La primera encíclica de León XIV ‘Magnifica humanitas’ se anunciaba como una actualización de la ‘Rerum novarum’ de León XIII, con la que éste dio comienzo al magisterio papal sobre cuestiones sociales, pero pasará a la Historia por ser una nueva ‘Pacem in terris’, la vibrante encíclica escrita en 1963 por Juan XXIII tras la crisis de los misiles de Cuba entre EE.UU. y Rusia, en una sociedad dividida entre capitalismo y socialismo. La guerra que hoy quiere detener el Papa con su encíclica no es la que se combate entre dos bloques diferenciados sino la de «un mundo en estado de beligerancia permanente», que ha «rehabilitado la guerra como instrumento de política internacional» y cuya estabilidad ha vuelto a apoyarse en la peligrosa «lógica del equilibrio armado y de la disuasión» que costó sangre, sudor y lágrimas deshacer. En este caldo de cultivo, la proliferación de la IA para uso bélico hace urgente detenerse a reflexionar sobre hacia dónde estamos llevando el mundo actual.En ‘Magnifica humanitas’ León XIV avisa de que el escenario es mucho peor que el de la Guerra Fría, pues entonces había dos bandos, pero ahora «la multiplicación de los actores y de los frentes de conflicto hace que la lógica del equilibrio armado sea cada vez más frágil». Luego, alerta de que es «ilusorio pensar que las atrocidades del siglo XX ya no pueden repetirse», y lo dice como hijo de un oficial que estaba al mando de una lancha en Omaha Beach durante el Desembarco de Normandía. Por eso, en la que puede ser su primera gran decisión doctrinal, declara «superada» la doctrina de la ‘guerra justa’.Noticia relacionada visual No No Quedan 15 días Envía tu mensaje al PapaPero el Papa aborda muchas otras cuestiones de importancia fundamental para la sociedad actual, ligadas al desarrollo de la inteligencia artificial (IA). Su principal mérito es que propone los seis criterios «para juzgar si las tecnologías sirven realmente a la humanidad o terminan por someterla, y considerarlas como orientaciones para nuestras decisiones». Se trata de los principios de la Doctrina social: «dignidad de la persona, bien común, destino universal de los bienes, subsidiariedad, solidaridad y justicia».Documento PDFLa tarea de cada generaciónEl título de la encíclica es las mismas palabras con las que comienza el texto, y ya en esa primera frase plantea una cuestión presente en todas las páginas. «La magnífica humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos», escribe León XIV. Luego recuerda que «cada generación recibe como herencia la tarea de dar forma a su propio tiempo», pero que sobre ella «se cierne el riesgo de construir un mundo inhumano y más injusto». A partir de entonces desafía repetidamente a los lectores a decidir por qué bando tomarán partido. Lo hace a través de cinco capítulos, una introducción y una conclusión. A lo largo de ellos, se interroga con valentía e incluso con crudeza «sobre el mundo que estamos construyendo, preguntándonos qué significa custodiar a la persona humana en el tiempo de la IA», y dice que cada persona debe ser «colaborador en la obra de la creación, y no espectador resignado ante los procesos tecnológicos que limitan su libertad y su responsabilidad».«Cada modelo de IA debe ser examinado con una pregunta decisiva: ¿contribuye realmente a hacer crecer a las personas y a los pueblos en humanidad y fraternidad?»El Papa dedica mucho espacio a la IA, y recuerda que ésta «no es neutral» y que detrás de estos modelos se esconde siempre una visión concreta de la persona. En concreto, «pueden aumentar la participación y la justicia, o ampliar las desigualdades, el control y la exclusión». Al Papa le preocupa que «un poder de tal magnitud se concentra en pocas manos, tiende a hacerse opaco y a eludir el control público, y crece el riesgo de un desarrollo distorsionado que provoca nuevas dependencias, exclusiones, manipulaciones y desigualdades». Pide regular el sector con acuerdos específicos, y dice que cada IA «debe ser examinada con una pregunta decisiva: ¿contribuye realmente a hacer crecer a las personas y a los pueblos en humanidad y fraternidad, en el respeto a la Casa común y a las generaciones futuras?». Solicita además saber prescindir del uso de la IA, cuidar la educación para que no se pierda en los jóvenes la capacidad de «interesarse por la verdad y hacerse preguntas». Y sobre todo, vigilar para «custodiar lo humano». Por ejemplo, «la capacidad de saber cuidarnos los unos a los otros», como «leer cuentos a un niño, acompañar a una persona