La historia ya no solo se mira: también puede escucharse. El proyecto ‘El último trazo de tiza’, con el que Miguel Muñiz, fotógrafo de ABC, había rescatado del olvido las antiguas escuelas rurales de Galicia, da un paso más con su conversión en exposición inmersiva que devuelve la vida a aquellas aulas que durante décadas quedaron reducidas a ruinas.La muestra, inaugurada en marzo en el Palacio de San Marcos, en la Diputación de Lugo, propone al visitante una inmersión en el pasado. Podrá visitarse hasta el 13 de mayo. En el centro del espacio, una reconstrucción de una escuela de indianos recibe al público: pupitres originales, material escolar y un encerado procedente de una antigua escuela de Mañón, cedidos por el Concello, detienen una escena en el tiempo, como el fotógrafo hace con sus imágenes. M.MUÑIZLa exposición trasciende lo visual. Cada fotografía incorpora códigos QR que permiten escuchar testimonios reales a través de las voces que vivieron aquella realidad. La memoria oral, hasta ahora dispersa, se integra así en el relato. «Me di cuenta de que la memoria oral era tan importante como la visual», explicaba a este diario Muñiz, que durante cuatro años recorrió Galicia para documentar más de treinta escuelas y reencontrar a antiguos alumnos.Esas voces son las que dan profundidad a la muestra. Maruxa recuerda un encontronazo con el lobo, de camino a clase, y tener que salir corriendo. Trini revive cómo en la escuela les obligaban a hablar en castellano porque los «educaban para la emigración». Remedios rememora el rechazo que sentía hacia la llamada «leche de los americanos», que debía beber a pesar de tener vacas en casa. Testimonios que componen un retrato complejo de una época marcada en la que los más pequeños se debatían entre su trabajo en el campo y el deseo de aprender.MUÑIZEl trabajo tuvo su origen cuando Muñiz se propuso recopilar y documentar aquellos espacios abandonados, o lo que quedaba de ellos; y cuando comprendió que no bastaba con fotografiar paredes y objetos. El punto de inflexión llegó acompañando a Aurora, una mujer octogenaria, a su antigua escuela tras más de sesenta años. Aquel «fue un momento muy emotivo», recuerda. «Ahí entendí que había que escuchar». No bastaba con recuperar solo la memoria visual: también debía preservar la oral antes de que se apagase.Desde entonces, el trabajo se convirtió en una investigación exhaustiva sobre un modelo educativo sostenido por los vecinos. En muchas aldeas, eran los propios vecinos quienes levantaban las escuelas y designaban a un maestro —el escolante— al que pagaban en especie, en ferrados de grano. Y aquellas aulas de las ‘escuelas del ferrado’ funcionaron durante décadas como centros de vida comunitaria.MUÑIZLa exposición también recoge esa dimensión. Una iluminación cuidada al detalle guía la mirada del visitante de una imagen a otra, como si transitara por un mismo espacio. «Mucha gente me dice que parecen pinturas», apunta el autor. Su intención siempre fue construir un relato continuo, un viaje en el tiempo en el que cada fotografía dialogase con la siguiente.Detrás de ese impulso hay también una forma de entender la fotografía en la que la cámara, más que una herramienta, le sirve a Muñiz como forma de entender el mundo. Sus imágenes no buscan únicamente documentar, sino establecer un vínculo entre los espacios y las personas que los habitaron. «Hago fotos con personas. Para mí es importante que aparezcan, porque los paisajes sin gente están desnudos», cuenta el autor. En ‘El último trazo de tiza’, esa relación se materializa cuando a los pupitres vacíos regresan quienes los ocuparon.El proyecto mira al pasado e interpela al presente; las antiguas escuelas se vuelven «arcas del tiempo» para una sociedad rural que, con las décadas, se fue desdibujando con los cambios del modelo educativo y la despoblación. Al visitante, cada imagen le plantea preguntas abiertas sobre las decisiones que llevaron al cierre de aquellas aulas, sobre el futuro de los territorios que las albergaron o sobre el esfuerzo de las comunidades de vecinos que sacaban adelante la enseñanza. Porque, para Muñiz, ese es también uno de los objetivos de su trabajo: provocar una reflexión. Por eso el fotógrafo captura instantes que recogen la memoria de las personas y el paso del tiempo, casi «como una manera de pararlo». MUÑIZLejos de cerrarse, ‘El último trazo de tiza’ sigue en ciernes. Tras su paso por Lugo, el proyecto continuará con nuevas líneas de trabajo, entre ellas una incursión en las escuelas de montaña de Os Ancares. Porque, como señala su autor, aún quedan muchas historias por rescatar. La