A falta de competición, buenas son las discusiones bizantinas. ¿Quién no tiene una solución para los males de su equipo y está dispuesto a ofrecerla altruistamente? Tramitada la elección presidencial, el barcelonismo debate la madre de todas las batallas: ¿renovar a Lewandowski? Y si la respuesta es no, ¿qué delantero centro ficharía usted? Porque aquí nadie espera que la solución esté en la Masia…
A falta de competición, buenas son las discusiones bizantinas. ¿Quién no tiene una solución para los males de su equipo y está dispuesto a ofrecerla altruistamente? Tramitada la elección presidencial, el barcelonismo debate la madre de todas las batallas: ¿renovar a Lewandowski? Y si la respuesta es no, ¿qué delantero centro ficharía usted? Porque aquí nadie espera que la solución esté en la Masia…Seguir leyendo…
A falta de competición, buenas son las discusiones bizantinas. ¿Quién no tiene una solución para los males de su equipo y está dispuesto a ofrecerla altruistamente? Tramitada la elección presidencial, el barcelonismo debate la madre de todas las batallas: ¿renovar a Lewandowski? Y si la respuesta es no, ¿qué delantero centro ficharía usted? Porque aquí nadie espera que la solución esté en la Masia…
El fútbol se está llevando por delante la figura del delantero centro “de área”, aquellos tipos que pescaban con caña –Julio Salinas, por ejemplo– o vivían de su cabeza –Carlos Santillana– y cuyo rendimiento dependía exclusivamente de los goles que marcaban. No se les exigía más, y mucho menos perseguir a un contrario o pegarse un sprint baldío para “presionar” al portero aún sabiendo que no olerán el balón.
Los milagros escasean: más Lewandowski o un fichaje caro (y no hablamos de Julián Álvarez)
Fabricar un goleador es imposible (afortunadamente). Y la prueba es que la Masia no ha producido en la historia un solo ariete para el primer equipo. El goleador es el último reducto del individualismo en el fútbol. No se ensaya, no se hace, solo se nace con ese don muy poco compatible con la solidaridad y la primacía del juego colectivo que se enseña en las escuelas futbolísticas (léase canteras). Son futbolistas escasos y valiosos y a veces se diría que están en vías de extinción porque son pocos –siempre fue así– y el concepto del “falso nueve” les perjudica gravemente.
El debate Lewandowski flota, y más que flotará esta temporada. En un único partido, los que abogan por el finiquito pueden terminar aclamándole si marca un par de goles en la última media hora. La variabilidad es máxima, de ahí la leyenda –fundada– de que no salen contentos cuando su equipo ha goleado, pero ellos no…
Por cuantía de la ficha y edad, lo sensato sería terminar felizmente la relación con Lewandowski al final de la temporada. El problema es que eso exige un recambio y, dada la coyuntura económica, pinta mal la cosa a menos que la secretaría técnica haga un trabajo excepcional: fichar un goleador emergente. La apuesta implica poner todas las fichas a un número de la ruleta, riesgo poco idóneo para los agentes que se mueven en el entorno blaugrana.
Aletea el nombre de Julián Álvarez, como si en algún lugar de los estatutos del FC Barcelona estuviese escrito “ayudarás al Atlético de Madrid como si fueses su primo” (ver Griezmann o los regalo s de David Villa y Luis Suárez). Mal asunto un ariete que no cuajó en el Manchester City y tampoco en el equipo rojiblanco. Pensar que todo cambiará por el hecho de jugar en el Barça roza la fanfarronería.
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