seguir alimentando la desconfianza entre partidos y terminar repercutiendo en las autonomías. Solo hay que ver el rechazo que Vox ha mostrado a que se sienten en la mesa de negociación enviados de la dirección nacional, especialmente el secretario general, Miguel Tellado. Es una decisión tomada por Alberto Núñez Feijóo, que no prevé revertir, y que es un mensaje en sí mismo a su rival político. En una entrevista reciente con ABC, Santiago Abascal no escondió su malestar por la intervención del PP en las autonomías a pesar de que su partido es el primero que centraliza las conversaciones.No solo acusó a Génova de poner «zancadillas» para que los acuerdos no salieran adelante, sino que dejó claro que para su partido los interlocutores válidos son los barones autonómicos. Esas declaraciones, amplificadas después por otros portavoces, incluso los que se sentaron a la mesa con Tellado en Extremadura, desatan una cierta sorpresa en el PP. Otros dirigentes no dudan en ver «inquina pura» contra su partido. «Vox nos acusa de todo lo malo que le pasa . Las crisis internas son cosas del PP. Si no crecen lo esperado en Castilla y León, también. Y ahora dicen que Sánchez puede ganar porque el PP hace que ellos bajen», se quejan en privado.Noticia relacionada general No No El PSOE teme el ‘sorpasso’ de Vox en cuatro provincias andaluzas Ainhoa MartínezLo que ha pedido Feijóo es evitar la escalada dialéctica con Vox y no entrar al cuerpo a cuerpo a pesar de las acusaciones que ellos sí les han lanzado. Pero eso no impide que el malestar se instale en las filas populares, que a menudo miran con hartazgo los reproches de su rival en la derecha. La mayoría de dirigentes piensa que el verdadero objetivo de Vox es el ‘sorpasso’ o acabar con el PP, viendo otros ejemplos de Europa que a España no han llegado y siguen muy lejos.Las generales, como metaSobre todo, porque la sensación en el PP es que toda la estrategia de Vox —también la desplegada en las autonomías— está relacionada con la convocatoria de las elecciones generales, que es la única batalla que identifican como importante para Abascal.De hecho, cuando pasaron las elecciones de Extremadura y nada se movía, algunos dirigentes populares pensaron de verdad que Vox podría forzar la repetición electoral. No veían incentivos en el partido de Abascal para pactar, teniendo en cuenta que no parecía pasarles factura —luego las cosas cambiaron— y que se confirmaba un ascenso sostenido. Pensaron que iban a tratar de replicar los buenos resultados comunidad a comunidad y resistir sin acuerdos con el PP. Al final, después de las elecciones aragonesas, y cuando empezó a calar la idea de que solo ellos bloqueaban e impedían un acuerdo de la derecha, las cosas se empezaron a reconducir. Ahí llegó también la intervención de Feijóo .El sigilo con el que continúan las negociaciones en Extremadura prueba hasta qué punto temen que algo pueda frustrarse en cualquier momentoHacía muchos meses que los dos líderes no hablaban por teléfono. La llamada la pidió el dirigente gallego y se produjo un domingo. Duró aproximadamente una hora y el resumen, según fuentes de los dos partidos, es que es inasumible que no lleguen a un acuerdo en las autonomías con sumas tan potentes como el 60 por ciento extremeño. También hubo compromisos implícitos, como el de cesar los ataques mutuos y no entrar en asuntos internos. Vox cree que eso se ha incumplido. Las crisis de exdirigentes del partido derechista se acumulan, con expulsiones, expedientes e incluso peticiones de un congreso extraordinario que pone en cuestión el liderazgo de Abascal. En la cúpula de Vox están convencidos de que el PP ha participado en esa «guerra sucia» a pesar de que Génova lo niega categóricamente.Convivencia muy difícilEn todo caso, lo que constatan en el núcleo duro de Abascal es que la confianza sigue siendo inexistente y no hay buena sintonía. Durante un tiempo los dos partidos —más el PP— trataron de lanzar la idea de un cierto acercamiento. Al menos, que diera la sensación de que existía cordialidad entre líderes. El pasado de Abascal en las filas del PP —hasta el punto de que en sus tiempos de juventud compartió mucho tiempo con algunos dirigentes de hoy como Juanma Moreno y Jorge Azcón; y por supuesto otros como Borja Sémper— es una referencia