historia ya no solo se mira: también puede escucharse. El proyecto ‘El último trazo de tiza’, con el que Miguel Muñiz, fotógrafo de ABC, había rescatado del olvido las antiguas escuelas rurales de Galicia, da un paso más con su conversión en exposición inmersiva que devuelve la vida a aquellas aulas que durante décadas quedaron reducidas a ruinas.La muestra, inaugurada en marzo en el Palacio de San Marcos, en la Diputación de Lugo, propone al visitante una inmersión en el pasado. Podrá visitarse hasta el 13 de mayo. En el centro del espacio, una reconstrucción de una escuela de indianos recibe al público: pupitres originales, material escolar y un encerado procedente de una antigua escuela de Mañón, cedidos por el Concello, detienen una escena en el tiempo, como el fotógrafo hace con sus imágenes. M.MUÑIZLa exposición trasciende lo visual. Cada fotografía incorpora códigos QR que permiten escuchar testimonios reales a través de las voces que vivieron aquella realidad. La memoria oral, hasta ahora dispersa, se integra así en el relato. «Me di cuenta de que la memoria oral era tan importante como la visual», explicaba a este diario Muñiz, que durante cuatro años recorrió Galicia para documentar más de treinta escuelas y reencontrar a antiguos alumnos.Esas voces son las que dan profundidad a la muestra. Maruxa recuerda un encontronazo con el lobo, de camino a clase, y tener que salir corriendo. Trini revive cómo en la escuela les obligaban a hablar en castellano porque los «educaban para la emigración». Remedios rememora el rechazo que sentía hacia la llamada «leche de los americanos», que debía beber a pesar de tener vacas en casa. Testimonios que componen un retrato complejo de una época marcada en la que los más pequeños se debatían entre su trabajo en el campo y el deseo de aprender.MUÑIZEl trabajo tuvo su origen cuando Muñiz se propuso recopilar y documentar aquellos espacios abandonados, o lo que quedaba de ellos; y cuando comprendió que no bastaba con fotografiar paredes y objetos. El punto de inflexión llegó acompañando a Aurora, una mujer octogenaria, a su antigua escuela tras más de sesenta años. Aquel «fue un momento muy emotivo», recuerda. «Ahí entendí que había que escuchar». No bastaba con recuperar solo la memoria visual: también debía preservar la oral antes de que se apagase.Desde entonces, el trabajo se convirtió en una investigación exhaustiva sobre un modelo educativo sostenido por los vecinos. En muchas aldeas, eran los propios vecinos quienes levantaban las escuelas y designaban a un maestro —el escolante— al que pagaban en especie, en ferrados de grano. Y aquellas aulas de las ‘escuelas del ferrado’ funcionaron durante décadas como centros de vida comunitaria.MUÑIZLa exposición también recoge esa dimensión. Una iluminación cuidada al detalle guía la mirada del visitante de una imagen a otra, como si transitara por un mismo espacio. «Mucha gente me dice que parecen pinturas», apunta el autor. Su intención siempre fue construir un relato continuo, un viaje en el tiempo en el que cada fotografía dialogase con la siguiente.Detrás de ese impulso hay también una forma de entender la fotografía en la que la cámara, más que una herramienta, le sirve a Muñiz como forma de entender el mundo. Sus imágenes no buscan únicamente documentar, sino establecer un vínculo entre los espacios y las personas que los habitaron. «Hago fotos con personas. Para mí es importante que aparezcan, porque los paisajes sin gente están desnudos», cuenta el autor. En ‘El último trazo de tiza’, esa relación se materializa cuando a los pupitres vacíos regresan quienes los ocuparon.El proyecto mira al pasado e interpela al presente; las antiguas escuelas se vuelven «arcas del tiempo» para una sociedad rural que, con las décadas, se fue desdibujando con los cambios del modelo educativo y la despoblación. Al visitante, cada imagen le plantea preguntas abiertas sobre las decisiones que llevaron al cierre de aquellas aulas, sobre el futuro de los territorios que las albergaron o sobre el esfuerzo de las comunidades de vecinos que sacaban adelante la enseñanza. Porque, para Muñiz, ese es también uno de los objetivos de su trabajo: provocar una reflexión. Por eso el fotógrafo captura instantes que recogen la memoria de las personas y el paso del tiempo, casi «como una manera de pararlo». MUÑIZLejos de cerrarse, ‘El último trazo de tiza’ sigue en ciernes. Tras su paso por Lugo, el proyecto continuará con nuevas líneas de trabajo, entre ellas una incursión en las escuelas de montaña de Os Ancares. Porque, como señala su autor, aún quedan muchas historias por rescatar.