anciana o hacer acogedor un espacio, son gestos que se viven en un ambiente familiar».Contra la idea de «guerra justa»El Papa «reitera la superación de la teoría de la «guerra justa», invocada con demasiada frecuencia para justificar cualquier guerra, sin perjuicio del derecho a la legítima defensa, entendida en el sentido más estricto». En su opinión, la guerra nunca es justa pues «la humanidad cuenta con instrumentos mucho más eficaces y capaces de promover la vida humana para afrontar los conflictos, como el diálogo, la diplomacia y el perdón». «Cualquier intento o proyecto de eliminar o someter una nación es gravemente inmoral y, por lo tanto, inaceptable», remarca en otro capítulo de la encíclica.«Cualquier intento o proyecto de eliminar o someter una nación es gravemente inmoral y, por lo tanto, inaceptable» León XIVOtro elemento doctrinal relevante es que considera «no lícito» delegar en la IA decisiones en ámbito bélico, pues «el juicio moral no se puede reducir a un cálculo: implica conciencia, responsabilidad personal y reconocimiento del otro como persona», como «si la violencia fuera inevitable y sólo deba optimizarse». Si se usan este tipo de armas, el Papa propone que se mantengan tres criterios: la responsabilidad personal, el tiempo para el juicio moral, pues «en la guerra, las decisiones irreversibles no pueden tener como criterios supremos la rapidez y la eficiencia», y la protección de los civiles. Precisa que «la cadena de responsabilidades debe seguir siendo identificable y verificable: quienes planifican, entrenan, autorizan y emplean deben poder rendir cuentas de sus decisiones»; y que «la selección de objetivos y el uso de la fuerza no confundan a combatientes y no combatientes, ni ignoren el impacto sobre las poblaciones indefensas».En ámbito doctrinal, precisa y ensancha algunos elementos de la doctrina social de la Iglesia, como el concepto de «justicia social» y «destinación universal de los bienes», y también confirma que es gravemente ilícito el aborto provocado y la eutanasia, y aboga por la familia fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer.El Papa también plantea un profundo análisis sobre cómo y por qué se ha llegado a la situación actual. Dice que la caída del comunismo tras la caída del Muro de Berlín «vino acompañada de una globalización predominantemente económica, carente de una arquitectura política adecuada capaz de sostener el diálogo y la paz» y «se confió casi ciegamente a los mercados la capacidad de producir bienestar, democracia y estabilidad». El resultado es sin embargo un «multipolarismo desordenado y conflictivo, donde prevalece la desconfianza hacia el otro». Ahora «reaparece la tentación de construir la identidad colectiva contra un enemigo, alimentando narrativas en las que cada uno se presenta como víctima legitimada para la revancha. La simplificación en esquemas —«yo primero», «amigo-enemigo», «nosotros-vosotros»— facilita decisiones, a menudo irresponsables, que minan la confianza recíproca entre las naciones. La fuerza del derecho internacional es así sustituida por el supuesto «derecho del más fuerte», y sus instrumentos —desde los tribunales competentes en crímenes de guerra hasta los tribunales llamados a resolver las controversias entre estados— son a menudo eludidos o debilitados, con consecuencias devastadoras para la cultura política y la convivencia».Denuncia que este modo de razonar «debilita también los logros del derecho humanitario: el principio de proporcionalidad en la respuesta a las agresiones, la protección del acceso al agua, los alimentos y los bienes esenciales, y el respeto por la vida de los civiles y de los niños son tratados como ingenuas reminiscencias del pasado».La tentación de pensar que no se puede hacer nadaAnte este dramático panorama, avisa a los católicos de la «tentación sutil» de «pensar que los problemas son demasiado grandes y nosotros demasiado pequeños, y que, por tanto, nuestras decisiones no cambian nada. Es una forma elegante de rendirse, a menudo disfrazada de realismo». Les recuerda que «nadie está exento de responsabilidad. Cada uno dispone de un ámbito propio de acción, y ahí —no en otro lugar— está llamado a elegir si alimenta la lógica de la fuerza —aunque sea sólo con indiferencia, cinismo, mentira y odio—; o si promueve la lógica de la paz —con verdad, sobriedad, cercanía y cuidado». Lo hace, con buen humor, con una cita del personaje Gandalf de «El Señor de los Anillos», de J.R.R. Tolkien. Propone que se «asuma la mirada