En el último año, instituciones de España, Italia, Reino Unido, Austria y, sobre todo, Francia, se han enfrentado a este tipo de asaltos Leer En el último año, instituciones de España, Italia, Reino Unido, Austria y, sobre todo, Francia, se han enfrentado a este tipo de asaltos Leer
En 1999, en El secreto de Thomas Crown, Pierce Brosnan dejó fijado en el imaginario colectivo de toda una generación lo que un ladrón de arte debía ser. Con un traje de tres piezas, un guante blanco, un caminar pausado y una elegancia innata se podía entrar en un museo de máxima seguridad, el Metropolitan de Nueva York; sacar de su marco un monet, Crepúsculo en San Giorgio Maggiore, y huir tranquilamente por la puerta con una valiosísima obra embutida en un maletín de piel. Sin que un solo pelo se moviera de su sitio ni una gota de sudor empapara su camisa.
Hasta que la realidad ha hecho añicos el glamour con el que Hollywood quiso envolver estos robos. Los trajes de tres piezas son en realidad monos y capuchas. El caminar pausado son huidas aceleradas en moto no siempre exitosas. Y el maletín de piel se ha sustituido por mazos, radiales, barras de metal… y cualquier objeto contundente que sirva para reventar puertas, ventanas o vidrieras. La única conexión entre ficción y realidad son los escasos minutos que los ladrones tardan en entrar, saquear el lugar y huir. En el último año, museos de Italia, Austria, España, Reino Unido y, sobre todo, Francia, han sido víctimas de ese método.
El pasado 19 de octubre, a plena luz del día, una banda de encapuchados entró en la Galería de Apolo del Louvre, en París, valiéndose de un elevador eléctrico y una radial de disco para cortar la ventana. El botín fue una selección de joyas de la colección de Napoleón III y de la Emperatriz Eugenia de Montijo valoradas en unos 88 millones de euros. Sin haberse cumplido un año, el 8 de septiembre, otros encapuchados se colaron con unas sierras eléctricas en la casa-museo del pintor Pierre-Auguste Renoir, en la Costa Azul francesa, para llevarse en apenas unos minutos cuatro pinturas valoradas en 8 millones de euros. Y, entre medias, ha habido robos -la mayoría con idéntico modus operandi- en Badajoz, Villena y Albacete, en España; en Exeter y Bristol, en Reino Unido; en el Museo de Artes Aplicadas (MAK), en Viena; en Parma y en Sicilia, en Italia, y en las ciudades francesas de Limoges, Langres, Wingen-sur-Moder y Châtillon-sur-Seine.
«Ese tipo de robo que Hollywood ha reflejado mucho, de una persona de alto estatus económico, gran entendido en arte y que roba por tener un reto, nunca nos lo hemos encontrado. Tenemos que hablar de criminales, pero el gran cambio que estamos viendo es que esos robos se están volviendo más violentos, son más rápidos y nadie, con los protocolos actuales, llega a frenarlos», expone Marc Balcells, director del grado en Criminología de la Universitat Oberta de Catalunya. «Son ladrones que hoy pueden robar arte, mañana iPhones y al siguiente coches de alta gama.Son ladrones mucho más informales, que se juntan en grupo. Ni es crimen organizado ni es la mafia. Ellos no pretenden robar patrimonio cultural, ellos quieren las joyas y el oro», agrega este experto.
«Son ladrones que hoy pueden robar arte, mañana iPhones y al siguiente coches de alta gama»
Marc Balcells, director del grado en Criminología de la Universitat Oberta de Catalunya
El informe Changing Tactics, Changing Targets: The Evolving Nature of Museum Heists, publicado el 26 de agosto por Europol, traza minuciosamente el nuevo perfil de los criminales, cómo se organizan, cómo actúan y qué tipo de materiales les interesan. Según la autoridad europea, ya no hay una red rígidamente estructurada bajo el mandato de un líder, sino que se reclutan delincuentes sin vínculos previos a través de redes sociales, como Telegram, para asaltos concretos. Ya no son especialistas en el tráfico de bienes culturales, están activos en otros mercados y solo les interesan las ganancias. El objetivo son precisamente joyas y oro por su elevado valor, por la facilidad para colocarlo en el mercado y por ser más manejables. Las operaciones ya no son sigilosas, ahora rompen vitrinas usando mazas, hachas, palanquetas y, en algunos casos, explosivos.
«Una pintura valorada en 50 millones de euros puede ser imposible de vender abiertamente, difícil de transportar y peligrosa de conservar. En cambio, una colección de joyas más modesta puede perder valor cultural al ser desmantelada, pero ofrecer componentes susceptibles de ser movidos a través de canales ilícitos o semilegítimos. El cálculo delictivo podría inclinarse así por un objeto de menor valor nominal pero con mayores probabilidades de conversión», señala Nikos Passas, profesor de Criminología y Justicia Penal en la Northeastern University de Boston y codirector del Instituto de Seguridad y Políticas Públicas.
El oro, que fue el objetivo en los tres robos de España y en alguno de los franceses, es un buen ejemplo. Su precio ronda ahora mismo los 4.000 euros por onza -unos 28 gramos- y da la oportunidad de transformarlo fácilmente mediante fundición, haciendo más difícil que las autoridades puedan rastrear su origen. «Las obras de arte son fácilmente identificables y su monetización resulta extremadamente difícil. Sin embargo, con joyas, piezas de oro arqueológico, monedas o materiales preciosos, los delincuentes pueden obtener beneficios destruyendo la identidad cultural del objeto y vendiendo el material que lo compone. Este es uno de los aspectos más preocupantes de la tendencia actual: la recuperación puede volverse imposible porque el objeto mismo ha dejado de existir en su forma original», detalla Ibrahim Bulut, asesor en el International Committee for Museum Security y profesor en la Association for Research into Crimes against Art (Arca).
