a vida acaba modificando nuestra escala de valores. Lo que de jóvenes nos parece clave va perdiendo importancia y otras cosas muy diferentes ocupan su lugar. Envejecer es aceptar que perdemos facultades y, lo que es peor, que empezamos a despedirnos de personas que forman parte de nuestra propia historia. Pienso en todo ello al recordar a Michel Pineda, con quien compartí vestuario en el Espanyol.
a vida acaba modificando nuestra escala de valores. Lo que de jóvenes nos parece clave va perdiendo importancia y otras cosas muy diferentes ocupan su lugar. Envejecer es aceptar que perdemos facultades y, lo que es peor, que empezamos a despedirnos de personas que forman parte de nuestra propia historia. Pienso en todo ello al recordar a Michel Pineda, con quien compartí vestuario en el Espanyol. Seguir leyendo…
a vida acaba modificando nuestra escala de valores. Lo que de jóvenes nos parece clave va perdiendo importancia y otras cosas muy diferentes ocupan su lugar. Envejecer es aceptar que perdemos facultades y, lo que es peor, que empezamos a despedirnos de personas que forman parte de nuestra propia historia. Pienso en todo ello al recordar a Michel Pineda, con quien compartí vestuario en el Espanyol.
El fútbol nos enseñó a competir y a celebrar victorias. Incluso, en ocasiones, creímos que el resultado lo era casi todo. Michel tenía la rara virtud de mirar más allá, siempre lo hizo. Nunca pareció conceder a los éxitos más valor del que merecían. Para él, ninguna victoria decía tanto de alguien como su comportamiento cuando las cosas van mal.
Y ahí Michel era especial. Siempre estaba cerca sin invadir, escuchaba sin juzgar, acompañaba sin reclamar nada a cambio. Tenía una frescura de espíritu que te invadía y una empatía que no se improvisa. Porque los triunfos se recuerdan, pero con el tiempo se desdibujan. En cambio, uno no olvida a quien estuvo a tu lado en un momento difícil. Ese era, para mí, el verdadero valor de Michel. Como todos nosotros, entendió que el Espanyol nos había dado algo más importante que la oportunidad de jugar al fútbol profesional. Nos permitió la posibilidad de crecer como personas. De aprender a convivir, conocer la lealtad y crear vínculos que sobrevivirían al último partido. Porque pertenecer a un club no consiste solo en defender unos colores.
Un ejemplo es el grupo de WhatsApp que mantenemos quienes compartimos aquella etapa. Alguien puede pensar que es un refugio para exfutbolistas que evocan tiempos mejores. No lo es en absoluto. No estamos allí para exhibir lo que fuimos. Estamos para seguir siendo quienes somos. Sin máscaras, sin el personaje público, sin necesidad de aparentar fortaleza cuando nos sentimos vulnerables.

Pineda estaba cerca sin invadir, escuchaba sin juzgar, acompañaba sin reclamar nada a cambio
En ese grupo caben las bromas y las preocupaciones, la alegría por una buena noticia y el silencio respetuoso ante una pérdida. Ya se nos fue el gran capitán Diego Orejuela. Nos ayuda a asumir que envejecemos, a compartir nuestras vulnerabilidades y a descubrir que la amistad consiste en acompañarnos en el presente y no aferrarse al pasado. Un simple mensaje nos recuerda que seguimos formando parte de la vida de los demás.
Un día discutimos sobre lo que supuso la derrota en la final de la UEFA. Yo desde mi ignorancia le argumenté que fue un fracaso total. Él en cambio, con un análisis filosófico extraordinario me dijo: “Hemos perdido una final, pero hemos creado una familia”. Esa afirmación la entendí como una debilidad. Hoy reconozco con tanta alegría como humildad que tenía toda la razón. Al final, quizá la mejor medida de una vida no sea lo que uno consiguió, sino cuánto ayudó a los demás a sentirse acompañados.
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