de las víctimas» para entender la realidad, pues «hay situaciones en las que, para seguir siendo humanos, debemos abandonar las vacilaciones y tomar partido». «Hay conflictos en los que no es justo permanecer neutrales y no basta pensar en ‘no ser cómplices’. Cuando nos enfrentamos a bombardeos contra civiles, a ataques contra hospitales, escuelas o infraestructuras vitales, a abusos que afectan a los niños, nos encontramos ante escándalos que hieren a la humanidad misma. Por eso no podemos quedarnos a nivel de análisis abstractos», dice con una descripción que parece evocar la invasión de Gaza, que no menciona.En el texto también cita entre otros a Viktor Frankl y a Hannah Arendt. También a Pablo Picasso, pues recuerda cómo «algunas obras artísticas han asumido un valor casi profético: la Novena Sinfonía de Beethoven como deseo de unidad; Guernica como denuncia de la deshumanización; La lista de Schindler como una invitación a no entregar el pasado al olvido». Su propuesta concreta es «desarmar las palabras, construir la paz en la justicia, asumir la mirada de las víctimas, cultivar un sano realismo y relanzar el diálogo y el multilateralismo». Y sobre todo, «salvaguardar los espacios y los momentos en que la presencia física sigue siendo decisiva: la mesa compartida, la comunidad cristiana que se reúne, la visita a quien está solo, el servicio a los pobres. Son signos de una humanidad». Esa ‘magnífica humanidad’ que intenta salvar. La primera encíclica de León XIV ‘Magnifica humanitas’ se anunciaba como una actualización de la ‘Rerum novarum’ de León XIII, con la que éste dio comienzo al magisterio papal sobre cuestiones sociales, pero pasará a la Historia por ser una nueva ‘Pacem in terris’, la vibrante encíclica escrita en 1963 por Juan XXIII tras la crisis de los misiles de Cuba entre EE.UU. y Rusia, en una sociedad dividida entre capitalismo y socialismo. La guerra que hoy quiere detener el Papa con su encíclica no es la que se combate entre dos bloques diferenciados sino la de «un mundo en estado de beligerancia permanente», que ha «rehabilitado la guerra como instrumento de política internacional» y cuya estabilidad ha vuelto a apoyarse en la peligrosa «lógica del equilibrio armado y de la disuasión» que costó sangre, sudor y lágrimas deshacer. En este caldo de cultivo, la proliferación de la IA para uso bélico hace urgente detenerse a reflexionar sobre hacia dónde estamos llevando el mundo actual.En ‘Magnifica humanitas’ León XIV avisa de que el escenario es mucho peor que el de la Guerra Fría, pues entonces había dos bandos, pero ahora «la multiplicación de los actores y de los frentes de conflicto hace que la lógica del equilibrio armado sea cada vez más frágil». Luego, alerta de que es «ilusorio pensar que las atrocidades del siglo XX ya no pueden repetirse», y lo dice como hijo de un oficial que estaba al mando de una lancha en Omaha Beach durante el Desembarco de Normandía. Por eso, en la que puede ser su primera gran decisión doctrinal, declara «superada» la doctrina de la ‘guerra justa’.Noticia relacionada visual No No Quedan 15 días Envía tu mensaje al PapaPero el Papa aborda muchas otras cuestiones de importancia fundamental para la sociedad actual, ligadas al desarrollo de la inteligencia artificial (IA). Su principal mérito es que propone los seis criterios «para juzgar si las tecnologías sirven realmente a la humanidad o terminan por someterla, y considerarlas como orientaciones para nuestras decisiones». Se trata de los principios de la Doctrina social: «dignidad de la persona, bien común, destino universal de los bienes, subsidiariedad, solidaridad y justicia».Documento PDFLa tarea de cada generaciónEl título de la encíclica es las mismas palabras con las que comienza el texto, y ya en esa primera frase plantea una cuestión presente en todas las páginas. «La magnífica humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos», escribe León XIV. Luego recuerda que «cada generación recibe como herencia la tarea de dar forma a su propio tiempo», pero que sobre ella «se cierne el riesgo de construir un mundo inhumano y más injusto». A partir de entonces desafía repetidamente a los lectores a decidir por qué bando tomarán partido. Lo hace a través de cinco capítulos, una introducción y una conclusión. A lo largo de ellos, se interroga con valentía e incluso con crudeza «sobre el mundo que estamos construyendo, preguntándonos qué significa custodiar a la persona humana en el tiempo de la IA», y dice que cada persona debe ser «colaborador en la obra de la creación, y no espectador resignado ante los procesos tecnológicos que limitan su libertad y su responsabilidad».