Al igual que en Colombia y Perú en junio, Brasil escenifica este domingo las elecciones 50-50. La sociedad está nítidamente dividida entre quienes apoyan al candidato de una derecha populista y antidemocrática, Flávio Bolsonaro, y quienes votarán al candidato de la vieja izquierda en alianza con los restos del diezmado centro político, Luiz Inácio Lula da Silva.
El presidente brasileño logra remontar, pero su rival todavía es el favorito
Al igual que en Colombia y Perú en junio, Brasil escenifica este domingo las elecciones 50-50. La sociedad está nítidamente dividida entre quienes apoyan al candidato de una derecha populista y antidemocrática, Flávio Bolsonaro, y quienes votarán al candidato de la vieja izquierda en alianza con los restos del diezmado centro político, Luiz Inácio Lula da Silva.
Según la encuesta de Datafolha del pasado jueves, Lula habría cerrado totalmente la ventaja que Bolsonaro estableció en la primera vuelta a principios de mes, y los dos quedarían empatados en el 50%. Hace tres semanas, el candidato derechista tenía una ventaja de cuatro puntos en este sondeo, dos más de lo conseguido en la primera vuelta del 4 de octubre, cuando Bolsonaro se impuso con el 47% de votos frente al 45% de Lula.
Esta extraña polarización del 50%, repetida en varios países, es el resultado del nuevo demos de las redes sociales, así como del fin del consenso socialdemócrata que imperó en Brasil con los gobiernos de Fernando Henrique Cardoso (1994-2002) y los primeros de Lula (2003-2011).
“Aquí todo está empatado; hasta las elecciones”, bromeaba un hincha del Flamengo el jueves, con el 0-0 en el marcador de la semifinal de la Copa Libertadores. En el bar, las pegatinas verdeamarillas con cara de Bolsonaro adornaban algunas camisetas rojinegras, molestando a los hinchas lulistas. “Gane quien gane, nuestro primer problema al despertarnos el lunes será reconstruir la cohesión social”, escribió Pablo Ortellado en el diario de Río O Globo.
Ayer, decenas de miles de personas volvieron a lanzarse a la calle en Río para acudir a un acto de Lula en la playa de Copacabana. En esta ocasión, siguiendo consejos del gurú de la campaña de la izquierda en redes sociales, André Janones, los lulistas se vestían de verde y amarillo, al igual que los bolsonaristas, en lugar del tradicional rojo. Las pancartas eran de defensa de la democracia. Algunas rezaban: “Izquierda y derecha contra la familia Bolsonaro”.
Siempre hay desempate en fútbol y política, y el resultado de estas elecciones podría haberse decidido en el segundo debate en televisión de los candidatos, celebrado el pasado viernes.
En este cara a cara, retransmitido desde el estudio de la Red Globo en Jardim Botânico, en Río, a una audiencia que rivaliza con la del Mundial en un país de 210 millones de habitantes, desde el frío de Porto Alegre a la Amazonia, actualmente envuelta en una inmensa humareda de incendios forestales, Bolsonaro cometió dos errores.

El primer lapsus fue el uso del calificativo “nueve dedos” para referirse a Lula, que perdió su dedo meñique en 1964, a los 18 años, en un accidente en una fábrica de tornillos de São Paulo. Lula aprovechó el momento para recordar su historia de trabajador en las fábricas desde una edad muy temprana, enlazando con la nueva semana laboral de 40 horas impulsada por el Partido de los Trabajadores (PT), y afirmó que su rival “nunca trabajó en su vida”. Con indignación creíble, añadió, en referencia a las relaciones de Bolsonaro con paramilitares integrados por policías y expolicías en Río: “No voy a permitir que un miliciano me llame nueve dedos”.
Los indecisos en los grupos de sondeo que veían el debate empatizaron con el presidente. “La respuesta de Lula al comentario de los nueve dedos fue enfática y puede cambiar el juego”, dijo un politólogo consultado en Río, quien asimismo recalcó: “La tendencia es positiva para Lula, pero no sé si tiene tiempo para darle la vuelta al resultado”.
El segundo fallo de Bolsonaro fue su reacción ante la presencia de la madre de una niña de cinco años que fue asesinada en Río en el 2022 por un policía al que el candidato defendió en su calidad de abogado. El hijo mayor de Jair Bolsonaro improvisó una historia de un tiroteo en el que los delincuentes mataron a la niña. “El policía mató a mi hija en la puerta de nuestra casa; no había nadie más”, respondió la joven madre ante las cámaras después del debate.
Está por ver si la retórica de mano dura de la derecha –Flávio defiende la cárcel para niños de 14 años y la castración química para violadores– tiene el mismo éxito en Brasil, donde millones de habitantes de favelas conocen la realidad de la violencia policial, que en otras partes de América Latina.
Bolsonaro sigue siendo favorito. Ningún ganador en primera vuelta ha perdido en la segunda en los 40 años de la democracia brasileña. Es más, el deseo de cambio es palpable en la sociedad, y, aunque Bolsonaro, comprometido a repetir muchas de las políticas de su padre, no es el cambio que muchos desean, el gran punto débil de Lula es que se presenta para su cuarta presidencia, a los 80 años. “El votante indeciso quiere cambio, pero tiene miedo a cambiar a peor”, afirmó el politólogo Renato Meirelles en el diario Folha de São Paulo.
Una remontada de Lula, que supondría recuperar por lo menos 2,2 millones de votos, dependería de la capacidad de su campaña para movilizar a votantes de bajos ingresos en las periferias urbanas, favelas y áreas rurales que se abstuvieron hace tres semanas. Pero también se esconde apoyo a Bolsonaro en un potencial voto antisistema en las grandes megalópolis donde gana la derecha: São Paulo y Río.
Lula contará con que aumente el voto en sus propios feudos en el noreste del país, ciudades como Recife, Natal y Salvador de Bahía, conforme crecen las sospechas de que Bolsonaro, al igual que muchos de su clase social en el sureste, desprecia a Lula, en parte porque es nordestino.
La dificultad de revertir la victoria de Bolsonaro en la primera vuelta hace aún más graves los indicios de que las redes sociales de Meta (Instagram, WhatsApp y Facebook) favorecieron la campaña de Flávio mediante algoritmos sesgados y políticas de precios que cobraron hasta el 43% más por un anuncio de la izquierda que de la derecha, según un nuevo estudio de la Universidad Federal de Río de Janeiro.
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