Aunque, según los expertos, el valor de esos bienes en el mercado puede reducirse hasta un 30% una vez que se les quita su condición de patrimonio cultural, estas piezas siguen siendo extremadamente valiosas y suponen una forma rápida y sencilla de tener beneficios. «Antes se decía que el crimen no compensaba, pero lo cierto es que eso ya no es así. Debemos reforzar nuestra seguridad y, lo que es más importante, las penas por delitos contra el arte. Propongo que se acuse a los delincuentes de terrorismo contra el patrimonio cultural y se les condene a 40 años de prisión. Necesitamos medidas que actúen realmente como elemento disuasorio. En la actualidad, los delincuentes no temen a la policía ni a ir a la cárcel; para ellos, el robo merece la pena a pesar del riesgo», explica Christopher Marinello, fundador de Art Recovery International, firma especializada en recuperar arte robado o expoliado.
El asalto al Louvre, que inauguró esta ola de robos exprés -rara vez superan los siete minutos- y mediante técnicas violentas, abrió el debate sobre la seguridad en los museos de Francia. El Gobierno, de hecho, planteó en junio un plan de seguridad de su patrimonio con 33 medidas que se aplicarán entre 2026 y 2027. Pero ese debate ha permeado toda Europa ante la oleada de ataques a sus instituciones. Si unos ladrones equipados con sierras de disco pueden robar en uno de los museos más prestigiosos del continente, por qué no iban a hacerlo en cualquier otro. «El Louvre fue la campanada, pero no olvidemos que llevan años reconociendo deficiencias en la seguridad y que está construido en una antigua residencia, con lo cual siempre hay una salida por la que escapar», aporta Jorge Llopis, perito judicial y fundador del portal Pecados del Arte.
Los expertos, sin embargo, oscilan entre quienes ven en la debilidad del Louvre una especie de efecto llamada para los criminales y quienes dudan de que se pueda utilizar esta expresión. «Si se puede entrar en el Louvre, se puede entrar en cualquier museo. No cabe duda de que ese robo envió un mensaje a otros delincuentes: Europa tiene un problema de seguridad en sus museos», asegura Christopher Marinello. «Hablaría con mayor cautela de un efecto imitación. Un robo exitoso, espectacular y de gran repercusión mediática puede mostrar a otros delincuentes que incluso las instituciones de renombre internacional pueden ser vulnerables. Sin embargo, no hay fundamento para afirmar que el incidente del Louvre haya provocado robos posteriores. Las vulnerabilidades subyacentes y las motivaciones delictivas ya existían. Es posible que el caso del Louvre haya aumentado la visibilidad del fenómeno, pero no creó la amenaza», agrega Ibrahim Bulut. Y cierra Marc Balcells: «Cuando tú estás viendo que un gran museo como el Louvre es tan vulnerable, ¿qué mensaje das para museos pequeños? Solo te hace falta un grupo motivado para llevar a cabo ese golpe. Si el grande ha sido tan fácil de robar, cómo no lo será uno más pequeño como el de Villena o el de Badajoz. De esos polvos vienen ahora estos lodos».
«Hay que considerar la presencia de guardias armados las 24 horas. Nada transmite mejor la idea de seguridad que un subfusil MP5 o MP7»
Christopher Marinello, fundador de Art Recovery International
Bajo la evidente amenaza de estos idénticos robos por Europa, subyace también un debate de fondo. Todo apunta a que los museos deben reforzar las medidas de seguridad y adaptarse a una nueva realidad, pero ¿es posible hacerlo sin que se pierda la esencia misma de lo que es un museo? Es decir, cómo se puede mantener el patrimonio de gran valor expuesto al público y que no lo esté frente a asaltos exprés. «Los museos no deben convertirse en fortalezas. Su propósito público, educativo y cívico depende de un acceso significativo al patrimonio cultural. El enfoque más adecuado es una seguridad inteligente, adaptable y proporcionada. Esto implica utilizar la inteligencia y la evaluación de riesgos para concentrar las medidas de protección donde más importan, en lugar de tratar a cada visitante o a cada objeto como un riesgo idéntico», afirma Nikos Passas.
El Museu de Mallorca decidió esta misma semana retirar 20 monedas de época almohade, procedentes de yacimientos arqueológicos de la época islámica, y trasladarlas a una cámara de seguridad por temor a que se repitiera lo de Villena. «Quizás ante la falta de medidas de seguridad garantistas, la solución sea mantener los bienes en custodia, en cajas de seguridad o en museos más potentes sin que eso signifique una recentralización», señala Jorge Llopis.
Incluso hay expertos, como Christopher Marinello, que apuestan por sistemas de seguridad más férreos: «Dado que no hay fondos para seguridad, debemos probar métodos alternativos que podrían afectar a la accesibilidad: exigir pasaportes para entrar a los museos, permitir que estos vendan artículos almacenados que tal vez nunca lleguen a exhibirse, trasladar la comisaría local a las plantas superiores de los museos más pequeños o considerar la presencia de guardias armados las 24 horas, tal como ocurre en los aeropuertos. Nada transmite mejor la idea de seguridad museística que un subfusil MP5 o MP7».
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