«Cada modelo de IA debe ser examinado con una pregunta decisiva: ¿contribuye realmente a hacer crecer a las personas y a los pueblos en humanidad y fraternidad?»El Papa dedica mucho espacio a la IA, y recuerda que ésta «no es neutral» y que detrás de estos modelos se esconde siempre una visión concreta de la persona. En concreto, «pueden aumentar la participación y la justicia, o ampliar las desigualdades, el control y la exclusión». Al Papa le preocupa que «un poder de tal magnitud se concentra en pocas manos, tiende a hacerse opaco y a eludir el control público, y crece el riesgo de un desarrollo distorsionado que provoca nuevas dependencias, exclusiones, manipulaciones y desigualdades». Pide regular el sector con acuerdos específicos, y dice que cada IA «debe ser examinada con una pregunta decisiva: ¿contribuye realmente a hacer crecer a las personas y a los pueblos en humanidad y fraternidad, en el respeto a la Casa común y a las generaciones futuras?». Solicita además saber prescindir del uso de la IA, cuidar la educación para que no se pierda en los jóvenes la capacidad de «interesarse por la verdad y hacerse preguntas». Y sobre todo, vigilar para «custodiar lo humano». Por ejemplo, «la capacidad de saber cuidarnos los unos a los otros», como «leer cuentos a un niño, acompañar a una persona anciana o hacer acogedor un espacio, son gestos que se viven en un ambiente familiar».Contra la idea de «guerra justa»El Papa «reitera la superación de la teoría de la «guerra justa», invocada con demasiada frecuencia para justificar cualquier guerra, sin perjuicio del derecho a la legítima defensa, entendida en el sentido más estricto». En su opinión, la guerra nunca es justa pues «la humanidad cuenta con instrumentos mucho más eficaces y capaces de promover la vida humana para afrontar los conflictos, como el diálogo, la diplomacia y el perdón». «Cualquier intento o proyecto de eliminar o someter una nación es gravemente inmoral y, por lo tanto, inaceptable», remarca en otro capítulo de la encíclica.«Cualquier intento o proyecto de eliminar o someter una nación es gravemente inmoral y, por lo tanto, inaceptable» León XIVOtro elemento doctrinal relevante es que considera «no lícito» delegar en la IA decisiones en ámbito bélico, pues «el juicio moral no se puede reducir a un cálculo: implica conciencia, responsabilidad personal y reconocimiento del otro como persona», como «si la violencia fuera inevitable y sólo deba optimizarse». Si se usan este tipo de armas, el Papa propone que se mantengan tres criterios: la responsabilidad personal, el tiempo para el juicio moral, pues «en la guerra, las decisiones irreversibles no pueden tener como criterios supremos la rapidez y la eficiencia», y la protección de los civiles. Precisa que «la cadena de responsabilidades debe seguir siendo identificable y verificable: quienes planifican, entrenan, autorizan y emplean deben poder rendir cuentas de sus decisiones»; y que «la selección de objetivos y el uso de la fuerza no confundan a combatientes y no combatientes, ni ignoren el impacto sobre las poblaciones indefensas».En ámbito doctrinal, precisa y ensancha algunos elementos de la doctrina social de la Iglesia, como el concepto de «justicia social» y «destinación universal de los bienes», y también confirma que es gravemente ilícito el aborto provocado y la eutanasia, y aboga por la familia fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer.El Papa también plantea un profundo análisis sobre cómo y por qué se ha llegado a la situación actual. Dice que la caída del comunismo tras la caída del Muro de Berlín «vino acompañada de una globalización predominantemente económica, carente de una arquitectura política adecuada capaz de sostener el diálogo y la paz» y «se confió casi ciegamente a los mercados la capacidad de producir bienestar, democracia y estabilidad». El resultado es sin embargo un «multipolarismo desordenado y conflictivo, donde prevalece la desconfianza hacia el otro». Ahora «reaparece la tentación de construir la identidad colectiva contra un enemigo, alimentando narrativas en las que cada uno se presenta como víctima legitimada para la revancha. La simplificación en esquemas —«yo primero», «amigo-enemigo», «nosotros-vosotros»— facilita decisiones, a menudo irresponsables, que minan la confianza recíproca entre las naciones. La fuerza del derecho