recurrente para tratar de limar asperezas. Esa frase que muchos repiten en el partido: «A Santi lo conocemos de toda la vida».No es el caso de Feijóo. Los dos dirigentes de la derecha española no comparten generación ni cultura política. No hacen los mismos diagnósticos de la realidad sociológica ni creen en los mismos remedios. Difieren en cuestiones estratégicas como la política exterior, los acuerdos comerciales con otros países e incluso asuntos ideológicos más profundos. En los pactos autonómicos ambos hacen un esfuerzo por encontrar los puntos comunes —a la vista está— para dar respuesta a la nueva aritmética que parece asentarse en España.No existe confianza ni especial cordialidad entre líderes: ni comparten generación ni tampoco cultura política. De ahí el temor a cómo se entenderánPero hay distancias muy amplias hasta el punto de que el líder de Vox en la entrevista con ABC reconoció que le costaba imaginarse sentado en un Consejo de Ministros presidido por el PP. No era una cuestión de táctica política —todos los dirigentes se presentan para ganar las elecciones y alcanzar la Presidencia del Gobierno— sino una constatación de lo difícil que será esa convivencia.Esa es la conclusión a la que llegan, realmente, en muchos sectores del PP. Y no esconden la preocupación de que los acuerdos se compliquen, se deterioren o entren en una profunda inestabilidad que ya se ha visto también en la izquierda con los acuerdos de PSOE y Podemos, sobre todo, y en menor medida con Sumar. «Lo que nos faltaba es ver lo mismo en la derecha», se resignan estos días en las filas populares, a la espera de que las primeras coaliciones echen a andar y despejen lo que realmente puede ocurrir.
En pocos días PP y Vox deberían cerrar su primera coalición de gobierno después de la ruptura de 2024. Será en Extremadura, un territorio donde exhibieron sus mayores diferencias, que ahora parecen haberse reconducido. El sigilo con el que continúan las conversaciones, especialmente por parte … de los populares, prueba hasta qué punto temen que algo pueda frustrarse. Esa reflexión la comparten todos los dirigentes nacionales y líderes autonómicos consultados, que asumen una «fragilidad» que lo condiciona todo. El mayor miedo es que se cierren acuerdos que terminen siendo muy inestables.
La sospecha de todos ellos, a pesar de que lo previsto es que haya acuerdos de gobierno en las tres comunidades en las que ya se han celebrado elecciones, es que la mala sintonía entre líderes nacionales puede seguir alimentando la desconfianza entre partidos y terminar repercutiendo en las autonomías. Solo hay que ver el rechazo que Vox ha mostrado a que se sienten en la mesa de negociación enviados de la dirección nacional, especialmente el secretario general, Miguel Tellado. Es una decisión tomada por Alberto Núñez Feijóo, que no prevé revertir, y que es un mensaje en sí mismo a su rival político. En una entrevista reciente con ABC, Santiago Abascal no escondió su malestar por la intervención del PP en las autonomías a pesar de que su partido es el primero que centraliza las conversaciones.
No solo acusó a Génova de poner «zancadillas» para que los acuerdos no salieran adelante, sino que dejó claro que para su partido los interlocutores válidos son los barones autonómicos. Esas declaraciones, amplificadas después por otros portavoces, incluso los que se sentaron a la mesa con Tellado en Extremadura, desatan una cierta sorpresa en el PP. Otros dirigentes no dudan en ver «inquina pura» contra su partido. «Vox nos acusa de todo lo malo que le pasa. Las crisis internas son cosas del PP. Si no crecen lo esperado en Castilla y León, también. Y ahora dicen que Sánchez puede ganar porque el PP hace que ellos bajen», se quejan en privado.
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Ainhoa Martínez
Lo que ha pedido Feijóo es evitar la escalada dialéctica con Vox y no entrar al cuerpo a cuerpo a pesar de las acusaciones que ellos sí les han lanzado. Pero eso no impide que el malestar se instale en las filas populares, que a menudo miran con hartazgo los reproches de su rival en la derecha. La mayoría de dirigentes piensa que el verdadero objetivo de Vox es el ‘sorpasso’ o acabar con el PP, viendo otros ejemplos de Europa que a España no han llegado y siguen muy lejos.
