“El shinkansen [tren bala] procedente de Tokio Central está efectuando su entrada en el andén número 12 con un minuto de adelanto sobre el horario previsto. Si la falta de puntualidad perturba sus planes, disculpen las molestias”. El revisor, el conductor y las personas encargadas de limpiar el vagón en menos de cinco minutos forman fila de manera solemne y hacen una inclinación de cabeza a los pasajeros que desembarcan. Bienvenidos a Hiroshima.
No solo son la principal forma de transporte de la ciudad, sino que pronto serán los únicos testigos de lo que pasó el 6 de agosto de 1945
“El shinkansen [tren bala] procedente de Tokio Central está efectuando su entrada en el andén número 12 con un minuto de adelanto sobre el horario previsto. Si la falta de puntualidad perturba sus planes, disculpen las molestias”. El revisor, el conductor y las personas encargadas de limpiar el vagón en menos de cinco minutos forman fila de manera solemne y hacen una inclinación de cabeza a los pasajeros que desembarcan. Bienvenidos a Hiroshima.
Cuando se escribe de esta ciudad nipona, es casi imposible para el cronista no hacerlo en el contexto de los sucesos (muchos dirían que crimen contra la humanidad) de aquel lunes 6 de agosto de 1945 a las ocho y cuarto de la mañana, un día de verano de cielos azules y límpidos, sin apenas una nube, hasta que una bomba de 15 kilotones de TNT incineró en un momento toda forma de vida en un radio de un kilómetro, con una temperatura de cuatro mil grados (casi la del Sol), y mató instantáneamente a unas 70.000 personas (al cabo de cinco años, los muertos por el efecto de la radiación serían ya 200.000).
Pero el propósito de esta historia es mencionar lo menos posible la bomba (cuyos últimos supervivientes, los hibakushas , superan ya los ochenta años) y referirse a Hiroshima como si fuera una ciudad normal, que es lo que es hoy, con 1,1 millones de habitantes, una interesante vida nocturna, numerosos museos, centros comerciales, parques, restaurantes de comida occidental, la principal fábrica y el cuartel general de Mazda, una importante industria automotriz, de maquinaria y procesamiento de alimentos, una gran pasión por el deporte y excelentes ostras, donde una cuarta parte de la electricidad es paradójicamente generada por energía nuclear.
Desde el año pasado los tranvías entran dentro de la estación para empalmar con los trenes de larga distancia sin necesidad de que los viajeros tengan que salir de ella para llegar a su destino en la ciudad, ya sea el Memorial de la Paz, la calle Hondori (una arcada peatonal llena de tiendas), el puerto, el rascacielos Orizuru (con un bar en lo alto para tomarse una copa), el museo de la basura (donde se queman diariamente 400 toneladas de residuos), el de arte contemporáneo, o los estadios de béisbol y fútbol.
Cuando la mayoría de ciudades japonesas (y también europeas) abandonaron los tranvías porque entorpecían el camino de los coches, Hiroshima optó por lo contrario, prohibiendo que los automóviles y motos circularan por sus vías. No fue por una gran visión de futuro o un proyecto de planificación urbana, sino por razones sentimentales: esa forma de transporte se convirtió en un símbolo de esperanza tras la gran masacre de hace ya casi 81 años, al entrar en funcionamiento algunas líneas tan solo tres días después de la explosión, cuando los cadáveres se apilaban en las calles y la radiación causaba estragos.
Se han hecho réplicas exactas de los que circulaban cuando cayó la bomba, incluso con los colores originales
En 1945, con Japón en guerra, la mayoría de hombres estaban movilizados en los diversos frentes bélicos, la prioridad era trasladar soldados y material militar, y las conductoras y revisoras de los tranvías eran chicas. Hiroshima Electric Railway, la compañía que los operaba, había establecido un internado para entrenar a 72 adolescentes de catorce años en el manejo de los vehículos, compaginando esa formación con los estudios académicos y la costura. La idea era que se graduaran al cabo de tres años, pero ninguna lo hizo. No dio tiempo. Unas murieron y otras, tras la rendición, regresaron a sus pueblos con sus familias.
De los 123 tranvías que circulaban aquel nefasto 6 de agosto en que el presidente Truman apretó el botón, 40 quedaron completamente calcinados, y 108, dañados. Y de los 1.241 empleados de la Hiroshima Electric Railway, 185 murieron y 266 resultaron heridos. Pero 72 horas después, las líneas 651, 652, 653 y 654 ya estaban en funcionamiento, como un desafío al destino y a la historia, y una expresión de la voluntad de Hiroshima de resurgir como fuera de sus cenizas.
Las autoridades han reconstruido esos tranvías lo mejor que han podido, con los colores originales azul y gris o verde y beige, basándose sobre todo en el recuerdo de los supervivientes porque todas las fotografías de archivo de la época son en blanco y negro. El número 654 se encuentra en un museo, los números 651 y 652 funcionan a la hora punta de la mañana, y el número 651 es sacado solo en ocasiones especiales (visitas de dignatarios y clases a colegiales), y está dotado de pantallas que explican lo que ocurrió, con testimonios e imágenes de la destrucción. Se le conoce como “el de la bomba atómica”, porque transitaba a solo setecientos metros del hipocentro al producirse la explosión. La conductora y 88 pasajeros murieron en el acto, pero uno sobrevivió milagrosamente. Nadie se explica cómo.
Los tranvías empezaron a circular en Hiroshima en 1912 y son su principal forma de transporte y un símbolo de la resiliencia de la ciudad, con modelos de diversas marcas (Siemens, Mitsubishi…) y épocas que han sido regalados por otras urbes niponas que ya no los querían (Tokio, Kyoto, Osaka, Fukuoka…), y también europeas, como Hannover o Dortmund, con inscripciones en alemán y japonés. Algunos que ya no se pueden arreglar hacen servicio como restaurantes o cafeterías, otros solo se sacan el día de Navidad.
En la actualidad 270 tranvías divididos en nueve líneas hacen un recorrido de 35 kilómetros, pasando por el castillo (original de 1590 como sede del señor feudal pero destruido por la bomba y reconstruido en 1958) y todas las principales atracciones del centro, con una extensión hasta el ferry que lleva a la isla de Miyajima, con su famoso templo en la bahía de Hiroshima. Son un popurrí de modelos antiguos, analógicos, de vagones redondeados como los que recorrían las vías en los años cuarenta, más difíciles de conducir (requieren las dos manos) pero más fáciles de reparar y mantener al carecer de tantos componentes electrónicos, y otros modernos, rectangulares, digitales y que se pueden dirigir con una sola mano. El precio del billete son 160 yenes (0,85 euros, con descuento para las personas mayores), que se pagan en efectivo o con tarjeta a la salida, que suele ser por la puerta delantera. Escabullirse es fácil, pero no forma parte de la disciplinada mentalidad japonesa.
Varias líneas volvieron a operar solo tres días después de la tragedia, y son un símbolo del espíritu de la ciudad
Desde que empezaron a circular por sus calles a principios del siglo XX, los tranvías de Hiroshima han recorrido 2,6 millones de kilómetros, que es como dar 65 veces la vuelta a la Tierra. Hoy llevan unos cien mil pasajeros al día y han visto muchas cosas. Como lo que ocurrió aquel soleado pero nefasto 6 de agosto de 1945.
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