internacional es así sustituida por el supuesto «derecho del más fuerte», y sus instrumentos —desde los tribunales competentes en crímenes de guerra hasta los tribunales llamados a resolver las controversias entre estados— son a menudo eludidos o debilitados, con consecuencias devastadoras para la cultura política y la convivencia».Denuncia que este modo de razonar «debilita también los logros del derecho humanitario: el principio de proporcionalidad en la respuesta a las agresiones, la protección del acceso al agua, los alimentos y los bienes esenciales, y el respeto por la vida de los civiles y de los niños son tratados como ingenuas reminiscencias del pasado».La tentación de pensar que no se puede hacer nadaAnte este dramático panorama, avisa a los católicos de la «tentación sutil» de «pensar que los problemas son demasiado grandes y nosotros demasiado pequeños, y que, por tanto, nuestras decisiones no cambian nada. Es una forma elegante de rendirse, a menudo disfrazada de realismo». Les recuerda que «nadie está exento de responsabilidad. Cada uno dispone de un ámbito propio de acción, y ahí —no en otro lugar— está llamado a elegir si alimenta la lógica de la fuerza —aunque sea sólo con indiferencia, cinismo, mentira y odio—; o si promueve la lógica de la paz —con verdad, sobriedad, cercanía y cuidado». Lo hace, con buen humor, con una cita del personaje Gandalf de «El Señor de los Anillos», de J.R.R. Tolkien. Propone que se «asuma la mirada de las víctimas» para entender la realidad, pues «hay situaciones en las que, para seguir siendo humanos, debemos abandonar las vacilaciones y tomar partido». «Hay conflictos en los que no es justo permanecer neutrales y no basta pensar en ‘no ser cómplices’. Cuando nos enfrentamos a bombardeos contra civiles, a ataques contra hospitales, escuelas o infraestructuras vitales, a abusos que afectan a los niños, nos encontramos ante escándalos que hieren a la humanidad misma. Por eso no podemos quedarnos a nivel de análisis abstractos», dice con una descripción que parece evocar la invasión de Gaza, que no menciona.En el texto también cita entre otros a Viktor Frankl y a Hannah Arendt. También a Pablo Picasso, pues recuerda cómo «algunas obras artísticas han asumido un valor casi profético: la Novena Sinfonía de Beethoven como deseo de unidad; Guernica como denuncia de la deshumanización; La lista de Schindler como una invitación a no entregar el pasado al olvido». Su propuesta concreta es «desarmar las palabras, construir la paz en la justicia, asumir la mirada de las víctimas, cultivar un sano realismo y relanzar el diálogo y el multilateralismo». Y sobre todo, «salvaguardar los espacios y los momentos en que la presencia física sigue siendo decisiva: la mesa compartida, la comunidad cristiana que se reúne, la visita a quien está solo, el servicio a los pobres. Son signos de una humanidad». Esa ‘magnífica humanidad’ que intenta salvar.
La primera encíclica de León XIV ‘Magnifica humanitas’ se anunciaba como una actualización de la ‘Rerum novarum’ de León XIII, con la que éste dio comienzo al magisterio papal sobre cuestiones sociales, pero pasará a la Historia por ser una nueva ‘Pacem in terris’, la … vibrante encíclica escrita en 1963 por Juan XXIII tras la crisis de los misiles de Cuba entre EE.UU. y Rusia, en una sociedad dividida entre capitalismo y socialismo.
La guerra que hoy quiere detener el Papa con su encíclica no es la que se combate entre dos bloques diferenciados sino la de «un mundo en estado de beligerancia permanente», que ha «rehabilitado la guerra como instrumento de política internacional» y cuya estabilidad ha vuelto a apoyarse en la peligrosa «lógica del equilibrio armado y de la disuasión» que costó sangre, sudor y lágrimas deshacer. En este caldo de cultivo, la proliferación de la IA para uso bélico hace urgente detenerse a reflexionar sobre hacia dónde estamos llevando el mundo actual.
En ‘Magnifica humanitas’ León XIV avisa de que el escenario es mucho peor que el de la Guerra Fría, pues entonces había dos bandos, pero ahora «la multiplicación de los actores y de los frentes de conflicto hace que la lógica del equilibrio armado sea cada vez más frágil». Luego, alerta de que es «ilusorio pensar que las atrocidades del siglo XX ya no pueden repetirse», y lo dice como hijo de un oficial que estaba al mando de una lancha en Omaha Beach durante el Desembarco de Normandía. Por eso, en la que puede ser su primera gran decisión doctrinal, declara «superada» la doctrina de la ‘guerra justa’.