La historia ya no solo se mira: también puede escucharse. El proyecto ‘El último trazo de tiza’, con el que Miguel Muñiz, fotógrafo de ABC, había rescatado del olvido las antiguas escuelas rurales de Galicia, da un paso más con su conversión en exposición inmersiva … que devuelve la vida a aquellas aulas que durante décadas quedaron reducidas a ruinas.
La muestra, inaugurada en marzo en el Palacio de San Marcos, en la Diputación de Lugo, propone al visitante una inmersión en el pasado. Podrá visitarse hasta el 13 de mayo. En el centro del espacio, una reconstrucción de una escuela de indianos recibe al público: pupitres originales, material escolar y un encerado procedente de una antigua escuela de Mañón, cedidos por el Concello, detienen una escena en el tiempo, como el fotógrafo hace con sus imágenes.

La exposición trasciende lo visual. Cada fotografía incorpora códigos QR que permiten escuchar testimonios reales a través de las voces que vivieron aquella realidad. La memoria oral, hasta ahora dispersa, se integra así en el relato. «Me di cuenta de que la memoria oral era tan importante como la visual», explicaba a este diario Muñiz, que durante cuatro años recorrió Galicia para documentar más de treinta escuelas y reencontrar a antiguos alumnos.
Esas voces son las que dan profundidad a la muestra. Maruxa recuerda un encontronazo con el lobo, de camino a clase, y tener que salir corriendo. Trini revive cómo en la escuela les obligaban a hablar en castellano porque los «educaban para la emigración». Remedios rememora el rechazo que sentía hacia la llamada «leche de los americanos», que debía beber a pesar de tener vacas en casa. Testimonios que componen un retrato complejo de una época marcada en la que los más pequeños se debatían entre su trabajo en el campo y el deseo de aprender.

El trabajo tuvo su origen cuando Muñiz se propuso recopilar y documentar aquellos espacios abandonados, o lo que quedaba de ellos; y cuando comprendió que no bastaba con fotografiar paredes y objetos. El punto de inflexión llegó acompañando a Aurora, una mujer octogenaria, a su antigua escuela tras más de sesenta años. Aquel «fue un momento muy emotivo», recuerda. «Ahí entendí que había que escuchar». No bastaba con recuperar solo la memoria visual: también debía preservar la oral antes de que se apagase.
Desde entonces, el trabajo se convirtió en una investigación exhaustiva sobre un modelo educativo sostenido por los vecinos. En muchas aldeas, eran los propios vecinos quienes levantaban las escuelas y designaban a un maestro —el escolante— al que pagaban en especie, en ferrados de grano. Y aquellas aulas de las ‘escuelas del ferrado’ funcionaron durante décadas como centros de vida comunitaria.

La exposición también recoge esa dimensión. Una iluminación cuidada al detalle guía la mirada del visitante de una imagen a otra, como si transitara por un mismo espacio. «Mucha gente me dice que parecen pinturas», apunta el autor. Su intención siempre fue construir un relato continuo, un viaje en el tiempo en el que cada fotografía dialogase con la siguiente.
Detrás de ese impulso hay también una forma de entender la fotografía en la que la cámara, más que una herramienta, le sirve a Muñiz como forma de entender el mundo. Sus imágenes no buscan únicamente documentar, sino establecer un vínculo entre los espacios y las personas que los habitaron. «Hago fotos con personas. Para mí es importante que aparezcan, porque los paisajes sin gente están desnudos», cuenta el autor. En ‘El último trazo de tiza’, esa relación se materializa cuando a los pupitres vacíos regresan quienes los ocuparon.
El proyecto mira al pasado e interpela al presente; las antiguas escuelas se vuelven «arcas del tiempo» para una sociedad rural que, con las décadas, se fue desdibujando con los cambios del modelo educativo y la despoblación. Al visitante, cada imagen le plantea preguntas abiertas sobre las decisiones que llevaron al cierre de aquellas aulas, sobre el futuro de los territorios que las albergaron o sobre el esfuerzo de las comunidades de vecinos que sacaban adelante la enseñanza. Porque, para Muñiz, ese es también uno de los objetivos de su trabajo: provocar una reflexión. Por eso el fotógrafo captura instantes que recogen la memoria de las personas y el paso del tiempo, casi «como una manera de pararlo».

Lejos de cerrarse, ‘El último trazo de tiza’ sigue en ciernes. Tras su paso por Lugo, el proyecto continuará con nuevas líneas de trabajo, entre ellas una incursión en las escuelas de montaña de Os Ancares. Porque, como señala su autor, aún quedan muchas historias por rescatar.
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