Las generales, como meta
Sobre todo, porque la sensación en el PP es que toda la estrategia de Vox —también la desplegada en las autonomías— está relacionada con la convocatoria de las elecciones generales, que es la única batalla que identifican como importante para Abascal.
De hecho, cuando pasaron las elecciones de Extremadura y nada se movía, algunos dirigentes populares pensaron de verdad que Vox podría forzar la repetición electoral. No veían incentivos en el partido de Abascal para pactar, teniendo en cuenta que no parecía pasarles factura —luego las cosas cambiaron— y que se confirmaba un ascenso sostenido. Pensaron que iban a tratar de replicar los buenos resultados comunidad a comunidad y resistir sin acuerdos con el PP.
Al final, después de las elecciones aragonesas, y cuando empezó a calar la idea de que solo ellos bloqueaban e impedían un acuerdo de la derecha, las cosas se empezaron a reconducir. Ahí llegó también la intervención de Feijóo.
El sigilo con el que continúan las negociaciones en Extremadura prueba hasta qué punto temen que algo pueda frustrarse en cualquier momento
Hacía muchos meses que los dos líderes no hablaban por teléfono. La llamada la pidió el dirigente gallego y se produjo un domingo. Duró aproximadamente una hora y el resumen, según fuentes de los dos partidos, es que es inasumible que no lleguen a un acuerdo en las autonomías con sumas tan potentes como el 60 por ciento extremeño. También hubo compromisos implícitos, como el de cesar los ataques mutuos y no entrar en asuntos internos. Vox cree que eso se ha incumplido.
Las crisis de exdirigentes del partido derechista se acumulan, con expulsiones, expedientes e incluso peticiones de un congreso extraordinario que pone en cuestión el liderazgo de Abascal. En la cúpula de Vox están convencidos de que el PP ha participado en esa «guerra sucia» a pesar de que Génova lo niega categóricamente.
Convivencia muy difícil
En todo caso, lo que constatan en el núcleo duro de Abascal es que la confianza sigue siendo inexistente y no hay buena sintonía. Durante un tiempo los dos partidos —más el PP— trataron de lanzar la idea de un cierto acercamiento. Al menos, que diera la sensación de que existía cordialidad entre líderes. El pasado de Abascal en las filas del PP —hasta el punto de que en sus tiempos de juventud compartió mucho tiempo con algunos dirigentes de hoy como Juanma Moreno y Jorge Azcón; y por supuesto otros como Borja Sémper— es una referencia recurrente para tratar de limar asperezas. Esa frase que muchos repiten en el partido: «A Santi lo conocemos de toda la vida».
No es el caso de Feijóo. Los dos dirigentes de la derecha española no comparten generación ni cultura política. No hacen los mismos diagnósticos de la realidad sociológica ni creen en los mismos remedios. Difieren en cuestiones estratégicas como la política exterior, los acuerdos comerciales con otros países e incluso asuntos ideológicos más profundos. En los pactos autonómicos ambos hacen un esfuerzo por encontrar los puntos comunes —a la vista está— para dar respuesta a la nueva aritmética que parece asentarse en España.
No existe confianza ni especial cordialidad entre líderes: ni comparten generación ni tampoco cultura política. De ahí el temor a cómo se entenderán
Pero hay distancias muy amplias hasta el punto de que el líder de Vox en la entrevista con ABC reconoció que le costaba imaginarse sentado en un Consejo de Ministros presidido por el PP. No era una cuestión de táctica política —todos los dirigentes se presentan para ganar las elecciones y alcanzar la Presidencia del Gobierno— sino una constatación de lo difícil que será esa convivencia.
Esa es la conclusión a la que llegan, realmente, en muchos sectores del PP. Y no esconden la preocupación de que los acuerdos se compliquen, se deterioren o entren en una profunda inestabilidad que ya se ha visto también en la izquierda con los acuerdos de PSOE y Podemos, sobre todo, y en menor medida con Sumar. «Lo que nos faltaba es ver lo mismo en la derecha», se resignan estos días en las filas populares, a la espera de que las primeras coaliciones echen a andar y despejen lo que realmente puede ocurrir.
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