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Pero el Papa aborda muchas otras cuestiones de importancia fundamental para la sociedad actual, ligadas al desarrollo de la inteligencia artificial (IA). Su principal mérito es que propone los seis criterios «para juzgar si las tecnologías sirven realmente a la humanidad o terminan por someterla, y considerarlas como orientaciones para nuestras decisiones». Se trata de los principios de la Doctrina social: «dignidad de la persona, bien común, destino universal de los bienes, subsidiariedad, solidaridad y justicia».
La tarea de cada generación
El título de la encíclica es las mismas palabras con las que comienza el texto, y ya en esa primera frase plantea una cuestión presente en todas las páginas. «La magnífica humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos», escribe León XIV. Luego recuerda que «cada generación recibe como herencia la tarea de dar forma a su propio tiempo», pero que sobre ella «se cierne el riesgo de construir un mundo inhumano y más injusto». A partir de entonces desafía repetidamente a los lectores a decidir por qué bando tomarán partido.
Lo hace a través de cinco capítulos, una introducción y una conclusión. A lo largo de ellos, se interroga con valentía e incluso con crudeza «sobre el mundo que estamos construyendo, preguntándonos qué significa custodiar a la persona humana en el tiempo de la IA», y dice que cada persona debe ser «colaborador en la obra de la creación, y no espectador resignado ante los procesos tecnológicos que limitan su libertad y su responsabilidad».
«Cada modelo de IA debe ser examinado con una pregunta decisiva: ¿contribuye realmente a hacer crecer a las personas y a los pueblos en humanidad y fraternidad?»
El Papa dedica mucho espacio a la IA, y recuerda que ésta «no es neutral» y que detrás de estos modelos se esconde siempre una visión concreta de la persona. En concreto, «pueden aumentar la participación y la justicia, o ampliar las desigualdades, el control y la exclusión». Al Papa le preocupa que «un poder de tal magnitud se concentra en pocas manos, tiende a hacerse opaco y a eludir el control público, y crece el riesgo de un desarrollo distorsionado que provoca nuevas dependencias, exclusiones, manipulaciones y desigualdades». Pide regular el sector con acuerdos específicos, y dice que cada IA «debe ser examinada con una pregunta decisiva: ¿contribuye realmente a hacer crecer a las personas y a los pueblos en humanidad y fraternidad, en el respeto a la Casa común y a las generaciones futuras?».
Solicita además saber prescindir del uso de la IA, cuidar la educación para que no se pierda en los jóvenes la capacidad de «interesarse por la verdad y hacerse preguntas». Y sobre todo, vigilar para «custodiar lo humano». Por ejemplo, «la capacidad de saber cuidarnos los unos a los otros», como «leer cuentos a un niño, acompañar a una persona anciana o hacer acogedor un espacio, son gestos que se viven en un ambiente familiar».
Contra la idea de «guerra justa»
El Papa «reitera la superación de la teoría de la «guerra justa», invocada con demasiada frecuencia para justificar cualquier guerra, sin perjuicio del derecho a la legítima defensa, entendida en el sentido más estricto». En una importante nota a pie de página precisa que al invocar la legítima defensa «fácilmente se cae en una interpretación demasiado amplia de este posible derecho. Así se quieren justificar indebidamente aun ataques «preventivos» o acciones bélicas que difícilmente no entrañen ‘males y desórdenes más graves que el mal que se pretende eliminar». En su opinión, la guerra nunca es justa pues «la humanidad cuenta con instrumentos mucho más eficaces y capaces de promover la vida humana para afrontar los conflictos, como el diálogo, la diplomacia y el perdón».
Otra novedad doctrinal es que considera «no lícito» delegar en la IA decisiones en ámbito bélico, pues «el juicio moral no se puede reducir a un cálculo: implica conciencia, responsabilidad personal y reconocimiento del otro como persona», como «si la violencia fuera inevitable y sólo deba optimizarse». Si se usan este tipo de armas, el Papa propone que se mantengan tres criterios: la responsabilidad personal, el tiempo para el juicio moral, pues «en la guerra, las decisiones irreversibles no pueden tener como criterios supremos la rapidez y la eficiencia», y la protección de los civiles. Precisa que «la cadena de responsabilidades debe seguir siendo identificable y verificable: quienes planifican, entrenan, autorizan y emplean deben poder rendir cuentas de sus decisiones»; y que «la selección de objetivos y el uso de la fuerza no confundan a combatientes y no combatientes, ni ignoren el impacto sobre las poblaciones indefensas».
En ámbito doctrinal, precisa y ensancha algunos elementos de la doctrina social de la Iglesia, como el concepto de «justicia social» y «destinación universal de los bienes», y también confirma que es gravemente ilícito el aborto provocado y la eutanasia, y aboga por la familia fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer.
El Papa también plantea un profundo análisis sobre cómo y por qué se ha llegado a la situación actual. Dice que la caída del comunismo tras la caída del Muro de Berlín «vino acompañada de una globalización predominantemente económica, carente de una arquitectura política adecuada capaz de sostener el diálogo y la paz» y «se confió casi ciegamente a los mercados la capacidad de producir bienestar, democracia y estabilidad». El resultado es sin embargo un «multipolarismo desordenado y conflictivo, donde prevalece la desconfianza hacia el otro».
Ahora «reaparece la tentación de construir la identidad colectiva contra un enemigo, alimentando narrativas en las que cada uno se presenta como víctima legitimada para la revancha. La simplificación en esquemas —«yo primero», «amigo-enemigo», «nosotros-vosotros»— facilita decisiones, a menudo irresponsables, que minan la confianza recíproca entre las naciones. La fuerza del derecho internacional es así sustituida por el supuesto «derecho del más fuerte», y sus instrumentos —desde los tribunales competentes en crímenes de guerra hasta los tribunales llamados a resolver las controversias entre estados— son a menudo eludidos o debilitados, con consecuencias devastadoras para la cultura política y la convivencia».
Denuncia que este modo de razonar «debilita también los logros del derecho humanitario: el principio de proporcionalidad en la respuesta a las agresiones, la protección del acceso al agua, los alimentos y los bienes esenciales, y el respeto por la vida de los civiles y de los niños son tratados como ingenuas reminiscencias del pasado».
La tentación de pensar que no se puede hacer nada
Ante este dramático panorama, avisa a los católicos de la «tentación sutil» de «pensar que los problemas son demasiado grandes y nosotros demasiado pequeños, y que, por tanto, nuestras decisiones no cambian nada. Es una forma elegante de rendirse, a menudo disfrazada de realismo». Les recuerda que «nadie está exento de responsabilidad. Cada uno dispone de un ámbito propio de acción, y ahí —no en otro lugar— está llamado a elegir si alimenta la lógica de la fuerza —aunque sea sólo con indiferencia, cinismo, mentira y odio—; o si promueve la lógica de la paz —con verdad, sobriedad, cercanía y cuidado». Lo hace, con buen humor, con una cita del personaje Gandalf de «El Señor de los Anillos», de J.R.R. Tolkien.
Propone que se «asuma la mirada de las víctimas» para entender la realidad, pues «hay situaciones en las que, para seguir siendo humanos, debemos abandonar las vacilaciones y tomar partido». «Hay conflictos en los que no es justo permanecer neutrales y no basta pensar en ‘no ser cómplices’. Cuando nos enfrentamos a bombardeos contra civiles, a ataques contra hospitales, escuelas o infraestructuras vitales, a abusos que afectan a los niños, nos encontramos ante escándalos que hieren a la humanidad misma. Por eso no podemos quedarnos a nivel de análisis abstractos», dice con una descripción que parece evocar la invasión de Gaza, que no menciona.
En el texto también cita entre otros a Viktor Frankl y a Hannah Arendt. También a Pablo Picasso, pues recuerda cómo «algunas obras artísticas han asumido un valor casi profético: la Novena Sinfonía de Beethoven como deseo de unidad; Guernica como denuncia de la deshumanización; La lista de Schindler como una invitación a no entregar el pasado al olvido».
Su propuesta concreta es «desarmar las palabras, construir la paz en la justicia, asumir la mirada de las víctimas, cultivar un sano realismo y relanzar el diálogo y el multilateralismo». Y sobre todo, «salvaguardar los espacios y los momentos en que la presencia física sigue siendo decisiva: la mesa compartida, la comunidad cristiana que se reúne, la visita a quien está solo, el servicio a los pobres. Son signos de una humanidad». Esa ‘magnífica humanidad’ que intenta salvar.
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